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Feria de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del Viernes, 13 de mayo de 2005
Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA
Corrida de toros
Ganadería: toros de
Cuadri. De distinta
presentación, con volumen, mansos, descastados, deslucidos y con complicaciones.
Diestros:
-
Rivera
Ordóñez. Media trasera (bronca); tres pinchazos y bajonazo
(bronca).
- Iván García.
Bajonazo (palmas); pinchazo bajo y dos descabellos (silencio).
-
Fernando
Cruz. Cinco pinchazos, un descabello -aviso- y dos
descabellos (silencio); media ladeada y un descabello (silencio).
Banderillero que saludó:: Andrés Becerra "Corruco de Algeciras",
de la cuadrilla de Fernando Cruz, en el 6º.
Entrada: Casi llena.
Tiempo: tarde tormentosa y lluvia
intermitente.
Incidencias: Fernando Cruz, enganchado en la chaquetilla,
en el 1º y volteado en el 6º.
Crónicas de la prensa: El País, ABC,
Diario
de Sevilla
El País.
ANTONIO
LORCA. La gran bronca.
La noticia estuvo, sin duda, en la gran bronca recibida por Rivera
Ordóñez por su actitud apática, su falta de recursos, su incapacidad
manifiesta, su desconfianza y su aspecto caricaturesco de figura ante
sus dos toros. Pero hubo un torero en la plaza que merece los honores del justo reconocimiento, aunque no le preceda la fama popular de su
compañero.
Se llama Iván García, entró por la puerta de la sustitución ante la lesión sufrida hace unos días por Luis Miguel Encabo y demostró con
creces que le sobran agallas para superar papeletas tan dificultosas como la que ayer le tocó en
suerte.
Quizá sea la necesidad, quién sabe, pero la actitud de un torero es fundamental para volver del revés una tarde que se presagiaba aciaga.
No fueron mejores sus toros que los de Rivera, pero los diferencia la búsqueda del triunfo a base de decisión, valor e inteligencia de un
joven torero que quiere ser figura frente a la desmotivación, la desidia y la duda permanente del veterano.
La corrida de Cuadri cosechó un estrepitoso fracaso. Bien presentados, serios, con cuajo, pero mansos de solemnidad, descastados hasta la
desesperación, nulos en la embestida y, lo que es peor, todos los toros derrocharon una mala uva que no perdonaba el más mínimo error. Fracaso
absoluto porque no hubo bravura ni casta ni nobleza.
Con este material se enfrentó Iván García y lo hizo con un decoro encomiable. Salió su primero con la cara por las nubes y lo recogió con
eficacia y elegancia. En la muleta, el toro se lo quería comer con la mirada, pero García burló al instinto de conservación y le presentó el
engaño en el mismo centro del ruedo con un arrojo respetable. No hubo faena, pero ahí quedó su voluntad, su firme decisión y, también, la
necesidad de aprovechar una oportunidad de oro en esta feria. Volvió a fajarse con el segundo y se le reconoció su decoro y pundonor.
La noticia estuvo, sin duda, en el triste paso de Rivera Ordóñez por esta plaza. Por cierto, ¿quién lo apuntó a esta corrida dura cuando él,
hoy, no es ningún jabato? Llegó derrotado, dio la impresión de que sus picadores salieron con la orden de muerte al enemigo; pareció que quiso
justificarse con el capote, pero en ningún momento se le vio relajado, con mando en plaza. Cuando tomó la muleta en ambos toros su semblante
denotaba que rogaba al cielo que pasara cuanto antes tan difícil cáliz. Con la tez demudada, sin recursos, a la defensiva, se dedicó a quitar
las moscas desde lejos mientras arreciaban las palmas de tango.
Y confirmó la alternativa Fernando Cruz, que pasó auténticas fatigas con su primero. Con escasa experiencia, vio cómo el toro le ponía los
pitones en la pechera y, en una de éstas, lo enganchó por la chaquetilla, lo levantó en volandas y el toro le perdonó la vida. La
verdad es que el animal imponía un respeto impresionante. El chaval echó toda la casta en el sexto, de embestida violenta que lo volvió a
voltear sin consecuencias. Pero no le perdió la cara ni se acobardó. Lo único que pasó es que era un toro muy difícil para un chaval nuevo poco
acostumbrado a una empresa tan complicada en plaza de tanta
responsabilidad. Un verdadero trago que no olvidará Fernando Cruz fácilmente.
ABC.
ZABALA
DE LA SERNA. Dos excepciones entre la dureza de Cuadri.
Los infiernos se desataron en los prolegómenos de la corrida. Viento, agua y un toro de Cuadri de descomunal aparato. Alto, cuesta
arriba, enmorrillado con un balón de fútbol, negro hasta la cepa de los pitones, hondo como un pozo tenebroso, donde se arremolinaban las peores intenciones. Un belcebú para que confirmase Fernando Cruz, que,
ni corto ni perezoso, se estiró en dos verónicas jugosas interrumpidas por un semivolatín de la bestia, que sembró el síndrome cuadri y
estrenó el abanico de dureza que portaban las inmensas «criaturas» del ganadero onubense. Todos bastísimos menos dos, de hechuras más bajas,
más armónica constitución dentro de la seriedad. Y precisamente fueron las excepciones aun lejos del «Fogonero» de 2004, pero el síndrome
cuadri había atacado a sus matadores: Rivera Ordóñez e Iván García.
Rivera, que había volado bien el capote a la verónica, quiso hacer el gesto de anunciarse en Madrid con una ganadería dura. Pero el gesto se
quedó en eso, en el anuncio. Su toro, que era el segundo, recibió desproporcionado castigo en el caballo, se desplazó todavía largo y
humillado en las manos bregadoras de Joselito Gutiérrez y se empleó en las castigadoras dobladas de Rivera Ordóñez, que tras quebrantarlo por
bajo se inhibió con descaro. Podía haber servido, y mucho, de no recibir tan infame lidia ni caer en muleta tan estéril.
La otra excepción del sexteto de Fernando Cuadri le tocó en el sorteo a Iván García, que se estrenó con un vistoso recorte en los medios.
Suelto con el capote y atenazado con la muleta el rubio chaval. Torero principio, pero no muy acertado al cortarle los viajes. Todavía firme
sobre la derecha para tratar las desiguales embestidas, se desinfló con la izquierda, que era el pitón del cuadri. García enseñaba el recorrido
en el primer natural de cada tanda, y luego le perdía pasos, incluso metros, incapaz de dejarle el trapo en la cara. El toro se encontraba
con que no tenía dónde repetir, no hallaba ni la cercana pantalla roja de la franela ni a nadie que le indicase el camino de la proyección.
Oportunidad fallida. Doblemente al finiquitar la función con un
bajonazo de órdago.
Vergüenza torera
El resto fue pedernal, en especial el lote de Fernando Cruz, que demostró vergüenza torera a espuertas, con el que ratificó el
doctorado, que se defendió por arriba con violencia hasta complicarle la vida en la suerte de matar, y con el sexto, otro cabrón con pintas
que se cruzaba como uno que yo me sé y derrotaba también por las alturas. En éste el amor propio rozó la temeridad en los medios, entre
aquellas oleadas que parecían tsunamis. Ambos monstruos le golpearon con saña de cintura para arriba, como para arrancarle el torso,
el brazo y la cabeza. Y en semejantes y dramáticas situaciones apareció Rivera Ordóñez, director de lidia, sin el capote en las manos. Repito y
exclamo: ¡director de lidia! ¿A qué se dedicaba en el callejón cuando el peligro era tan manifiesto y evidente? No responsabilizarse de su
actuación alguien que se ha paseado diez veces España como figura es triste; no hacerlo de sus compañeros es grave.
Al quinto, tocado arriba de pitones, casi veleto, astifinísimo, lo quiso lucir Iván García en el caballo, demasiado en largo para el
primer puyazo. Cobró lo suyo bajo el peto, arreó en banderillas y luego se reservó, sin romper, sin ideas claras, con la testa amenazante por
las nubes.
Rivera Ordóñez abrevió al cuarto, un auténtico tren, con menos cara que sus hermanos, que se defendió en el peto. Unas chicuelinas de Iván
García brillaron con alegría. Aunque el buey apuntaba a mulo, R.O. hizo como que se puso -fuera de cacho, claro- y no permitió mayores análisis
en una sola serie que los que le realizó en un trío de pinchazos a la deriva.
Entre las labores de plata, Corruco de Algeciras se ató los machos con dos pares grandiosos, sobre todo si se considera su estatura, al
último. Y Joselito Gutiérrez alcanzó un notable nivel en uno al cuarto. Lo de Corruco arrebató a la plaza, que se desahogó en una ovación
cerrada y con los almohadillazos con que despidió a Francisco Rivera Ordóñez. Aquello sonó a bronca antigua. Bronca que, como esta crónica,
no debería pasar del ámbito profesional para caer en los programas rosas como ya usaron la crítica de Sevilla.
Diario
de Sevilla. LUIS
NIETO. Fernando Cruz da el do de pecho en su confirmación.
Ganadería. Corrida de Cuadri, honda, bien armada y en conjunto
complicada. Fernando Cruz cumplió con creces ante un complicadísimo lote en su
confirmación, el peor del encierro. En la efeméride se las vio con un toro imposible para el lucimiento. Un astado de nombre Bolo, familia de
aquel famoso Bola, que dio un excelente juego en Sevilla; pero al que
no se parecía nada. Cruz, tras recibir los trastos de Rivera Ordóñez para su confirmación, muleta en la mano izquierda, estuvo a punto de
ser corneado en el pecho, en una tarascada con el pitón izquierdo. Afortunadamente, el cuerno no atravesó la chaquetilla y no hizo presa.
La escena fue horrorosa. El torero madrileño anduvo mal con los aceros.
Con el peligroso toro que cerró plaza, Fernando Cruz volvió a exponer enormemente. Sufrió otra cogida en la se libró por casualidad de una
seria cornada. El toro, mirón, se le quedó debajo. Aguantó el torero. Y el regalito le lanzó un hachazo por el pitón izquierdo, dándole una
pequeña caricia en la espalda. Continuó el torero sacando pases de uno, con el público asustado. Mató con habilidad. El regalito hubiera dado
jaque mate a más de medio escalafón. Curruco de Algeciras prendió dos pares extraordinarios, con agallas y un arrojo extremos, en los que el
toro le colocó los pitones a escasos centímetros de la barriga.
Rivera Ordóñez fue abroncado con toda justicia en una actuación en la que se inhibió. No quiso saber nada del segundo toro, un animal que
cumplió en los dos primeros tercios y que quedó inédito en la muleta.
El cuarto toro, que se metió en toriles tras salir al ruedo, metió la cabeza con buen son en el capote de Rivera Ordóñez. El diestro, que
comenzó la faena recortando al animal, le quitó las moscas en medio de una merecida bronca. Para colmo, dio un mitin con la espada.
Al tercero le dieron una mala brega y banderillearon mal. Iván García, que entró en la corrida como sustituto del lesionado Luis Miguel
Encabo, realizó una faena inteligente en las afueras, en la que dio con la distancia propicia, la media distancia, en la que no agobió al
cuadri, que se tragó algunos muletazos mandones del torero madrileño.
Iván García consiguió sacar un par de buenas verónicas y una media al quinto, de imponente trapío, al que le dieron dos puyazos tremendos. El
animal, con unas velas de mucho respeto, midió mucho y García no consiguió fruto en una labor pesada.
Al término del festejo, el veredicto del respetable fue muy clarificador: bronca a Rivera Ordóñez, palmas a Iván García y una
fuerte ovación a Fernando Cruz, que recogió en los medios. Cruz, que tuvo la cruz del peor lote, superó su mala fortuna a base de valor y se
libró de dos cornadas cantadas. Fernando Cruz, triunfador moral del festejo, dio el do de pecho en su confirmación de alternativa. Mereció
otra materia prima. Afortunadamente, le resta otra actuación, el próximo 28 de mayo, en la corrida de Guardiola.
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