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EDITORIAL
DE
PEDRO
JAVIER
CÁCERES |
Especial
San Isidro´2001
Por
Pedro Javier Cáceres. Ya pasó el día 18. Estamos en el día
después. Llegó José Tomás y, la verdad, la tarde de ayer, por lo
menos a mí, y les cuento mi impresión personal, le deja a uno confuso
o confundido. Y no porque uno tenga el concepto de que la corrida fuera
buena o mala, que a mí me pareció buena, y sobre todo para el torero -donde
hubo al menos de cuatro para cinco toros para cortarles las orejas-,
sino que me preocupa más que la confusión sea en la identidad de un
sujeto como yo. Puede haber muchos, puede haber pocos, a los que nos
puede ocurrir igual. Les explico.
Hace tiempo escuché
decir que José Tomás era de otro mundo. Después de lo visto ayer en
Las Ventas, me da la impresión de que de otro mundo somos unos pocos y
yo. Y ese hecho diferencial, con toques de divinidad, que a algunos les
puede producir orgasmos, a mí me preocupa porque toda mi vida no he
pretendido otra cosa que ser normalito. No del montón, normalito, que
son cosas distintas.
Lo de ayer en Las
Ventas no sé si es de análisis sociológico, psicológico o para hacer
un estudio de cómo se han comportado en la historia de la vida y la
sociedad los fanatismos y las religiones. Pero estamos cerca de todo
ello.
Por cierto, desde estos
micrófonos siempre hemos respetado, no lo compartimos, pero hemos
respetado que José Tomás no hiciera ningún tipo de declaración.
Antes si las hacía -antes era una personal normal, no de otro mundo-,
porque, según él, dialoga todos los días con la muerte y, además, él
habla donde tiene que hablar, que es en la plaza. Hasta ahí correcto.
Claro, que después de lo de ayer, en Madrid, para los que somos
cortitos, como yo, necesitamos que hable fuera de la plaza para que nos
cuente qué es lo que quiere hacer, si en esa revolución quiere cambiar
la muleta por el muslo, y ahora, en vez de torear con la muleta, se
torea con el muslo. ¿Qué es lo que quiere hacer? A lo mejor explicándonos
qué es lo que quiere hacer, cuál es su tauromaquia, con qué ideas
viene, qué cosas trae, posiblemente los que somos cortitos entendamos
mejor lo que pasó ayer, sin tener que caer en fanatimos ni religiones,
y no haya que esperar al último toro de su lote, y cuando iban nueve
mintuos vencidos, a que alguien desesperado en el tendido le dijera una
guasa para que diera dos miniseries de dos natuales y el de pecho que
fueron dos monumentos para el toreo. Si ese torero sabe torear, habrá
que saber si alguien le tiene que espolear, si alguien le tiene que
pegar como a un niño mal educado para que reaccione o tendrá que
hablar él para que sepamos qué es lo que pretende, qué quiere y cuál
es la nueva tauromaquia que quiere imponer porque, de verdad, los que
sabemos sólo castellano y por teléfono, que son dos idiomas que sabe
la generalidad, no acertamos a entender qué es lo que pretendía en su
primero ni qué es lo que pretendía en su segundo hasta que en las
postrimerías cuajó dos series realmente monumentales.
Ojalá hubiera sido así
durante toda la corrida porque, tal y como estaba el público, en vez de
esa ovación y salida al tercio, si lo hubiera matado, le hubieran dado
una, las dos orejas y hasta las escrituras de la plaza. Lo que yo no sé
es que cuando este torero vuelva a ser, que no lo es, el del 98 y el del
99, adónde va a llegar el delirio colectivo. Porque con aquél del 98 y
del 99 no me hacía falta traductor, ni que él hablara fuera de la
plaza. Yo sabía que aquélla era la tauromaquia clásica, la de
siempre, y que era el mejor, el número 1, a mucha distancia de los demás.
Pero
lo de ayer me ha dejado prácticamente confundido. Repito. Creo que el
que no es de este mundo soy yo, y como yo otros pocos. Menos mal, pero
creo que sólo por el momento, que esta minoría podrá ir a Las Ventas
al menos sin guardaespaldas, porque, si abres la boca en sentido
contrario, puede que tengas que contratar un servicio de seguridad. |
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