GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

LA CRÓNICA DE SAN ISIDRO

Especial San Isidro´2001

Sábado, 26 de mayo´2001. JOSÉ MIGUEL MARTÍN DE BLAS. ¡Vuelve pronto, Pablo, y pon orden!

Definitivamente, el público de aluvión que abarrota las corridas de rejones dista mucho del público que suele ser el que se identifica como “de Madrid”, el que debería otorgar, en Madrid, por San Isidro, la categoría real del triunfo o del fracaso en la primera plaza del mundo.

Un público cambiante, de aplauso fácil y gratuito, de silencio ausente, todo lo contrario al silencio despectivo, crítico. Un público que se puso a dar palmas de tango porque unos pocos protestaron de esa forma al sexto, que se cayó cuatro veces, pero lo hicieron porque pensarían que era una fiesta, como en las olimpiadas…Un público que reaccionó de forma furibunda, esa masa informe, multicolor, plagada de ojos y brazos…y poca cabeza, arrojando almohadillas por una oreja no concedida.

Situaciones surrealistas, absurdas. Como que Leonardo Hernández se llevara ovaciones y hasta vuelta al ruedo por el mero hecho de permanecer en el ruedo una vez que arrastraron sus dos toros, eso sí, con caballo y numerito incluido. Una forma como otra cualquiera de mendigar ese premio vacío cuando en los tendidos no había ni un pañuelo. Curioso fue que desalojaran a un espontáneo admirador de Andy Cartagena que saltó al ruedo y no desalojaran a Leonardo, en plaza cuando no le correspondía…cuando había terminado sus turnos, y se quedaba en la arena, como si Madrid fuese una portátil…

Situaciones surrealistas, absurdas. Como que se castigara con silencios a Fermín Bohórquez, que fue un prodigio de hermosura en sus pasadas por la cara, que se templó formidablemente de salida con su primer toro, muy encelado tras los rejones de castigo. Un torero a caballo, Fermín Bohórquez, que tuvo dignidad, por ejemplo, para volver a utilizar el rejón de muerte tras el primer rejonazo defectuoso que hizo guardia, que tuvo dignidad para meterse entre barreras sin mendigar palmas de mentira, que tuvo el detalle de brindar la lidia del quinto a Antonio Medina, el puntillero que se jubila. No fue buena la tarde, más bien desigual sobre todo con el rejón de muerte, pero lo asumió con dignidad. Vergüenza torera se llama eso.

Y situaciones surrealistas, y absurdas se vivieron a la muerte del sexto, cuya oreja no fue concedida a Andy Cartagena, y se formó una bronca monumental, con un deplorable espectáculo de almohadillas en el ruedo, motivado por la inercia, por el mimetismo del que goza la masa cuando no conoce los usos y costumbres de un espectáculo de toros. Una masa de comportamiento absurdo y caprichoso, que dio la sensación de no saber ni lo que aplaudía, ni lo que protestaba. Por lo demás, Andy Cartagena se empleó con denuedo, en dos faenas trepidantes, mucho más acompasada, aunque también más veloz, la del tercero, en la que cortó una oreja.
La pena de todo es que la corrida de Bohórquez fue buena, y con ella, volvimos a ver más de lo mismo, pasadas a toda velocidad, banderillas que parecían pértigas, puestas en “todo lo negro”, paletillas incluidas, y ambiente de circo, de cáscara, de envoltorio hueco e intrascendente, de “fast food”, que dicen los guiris. Todo, menos toreo a caballo. Sólo la torería, y la dignidad, de Fermín Bohórquez en medio de tanto guirigay.
¡Vuelve pronto, Pablo, y pon orden!

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