GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo
PLAZA DE VALDEMORILLO,


Tarde del jueves, 8 de febrero de 2001
Corrida de toros

Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Joselito y Martín Arranz, bravos y con fuerza.

Diestros: 

  • Ricardo Torres, saludos, silencio y silencio.
  • Pedro Lázaro, silencio y dos orejas.
  • Julio Pedro Saavedra, oreja, resulta cogido en su primer toro. 

Incidencias: Julio Pedro Saavedra sufre una cornada de quince cm. en su rodilla izquierda y herida de veinte cm. en el tercio superior interno del muslo. Pronóstico grave. Se encuentra ingresado en la clínica de La Zarzuela. 

Entrada: cerca de media entrada.

Crónicas de la prensa: El País, El Mundo


El País. JOAQUÍN VILDAL. Cogida de Julio Pedro Saavedra

El primer novillo de la tarde cogió a Julio Pedro Saavedra, así, sin especial aparatosidad, como quien no quiere la cosa; y resulta que le pegó dos cornadas. Lo que es la vida.

Apenas nadie se apercibió de las cornadas, tan insustancial había sido el percance. Ocurrió al engendrar un natural; y en pleno curso, el novillo metió revoltoso la cabeza donde no debía, un asta la trabó entre las piernas del torero que anduvo unos segundos a caballito, y cuando se libró del zarandeo no había perdido el equilibrio ni nada.

"Ha salido eliseo", alguien comentó. Pero qué eliseo ni qué ocho cuartos: iba cojo el torero, cada vez más, y requirió la ayuda de un asistente que bajó al redondel y le hizo una especie de torniquete con una corbata de rayas. El caso es que a Saavedra no le afligió en absoluto el percance -casta torera debe de haber ahí- y continuó con su tarea. Que había sido premiosa a lo largo de la dilatada faena, si bien tuvo momentos buenos y aún los alcanzó mejores en el emotivo final. Le dieron una oreja y pasó a la UVI móvil que había aparcada junto a la plaza, donde fue curado y luego lo trasladaron a la clínica de La Zarzuela, de Madrid.

Quedó la novillada en mano a mano según la teoría pues en la práctica ni se notó. Así son los mano a mano en la tauromaquia contemporánea: cada cual va a lo suyo, sin molestar al socio ni tenerlo en cuenta, y a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga. Y acaeció que vimos buen toreo. A ratos. Mientras durante los pasajes en que no se veía, el toreo era malo.

Los novilleros del tiempo presente, que poseerán más o menos las cualidades de los novilleros de pasadas épocas, se saben una lección, par de reglas, varias posturas y desplantes y lo ejecutan todo a la perfección, aunque lo repiten hasta la saciedad. Y acaban cansando. Algo caro habría dado la afición para que Ricardo Torres se centrara en ese muleteo de largura y templanza con que abrió su primera faena y una vez cuajado, entrase a matar porque no hacía falta más. Y Pedro Lázaro lo mismo por naturales, que los instrumentó de alta calidad, o por verónicas, que ciñó embraguetado y mandón al tercer novillo, sin perder terreno. Sin embargo, uno y otro, Torres y Lázaro, igual que los restantes novilleros en activo, se pusieron a pegar pases y a menudear desplantes, reiterativos, adocenados, adornándolos con una falsa pinturería que traía aire barato de españolada.

Y luego, los novillos, procedentes de las ganaderías del torero Joselito y su socio Martín Arranz: presencia justa, vulgaridad espantosa, flojedad generalizada, con un par de inválidos que cayeron fulminados, les entraron convulsiones y cuando el peón-grúa de turno les tiró del rabo y logró levantarlos, se les pasó el síndrome.

No había caridad con la afición presente, que aguantaba en plan legionario las tremendas circunstancias meteorológicas. Bajaban nubes negras como el carbón; por el horizonte se abría la sierra, cubierta de nieve; de allí venían ráfagas huracanadas de viento helado que podían con la más tupida manta y tentaban pulmonías, arrasaban el cutis de los sufridos aficionados.

Ser aficionado, hoy, es ganarse el cielo.


El Mundo. JAVIER VILLÁN. Cornada, orejas y chubascos

Le levantó los pies del suelo el novillo a Saavedra, y lo mantuvo a caballo sobre el asta. Pero Saavedra, a lo que se vio después, ya estaba herido. La banda paró de tocar y a partir de ahí la tarde se ennegreció. Nubes grises y violetas venían rodando sobre los montes y un aire de hielo las zarandeaba de acá para allá. En parte por la cornada y, sobre todo, por la buena estampa de su toreo por bajo Saavedra cortó una oreja. Y daba la vuelta al ruedo cojeando y con cara de sufrimiento. La cellisca amenazaba por el Norte con latigazos de lluvia y viento. Y Ricardo Torres, que empezó de rodillas entre el temporal, acabó toreando al natural con buen son. Por unos momentos se dulcificó la temperatura. Y por allí, bregando con el viejo aroma de los maestros, un subalterno de tronío: Raúl Aranda.

Un caballo se cayó por iniciativa propia. Y, mientras, Pedro Lázaro andaba aperreado con un novillo pegajoso que iba de tropezón en tropezón. Pedro Lázaro también se enredó y cayó al suelo; y el novillo no quiso enterarse. Ahora los chubascos y la oscuridad amenazaban por el Norte, por el Sur, por el Este y por el Oeste; mas Lázaro no se apercibía: ni del novillo ni de los chubascos y la gélida temperatura. La banda se puso bullanguera y dio en sacudirle sin misericordia a la corchea y a la fusa viniera o no viniera a cuento. La ventisca atacaba de nuevo y Julio Pedro Saavedra no salía de la enfermería; así que Torres lo sustituyó mientras granizaba. Aunque el verdadero granizo era el novillo al que Torres era incapaz de someter. Algo parecido le ocurrió al muchacho con el bonancible sexto; se metió entre los pitones, se echó de rodillas y aún así el ambiente siguió gélido. Lo contrario hubiera sido un milagro.

Con todo a su favor, el novillo y los tendidos, Pedro Lázaro dominó sus incertidumbres y sus dudas en el quinto; asentó la planta y giró bien la cintura. Toreó a compás, aunque la bondad insistente del novillo quizá requería más pasión. Los ayudados por alto y la estocada, a la primera, propiciaron la salida a hombros. Acaso fuera Pedro Lázaro colmenareño, el único feliz de la tarde. No se le notaba el frío polar y su semblante serio traslucía el éxito del momento.