GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Corrida de Beneficencia
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS

Tarde del miércoles, 8 de junio de 2005
Crónicas del festejo

El Cid en su 5º toro. Foto El País

FICHA TÉCNICA
Corrida de toros

Ganadería: Toros de Samuel Flores. Bien presentados, descarados de pitones, mansos y descastados.

  Diestros: 

  • Miguel Abellán. Pinchazo y estocada desprendida (silencio); estocada trasera y caída (silencio).
  • El Cid. Pinchazo y estocada baja (palmas); estocada baja (oreja).
  • Antón Cortés. Media atravesada (pitos); pinchazo y media (silencio).

Presidencia: El festejo estuvo presidido por Su Majestad El Rey Juan Carlos

Entrada: lleno

Incidencias: El Cid fue volteado en el 5º, sin consecuencias.

Crónicas de la prensa: El País, ABC, Diario de Sevilla


El País. Antonio Lorca. El Cid, en estado de gracia.

A pesar de todo, a pesar de la extrema mansedumbre y falta de casta de los toros de Samuel Flores, hubo toreo y del bueno. No en vano estaba en la plaza El Cid, un torero en estado de gracia, la mente más preclara de la torería andante, al que en estos momentos le embisten todos los toros, al margen de su condición.

Templadas y hondas fueron las verónicas con las que recibió al segundo, y comenzó la faena de muleta en el centro del ruedo para romper la querencia de un manso de libro. El toro se rajó en el momento cumbre, cuando había bordado el toreo en redondo en tres tandas de exquisita calidad, con la muleta siempre por delante, embebido el toro, surgieron muletazos larguísimos, templados, elegantísimos. Mejor, si cabe, la segunda tanda, un compendio de parar, templar y mandar. Cerró con un cambio de manos y un pase de pecho primorosos antes de cerrar con unos preciosos ayudados por bajo y, como es natural, fallar con la espada.

Mejor estuvo en el quinto, en consumado maestro, artista y valiente, ebrio de toreo bueno ante un toro que desarrolló sentido y le propinó una voltereta sin consecuencias. Pero cuando un torero pisa el terreno que pisa El Cid, con esa pasmosa seguridad y conocimiento, surgen redondos y naturales de profunda emoción. Especialmente largos fueron estos últimos, por encima de las condiciones de su oponente y con el público de Madrid literalmente metido en el bolsillo. La espada cayó baja, pero la plaza entera solicitó la oreja para su hijo predilecto, que se ha ganado la primogenitura a base de valor y arte.

Importante compromiso tenía Abellán después de estar ausente de la Feria de San Isidro. Pero su lote no le permitió confianza, una parte del público le exigió más de lo que debía y él mismo se mostró frío, aseado siempre, porfión, pero sin enfado, sin la intensidad que requerían las circunstancias. Recibió a su primero con unas verónicas garbosas, compitió con El Cid en un quite por chicuelinas, dejó que castigaran en exceso al toro y éste llegó a la muleta sin fuerza y con la cara alta. Muchos pases, pero el madrileño no calentó el ambiente. Tampoco alcanzó su objetivo en el cuarto, siempre al hilo del pitón, mientras algunos le recriminaban su actitud.

Muy manso, punteando capote y muleta, siempre con la cara por las nubes, deslucido y sin recorrido... Así fue el primer regalo que le tocó a Antón Cortés. Ni un pase tenía el animal, y honroso se mostró el torero a pesar del injusto enfado del público. Menos justificación tuvo en el sexto, el único que acudió a la muleta con calidad, pero Cortés no se confió, toreó muy despegado, y su labor careció del fondo que el toro requería. Se alargó en demasía y mostró a todos que el toro era mejor que su toreo.

Todo el mundo sabía que se trataba de una corrida extraordinaria, menos los toros, y éstos, sin ánimo de fastidiar, sino porque lo llevaban en la sangre, casi se cargan el festejo. Habrá quien argumente que no es culpa del ganadero, que trajo lo mejor que tiene; lo que ocurre, quizá, es que quien compró la corrida debió tener presente que la ganadería de Samuel Flores, hoy por hoy, sólo luce descaradas y astifinas defensas y acumula altísimas dosis de mansedumbre y preocupante falta de casta. Imposible que con reses tan sosas y deslucidas se pudieran reverdecer laureles en un festejo que ha encumbrado a toros y toreros en sus casi 150 años de historia.


ABC. ZABALA DE LA SERNA. El Cid sale ileso de la encerrona.

Madrid cuidó su tesoro, El Cid. Y le agradeció con una intensa ovación al deshacerse el paseíllo su gesto de apuntarse a Beneficencia, la corrida de los triunfadores sin triunfadores ni figuras al lado. El Sanedrín Táurico de la Comunidad de Madrid le embaucó con falsas promesas, pero Manuel Cid cumplió su palabra. Y cumplió, en definitiva. Cuando en ABC se reflejó el sentir de la afición, dolida por convertir la Beneficencia en corrida de compensación para dos toreros que no se anunciaron en San Isidro, algún palmero mediático salió loando el cartel y la entrada de Abellán y Cortés... No hay nada como sentarse a esperar los cadáveres de los enemigos. Cuestión de paciencia.

El Cid, triunfador de la Feria, salió ileso de la encerrona y con una oreja mansa y noblota como la corrida de Samuel Flores, que no quiso caballos ni pintados por Velázquez, pero que se dejó tontamente. Doblemente ileso El Cid, artística y físicamente tras la voltereta del quinto, el menos facilón y más enterado de los armados samueles, con más cabeza y cuernos que casta. Le templó El Cid con la derecha, lentamente, como la tomaba la embestida, fácil, limpio... Hasta que la cogida despertó la gallardía del diestro, y la emoción en los tendidos, para buscarle el pitón contrario con la izquierda.

Aseguró la oreja con una estocada baja, que no restó en cariño ni en torería, que ayer El Cid fue más dios en contraste con sus compañeros.

Otra debió ser con su primero, de arboladura caída, acapachada y gacha, leña triste. Los capotazos de El Alcalareño, perfecto en la lidia, provocaron que el toro rompiese hacia delante, con su noble mansedumbre a cuestas y su rajada premonición en los lomos. El Cid lo entendió con la mano de la cuchara, dejándole la muleta en la cara, en línea y trazo largo. Tres series, tres, de curso fluido. Se rajó el toro, y a izquierdas El Cid se quedó inconcluso, cariconformista con las huidas.

A Miguel Abellán se le nota la inactividad, aunque su toreo sigue en la tónica toscota y paisajista: Abellán se tumba mucho para componer los muletazos o descomponerlos, no adelanta la muleta ni lo que hace contiene pureza. El cuarto le permitió estar, estar mucho, y pegar una gran cantidad de derechazos y naturales sin nota ni emoción estética algunas. Faltaron los condimentos para aliñar la pastueña embestida del samuel, más humillada que la del anterior de su lote, sin clase ninguna y crujido en varas.

Los embrujos y duendes de Antón Cortés se apagaron a plomo con el tercero, suelto del peto como sus hermanos e invisible en la muleta insegura y entregada a la derrota de Cortés, que no permitió verlo.

Al engallado y muy colocado sexto, más decoroso y no menos afligido el matador de Albacete, lo pasó de pitón a rabo sin ponerse ni una sola vez en el sitio. Acelerado y sin reposo, lo que duró el toro antes de que buscase el campo y a la madre que lo parió no lo aprovechó. Incluso rajadito en la raya se dejaba querer. Pero ni querer ni poder.

Ante la organización perfecta de la Comunidad en los carteles del 2 de mayo y Beneficencia no queda otra que destocarse. El acierto de Martín Marín y Gómez-Ballesteros no debe permitir Esperanza Aguirre que quede sin premio. Lograr además que el festejo de mayor categoría de la temporada, con el Rey presidiendo y respaldando, no se difunda por TVE para toda España por unos cuantos milloncejos de las viejas pesetas es reinversión en la Fiesta en estado puro. ¿O alguien lo duda?


Diario de Sevilla. LUIS NIETO. El Cid vuelve a impactar en Madrid.

El último triunfo de El Cid fue como un paseo militar del saltereño por Las Ventas, plaza conquistada y rendida desde la reciente faena histórica del pasado San Isidro a un toro de Alcurrucén, la mejor de su vida desde el punto de vista artístico. El Cid dejó claro, ayer, quién es el torero con más dotes de mando en estos momentos. Un paseíto ante tremebundos toros de Samuel Flores –su segundo tenía una cuna que era una auténtica cama de matrimonio, con más de un metro de anchura de pitón a pitón y con cuernos de más de un metro y pitones como agujas–. Inteligencia, mando y temple, con una entrega desmedida, fueron las bases fundamentales para un nuevo éxito importante y para dejar claro que Madrid, como Sevilla, son feudos de este Cid que campa ya a sus anchas por la temporada 2005.

El Cid sacó todo el partido al segundo astado en una faena inteligente y medida. El toro, bajo, en el tipo de la casa, manseó, pero derrochó nobleza. El sevillano, cruzándose y adelantando la muleta, sacó muletazos largos en los que el temple fue denominador común. Ligó dos series con la diestra con empaque. Con la izquierda no tuvo opción, pues el animal, rajado, se desentendió del torero. Lo que iba para premio acabó en una ovación tras un pinchazo y una estocada caída. De salida, el saltereño dibujó preciosas verónicas. 

El quinto toro, bajo, tenía una cornamenta exagerada, muy abierta, difícil para embeberlo en las telas. Se dejó pegar en varas. El Cid se impuso de nuevo con inteligencia, mando y temple ante un toro más complicado que su anterior. Faena en la que sacó muletazos muy meritorios por ambos pitones, ante un animal que se abría poco a poco y al que se impuso con facilidad. Sufrió una voltereta, tras ser empalado de una pierna por el pitón derecho y el toro estuvo a punto de herirle. En esta ocasión, pese a la descomunal cornamenta del samuel, El Cid manejó hábilmente la espada y enterró el acero. Fue premiado con una merecida oreja.

La corrida comenzó con una fuerte ovación a El Cid al término del paseíllo, que compartió con sus compañeros. En el capote hubo un pique en el tercio de quites entre el saltereño y Miguel Abellán, al que correspondía el toro. El sevillano dibujó un ramillete de suaves verónicas; el madrileño, toreó por chicuelinas. El toro, muy alto, bien armado y noble, no rompió del todo. El madrileño realizó una faena aseada, pero de escaso calado. La labor de Abellán con el manso, pero noble, cuarto resultó anodina. 

La decepción definió la actuación de Antón Cortés. Su primero, un toro con trapío y en el tipo, se quedaba corto y daba molestos tornillazos. Cortés, que no se acopló, cortó de inmediato ante las protestas del público. Tampoco consiguió entenderse con el sexto.

 

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