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Feria de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del Domingo, 29 de mayo de 2005
Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA
Corrida de toros
Ganadería: Toros de
Núñez del
Cuvillo. Bien presentados,
justos de fuerza y nobles. Diestros:
- Sebastián
Castella. Pinchazo hondo, pinchazo y estocada baja (palmas);
meteysaca, aviso y estocada perpendicular y baja (ovación tras aviso).
- Salvador
Vega. Casi entera baja (palmas); seis pinchazos, media tendida, aviso (silencio tras aviso).
-
Miguel Ángel
Perera. Estocada (silencio); aviso y cuatro pinchazos (palmas tras aviso).
Presidente: José Manuel Sánchez.
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa: El País, ABC.
El País.
ANTONIO
LORCA. Frustrante juventud.
A Sebastián Castella se le ofreció ayer una oportunidad de oro para abrir, por fin, la puerta grande, y no lo consiguió. Por demérito propio, quede claro. Tampoco Vega ni Perera levantaron el vuelo y, al final del festejo, quedó un alto de tristeza en el ambiente. Ciertamente, a los toros, dulces como el almíbar, les faltó fuelle, pero la juvenil terna protagonizó una sonora frustración.
Supo a poco, a muy poco, la valiente actuación de Castella en el cuarto de la tarde. Comenzó por estatuarios, inmóvil como una estatua, y dejó que los pitones le rozaran la taleguilla. Fue un inicio de toreo verdadero y emocionante. Se fue a los medios y allí desplegó sus armas para alcanzar un triunfo que se había puesto muy cuesta arriba. El toro, blando, no fue un eficaz colaborador, pero tampoco la labor del torero estuvo reunida. Una corta tanda de redondos, un natural bien ligado con el de pecho, y casi nunca con la suerte cargada. Emocionó porque es valiente a carta cabal, pero le faltó profundidad a todo su quehacer. La verdad es que lo intentó toda la tarde, pero no tuvo la suerte o la capacidad para redondearla como todos, él el primero, esperaban. En ese cuarto toro se lució en un quite por verónicas muy lentas, cerrado con una media garbosa.
Pero, quizás, la tarde se torció en su primero. Lo había recibido con una verónica de cartel y continuó por ceñidas chicuelinas. Comenzó la faena de muleta con dos pases cambiados por la espalda en el centro del anillo, y la emoción se hizo presente. Pero tal como vino se fue. La primera tanda de redondos salió enganchada, el torero se descompuso y se marchitó la ilusión. No encontró la distancia justa y el toro se paró cuando lo citó con la zurda.
Bien, sin más, este Castella que debió confirmar sus serias aspiraciones de figura y quedó a medio gas. No siempre se reúnen los hados para que toda la plaza vibre y se conmocione. Ayer, no ocurrió, y Castella se marchó por su propio pie cuando con tanta seriedad, especialmente en las dos actuaciones anteriores, había intentado traspasar a hombros la puerta grande de Las Ventas.
Más frustrante, si cabe, la tarde de Salvador Vega, que llegó con vitola de cosumado artista, y se ha marchado con la inquietante interrogante de no haber estado a la altura de las circunstancias. Es torero de clase, pero ayer lo disimuló en el curso de una actuación muy pobre, desangelada y carente de recursos que pone en entredicho su bien ganada fama. Muy acelerado y mal colocado casi siempre, estuvo muy por debajo de su flojo primero; manso y deslucido fue el quinto, y Vega no acertó a justificarse y protagonizó un mitin con la espada.
Quien más excusas tiene quizá será Perera. Le tocó el más bravo de la tarde, el sexto, que acudió de largo al caballo, persiguió en banderillas y duró un suspiro en la muleta. Bien plantado y con buenos mimbres, no pudo redondear una labor que se presumía triunfal. Su primero fue un completo inválido que lo desarmó al inicio de la faena, y la flojera del toro se unió a la frialdad del torero. Arreciaron las palmas de tango y se esfumó toda esperanza.
Tarde de expectación, tarde de frustración. Frustrante juventud ésta que dice aspirar a todo y pasa de puntillas ante una corrida que no ayudó, pero que tampoco planteó dificultades insalvables para que el aburrimiento se adueñara de la tarde. Frustrante juventud que parece esperar sin prisas al toro tonto que vaya y venga para abrir un tarro de esencias que, en muchos casos, tiene ya el tapón oxidado.
ABC.
ZABALA
DE LA SERNA. Llanto por la juventud torera.
Que no, que no quiero verla. Que si esta es la juventud torera, el mañana y el futuro, es mejor mirar para otro lado y esperar a que florezca otra camada, nuevos cachorros que sean capaces de lanzarse a la cima del toreo con una corrida así, como la de Núñez del Cuvillo. Una corrida para soñar y hacer realidad los sueños y no para provocar el llanto de desilusión y desesperanza de la afición. Toros bien hechos y rematados, con sus caras y su trapío, con su fondo de bravura, con un pozo de nobleza, con su dosis de casta para remontar flojedades iniciales, aunque uno no las superó y otro se declaró manso irredento... Tanto que hablamos del toro de Madrid, y cuando se elige una corrida perfecta para erigirse en capitán general de los ejércitos de la torería nadie quiere las estrellas sobre las hombreras. La feria de los jóvenes...
Sebastián Castella se queda con las rentas de su valor y los umbrales de dos Puertas Grandes difíciles. Pero ayer que era el día, ayer, cuando dejaron de silbar las balas de los pitones aviesos, ayer, cuando el público le empujaba hacia la calle de Alcalá a hombros en recuerdo de su hombría, ayer, cuando había que correr la mano y vaciarse para suplir la emoción del miedo por la emoción de la estética, volvió el Castella plano. Lo hecho, hecho está. Nadie se lo quita ni se lo quitará. Su primero era un zapato con todas sus armas, astifino y justo de fuerza, que se creció en banderillas. Un par de pases cambiados por la espalda, una serie enganchada sobre la diestra y una más limpia y tersa con el ajuste de velocidad para evitar un tornillazo menor. Tardeó más por el izquierdo, aunque Castella se puso muy encima en una única tanda. Los viajes surgieron largos. Volvió a los derechazos en un arrimón de tintes ojedistas y la cosa no pasó a mayores con la espada desengrasada.
Más montado y apretado, el cuarto. Dos verónicas y una media templadísimas sacaron a relucir la calidad del toro. Los estatuarios anclados al suelo treparon con emotividad por los tendidos y los recuerdos mantuvieron encendida la llama de un público a favor de obra. Aunque esta vez si usó la distancia con generosidad, la abundancia de derechazos acabó con la faena en tono menor y lineal. Un metisaca arruinó la historia, todavía con la suficiente inercia en los tendidos.
Salvador Vega naufragó con una desigualdad inaudita con el que tal vez fue el mejor nuñezdelcuvillo, remontado de casta después de unos titubeantes tercios. Se arrancó como un tren con muchos metros de por medio a una muleta acelerada a altas revoluciones. En mitad de faena, Vega se atemperó con el mando en la izquierda y brotaron los naturales de mayor calado de la tarde. Otra vez decayó la faena, como una montaña rusa... Desaprovechada semejante oportunidad, se desdibujó con el garbanzo negro del sexteto.
Miguel Ángel Perera no midió la brusquedad de sus toques con un tercero chochón que apenas se sostenía con alfileres. Más bruto el torero que el toro. El sexto fue bravo y Perera le pegó un pase cambiado por la espalda y unos derechazos de mano baja. Pases técnicamente cuasi perfectos, pero... Ahí falta algo. Terminó atascada la faena.
Nota: el Consejo de Asuntos Taurinos no quiso guardar un minuto de silencio por el fallecimiento de Salvador Domecq y José Luis Osborne, cuando en esta plaza se han respetado muertes de ganaderos menores, periodistas e incluso mozos de espadas.
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