GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Feria de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS

Tarde del lunes, 31 de mayo de 2004
Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA
Corrida de toros

GanaderíaCinco toros de Cuadri y uno, el 4º, sobrero, de Lozano Hermanos (bien presentados, mansos, nobles y violento el sobrero)

Diestros: 

Entrada: Lleno.

Crónicas de la prensa: El País, Diario de Sevilla, El Mundo, ABC

Curro Díaz. Foto de Víctor Lerena. EFE

El País. Antonio Lorca. Inspiración de Curro Díaz

A punto estuvo Curro Díaz de formar un alboroto en la plaza de Las Ventas. Natural de Linares, matador de toros desde 1997 y con tan sólo 20 corridas en su ya larga carrera, vivió un auténtico arrebato de inspiración al comenzar su faena de muleta que conmocionó a los tendidos. Brindó al público con pausada solemnidad y se dirigió hacia el toro con paso corto. Le presentó la muleta y dibujó hasta cuatro pases por bajo largos, templadísimos y hondos entre estruendosos olés; continuó con un vistoso cambio de manos y cerró la tanda con un larguísimo pase de pecho.

La plaza quedó hipnotizada y conmovida ante aquella insólita demostración del arte de torear, ante aquel espectáculo maravilloso que pocas veces se hace presente en un ruedo.

Si el torero hubiera continuado por ese camino, hoy sería menos Díaz y más Curro. Pero no debe ser fácil cincelar una obra de arte cuando sólo se ha tenido acceso a unos pocos bocetos. Y no es que la faena se viniera abajo, sino que no mantuvo el alto nivel inicial. La primera tanda por la derecha resultó acelerada; más torera y templada la segunda. Con la izquierda sobresalió sólo en un pase de la firma, y consiguió después un natural y un pase de pecho. Todo lo realizó con gusto y torería, pero faltó la faena maciza, faltó la serenidad suficiente para pensar en la cara del toro y aprovechar sus bondades. Además, mató feamente y la soñada apoteosis quedó en una vuelta al ruedo.

Las oportunidades se presentan una vez en la vida y el panorama cambió por completo en el sexto toro. Hizo una aceptable pelea en varas, recortó en banderillas y llegó a la muleta sin el fuelle necesario para embestir una sola vez. Se derrumbó en la arena y comenzó el bochornoso espectáculo de la cuadrilla tirándole del rabo y de los pitones para intentar levantarlo. Cuando iba a ser apuntillado el animal se levantó y sólo aguantó que Díaz le clavara en los bajos una estocada casi entera. Quedará en el recuerdo el arrebato de inspiración de un torero desconocido, y también la profunda decepción del triunfo no alcanzado.

Sin duda, Dávila Miura querrá olvidar con rapidez su nefasta tarde. Ni tuvo suerte ni estuvo inspirado. Su segundo no tenía un pase, descompuesta la embestida tras una brava pelea en varas y un desordenado tercio de banderillas. Dio un mitin con la espada, con unas precauciones impropias de un matador. Antes, había sufrido en sus carnes la injusta crítica de un sector de la plaza cuando toreaba de muleta a su primero. A veces, la exigencia se confunde con la impertinencia y, ciertamente, a Dávila le reventaron la faena. Toreó bien al noble toro por ambos lados, pero una minoría no cesó de pitarle en un injusto desprecio a su labor torera.

Y El Califa estuvo, pero como si no se le esperara. Muy triste, aburrido y sin recursos ante un lote poco propicio. Muy descastado fue su primero, al que toreó de la manera más insulsa que imaginarse pueda, y áspero y bronco fue el cuarto, al que mató de manera impropia.


El Mundo.  JAVIER VILLÁNLuz de Curro Díaz y tinieblas de Cuadri

Con unos ayudados por bajo y unos torerísimos muletazos, erguida la planta para llevarse el toro a los medios, Curro Díaz dejó sello en Las Ventas de una calidad incuestionable. No es una trayectoria gloriosa la de Curro Díaz y ya es hora de que empiece a definir su carrera. La ocasión se le presentó ayer en Las Ventas y a fe que Curro Díaz exhaló aroma de torero; hasta en los muletazos de adorno, esos que aligeran la tensión de las series macizas y ligadas, demostró este torero la solera de su largo aprendizaje.Claro, que los años de aprendizaje no quieren decir nada: hay algunos que no aprenden nunca. Su demostración fue en el tercero de Cuadri, una divisa que se espera siempre en Madrid con una disposición benévola rayana en el entusiasmo. Veamos, toro por toro, cuál fue el juego de los de Cuadri.

Hondo y cuajado el primero. Y cansino como si no pudiera con los 577 kilos repartidos sobre su esqueleto Santa Coloma. Tomaba la muleta sin convicción y le faltaba la beligerancia propia del toro bravo. Desconfiaba, creo yo, de sí mismo: de sus fuerzas y de su pobre cabeza. Cuando se está tan mal armado es natural que desaparezcan el espíritu agresivo y las ganas de pelea. Le faltó, pues, beligerancia. Y a El Califa también. La beligerancia es buena en los toros y en los toreros; es imprescindible, diría yo. Sólo que, a veces, la gente del toro confunde la beligerancia con zurrarle la badana a la prensa y eso es ya beligerancia mal entendida. Me cuenta Pepe Mata, periodista mexicano, que a su colega Francisco Morales, en el desolladero, Herrerías y Leal le han puesto de chupa de dómine; y la cosa no llegó a más por la intervención conciliadora de la policía. Pues a quien hay que poner de chupa de dómine y zurrarle contundentemente la badana es al señor Herrerías, empresario de La México, y al señor Leal, al que recuerdo de torero con no muchas luces. Lo cuento bajo palabra de honor de Pepe Mata.

Así que la beligerancia, en el ruedo y contra el toro; mejor andaba de armamento, el segundo, aunque no mucho; estaba fatal de fuerzas. Con menos romana y por los suelos; lo que quiere decir, a lo peor, que esto de las caídas nada tiene que ver, o poco, con los kilos: 508, media tonelada de escombros. Empujó en varas, metió los riñones y eso fue un acto heroico, el heroísmo del bravo maltratado por una artrosis perniciosa o deslome artero.Su beligerancia noble y encastada era evidente y, a la vez, patética.Su corazón de bravo estaba por encima de sus fuerzas. Y Dávila no acertó con el sitio ni con la altura para mantener en pie tan delicada nobleza. En un acto de piedad infinita, el señor Muñoz Infante mantuvo el inválido en el ruedo.

La compasión de los presidentes es una virtud cristiana por la que serán recompensados en la otra vida. Un poco más de compasión no hubiera estado mal en el palco presidencial para concederle la oreja a Curro Díaz. En justo castigo, el público ovacionó al torero y abroncó al presidente. Los 618 kilos del tercero se arrancaron como una exhalación contra el caballo, desprevenido, en la segunda vara. Y Curro Díaz vio clara la raza del animal, que logró sobreponerse a su cojera. Y vino lo ya reseñado al principio, y vinieron, sobre todo, una serie excelsa de redondos y otra serie no menos excelsa y, si me apuran, sublime, de naturales.

El cuarto de 588 kilos sufrió la afrenta del pañuelo verde y el sobrero de Hermanos Lozano llevó a El Califa por la calle de la amargura. Y el quinto, de 593 kilos, tuvo más voluntad mansa que fuerza, aunque en menor grado que el sexto. Se defendió en varas y se resabió en banderillas. Y llegó a la muleta revolviéndose.Gracias a Curro Díaz y sus iluminaciones en el tercero, la tarde, negra como boca de lobo, no alcanzó la plenitud de las tinieblas.Los 594 kilos del sexto salieron endemoniados de toriles. Al final ese demonio también se rompió; se echó, hubo que izarlo tirándole del rabo y de los cuernos y ésa fue la imagen más cabal de las tinieblas de la corrida de Cuadri.


ABCZABALA DE LA SERNA. Curro Díaz, puro toreo de cintura

No ha habido en veintitrés tardes con sus días y sus noches un principio de faena tan luminoso y de tal intensidad como el que Curro Díaz plasmó con el inmenso cuadri de 618 kilos. La gente vibró en los tendidos como si las almohadillas desprendiesen calambres. Pero era la plasticidad, la belleza que transmitía la muleta pequeña de Díaz, la que se agarraba a la boca de los estómagos, como un puño que levantaba al público de los asientos. Volcó la plaza con media docena de muletazos, por bajo, rodilla en tierra; erguido, un cambio de mano, un pase de pecho monumental... Media docena de dibujos y Las Ventas hervía. Fuera historietas y probaturas. Ole, ole y ole. El ole es un punto más allá del bieeen; el ole brota de dentro, es más profundo y auténtico; no es el «olé» cateto ni el ooolé chuflón, es el ole seco, el que retumba, como los que despertó Curro Díaz.

Parecía imposible que el grandísimo toro de Fernando Cuadri cupiera en el paño breve del linarense, y sin embargo cabía. La faena creció porque el torero se embrocó más sobre la mano izquierda, se rebozó en unas esculturas todo cintura. Yo sentía que lo suyo salía de allí casi más que de la muleta o del trazo no excesivamente prolongado de la misma. El toreo es cintura y compás, dejarse ir con los viajes. Más adornos: uno de la firma y otro del desprecio que crujieron los cimientos. Y además se echaba siempre el toro por delante en los pases de pecho de pitón a rabo. Qué buen sabor. Aquello contenía semejante concentración de esencia, tanta autenticidad y personalidad, con el inmenso lomo del cuadri barriendo la cintura de Díaz, que se sentía cuanto más cerca se lo pasaba, que incluso sobraba el final a pies juntos también al natural. Veinte, veinticinco pases a lo sumo. Un pinchazo hondo y bajo acabó con la vida del buen toro, mas la cosa y la petición no causaron conmoción en la presidencia. Yo no tengo nada contra el señor don Manuel Muñoz, pero cada vez que se sienta en el palco hace alguna. ¿A qué venía racanearle la oreja a un chaval que se la había ganado a ley, que probablemente la necesitaba como el agua diaria, que seguro que se vestía por segunda vez de luces en la temporada? Entre la vuelta al ruedo al torrestrella de César Rincón y entre la injusticia de ayer se ha cubierto de gloria. Curro paseó el anillo paladeando la gloria, con una pañoleta que casi es más grande que su nimia muleta.

Fue este toro el punto de apoyo de la corrida de Cuadri junto al anterior, que pesaba ciento diez kilos menos, 508 exactamente. La bravura suplió sus escasas fuerzas iniciales y se vino arriba. Conclusión: es la casta brava lo que sostiene muchas veces a los toros por encima del potencial. Gran cuadri en envase más «normal». Persiguió el engaño de Dávila Miura con franqueza, entrega y recorrido, con repeticiones constantes y sin solución de continuidad. Decíamos ayer, en Sevilla, apenas un mes atrás, que no se puede torear tan despegado a un toro tan bueno, por muy ligado y largo que se toree. Entonces era de Torrestrella el ejemplar; éste quizá fuese aún mejor por su son. Qué pena de cartucho perdido.

Pasó luego el sevillano las de Caín con el enterado y peligrosísimo quinto. Jamás entendí lo de Caín, porque el que de verdad sufrió los leñazos con la quijada de burro fue Abel. Y el que la palmó. No respiró hasta que lo aburrió a pinchazos. Era francamente difícil meter la mano con la guardia del cuadri en plan Foreman, alta y a la espera.

De la muleta de El Califa se podría hacer tres Curro Díaz. José Pacheco poco logró de un desfondado y aplomado enemigo que apenas picó. Se paró mucho. O todo. El marrajo sobrero de Lozano Hermanos poseía peores ideas que hechuras. El torero triunfador del último San Isidro fue hombre al agua: hasta para estar mal hay que saber estar. Se eternizó con los aceros.

El hondo sexto, el toro de la carretera multiplicado por dos, desarrolló peligro en los capotes, y después de frenarse y arrollar, después de un lanzazo traserísimo, se desplomó en el tercio de muerte, ¿lesionado? Casi se necesitó una grúa para levantarlo, porque la posición extendida de las manos hacía imposible que se recuperase por sí mismo e incluso con la ayuda de la cuadrilla.

Triste final para una corrida de Cuadri muy lejos de lo esperado y fundamentalmente blanda. pero con dos toros extraordinarios que endulzaron la tarde como el toreo de cintura de Curro Díaz.

Por una vez se picó en líneas generales bastante bien, en especial Juan Sánchez al tercero e Ignacio Rodríguez al quinto. Respondió el personal con generosidad, que cuando se hace una suerte tan hermosa -por desigual que siga siendo con esas tanquetas acorazadas- se sabe valorar. En Madrid, Sevilla o en cualquier parte.


Diario de Sevilla. Grupo Joly. Luis Nieto. Dos 'cuadris', dos joyas de oro

En la historia de la corrida de ayer brillaron dos joyas, dos toros enormes en muchos sentidos, dos cuadris para lucirse en la Monumental de Madrid, para lograr dos éxitos sonoros que no se alcanzaron. Uno, de nombre Fogonero, le tocó a Eduardo Dávila Miura; el otro, Taconero, a Curro Díaz. Ninguno de sus matadores consiguieron cortarles las orejas. 

El Califa tuvo en suerte el peor lote: al que abrió plaza, noble, le faltó viveza, y el cuarto tenía mucha tela que cortar. El primero no planteó grandes problemas, pero le faltó chispa. El diestro sacó una tanda entonada en las afueras; pero el animal no se entregó. Lo cerró y probó en las rayas con el animal, muy parado. No hubo más.

El cuarto titular se lesionó en el ruedo y fue sustituido por un astado de Hermanos Lozano, bien conformado y que llegó con peligro a la muleta. El torero valenciano lo pasaportó malamente con los aceros tras un trasteo sin interés.

Dávila Miura desperdició una gran oportunidad y tuvo como segundo cartucho un auténtico regalito. Fue pitado tras despachar al segundo de la tarde, Fogonero, un buen ejemplar, bravo en el caballo y que metió la cara bien en la muleta. Un toro, encastado y con respeto. El sevillano realizó una faena bien trazada y limpia, pero exenta de lucimiento. Salía de las series como si no estuviera convencido de lo que hacía. En ese dilema es probable que le faltase poner más sentimiento; sentirse, que dicen los toreros. El torero quedó por debajo del animal.

Dávila se quitó de en medio pronto a su segundo, escarbador durante su lidia, que cazaba moscas por ambos pitones y le esperó descaramente en la suerte suprema, en la que el espada pasó las de Caín.

Curro Díaz, al igual que Dávila, también contó con un buen ejemplar como primer plato y un segundo imposible, que se inutilizó en el ruedo. El diestro realizó una preciosa faena, en la que primó la estética sobre el toreo fundamental a un grandioso toro en todos los sentidos. Una faena que fue a menos. Taconero se olvidó de sus ¡618 kilos! y se movió como un auténtico atleta en las bravas acometidas al picador, en el tercio de varas y a la hora de acudir tras el trapo rojo. El de Linares, que brindó al cielo, comenzó con unos muletazos en los que se gustó y paladeó el toreo. Luego, con la diestra, entretejió una labor desigual. Con la diestra cuajó una gran serie, aunque anteriormente toreó muy rápido. Con la izquierda, toreó al natural bien, aunque las series fueron cortas. Los remates, como trincherillas, fueron carteles de toros. Tampoco fue totalmente certero a la hora de matar. El público pidió mayoritariamente la oreja -el toro era de dos trofeos-, el presidente la denegó, y todo quedó en una vuelta al ruedo.

El sexto se lesionó al comienzo de la faena de muleta y quedó inutilizado ¿Qué le sucedió?... Misterios de la naturaleza, porque se derrumbó y cayó como fulminado por un rayo. A Curro Díaz no le quedó más remedio que finiquitarlo de inmediato.

La corrida de Cuadri no dejó indiferente a nadie. Ya fuera por casta y bravura, ya por dificultades o peligro, hicieron que el espectáculo palpitara con emociones fuertes. Lástima que no fueron aprovechadas esas dos auténticas joyas, de nombres Fogonero y Taconero, dos oportunidades de oro para el éxito.


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