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Feria de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del viernes, 3 de junio de 2005
Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA
Corrida de toros
Ganadería: Toros de
Victorino
Martín. Bien presentados y astifinos, bravos en el caballo y de diferente juego.
Diestros:
- Luis
Miguel Encabo. Meteysaca, pinchazo bajo y descabello (silencio); pinchazo, media tendida y dos descabellos (ovación).
- El Cid. Estocada (dos orejas); dos pinchazos, aviso y estocada (vuelta al ruedo tras aviso).
-
Luis
Bolívar. Estocada muy baja (silencio); estocada y dos descabellos (silencio).
Presidente: César Gómez.
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa: El País, ABC,
Diario
de Sevilla.
El País.
ANTONIO
LORCA. El Cid, por la puerta grande.
La torería está de fiesta porque, por fin, El Cid, torero de Salteras, la zurda más honda y pura de la torería actual, fue izado a hombros en olor de multitud para ser venerado, cual dios pagano, por una afición embelesada y sobrecogida.
Por fin, El Cid, por la puerta grande de Las Ventas. Por fin, el toreo en lo más alto, en el altar mayor de la tauromaquia más sentida. Por fin, la suerte se aliaba con la justicia.
La torería es consciente, no obstante, de que las dos orejas concedidas al torero en el segundo de la tarde constituyeron un error de bulto. No fue faena grandiosa, ni muchos menos pero, quizás, los trofeos fueron la compensación de tanta tarde de triunfo frustrado, de tanto gozo transformado en decepción y de tanta alegría como este torero ha proporcionado a la afición madrileña, que lo ha adoptado como hijo y, desde ayer, como primerísima figura del toreo.
No fue faena grande porque el toro, noble, fue corto de embestida y desarrolló un punto de sosería. Fue la faena de un perfecto conocedor del oficio y de los victorinos. No fue una labor de hondo sentimiento, pero sí de dominio y seguridad, sobre todo con la mano derecha. Quizás, el secreto de este torero es que los cita a larga distancia, con la muleta siempre por delante, no los agobia, los deja reposar, carga la suerte y liga los muletazos. Así de sencillo y así de misterioso. No hubo conmoción ni apoteosis, incluso, la vuelta al ruedo careció de la emoción de otras veces. Pero era un torero en su máximo esplendor quien gozaba del favor general.
Llegó el quinto. Hondas verónicas de salida. Se repucha el toro en el caballo y acude con codicia en banderillas. El Cid brinda a Rincón. Se dobla por bajo y el toro va largo, largo. ¿Le tocan a este torero los mejores lotes o es que los entiende mejor que nadie? Sin duda, lo segundo. Otra vez en el centro del ruedo, muleta planchada por delante y comienza entonces una sinfonía del toreo en redondo. Perfecto de colocación, con la suerte cargada, inicia lo que, a la postre, sería una lección magistral de un catedrático taurómaco. La segunda tanda de redondos fue, posiblemente, una de las más perfectas de la historia de este espectáculo. Redondos larguísimos, con el toro embebido en la franela, pases ligados y el obligado de pecho como la culminación más bella que imaginarse pueda.
Ésa sí fue una faena de peso, maciza, apoteósica de un maestro en sazón, de un artista en plenitud. Mató mal, como suele suceder, y el público le obligó a dar una clamorosa vuelta al ruedo.
La corrida de Victorino llevaba la emoción en las entrañas. Todos, a excepción del quinto, cumplieron en el caballo y algunos se arrancaron de largo. No fueron fáciles para Encabo y Bolívar y ambos, dignísimos toda la tarde, pasaron el purgatorio para salir indemnes de tan grave compromiso. Encabo no se confió con el soso primero, en el que compartió un interesante quite con El Cid. Se peleó de verdad con el cuarto, valiente y muy entregado. Quizás, el compromiso era muy grande para Bolívar. Complicado su lote y escasa experiencia en sus manos. No le faltó voluntad, aunque se vio desbordado en su primero y se jugó el tipo en el sexto, que le propinó una espeluznante voltereta de la que, milagrosamente, salió ileso.
ABC.
ZABALA
DE LA SERNA. Por fin la tierra prometida, Cid.
Por fin la tierra prometida, ese trocito de cielo que se respira bajo la arcada de la Puerta Grande, Cid. ¿Cuántas veces te esperaba con los brazos abiertos, paciente como la amada rendida, y tú, sin querer, la despechabas con una espada que no respondía a tu apellido, Cid? ¡Qué bocanada de gloria no te entraría por el cuerpo en la procesión hacia la calle de Alcalá! ¡Qué gozo cuando todo el acero que nace de la empuñadura y los gavilanes se hundió por arriba! ¡Qué respiro, torero! Te la debíamos por tantas y tantas tardes de profundidad y toreo eterno. O nos la debías tú. Fue un compendio de deudas las que saldamos ayer, un reguero de lágrimas negras las que borramos de un espadazo curtido en mil desencantos encantados. Por eso Madrid te abrió ayer su corazón con una faena que se agarrotaba por la tensión, que en suma y en resumen no habrá sido ni la más honda ni con la que más a gusto te habrás sentido. Porque, en verdad, no te acabaste de sentir a gusto ni fluido con ese victorino que horadaba el ruedo con el hocico y su carbón, al que lo viste pronto por el pitón izquierdo, le perdiste pasos en una serie y le ligaste la siguiente por abajo con esa muñeca dorada de los dioses sagrados de la torería. Pero como el toro tardeaba, en otra más, le pisaste la distancia en lugar de echarle de comer y te sorprendió con un desarme y una arrancada no calculada. La derecha ayer le ganó la partida a la izquierda, en éste y en el quinto, veleto, sueltecito de capotes, con el que ya, con la Puerta Grande asida, te sumergiste en los derechazos más lentos y templados que hayan trazado los flecos de tu muleta. Hablamos tanto de tu izquierda y ayer nos abriste el abismo de una mano diestra para recordarla por los siglos de los siglos. ¡Y cómo vaciabas los pases de pecho! El victorino, medio rajadito desde casi los albores, te permitió demostrar que, con permiso de Rincón, eres el torero más puro de los activos. Quizá por eso le brindaste al César. Me ha pasado como en la tarde de Bayona, cuando hace cuatro o cinco años cortaste el rabo que te lanzaba: que me ha gustado más la faena pinchada que la recompensada con dos orejas. Da igual, tu momento vívelo, porque los demás lo vivimos con pasión. Tanta que a punto estuvimos de gritarte en el broche o cuando encarabas la suerte natural, para decirte torero, primero, y que era en la contraria, después, para que lo vieses algo más claro.
Ante Luis Miguel Encabo nos destocamos. No se puede estar más torero macho con la alimaña del cuarto. Tremendo Encabo, ¡y arrastrando una grave lesión!, valentísimo, y perfecto en la dirección de la lidia, en maestro, joven maestro, magistral al fin y al cabo. Cómo cortó tu quinto cuando se marchaba hacia el picador que guarda puerta, o cómo ayudó a Bolívar con el imponente sexto, o cómo se dispuso al quite entrebarreras cuando Luis se clavó ante la puerta de chiqueros. Torear también es eso, y no querer dejarse ganar la partida por ti, Manuel, que le hiciste un quite a la verónica al victorino que abrió plaza y te replicó por apretadísimas chicuelinas, ya que te había provocado con unas verónicas y una media muy bella. En todo vuestro duelo ya se vio que el victorino no humillaba, que embestía al paso y sin gas, y que vosotros pusisteis una estética a la que el toro no respondió con entrega, exactamente igual que en la muleta.
Bolívar atravesó un desierto, pasó un quinario. El tercero no se definió hasta el tercio de muerte, que en el sabio capote de El Boni se quedaba por debajo, sobre todo a izquierdas. Pero Luis le ayudó a romper algo más, con un público un tanto hosco desde el principio. Al toro le faltó un tranco, pero lo que hacía, en el son de la casa, lo hacía por abajo. La tan abierta y forzada colocación de L.B. no gustó, y motivó ese cara o cruz con el que se jugó la vida con el perverso último, de los que dan fama a sus apoderados, que seguirán triunfando en su campo más que administrando toreros. Aunque hacerse lleva su tiempo. Tú lo sabes, Cid
Diario
de Sevilla. LUIS
NIETO.
El Cid, torero de Sevilla y de Madrid, dueño del cotarro.
El toreo es un arte y el arte no tiene, no debe tener fronteras. Pero para aquellos que les gustan las etiquetas, hay que decirles que El Cid, torero de Sevilla desde que abrió la Puerta del Príncipe en dos ocasiones en la Feria de Abril, tiene ahora también etiqueta oficial de torero de Madrid, tras cuajar varias faenas en este San Isidro y abrir por primera vez en su carrera la Puerta Grande de la calle de Alcalá, tras cuatro años mereciéndola y perdiéndola varias veces por el mal manejo de la espada. En ambas plazas el público lo ha acogido con mucho cariño; pero no nos engañemos, lo ha hecho en proporción a su entrega y a sus éxitos, que hoy por hoy son extraordinarios. Para que se hagan una idea, convertirse en la misma temporada en el rey de Sevilla y Madrid es como ganar la liga y la Champions o el Giro y el Tour, en el mismo año.
Hay quien piensa que Las Ventas no tiene corazón. Pero ayer enseñó su semblante amable ante un profesional sincero. En correspondencia a la faena histórica que cuajó El Cid el pasado 18 de mayo, lo recibió con una gran ovación al término del paseíllo, que compartió el saltereño con sus compañeros Encabo y Bolívar. Y luego le premió con dos orejas –la segunda, excesiva–. Y le obligó a una vuelta al ruedo por un faenón mejor al quinto, que no resolvió a la primera con el acero y que era para el premio de otros dos merecidos trofeos.
La corrida de Victorino, postre goloso torista del ciclo isidril, bien presentada, decepcionó en su juego. Con el motor justito, ninguno de los toros sacó nota. Muy lejos del encierro de la pasada Feria de Abril. Sobró el celo de los toreros por poner de lejos a unos toros de escasa casta en la suerte de varas.
El Cid se impuso con autoridad, de principio a fin. Al segundo victorino, complicado, le dio nada menos que cinco naturales ligados al de pecho en la boca de riego. Con el toro a la defensiva, le sacó otros cuatro muletazos con la zurda, uno de ellos de gran intensidad. En la preparación de la siguiente, el toro le sorprendió y estuvo a punto de cazar al diestro. En la primera tanda con la derecha llegó a parar en uno de los pases al animal. Ya en la otra, muy apretado, tuvo que salvar la tremenda agilidad de cuello del animal. Muy concentrado, en esta ocasión no se precipitó en la suerte suprema. Entró con seguridad y enterró el acero en un volapié bien ejecutado. La faena, que era de una oreja, fue premiada con dos. El público lo pidió casi en su totalidad, como si le quisiera abrir la puerta grande de Alcalá, que él mismo se cerró en su actuación antológica en este San Isidro, cuando falló con el estoque.
El quinto toro, distraído y receloso en los primeros tercios, fue encelándose en la muleta, aunque manseó durante su lidia, buscando tablas. El Cid le robó algunos lances de salida, muy apretados. Brindó a César Rincón, otro maestro que ha alcanzado la gloria sin cuentos de mercadotecnia, sin historietas de apellidos, sin papel cuché. Brindis de un torerazo que ha alcanzado ya el marchamo de figura a un maestro consolidado. El saltereño, con la muleta, con una decisión impresionante, comenzó en los medios con una tanda diestra mandona. De lejos, otra con la muleta lamiendo la arena. Se fue el toro a las rayas y ahí nuevos muletazos con hondura. Al natural se jugó la femoral sin cuentos. Aprovechó la huida del toro hacia los tercios, intercalando algunos muletazos preciosos. Los pases de pecho fueron soberbios. Pinchó en dos ocasiones y mató en el tercer envite. El público, conquistado, le obligó a dar la vuelta al ruedo.
Luis Miguel Encabo, que salía de una lesión de clavícula, en profesional con redaños, sacó nota ante un lote complicado, especialmente su segundo, un barrabás. El primer toro resultó deslucido. Intentó siempre topar en la muleta. El primer chispazo de la tarde saltó cuando El Cid meció el capote, con temple y ritmo, en un quite a la verónica. Con amor propio le replicó Encabo en otro de ajustadas chicuelinas. Luego, Encabo, que no banderilleó por la lesión ya citada, se justificó ante un animal que no se entregó en la muleta y se quedó cortó. El cuarto se dejó pegar en varas, saliendo suelto. En la muleta se revolvió con gran violencia e incluso saltaba en busca del bulto. Encabo se peleó con garra y valor con el marrajo. Su actitud hubiera valido para una merecidísima vuelta al ruedo, que quedó en una gran ovación tras fallar con los aceros.
Luis Bolívar no se acopló con el insulso tercero. Al sexto, de impresionantes pitones, lo recibió con una larga cambiada de rodillas a portagayola. Muy valiente, se jugó el pellejo sin cuentos. Fue cogido. En la muleta, haciendo la croqueta, se libró de una cornada que hubiera acabado en tragedia.
El Cid demostró, con toreo de verdad, que es el dueño del cotarro. Puede con todo y en todas las plazas. Con toros comerciales, con hierros duros. Es torero de Sevilla, torero de Madrid... Figura del toreo.
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