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Especial
San Isidro´2001
Sábado, 12 de mayo´2001. JOSÉ MIGUEL MARTÍN DE
BLAS. Tarde de locos
Las Ventas, en la primera de San Isidro, exhibió con todos sus
poderes la realidad de una plaza que se convirtió en una degradante
jaula de grillos, de masa vociferante y enfurecida, de agresiones e
insultos entre espectadores en el sexto toro de la corrida. Todo por un
tercio de varas en el que el picador
de turno cometió el pecado de castigar a un toro que empujaba, y ¡oh,
sacrílego!, pisar la raya del tercio. Una bronca descomunal que retrata
y deja en pelota picada a la afición de Madrid, que se ensañó con el
picador, que por otra parte se agarró de fábula en dos encuentros
soberbios, ¿alguien lo entiende?
La corrida, la primera de la feria, tuvo sobre la arena seis
ejemplares de Hernández Pla. Una corrida fina, mansona en general, con
tres toros de nobleza apagada: el segundo, muy abanto;
el cuarto, de más plaza y movilidad, y el sexto, que duró un suspiro
para desmoronarse en la muleta. Con el público a favor de los toros, y
sin echar demasiadas cuentas a los toreros, éstos tampoco supieron
hacerse notar, por ellos o por las circunstancias.
Oscar Higares abrevió con su primero, un toro observador (es decir,
que no paraba de mirarle). Un toro frenado y manso de libro. Con el
cuarto comenzó con buen aire una faena que se presentía importante por
la movilidad y nobleza del toro. El toro entró por los ojos a la gente
que no entró en la faena de Higares, ligada, con la muleta puesta, pero
despegadita. La faena entró en una espiral de desilusiones recíprocas
y el empecinamiento del torero. Hubo bronca.
Javier Vázquez no tuvo opción con el manso quinto toro, un toro de
genio peligroso. Con el segundo, toro noble pero muy apagado y rajado,
Javier Vázquez sacó naturales
con cuentagotas, muy suavemente, corriendo la mano, pero sin continuidad
para que el ambiente se caldease de verdad. Una larga faena
que fue ovacionada, como el quite
por chicuelinas al
cuarto de Higares, en el que Javier se enroscó el toro en la media
verónica de remate.
Alberto Elvira se estrelló con un primer toro de su lote muy mirón,
un toro que desparramaba la vista hacia la hombrera del torero, siempre
por encima del estaquillador. Con el sexto pareció cambiar la decoración:
lances a la verónica en el saludo, mejores por el izquierdo, por donde
el toro se desplazó mejor y además no le molestaron a Elvira los
golpes de viento. Y la locura alucinante, desproporcionada, en el tercio
de varas. El toro se arrancó muy fuerte en el primer puyazo,
y Héctor Vicente se agarró muy bien, sujetó al toro, que recargó con
fuerza, tanta que llegó a levantar espectacularmente los cuartos
traseros en el encuentro. Otro largo puyazo en el segundo encuentro,
y la plaza como loca…pero loca de atar. Una bronca descomunal contra
el picador. Si el toro era bravo…¡habría que picar! Si el toro
apretaba…¿cómo se va a levantar el palo? Si el toro seguía…¡qué
mas da que pise la raya el caballo! ¿O va a salir el picador y su
caballo pendiente de una rayita de cal cuando un toro está luchando? La
bronca fue de órdago cuando se retiraba el picador. Unos espectadores
se insultaban en los tendidos de sol por varios almohadillazos recibidos
en la refriega…y Alberto Elvira, digno, con planteamiento ortodoxo,
muleta por delante, y un toro que se desinflaba como una gaseosa. Y
Elvira presumiblemente perplejo, a la vez que indignado, por la bronca
montada sin saber por qué.
¿A quién se protestaba?¿Al matador?¿Al picador?¿Al toro?
¿Qué es peor, la ignorancia o la indiferencia? Ni lo sé ni me
importa.
Si esto sigue así, que paren San Isidro, que me bajo.
¡Esto no es Madrid, que me lo han cambiado! |
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