GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Feria de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del  Viernes, 20 de mayo de 2005
Crónicas del festejo

Foto El Diario de Sevilla.

FICHA TÉCNICA
Corrida de toros

Ganadería: cuatro toros de Valdefresno y dos (3º y 5º) de Fraile Mazas, procedentes de la misma ganadería. De diferente presentación, nobles, deslucidos y sin juego. 

Diestros:

  • Uceda Leal. Estocada (aplausos); estocada y cuatro descabellos (silencio).
  • Manzanares hijoEstocada contraria, un descabello, aviso y un descabello (silencio); estocada (silencio).
  • Eduardo GalloEstocada trasera (silencio); pinchazo y estocada baja (silencio).

Presidente: José Manuel Sánchez.

Entrada: lleno.

Crónicas de la prensa:  El País, ABC, Diario de Sevilla.


El País. ANTONIO LORCA. El triunfo de la nada.

La nada es la ausencia, la irrealidad, el vacío; no pasan cosas porque no existen, no hay recuerdos. El limbo, tal vez...

Algo de esto ocurrió ayer en Las Ventas, si es que sucedió algo. No queda nada en la mente, dos horas en blanco. Quizás fue el triunfo de la nada.

Hubo seis toros, parece ser, desiguales de presentación, flojos casi todos, sosos, nobles, que no presentaron excesivas dificultades a sus matadores. Y dicen que hubo tres toreros, es un decir... La tarde, apacible; acaso una siesta o un mal sueño.

Lo cierto es que sólo quedó la decepción, el hastío y la impotencia ante la presencia ausente de tres jóvenes toreros, figuras en ciernes, abatidos, derrotados, con pocas ideas y casi todas erróneas.

Quizás, el problema es que en esta plaza hubo una realidad deslumbrante hace unos días, y la mayoría vio, por vez primera en su vida, lo que es el toreo verdadero. Se les cayó la venda de los ojos, conocieron la gloria y ahora se resisten a aceptar como buena la barata bisutería que los tenía engañados.

Sólo así se entienden los silencios de ayer. Aquello no era toreo, sino una caricatura burda de algo grande y eterno. Tres hijos de su época que se niegan a mirarse en el espejo de los maestros; tres que han hecho suyas normas sucedáneas del toreo clásico. Toreros ventajistas, aburridos, que dan muchos pases y no torean. Y se les nota su desidia o su desconocimiento. ¿Quién los aconseja? ¿Quién les enseña? ¿Hacen, acaso, examen de conciencia? ¿Y propósito de enmienda? Por eso, la penitencia es el silencio, el murmullo desaprobatorio o la nada.

Resultó triste la imagen de Uceda Leal ante un toro noble, su primero, que se fue con las orejas al desolladero después de una faena insulsa y desordenada, más propia de un pegapases que de un torero de su cotización en esta plaza. Se gustó en una tanda primera de redondos lentos y templados, y todo fue ya a menos. Insiste en hacer el toreo en línea recta y ésa no es más que la degradación de lo que es un arte por todo lo contrario. Nada pudo hacer con el manso y deslucido cuarto ante el que se justificó no sin apreturas.

Manzanares ha heredado la elegancia y prestancia de su padre, pero, por mala fortuna, es hijo de la modernidad y se cruza poco y carga la suerte menos. Cuánto ganaría este torero si asumiera los cimientos básicos del toreo, porque tiene hechuras y gusto y maneja los engaños con la cadencia de los elegidos. Dibujó algunos pases aislados, pero no dejó nada para el recuerdo ante su noble primero, y se le criticó con dureza ante el descastado quinto porque se mostró como un torero sin recursos y nula capacidad para solventar los  problemas.

Valiente, a veces temerario, es Eduardo Gallo. Tiene fondo este joven aspirante a figura, los pitones le rozan los muslos, pero, desgraciadamente, no fue capaz de decir nada ante el soso tercero. Tampoco encontró el camino ante el deslucido sexto, aunque se cruzó más, pero se dejo enganchar la muleta y a toda su labor le faltó la necesaria unidad.

Con toda seguridad, los tres tendrán firmadas muchas corridas. El día en que la mayoría distinga entre la nada de ayer y el toreo verdadero, les espera el paro.


ABC. ZABALA DE LA SERNA. Un enorme y gigantesco bostezo.

Como el que me enfocó el otro día ese mago de la realización llamado Víctor Santamaría, ayer las veinticuatro mil almas de Las Ventas se fundieron en un enorme y gigantesco bostezo. Que las retransmisiones taurinas de Digital Plus cuentan con una audiencia impresionante, no hay duda: jamás me había llamado tanta gente para decirme que me habían visto en televisión ¡bostezando! Víctor, fenómeno, tú avísame, que desde entonces no cambio el rictus de concentración y sigo con auténtico interés los movimientos de las cámaras. Ayer, que disfruté del privilegio de compartir la tarde con Curro Romero, procuré no hacer gesto alguno, porque estaba seguro de que un plano al menos caería sobre El Faraón. Qué tensión. La única que me mantuvo despierto durante las dos horas de corrida al margen de algunos comentarios que intercambiaba con Curro, siempre más expresivo que locuaz, con lo cual yo, que soy también de pocas palabras, me identifico plenamente la mar de a gusto.

La desconexión del personal con el «espectáculo» fue total a partir del violento cuarto, que abrió una segunda parte del abanico de toros de Valdefresno radicalmente opuesta a la bondadosa primera, quizá un tanto sosa. Los tres últimos, mansos, aportaron su cuota al tostón. Y, claro, los matadores se lamentaron de las oportunidades fallidas. Seguro que Uceda se lamentó; los otros dos, Manzanares y Gallo, tal vez ni eso. Parece como si no sintiesen ni padeciesen. ¡Qué inexpresividad! Aquél destorea más que torea y éste torea como si se encontrase en el campo.

Lo de Uceda Leal se hace difícil de explicar. Su faena siempre se quedó en el límite de arrancar, como un coche calado. Los lances a la verónica, bastante rígidos y sin volar el capote, acabaron en una media de categoría, como otra que abrochó un hermoso quite por chicuelinas. Torero el inicio por alto; parsimoniosos y lentos los derechazos de una serie, muy reunido con el buen toro. Ya empezaba el runrún, como si prendiese el motor, y una ráfaga de viento se cargó la siguiente tanda; un desarme otra, enganchada la manga de la casaquilla en el pitón. Y ya con la izquierda no surgió esa reunión que se había manifestado: se abrieron los espacios entre la estilizada figura de Uceda y el cuerpo bovino, un tanto a su aire. Hasta dos naturales que estallaron, ya con la gente a contracorriente. Unos cuantos derechazos más, las dobladas y un espadazo bien cobrado y bien vendido. Pero las lagunas habían sido demasiadas y el toro se arrastró íntegro. De cualquier manera fue lo más torero y estético.

Manzanares hijo se embutió en un vestido sangre de toro y azabache como si sus muñecas se engrasasen con los óleos derramados por Curro o Paula... ¿Y luego qué? Ná. Suavón el toro, al que le bastó con un puyazo, y el diestro dispuesto a desplazar los viajes con una técnica perfecta para la defensa personal. Algún pase de pecho, éste o aquel natural, muchos minutos y poca chicha. Otro toro intacto.

El tercero, sosote, se aburrió, sin terminar de humillar en la muleta acamperada de Eduardo Gallo, escayolado de cintura y con las ambiciones en el congelador.

La segunda parte de la tarde sobró a todos los efectos, deslucida y mansa.


Diario de Sevilla. LUIS NIETO. Espectáculo huérfano de emoción.

La Monumental de Las Ventas fue como una caja vacía abandona, pese a las apreturas de otro lleno a reventar. Nada de lo que se hizo tuvo eco. Los toros de Valdefresno, aunque los tres primeros fueron muy nobles, carecieron de poder. Y los toreros, aunque con técnica, adolecieron de garra y empaque. Resultado de la ecuación: un espectáculo sin alma. Un espectáculo sin alma en el que ¡ojo!, el madrileño José Ignacio Uceda Leal, el alicantino José María Manzanares, hijo y el salmantino Eduardo Gallo se marcharon de vacío, pese a que dispusieron de tres toros nobles, uno para cada uno, en la primera parte de la corrida.

José Ignacio Uceda Leal se marchó de Las Ventas sin convencer al respetable tras una pobre actuación. El noble que abrió plaza empujó en el caballo. El diestro anduvo por allí. Aquí una bella media. Acá un muletazo largo. Más allá, otro de pecho con buen aire. Pero faltó una estructura a la faena. Tan sólo se lució en una tanda con la diestra en las rayas y en un par de naturales. Con el manso cuarto, que echaba la cara por las nubes y salía suelto, probaturas, probaturas... y más probaturas.

José María Manzanares, en su segunda tarde en este San Isidro, tras su confirmación, tampoco dejó huella alguna. Su primer toro fue protestado cuando se le cambió en el tercio de varas con un solo puyazo –algo inaudito en una plaza de primera–. Las protestas no se hicieron esperar. El joven Manzanares, como alma en pena, se desenvolvió entre pases y más pases, mezclados con algún enganchón y algún desarme. Faltó garra, faltó esencia en lo que hacía. Con el manso quinto, el torero alicantino no pasó de correcto y discreto. No era para lucimiento alguno. Y lucimiento, la verdad, hubo poco. O ninguno.

Eduardo Gallo no quiso dejar mal a sus dos compañeros y tampoco consiguió logros importantes. El tercero, que se dejó pegar en varas, derrochó nobleza en el último tramo de la lidia. El torero salmantino comenzó con un prometedor comienzo, que se evaporó de inmediato. A medida que el toro perdía gas, la labor caía en saco roto. Como elogio, únicamente consiguió redondear en una buena tanda con la derecha. Ante el que cerró plaza, manso, complicado y con dificultades, Gallo no sacó sus espolones.

La terna se marchó entre algunas discrepancias de la parroquia. Los espectadores se aburrieron soberanamente en lo que resultó todo un espectáculo huérfano de emoción. Un espectáculo sin alma.

 

Otros festejos de la temporada en Madrid