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Feria de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del Miércoles, 18 de mayo de 2005
Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA
Corrida de toros
Ganadería:
5
toros de Alcurrucén,
justos de presentación, fuerza y nobles, destacaron el 2º y 5º.
El 3º, un sobrero de López Gibaja,
manso y deslucido. Diestros:
-
César
Rincón.
Estocada tendida y caída (oreja); pinchazo y estocada caída (oreja). Salió a hombros por la puerta
grande.
- El Cid.
4 pinchazos y estocada (silencio);
3 pinchazos y estocada baja
(dos vueltas al ruedo).
-
Eduardo Gallo, confirma la alternativa. Estocada baja (silencio); media y estocada (ovación).
Presidente: M. Muñoz Infante.
Entrada: Lleno.
Crónicas de la prensa: El País, ABC,
Diario
de Sevilla
El País.
ANTONIO
LORCA. César Rincón, por la puerta grande.
Fue una tarde para el recuerdo; una tarde de toreo total, de emoción, de vibración, de conmoción...
La historia comenzó en el segundo, que había blandeado en el caballo; salió, entonces, El Cid y lo lanceó a la verónica y una media ajustada.
Y le contestó Rincón. Citó de frente y dibujó tres chicuelinas ajustadísimas que cerró con una media verónica de auténtico cartel de
toros, arrebujado el torero con el capote, preciosa, de tanta belleza que resulta imposible explicar. Fue como un calambre que te cimbrea y
te recorre de la cabeza a los pies. Fue un momento de íntima emoción, de los que hay que ver para sentirlo, vivirlo y saborearlo. Brindó al
público y transmitió Rincón una disposición insólita en el toreo actual. El toro, codicioso y noble, fue un fiel colaborador, y el
torero dictó una lección magistral, cuajada de poderío, de temple y conocimiento sobre la mano
derecha. Bien colocado, siempre cargada la suerte en cada pase, brotaron redondos largos y hondos. No se acopló
con la izquierda y volvió a intentarlo a pies juntos para conseguir algún natural y una preciosa trincherilla. Los ayudados y el kirikiki
finales fueron el broche a una gran faena que no fue rubricada con la
espada.
Con verónicas apasionadas recibió al cuarto, un toro más parado que se encontró con un torero pleno de madurez que lo enseñó a embestir.
Valentísimo en todo momento consiguió encelarlo en la muleta y dibujar redondos de auténtica calidad; especialmente una tanda templadísima,
profunda y ligada en la que los derechazos conmocionaron a la plaza. A menos, otra vez, por el lado izquierdo, citó a matar recibiendo y
pinchó, pero la oreja fue justamente a sus manos porque había protagonizado una tarde de toreo solemne. Salió por la puerta grande
con todo merecimiento, reverdeciendo los laureles de sus mejores tardes en esta plaza.
Pero quedaba el quinto, y quedaba otro artistazo vestido de luces, El Cid, que recibió al toro con unas garbosas verónicas que superó,
después, en un quite de dos y media sencillamente magistral. Brindó también al público y no quiso ser menos que el maestro Rincón. El toro,
nobilísimo y con las fuerzas muy justas, colaboró para que la faena alcanzara cotas de arte rallanas en la perfección: dos tandas de
redondos y otras tres de naturales, todos larguísimos, enormes, vistosísimos, y todos ellos ligados con pases de pecho de pitón a rabo.
Una faena cumbre, con la plaza de las Ventas puesta en pie, que hubiera sido histórica si El Cid no falla, una vez más, con los aceros. Perdió
la salida a hombros, le obligaron materialmente a salir del callejón y a dar dos vueltas al ruedo al grito unánime de "¡torero, torero!".
Su primero fue un sobrero manso y deslucido con el que se justificó sobradamente en el tercio final.
Mientras todo ocurría estaba allí el joven confirmante Eduardo Gallo, que decepcionó profundamente en su primero, un animal que derrochaba
nobleza, en una labor desordenada, superficial y vulgar. Al menos, Gallo tuvo la
oportunidad de asistir a dos clases magistrales de toreo. Recogió el guante y se lució con el capote. Muleta en mano, se mostró
valentísimo y robó algunos muletazos a un animal que pronto se vino abajo.
A Rincón se lo llevaron por la puerta de Alcalá, mientras El Cid, desesperado, rumiaba su mala suerte. Sobre la arena de la plaza quedó
un reguero de arte.
ABC.
ZABALA
DE LA SERNA. Gloria y Puerta Grande al eterno César de Madrid y loor a la inmensidad de El Cid.
Quisiera tener cien vidas para cambiarlas. Una tengo y la daría por quedarme ciego y no ver más luz que la del toreo que ayer me cegó. Hoy
seguiré en la penumbra en la que sobrevivía. Sobrevivir no pasa de ser la pura mediocridad; la pura verdad deslumbra. Y cuando pasa regresas a las tinieblas, pero afortunadamente ya eres ciego. O no quieres ver más. ¿Para qué? ¿Para olvidarte de César Rincón, el César de Madrid, descerrajando paso a paso la Puerta Grande, camino del toro, con toda la torería añeja de sangres bravas e hígados oxidados? ¿Para no recordar su maestría en las pausas, en la búsqueda del pitón contrario y la pureza y estrellarte con el muro de medianías de la modernidad? ¿Para que se sequen las lágrimas de hace más de diez siglos, que ayer fueron negras de lutos y recuerdos? Prefiero seguir llorando. Llorando durante la faena de El Cid, príncipe de Sevilla, izquierda dormida en un sueño que se sumergió en la calidad dorada o colorada de un núñez de Alcurrucén que quiso hacerlo rey de Madrid. El almíbar del toro, embelesado en las verónicas del TORERO, que enloqueció la plaza, que rugía en un bramido que rebosaba el mar profundo de la Maestranza en sus tardes roncas. No hay rivalidades cuando el toreo es universal; no hay Madrid, ni AVEs, ni Burgos, ni
Despeñaperros, ni gatos más que los que se engendran en la barriga cuando se pretenden marcar fronteras. El Cid transciende con su cintura, su muñeca rota, el compás de su toreo, el acompañamiento de las embestidas, en lo que es abandonarse al toreo sin abandonamientos falsos ni relajos mentirosos ni barriguitas fuera ni poses fingidas. Simplemente el pecho por delante, la muleta por delante, la femoral por delante. Y el resto, ¡a ver si se enteran!, no vale y no se aplaude. Vayan una tarde atrás, a la de los toreritos, y comparen aunque no se admita la comparación.
¿Qué tiene que ver cómo le anduvo César Rincón a sus toros con los andares de Berjusa de César Jiménez? La forma de citar, embarcar, trazar y vaciar las embestidas. La tarde cobró ritmo cuando El Cid le dibujó dos verónicas y media al toro de Rincón. «¿A mi toro en mi plaza?», pareció decir el César. Y allí se apretó por chicuelinas a la vez que los machos. Había confirmado fríamente Gallo con un toro frío y sin humillar, pero ahí los gallos de pelea eran los otros. El maestro bogotano hizo todo a favor del toro, hondo y largo, desde el prólogo por alto, a pies juntos, a los balones de oxígeno que les administraba entre las tandas. Siempre puesta la muleta; la ligazón por bandera; por abajo. Una más tropezada por la izquierda y a respirar, el toro, y la inteligencia torera. Los naturales perfectos, hundido y un broche de faena a dos manos todo empaque, aromas añejos del toreo eterno que nunca envejece. Oreja de ley.
Y cuénteme usted a Rincón hundiéndose a la verónica con el cuarto, que tampoco fue nunca su fuerte. Y aunque el toro se le paró mucho le buscó el pitón contrario, una y otra vez, con los tendidos silenciosos, expectantes, vendiendo hombría, rezumando la reserva de la tauromaquia, una reserva india, colombiana y española. Quiso matar en la suerte de recibir, y el pinchazo en lo alto puntuó. Simplemente. El espadazo a la segunda desprendió la pañolada tras de sí. El espadazo que no consiguió tras bordar el toreo al natural El Cid, como lo esbozaría Miguel Ángel si Miguel Ángel hubiese esculpido el toreo rotundo e inmenso como lo interpretó El Cid, sin espada una vez más, ingenuo para saldar sus deudas con la Puerta Grande que aún le espera; no con Madrid que se entregó en alma y cuerpo al grito de torero, torero, torero, en dos clamorosas vueltas al ruedo.
No le dio opción un sobrero rajado y violento de Antonio López, hiperrealista como el pintor, duro, difícil de matar para Manuel Jesús Cid.
Después de tanta esencia de lo que es el toreo, Gallo se enfrentó con espolones a un Alcurrucén bajo, engatillado, que restó en calidad a una corrida de alta fidelidad. Su valor se reconoció, cuando la gente ya deseaba sacar a hombros al César de Madrid, a El Cid universal que por Reglamento no salió, aunque yo hubiese mandado al carajo el Reglamento.
Diario
de Sevilla. LUIS
NIETO. Rincón reconquista Madrid y El Cid cuaja una faena sublime.
Ganadería. Corrida de Alcurrucén, bien presentada y que dio buen juego. Un sobrero, en tercer lugar, de Antonio López, manso y
huidizo.El César del toreo, el César de Madrid, el Rincón de corazón desbordante reconquistó Madrid una década después. Conquista en la que
puso el alma y la torería de un profesional cuajado –con veintitrés años de
alternativa–, que consiguió de manera meritoria su sexta salida por la Puerta Grande de Alcalá. ¡Qué merito!
Si Rincón estuvo notable en su primer toro, noble, ante el otro se creció. El maestro colombiano dibujó una faena preciosa ante el abanto
que abrió plaza, que cumplió en varas y llegó a la muleta con nobleza, aunque punteaba por el pitón izquierdo. Una faena pausada, con la
muleta adelantada, ritmo en el pulso y hondura en varios pasajes. Rincón, en las rayas, perfiló una primera tanda en la que confió al
alcurrucén. En la siguiente, muy asentado, lo embarcó en un serie de hasta seis muletazos templados, que remató con un forzado de pecho.
Continuó con una tanda intensa por la izquierda. Aunque el toro daba pequeños tornillazos, el diestro sacó algunos naturales sueltos
estimables, alguna trincherilla graciosa y hasta un farol para resolver una situación comprometida. Los remates finales con la diestra
rezumaron torería. Con anterioridad, hubo pique en el tercio de quites entre El Cid, que dibujó dos buenas verónicas y una media, y Rincón,
que cerró un quite por chicuelinas con una media preciosa.
La segunda faena de Rincón rebosó valor y solera. Valor con un toro que no llegó a humillar y solera de un torero cuajado. Lección de maestría,
de torería, en comunión con el público, al que rindió. El toro, muy tardo, con la cara alta, no descolgó apenas. El bogotano, en una
disposición total de comienzo a fin, se estiró muy bien a la verónica, ganando terreno. En las afueras, siempre
cruzándose, exponiendo una barbaridad, con la cintura rota y la planta asentada, cinceló una serie
mandona con la diestra. Otros tres derechazos y como el toro ya no iba, se cruzó más allá y forzó el de pecho con donaire. Hubo otra tanda con
quietud. Y con la izquierda, majestuosidad. El remate de la obra fue superior, con preciosos ayudados a media altura. Entró a matar
recibiendo y señaló un pinchazo arriba. En el siguiente envite enterró el acero en una gran estocada. El premio, que era para dos trofeos,
quedó en uno.
El Cid cuajó una de las mejores faenas de su vida, que vivió la plaza de manera enloquecida. Faena soberbia, sublime, a su segundo toro, puro
almíbar, al que toreó despacio, muy despacio. La obra alcanzó tal altura que, pese a tres pinchazos y una estocada caída, el público
obligó al torero a dar dos vueltas al ruedo clamorosas. Sin duda, hubiera sido premiada con las dos orejas.
El Cid toreó muy bien a la verónica al excelente quinto. En un quite dibujó una media de ensueño. El saltereño inició la faena en el
platillo, en la distancia larga, con la derecha, con una tanda de cuatro muletazos excelentes culminados con el de pecho. Otra buena. Con
la zurda, su mano, cuajó una serie al natural magnífica. Luego, al desgranar tres naturales muy templados y lentísimos, el público saltó
de sus asientos como un resorte. De nuevo, como por arte de magia, otros tres monumentos al natural y otro pectoral inconmensurable. Los
ayudados por bajo en el cierre fueron pura torería. Pero El Cid no mató a la primera. Tres pinchazos, dos de ellos con el toro encogido,
hicieron que volara de nuevo la Puerta Grande, que tantas veces ha tenido este torero y que tantas veces ha perdido por los aceros. Pero
aquello fue mágico.
El tercero, con buenas hechuras y buen aire, había sido devuelto tras una protesta sonora importante. En el cambio se salió perdiendo. Saltó
un sobrero de Antonio López, cinqueño, mansísimo, que se refugió en tablas del 5 y con el que El Cid no pudo lucirse.
Eduardo Gallo no sacó nota en su confirmación. Ganó en sosería al toro que abrió plaza, el de su confirmación –Codicioso, colorado, ojo de
perdiz, bien presentado, astifino, marcado con el número 171, de 535 kilos–. Gallo aburrió y se aburrió con un astado flojo y protestón en
la muleta. Con el que cerró plaza, se esforzó en una faena en la que derrochó valor.
La corrida fue histórica. Rincón apostó por el triunfo como si fuera un principiante que estuviera canino y añadió la solera de un maestro
veterano. El Cid, aunque no acompañase al colombiano a hombros, volvió de nuevo a
imprimir su sello de gran torero en Las Ventas, donde el público le obligó literalmente a dar dos vueltas al ruedo, tras una
faena memorable.
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