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Feria de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del miércoles, 1º de junio de 2005
Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA
Corrida de toros
Ganadería: Tres
toros de Partido de
Resina (bien presentados, mansos,
escasos de fuerzas y descastados), dos sobreros (1º y 3º) de Puerto Frontino (descastados
y mansos)
y un sobrero (5º) de Mauricio
Soler Escobar (manso y peligroso). Diestros:
- Manolo
Sánchez. Pinchazo y bajonazo en los costillares (silencio); dos pinchazos, media y dos descabellos (pitos).
-
Víctor Puerto. Bajonazo en los costillares,
aviso (pitos tras aviso); media baja y un descabello (silencio).
-
El
Califa. Estocada, aviso y un descabello (ovación tras aviso); tres pinchazos,
aviso, un pinchazo, estocada y un descabello (silencio tras aviso).
Presidente: José Manuel Sánchez.
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa: El
País, ABC, Diario de
Sevilla
El
País. ANTONIO
LORCA. Guapos toros tristes.
La tarde fue para el olvido. No queda nada en la retina. Bueno, no es verdad. Queda en el alma la profunda tristeza que producen los inválidos, mansos, descastados y, a la vez, hermosos y guapos toros de Pablo Romero, ahora del Partido de Resina. Queda la preciosa estampa del segundo al salir de chiqueros. La imagen de ese toro a galope hacia el primer burladero, con la cabeza alta y la mirada altiva y desafiante, era de una belleza inquietante e irrepetible. Qué pena que la emoción fuera tan efímera. Ese mismo animal de postal y sus hermanos se tornaban enfermizos, inválidos y amorfos a los pocos minutos, si no rodaban por la arena para vergüenza de su estirpe. Hasta tres volvieron a los corrales en una tarde infame para esta legendaria divisa. No levanta cabeza este hierro, famoso en tiempos pasados, pero sumido ahora en la más profunda sima de la falta de casta. Sopor y pena es lo que
queda de la lidia de estos toros irrespetuosos con su propio linaje.
Pero en la espesura de la aburrida tarde hubo también dos puntos negros tan impropios de un matador de toros como difíciles de olvidar. Manolo Sánchez y Víctor Puerto propiciaron a sus respectivos primeros toros sendos bajonazos de escándalo en los costillares que dejaron en entredicho su personalidad. No es admisible que un torero que intenta abrirse camino como el primero se eche fuera de manera tan descarada y busque los bajos con afinada puntería. Eso no es matar, sino masacrar. Si no está uno para vestirse de torero porque el corazón no aguanta es más digno quedarse en casa que exponerse al ridículo. Aquí no se puede venir a ganar el sueldo. Esto es otra cosa. Y algo parecido le ocurrió a Víctor Puerto en el suyo, que lució unas astifinas defensas, lo cual no es justificación, porque lo que suelen tener los toros son cuernos y dignidad es lo que le debe sobrar al torero. Mal, muy mal, ambos señores vestidos de luces que echaron un negro borrón en sus respectivas carreras.
Por cierto, El Califa, en su primero, se echó encima del morrillo y consiguió una estocada a ley cuya perfecta ejecución fue reconocida por todos. Es ésta la línea que define y separa a los toreros de los otros. Bien es verdad que ninguno de los tres toros dio opción alguna al lucimiento. Mansos y deslucidos, no permitieron, si quiera, la justificación de sus matadores. Más envalentonado El Califa, se ganó una voltereta sin consecuencias y llegó a robar unos naturales estimables.
Tampoco tuvo oportunidad Sánchez en el cuarto, que pasó más inadvertido porque durante su lidia cayó un aguacero y la gente aprovechó la escasez de recursos del diestro para resguardarse de la lluvia. Un manso total salió en quinto lugar; huyó de los capotes y del caballo como de su sombra y creó el desconcierto en el ruedo. Muleta en mano, quedó claro que la voluntad de Víctor Puerto no tenía mucho sentido ante semejante oponente. El Califa libró una seria batalla con un toro dificilísimo, a sabiendas de que el éxito no sería posible. Lo intentó, con la tarde ya anochecida, tornillazo va, tornillazo viene, hasta que el público le rogó que acabara con tan feo espectáculo, lo que hizo también feamente echándose fuera.
ABC.
ZABALA
DE LA SERNA. La tragedia de los pablorromeros y el drama del palco presidencial.
A la tragedia de los pablorromeros no se le ve salida por ningún lado. Es trágico que el más bello toro de la dehesa española se encuentre en una situación tan desesperada y desesperante a la vez. Pero no mejor se encuentra el palco presidencial de Las Ventas, desnortado de rumbo, peripatético tras la actuación de la miurada y también ayer. José Manuel Sánchez, el presidente mediático de flamante pajarita, se encuentra en todos los fregados le toque o no le toque asumir el papel de autoridad competente (sic). Todo el que contempló el escándalo del día de los miuras por televisión se preguntaba qué pintaba Sánchez entrebarreras liando el cotarro más que arreglando nada, asumiendo un protagonismo que no le correspondía. Todo el que siga la feria sabe que en tres de las cuatro corridas peor presentadas (José Escolar, Joselito-Martín Arranz, Domingo Hernández-Garcigrande y Puerto de San Lorenzo) presidió, y por tanto en su boca se encontró la última palabra para aprobar unos cuantos animales indignos de la categoría de Madrid. Ayer, volvió a hacer de las suyas: devolvió un primer pablorromero que renqueaba precipitadamente -antes de que apareciesen los caballos- y un tercero tardíamente -ya con el segundo par de banderillas-; al menos al quinto lo expulsó del terreno de lidia tras un primer puyazo, con un tiempo suficiente y justo para comprobar su manifiesta flojedad; la penúltima hazaña se la apuntó con un manso pregonado al que no quiso cambiar de tercio con un par de entradas al caballo cuando el matador de turno (Puerto en este caso) se lo solicitaba ante la necesidad de no darle al toro capotazos que complicasen más su comportamiento; la última medalla cayó junto con un aviso con el toro muerto.
Entre la tragedia y el drama, la actuación de Manolo Sánchez, que no desaparece de San Isidro ni aunque se reduzca el ciclo a la mínima expresión. Despachó con brevedad y un sartenazo a un sobrero de la prestigiada ganadería de Puerto Frontino que se quedaba corto y se defendía y a un pablorromero de lámina irreprochable que manseó y atacó la muleta por arriba. No es torero ni para esta corrida ni para esta feria.
Engañó el segundo, de Partido de Resina, el nombre actual de los pablorromeros, que barbeó tablas y amagó con saltar. Pero como apretó con fuerza para adentro en el peto, después de que Víctor Puerto cambiase al caballo de terreno para buscarle la querencia, el personal se quedó con la copla. Embistió (¿?) con los pitones por el pecho, y Puerto pecó de pichón al querer enseñar de entrada en la larga distancia lo que no existía. Mal planteamiento y peor bajonazo. Pasó las de Caín con el sobrero de Escobar, un barrabás cargado de mansedumbre, aunque algo se tragó por el izquierdo.
El Califa, valeroso a más no poder, sufrió un volteretón con el sobrero de más clase de la corrida, uno de Frontino. Careció de fondo y Pacheco alargó el metraje de la obra contra un tormentoso viento. Ejecutó con un volapié a saco. El tercer pablorromero que se lidió, el sexto, rompió el tipo de la corrida y tiró hachazos a trote y moche.
Diario
de Sevilla. LUIS
NIETO. Limpieza de corrales en lo que se suponía una corrida torista.
En la recta final de San Isidro, tres ganaderías a examen: Partido de Resina, Adolfo Martín y Victorino Martín, que supondrá el próximo viernes el cierre del ciclo. En esta traca torista, la corrida de Partido de Resina –los legendarios pablorromeros– supuso una auténtica decepción. Decepción en parte. Porque casi todo el mundo sabe que de los antiguos pablorromeros únicamente queda en la genética su belleza morfológica. Toros guapos. Pero por su sangre ya no corre aquel torrente de bravura que también los hizo famosos. Los de ayer, toros de bella estampa, pero sin contenido. Tres devoluciones. Media corrida. Un papelón.
El toro que abrió plaza, tras renquear, fue sustituido por un sobrero, de Puerto Frontino, noble de salida, pero que se revolvió rápido en la muleta de un Manolo Sánchez desconfiado que cortó el trasteo de inmediato y mató pesimamente. El vallisoletano apenas pudo sacar muletazos al manso cuarto, en medio de una fuerte lluvia.
Víctor Puerto se justificó ante un mal lote. El segundo toro poseía una estampa preciosa e imponente: cárdeno, hondo y muy bien armado. De salida distraída, se empleó muy fuerte en varas y muy fuerte le zurraron. Puerto cambió constantemente de terrenos en una labor de muleta insulsa, en la que el astado no descolgó. El quinto, tras derrumbarse en dos ocasiones, fue reemplazado por un sobrero de Escobar, manso de solemnidad: muy frío de salida, huidizo al sentir el hierro en el caballo y cobarde y peligroso en la muleta. Puerto aguantó con resignación numerosas tarascadas por ambos pitones.
El Califa también derrochó pundonor. En los lances de recibo a su primero, muy flojo y noble, brilló en una buena media verónica. Cuidaron en varas al animal, que buscó tablas en banderillas. Después de todo ello, el presidente, en una decisión incomprensible, devolvió al animal. El Califa recibió con vibrantes verónicas al sobrero, del hierro de Puerto Frontino, que saltó con muchos pies y se dejó pegar, sin más, en el primer tercio. El torero valenciano apostó por no sacar al toro a los medios para protegerse del fuerte viento. En las rayas, la faena se desarrollaba sin apenas emoción hasta que el toro le levantó los pies en un fuerte hachazo que le propinó en un pase de pecho. El animal, descastado y rajado, se echó. Luego, esperó en lo que resultó una estocada muy arriesgada, de la que el espada salió prendido por el chaleco. El último toro, muy alto y montado, no se entregó. El Califa, voluntarioso, intentó lucirse con el incómodo animal.
El festejo comenzó con la incógnita sobre la situación de Partido de Resina. Si continúa así va camino del precipicio. Un festejo en el que hubo poco que festejar y que terminó, tras casi tres horas de aburrimiento, en una lamentable limpieza de corrales.
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