GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo
PLAZA DE VALDEMORILLO,


Tarde del sábado, 10 de febrero de 2001
Corrida de toros

Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Antonio San Román, buenos con las varas.

Diestros: 

Entrada: tres cuartos de entrada.

Crónicas de la prensa: El País, ABC, El Mundo.


El País. JOAQUÍN VILDAL. Cuestión de ligamento

Vimos ligar, por estas que es verdad.

Ligar... Quiere decirse, el toreo ligado, que es su versión más pura, y lo firmaba Alfonso Romero.

Lo venía diciendo el conspicuo, desde tiempo inmemorial: si no hay ligamiento, no hay toreo.

Los pases que ligó Alfonso Romero fueron con la derecha, en tres tandas. Y pues suscitaron cálidas emociones y admirativos epítetos en la afición conspicua, pudo constatarse que el manido derechazo, si se ejecuta con templanza y ligazón, puede elevarse a la categoría de grandeza.

Bueno, a lo mejor se exagera, lo cual es propio de las vivencias taurómacas. El arte de torear tiene estos efectos, desconocidos en la casi totalidad de las restantes disciplinas y los comportamientos humanos. Es lo habitual desde que la fiesta existe; desde que a unas gentes de campo, seguramente iletradas, se les ocurrió estructurar desde la genialidad la lidia: si el toreo se produce inauténtico por falta de integridad del toro o por ventajismo del torero, resulta una componenda adocenada y ridícula; en cambio, si el toro desarrolla la entereza propia de la casta y el torero le ejecuta ligadas las suertes con las de parar, templar y mandar, produce una emoción incontenible, la afición se siente transportada a otra galaxia, alguien escribirá que aquellos lances detuvieron el tiempo y otro les compondrá odas.

Y así vamos tirando. Lo desgraciado del asunto es que los toreros dan pocos motivos para viajar gratis a otras galaxias o ponerse en plan rapsoda. El toreo ligado que se produjo (por estas) en la tarde valdemorillana se ha convertido en una rareza, y entre las jóvenes promociones de aficionados, son muy pocos los que lo han llegado a ver. Algunos, ni se lo creen. Entre las jóvenes promociones de aficionados, la mayoría cree que torear es pegarle derechazos corriendo a un inválido.

Alfonso Romero no se limitó a dar aquellas excelentes tandas de redondos sino que ensayó el natural , mató al toro de la buena faena en la suerte de recibir, y al sexto, que sacó media arrancada y ponía difícil el lucimiento, de un soberbio volapié.

Ese sexto toro era un sobrero de escaso trapío que sustituía a un inválido. Realmente la corrida entera careció de trapío, de fuerza y de casta también. Se trataba, en fin, de un fracaso ganadero, seis ejemplares y un remiendo impresentables, que contradecían los valores esenciales del arte de torear. Manolo Sánchez se puso a tono y les dio mala lidia. Quiere decirse, que le faltaron recursos lidiadores, pareció tener perdido el sitio. Luis de Pauloba, que es uno de los mejores intérpretes del toreo bueno, apenas apuntó en el segundo toro ciertos detalles tanto de capa como de muleta que permitieran comprobarlo, y al quinto, algo reservón e incierto, se limitó a trastearlo para entrar a matar, y santas Pascuas.

De donde la afición acabó una vez más defraudada. Menos mal que le pululaban por la fantasía aquellos derechazos ligados, a los que podía agarrarse como a un clavo ardiendo. Y menos mal que, por una vez y sin que sirva precedente, no venían aires helados de la sierra, templó el clima, brillaba exultante de verdor el precioso paisaje, calentaba el sol y parecía que estábamos de veraneo en Valdemorillo-sur-la mer.


ABC. JOSE LUIS SUÁREZ GUANES.  La sorpresa de Alfonso Romero

Abrió la terna Manolo Sánchez, que toreó correctamente a la verónica. Vio cómo su rival se dormía en una vara para, posteriormente, observar cómo se leiba para arriba hasta que terminó desinflándose. Manolo Sánchez no se acopló al no tirar suficientemente de los viajes. Incluso hubo un desarme con la izquierda y un final de estocada en el brazuelo.

Tardó en acoplarse en el cuarto —un toro que se dejó, como la mayoría de sus hermanos—, al que Manolo Sánchez ahogó en demasía y no le dio la distancia debida.

Luis de Pauloba dejó ver su clase al lancear a su primero. Dejó traslucir ésta más aun en la primera parte de la faena de muleta, en la que cuajó muletazos muy estimables con la derecha, así como rematados pases de pecho. No ligó con la izquierda y falló con la espada.

No se acopló en absoluto con el quinto, al que no supo fijar y que —al faltarle una vara— sembró el temor de los peones durante el tercio de banderillas, quizá por la arboladura que poseía el morlaco.

LUCIDO A LA VERÓNICA

La sorpresa vino de la mano de Alfonso Romero, que sustituía a El Renco. El torero murciano lució en verónicas y, sobre todo, en gaoneras con el percal. Faena de buen porte, sobre todo al torear con la mano derecha, y con el colofón de citar a recibir en la estocada postrera.

El sexto fue devuelto a los corrales y suplido por otro de la misma divisa. Romero empezó con bien, andándole a la res, pero luego bajó el tono. Muchos pases. Hacer muy voluntarioso, aunque demasiado largo y con un final corriente


El Mundo.  JAVIER VILLAN. Pinceladas y borrones

Manolo Sánchez encandiló de novillero. Parecía caballo ganador y los Chopera lo metieron en su cuadra. Después lo abandonaron a su suerte y sigue desahuciado. Dice el procaz y abrupto mundo de los toros que a quien deshaucia la poderosa casa del Norte, condenado queda para los restos. Aviso para navegantes ensoberbecidos e incautos. Manolo Sánchez hizo un esfuerzo sobrehumano en el cuarto. Y eso es lo malo, que se le notó en demasía. Se metió entre los pitones, se arrimó, sudaba a raudales. Y pinchó cuatro veces perdiendo la compostura.

Gracias al toque leve de la muleta de Pauloba, merced al son de su capote, el hirsuto toro de San Román pareció menos guerrillero y levantisco. Amansó la fiera Pauloba por lo templado y hondo de sus derechazos, por la sugerente insinuación de sus naturales. Y por el vuelo sosegado de las verónicas. Cuando el toro apretaba y se revolvía codicioso, se advertía la voluntad frágil de Luis de Pauloba y su querencia a poner tierra de por medio. Pero en conjunto, los paladares exquisitos pudieron paladear un buen toreo intermitente. La espada le quitó la inspiración y emborronó la magia. Y espesas y emborronadas seguían cuando salió el quinto, con dos curvos puñales afiladísimos y las intenciones inciertas. Entre garabatos y jeribeques de su muleta, Pauloba acertó a meter media estocada que acabó con el desconcierto. Esta media, aunque defectuosa, le hubiera beneficiado en el otro para cortar la oreja.

Las malas vibraciones seguían en el sexto y el presidente tuvo la ocurrencia heroica de dar paso al sobrero; era un torazo y Alfonso Romero le bordó las verónicas de saludo. Lo llevó a los medios con toques de derecha y trincherilas; se alegró con molinetes y regateó en exceso. No era el mismo toro que fue el tercero, encastadito pero noble; era un toro menos claro, más resabiado y a la defensiva. Tampoco era el mismo torero; había perdido una cierta frescura y prestancia y se demoró al meter la espada.

Alfonso Romero llegó como un desconocido, en lugar de Diego Urdiales, y se fue no en loor de multitudes pero casi en olor de triunfo. Ahora es un ser menos anónimo y aún lo sería menos de haber resuelto los problemas del sobrero. En el tercero, en cambio, frenó la tendencia del toro hacia las tablas y fue cosiendo, uno tras otro, tandas de derecha de impecable ritmo; entre medias, una trinchera limpia y bella y dos pases de pecho. Pareció que citaba a recibir y mató, más o menos, al encuentro.