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Festejo
PLAZA DE VALDEMORILLO,
Tarde del domingo, 11 de febrero de 2001
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Rocío
de la Cámara, buenos.
Diestros:
Entrada: casi lleno.
Incidencias: Frascuelo sufre fractura
de los huesos propios de la nariz. Gallito de Zafra sufre posible
fractura de mandíbula con arrancamiento de pieza dentaria. El
Formidable sufre dos cornadas: una en el triángulo de scarpa del muslo
izquierdo, de 20 centímetros; y otra en el mismo muslo, de 10 centímetros.
Crónicas de la prensa: El
País, ABC, El
Mundo.
El País. JOAQUÍN
VILDAL. Valor y torería de José Luis Bote
El público valdemorillano y con él la afición conspicua (que hacía
mayoría) quedaron muy impresionados con la seriedad, la valentía y la
casta torera de José Luis Bote. Se le veía al hombre limitado físicamente,
renqueante -secuela de una gravísima cornada hace años- y, sin
embargo, una vez en la cara del toro, se manejaba con una fluidez
temperamental y un fundamento técnico que para sí quisiera gran parte
de la peña coletuda, figuras y fenómenos incluidos.
Y eso que la corrida constituyó una esaborisión, que dirían en la
tierra de María Santísima; un regalo envenenado, que prefieren
expresar ejecutivos; una putada, hablando en plata. Seis toros de
discreta presencia para lo que se lleva y para la categoría de la
plaza, varios hondos, pelajes variados, y gustaba verlos hasta que
soltaban lo que llevaban dentro y se daban a conocer.
Entre los del pelaje variado, centelleante bajo un sol de justicia,
hubo un llamativo ensabanao, que salió tercero, y un precioso regordío,
cárdeno moteado capirote botinero, que abrió plaza y, nada más
plantar la pezuña en la arena, alegró las pajaritas de la afición.
Pero pronto se les vio el plumero a ambos dijes. En cuanto empezaron a
embestir pudo advertirse que traían fea catadura. Y tarde adelante
mandaron a tres toreros -un matador y dos peones- a la enfermería.
Frascuelo no estuvo centrado con ese primer toro, al que pudo sacar
algunos derechazos y se le fue pronto a tablas, tirando a huir cada vez
que el maestro le intentaba un pase. El cuarto sacó peores intenciones.
Cabeceante de continuo, tanto por la derecha como por la izquierda,
Frascuelo, en un alarde de pundonor, quiso probar una vez más los
naturales y, al iniciar el segundo, el toro le tiró a la cara un
derrote bestial que le fracturó la nariz. Sangrando acabó Frascuelo
con aquel mal pregonao.
Los toros que correspondieron a Pepín Jiménez no mejoraban en el
panorama, si bien el primero de ellos no parecía tan avisado, pese a su
mansedumbre. Pepín Jiménez le porfió derechazos y naturales, sin
poder confiarse, ya que la embestida acababa viniéndosele encima, y
cuando al fin consiguió empalmar tres redondos, el toro se desentendió
del engaño y galopó al refugio de las tablas, donde ya Pepín Jiménez
optó por aliñar y matar. Al quinto de la tarde, reservón e incierto,
no le consintió tanto don Pepín. Tras tantearlo y sufrir par de
achuchones, lo trasteó por la cara y le buscó la igualada.
Técnica consumada para doblarse procurando atemperar la bronquedad
del toro mostró José Luis Bote con el tercero, que sacó feo estilo.
Lo había lanceado con gusto a la verónica y le obligó a tomar la
muleta en una faena emocionante, valerosa y torerísima, empeñosa al
intentar los naturales, relajada y mandona al ligar los derechazos.
Al sexto lo volvió a lancear estupendamente de capa José Luis Bote
y tuvo que aplicarle un muleteo de recurso dado el peligro que sacó. El
público agradeció la brevedad porque, además de entender que allí no
había posibilidad de faena, ya iba sobrado de sobresaltos. Primero fue
el percance de Frascuelo. Luego, el del peón Gallito de Zafra, que, al
tomar el burladero, le alcanzó el toro, pegándole un pitonazo en el glúteo
y estrellándolo contra las tablas. Y finalmente, El Formidable,
volteado al banderillear al quinto toro.
Guasa y esaborisión sacó la corrida. O sea, malaúva, que también
dicen por aquí. Lo cual dio mérito a los toreros. Y permitió a José
Luis Bote exhibir su torería, esforzada e innata.
ABC. JOSE
LUIS SUÁREZ GUANES. Premio a la
entrega de José Luis Bote
El cartel postrero de Valdemorillo era de los que
valían la pena. En las ferias de Valencia y Castellón no hay —hablo
desde la perspectiva de un aficionado de Madrid— un cartel tan
rematado.
Frascuelo se encontró en primer lugar con un toro manso y con
tendencia a la huida, al que logró fijar con eficacia. No se acopló
con la muleta, pues la res remoloneaba. A base de consentirle sacó algún
muletazo de su marca. El cuarto arrolló de salida a Gallito de Zafra.
Parecía grave, pero se libró de los brazos de las asistencias para
volver al ruedo. Frascuelo se lució por chicuelinas, empezó su hacer
con derechazos de altos vuelos, para diluirse a medida que transcurría
el trasteo.
El primero de Pepín Jiménez también huía hasta de su sombra. El
estilo mayestático del lorquino apenas pudo ser entrevisto. Ofreció
tersura y muleta planchada en los primeros pases. Los apuntes iniciales
no pudieron pasar de eso porque el toro se iba continuamente. Muy del
contraestilo de Pepín, que acabó difuminado. En el quinto sólo se
estiró con el capote. El bovino prendió en la suerte de banderillas al
peón Formidable hijo, sin consecuencias.
José Luis Bote toreó francamente bien a la verónica al tercero.
Hubo mando, temple y hasta un ángel especial. Empezó la faena de
muleta con pases por bajo de gusto y unos derechazos de empaque. No se
amilanó con la izquierda ni en el resto del trasteo. Le dieron la
oreja. Bote ejecutó en el sexto otra serie de verónicas acabadísimas.
Volvió a imprimir suavidad a la faena, hasta que llegó un desarme.
Entonces, cambió todo el lucimiento por una práctica eficacia y acabó
con rapidez.
El Mundo.
JAVIER VILLAN. El fulgor
sombrío de una oreja
Con el tiempo uno acaba aceptando que
escribir de toros puede ser un privilegio; el que no se consuela es
porque no quiere. Con las posibilidades periodísticas del teatro bajo mínimos
y las dentelladas que se tiran los repúblicos de las Letras, los toros
acaban siendo un oasis. Lo más que puede ocurrir es que un torero te
eche encima la cuadrilla, pero eso son gajes del oficio que entran en el
sueldo, que no sé si obliga a tanto, pero vale. Por lo tanto quedamos
en que escribir de toros es un privilegio, aunque en tardes como la de
ayer nunca se sabe. La oreja y el buen toreo de José Luis Bote, acaso
acaben compensando lo agria de la tarde y las penalidades que tuvo que
sufrir Pepín Jimenez, dilecto de la Monumental de las Ventas. En cuanto
a Frascuelo, tuvo, como de costumbre, luces y sombras; pero estuvo igual
de torero en los gozos que en la adversidad.
El primer toro de Frascuelo era corretón y huidizo y el madrileño
le persiguió con contumacia; el otro le tiró un pitonazo y Frascuelo
acabó con la cara ensangrentada. Frascuelo había toreado
primorosamente por bajo, doblándose hasta los medios con inmensa torería.
Tarde en buena medida aciaga que adquirió un tono sepia dramático, a
veces con incandescencias de tragedia. Hasta esos momentos sólo José
Luis Bote había transmitido apuntes de toreo de verdad: lances a la verónica
y redondos que en su lentitud artesanal e insistente transmitían las
dificultades del bicho. Bote es uno de los pocos toreros en los que la
artesanía se convierte en arte. En líneas generales los astados de Rocío
de la Cámara tuvieron más acritud mansa que casta bonancible.
Las verónicas, pues, de Bote y una media de ensueño, tanto en su
primero como en el segundo, fueron el fulgor de la tarde, la parte
luminosa de dos horas un poco siniestras. Y los redondos antes reseñados
también. Bote tumbó al tercero a la primera. Y el público se le
entregó porque incluso intentó el natural por un pitón imposible.Poco
después de esos momentos estelares, empezó el carrusel de desgracias.
El cuarto dejó con el culo al aire, literalmente, a Gallito de Zafra:
sensación de tragedia al alcanzarlo contra las tablas. Poco después le
partió la nariz a Frascuelo; y el quinto cazó al Formidable que se
metió en terrenos comprometidos y quizá equivocados.
Tarde sombría, cartel madrileño o, por lo menos, de Las Ventas. Y
el estilista Pepín Jiménez, por allí. Le rondaba la tragedia, como a
todos, pero Pepín estaba ausente de ella. El fino estilista murciano
estuvo ausente de casi todo; ausencia y lejanía. Se nota que a un
mediterráneo como él le sienta mal el frío de la sierra madrileña.
Pero ayer hizo una tarde primaveral. Nunca se sabe.
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