GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Feria de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del Domingo, 22 de mayo de 2005
Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA
Corrida de toros

Ganadería Cuatro toros de Charro de Llen y dos (3º y 4º) de José Ignacio Charro. Bien presentados, astifinos, deslucidos y de juego desigual.   

Diestros:

  • Juan DiegoEstocada (silencio); dos pinchazos y media (silencio).
  • Sebastián CastellaEstocada caída (oreja); estocada, aviso y dos descabellos (vuelta al ruedo). 
  • Serafín MarínEstocada caída (ovación); media, aviso y un descabello (silencio).

Presidente: César Gómez.

Entrada: lleno.

Tiempo: tarde de viento.

Incidencias: Serafín Marín ha sido atendido en la enfermería tras lidiar al tercero de la tarde: "Herida incisa en región dorsal mano derecha. Puntazo corrido en región glútea izquierda. Pronóstico leve que no le impide continuar la lidia".

Crónicas de la prensa:  El País, ABC


El País. ANTONIO LORCA. Heroico Sebastián Castella.

Sebastián Castella se libró de milagro en una tarde que pudo ser 
dramática para él, pero a punto estuvo de abrir la puerta grande por su valor heroico, su arrojo y su torería. No salió a hombros, pero dejó el sello de torero de raza que quiere ser figura a toda costa.

Castella tomó la izquierda y, al primer envite, el toro lo enganchó por el muslo derecho y lo zarandeó por dos veces antes de dejarlo sobre la arena. La impresión era de cornada grande, pero el torero se levantó con la taleguilla manchada de sangre y sin mirarse volvió a tomar la muleta con la derecha y dibujó un par de redondos espléndidos mientras una profunda emoción se apoderaba de los tendidos. Aun tuvo tiempo Castella de cerrar la faena con unas ceñidísimas manoletinas antes de la estocada final.

Felizmente, había sido sólo un susto, aunque de los gordos. Y la oreja se la ganó por derecho propio, por su valor seco, por su disposición y porque consiguió encelar la embestida del toro y dibujar derechazos de gran mérito. Para empezar, se fue al centro del ruedo donde el viento soplaba con fuerza y lo dejaba al descubierto ante el toro. Pero no se arredró. Por el contrario, asentó las zapatillas en la arena y bajó las manos en tres tandas cortas de largos derechazos, muy templados y mejor ligados con el de pecho de pitón a rabo. Antes de la cogida se había ganado el favor del público, que le reconoció su valor y la hondura de su toreo de muleta.

Otra voltereta espeluznante sufrió cuando toreaba por bajo al quinto, un toro de gran arboladura, agresivo y encastado que había hecho una brava pelea en el caballo. De embestida violenta, le costó al torero entenderlo, otra vez en el centro del ruedo, con un valor seco a prueba de bombas. No llegó a domeñarlo porque, quizás, era necesaria una madurez que el chaval aún no posee. Consiguió, no obstante, un par de tandas de meritísimos redondos que no salieron limpios por la aspereza del animal, pero sí muy emocionantes por la brava pelea entre toro y torero. El presidente no le concedió la oreja que la mayoría de la plaza solicitó, pero triunfó de verdad como un torero vanlentísimo. 
Quedó con el cuerpo dolorido, y dejó la estela de una profunda torería al superar con nota la difícil papeleta que le planteó el agresivo y violento toro quinto.

Muy mala suerte tuvo Juan Diego. Los suyos fueron los dos toros más sosos y flojos del encierro. El primero le permitió demostrar que sigue siendo un torero con un respetable fondo artístico, pero no despertó más interés por la nula condición de su oponente. Flaco favor le hizo el presidente no devolviendo el cuarto, uno de los toros más inválidos de lo que llevamos de feria.

Con un molesto trote y a media altura embestía el primer toro de Serafín Marín, lo que impidió la colocación del torero y deslucía el encuentro. Se justificó con valentía y a punto estuvo de resultar herido cuando el toro se volvió con rapidez y le rajó la taleguilla. Del mismo tenor resultó el sexto, muy manso, se la jugó Marín de verdad y sólo pudo dejar patente su vergüenza torera.


ABC. ZABALA DE LA SERNA. Vientos de drama y triunfo sobre el arrojo de Sebastián Castella.

Los vientos malditos que soplaban sobre Las Ventas traían en sus entrañas cornadas en sus pitones, coladas entre los trastos, olores 
de drama y cloroformo sobre el arrojo y el valor de Sebastián Castella. Vientos, no viento, los que se arremolinan en el ruedo venteño, que bajan desde los cielos con espirales de tornados. Castella obvió los peligros y sumó dosis de dramatismo en pos de triunfo, que sobrevoló la plaza con el valor frío que ayer calentó los tendidos. Triunfo y tragedia se aunaron en un solo soplido con las fieras arrancadas del quinto, colorado toro de armas tomar, el más bajo de una muy amplia y alta corrida de Charro de Llen. Ni los dos puyazos en orden y en su sitio de Josele rebajaron la gradación violenta de las idas y venidas cargadas de poder para poderlas por bajo, como lo intentó el francés en las dobladas prologales de una batalla que apuntaba a épica y heroísmo. La velocidad a la que se giraba el toro trastabilló y tiró al torero entre los pitones tremendos, que buscaron con saña sangre sobre la arena. ¿Genio, fiereza, casta de pedernal? Se libró de milagro. A los medios marchó Sebastián C. para disponerse a la lucha, nada fácil, con los deseos a tope de quien quiere ser, embarullado a veces, valentísimo siempre. A una serie con la mano muy baja respondió el toro 
aparentemente sometido y con largura. Eolo, entretanto, también jugaba con los miedos, la disposición y la entrega de este chaval que se expone con frecuencia, sin cambiar el gesto de niño, a lo peor. No se definió el animal por el izquierdo porque tampoco nunca Castella le ofreció la zurda. Había que haberlo intentado al menos. Ni una duda sobre su bizarría, que conmovió la pañolada incluso dos descabellos después de la estocada. Podía haber significado su segunda oreja y la Puerta Grande. Por esfuerzo no quedó. Por otras cuestiones surgen las dudas.

Largos muletazos

Sebastián Castella se había arreado con un toro que no se clarificó hasta tomada la muleta. Apretó en el caballo pero en cuanto se le dejaba a su aire buscaba las querencias. Tuvo el torero la virtud de sacárselo a los medios y quitarle tentaciones. Y también las ideas claras a la hora de plantear la faena por el pitón derecho, por donde había surgido la clarificación más noble del toro en su comportamiento. Largos los muletazos, enganchados en una serie más por el viento que por las astas, y limpios y ligados en otra, en su línea de linealidad 
pero con mayor fibra. Quiso al natural, pero al natural no era. Golpe de viento, golpe de descolocación con las tablas a la espalda y golpe de la bestia, que en el capote, de salida, ya se había rebotado por las nubes por ese mismo lado. Lo empaló por donde el conde Drácula empalaba en Transilvania a sus víctimas. Sin tino, afortunadamente. Le pudo taladrar hasta el intestino.

No recuerdo tarde en que no le hayan zurrado los toros. Será, como dice Luis Álvarez, porque se coloca donde los toros zurran. No sé. Sólo sé que no se aflojó, que volvió a la cara y trazó la mejor tanda de derechazos de la faena, bien trazados y reunidos, hilvanados en la misma boca del platillo con enorme tersura y vibración. Muy ajustado siguió por manoletinas y enfiló el morrillo con suma rectitud con la espada por delante. La gente lo valoró con una oreja que premiaba la actuación más importante que se le haya visto por estos lares. Y por 
otros, en lo que al arribafirmante respecta.

Sin eco, pero con un valor muy seco y una capacidad de ganarle la acción a sus toros se mostró Serafín Marín. Con el pegajoso, gazapón e incómodo tercero, que iba e iba y nunca se iba de la muleta ni de su jurisdicción, y con el manso y complicado sexto, de una tremebunda seriedad que no arredró al catalán. Buscó la colocación cabal y resolvió con una profesionalidad no recompensada. Aunque durante la lidia se hizo la misma un lío a la hora de agarrar los mandos y mover los caballos.

Juan Diego contó con un lote desinflado de fuerzas y de todo en general. Cumplió con el noblote primero, eficaz con el acero, y perdió un tanto el temple con el inválido cuarto, que si ya de por sí se caía, no necesitaba pues de algunos tirones que lo derrumbaron.

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