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EDITORIAL
DE
PEDRO
JAVIER
CÁCERES |
Especial
San Isidro´2001
Por
Pedro Javier Cáceres. Los toros de la tarde de ayer fueron
de Mari Carmen Camacho. La terna la integraban Ortega Cano, Finito de Córdoba
y la confirmación de alternativa de Javier Castaño. De vez en cuando,
aunque suele ser más abundante de lo que uno quisiera, se producen
tardes como la de ayer en Las Ventas. La de ayer se puede decir que fue
una corrida sexual, porque los toros, los toreros y, sobre todo, el público
cada uno hizo lo que le salió del forro de sus caprichos.
La verdad es que ni los
toros tuvieron casta, ni raza, ni embistieron. Ni los toreros en todo
momento superaron la necesidad de ánimo para estar a la altura de las
circunstancias. Ni el público, siempre al hilo del pitón, intentando
buscar un titular, como el que le dio la matraca con el capote de ese
gran banderillero que es Cruz Vélez, estuvieron a la altura de las
circunstancias para entender que lo único que se podía hacer allí, en
Las Ventas, era jugarse la vida. Mejor o peor. El único que lo hizo fue
Javier Castaño y a poco que lo condenan a los leones.
Pero esto es Madrid,
que ayer tuvo, efectivamente, esa corrida en la que cada uno fue por su
lado: el público no tenía nada que ver con la corrida; los toros, nada
que ver con el toro bravo; y los toreros, ni con el público, ni con los
toros, ni nada en absoluto. La corrida de ayer fue la más palpable
demostración, no de una jaula de grillos sino del ejército de Pancho
Villa. |
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