GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Feria de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS

Tarde del viernes, 28 de mayo de 2004
Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA
Corrida de toros

Ganadería: cinco toros de Valdefresno y uno de Hermanos Fraile, el 5º (desiguales de presentación, mansos, descastados. El 1º, inválido)

Diestros: 

Entrada: lleno.

Tiempo: nublado.

Crónicas de la prensa: Diario de Sevilla, El País, El Mundo, ABC

Enrique Ponce. Imagen de El País

El Mundo.  JAVIER VILLÁNClaro que no es cultura la tortura

Poco faltó, muy poco, para que a Ponce se le fuera vivo a los corrales su segundo toro. Es el riesgo de alargar las faenas como lo hace Ponce, siempre en el filo de la navaja, al borde del sonido de la campana. Parte del público, el fragoroso y belicista 7, se le encrespó y entre los tendidos empezaron a cruzarse improperios y descalificaciones recíprocas. Sin embargo, justo es reconocer que Ponce había sacado agua de un pozo seco como era el cuarto de Valdefresno; como fue, en realidad, toda la corrida.

Hasta tres pases por detrás ligados con otros tantos de pecho dio Sebastián Castella al penoso inválido de Valdefresno con el que confirmaba alternativa. Tenía que mimar mucho Castella a ese animal; tenía que apuntalarlo con delicadeza pues, tan pronto se descuidaba, se le iba al suelo. ¿Será esto a lo que se refieren los antitaurinos cuando hablan de torturas contra el toro? No lo sé. Asisto cada tarde al asombro de ver por los suelos ese bello animal llamado toro de lidia y, cada tarde, se renueva mi perplejidad tenebrosa en un doble sentido. Primero, la irresponsabilidad de los taurinos; y después el humanismo animalista de los indiferentes al dolor humano que te los encuentras a la vuelta de cada esquina. Lo cual nos lleva a la consideración del padecimiento del toro que es el argumento principal de los antitaurinos: «la tortura no es cultura».

Naturalmente que no lo es. Y eso lo saben hasta Enrique Ponce, Sebastián Castella y Matías Tejela, que no pretendían torturar a los de Valdefresno pues bastante torturados estaban de por sí. La tortura es una de las mayores aberraciones de la mente humana que, al tormento, une la humillación; un doble suplicio: el físico y el moral. Cosa que, evidentemente, ni se dio ayer ni se da ninguna tarde. Ponce, Castella y Tejela no pretendían atormentar a los toros, sino engrandecer su muerte. Un arte discutible, por supuesto, aunque no más cruel que las técnicas de matadero.

Por ejemplo, no creo que Sebastián Castella pretendiera ejercer la práctica de la tortura cuando le atizó soberbio bajonazo al primero; ni que Ponce persiguiera la destrucción de su primer toro desangelado y flácido. Antes bien, Ponce hizo de enfermero, de médico y de boticario. Mérito suyo fue que el mansibobo y tontinválido se mantuviera en pie, aunque fuera amenazando con claudicar y marcharse a tablas.

El fin de la tortura es la obtención de confesiones bajo el tormento vejatorio: culpabilidades ciertas o inventadas, complicidades políticas. Ningún torero o picador sanguinario de los que salen cada tarde a los ruedos, creo yo que quiera extraer del toro informaciones que pongan en peligro una organización política, o un plan subversivo o algo así. A no ser que quieran averiguar quién les afeitó o afiló los cuernos, quiénes o cómo los dejaron inválidos y otras tropelías. Los toros, por norma, no suelen hablar; ni siquiera para delatar a quienes les hacen la puñeta.

¿Qué pretendía Enrique Ponce con esas series de circulares encadenados, templadísimos y a media altura en su primero? Pues que éste, entre la falta de casta y la falta de fuerzas, no se rajara del todo. Su segundo, hirsuto de pelo y de carácter y carifosco, apenas tenía un pase y los que tuvo los creó y recreó el valenciano que, al final, hizo una faena sorda y sin brillos, mas muy firme por la derecha y adornándose en los cambios de mano y los trincherazos.Por encima del toro a años luz.

El toro de Hermanos Fraile no mejoró a sus primos y Sebastián Castella empeoró su actuación anterior; perdió la cabeza y el sentido de la realidad en una insistencia fantasmagórica e inútil.¿Y qué pretendía Tejela ante el deslabazado y torpe tercero? Pues, en vez de torturarlo, cuidarlo también, porque en el momento que le bajaba la mano el bicho se caía.

Era patente a las nueve de la noche, cuando la corrida estaba ya en sus estertores crepusculares, la desilusión absorta y ensimismada de Castella, el escepticismo amargo de Ponce y la frustración de Matías Tejela, al que aún le queda la oportunidad de la Beneficencia; y la renta de su Puerta Grande en los inicios del ciclo isidril.Era patente también el cansancio del público, sin ganas ya ni para la bronca ni para el exabrupto. Otra corrida para olvidar, otro catálogo de horrores.

No sé qué pasa con la democracia taurina que se va debilitando mientras nuestra democracia política, con más vicios que virtudes, se va consolidando. Tenemos un Defensor del Pueblo, pero no hay un Defensor del Toro. El pobre toro, desde que deja la dehesa, no tiene madre ni padre ni perrito que le ladre. Enrique Múgica, que estaba en un burladero del callejón, debiera abrir en su oficina un negociado de defensa del toro. Personal tiene a mano; está Víctor Márquez Reviriego, sin ir más lejos, y las Adelas, Adela madre y Adelina hija, que saben un güevo de toros y de socialismo. El jefe del tinglado podría ser Antonio Asunción, que podría volver a la política con este pretexto táurico. Sólo cuando esto suceda estaremos en una democracia plena. O, por lo menos, en una democracia del toro.


El País. Antonio Lorca. El más feo de la feria

El segundo toro de Enrique Ponce era, sin lugar a dudas, el más feo de la feria: sin cuello, sin cara, con el pelo de invierno, regordío, más parecido a un búfalo que a uno de su raza. Un adefesio en toda regla en comparación con la belleza habitual del toro de lidia.

Y le tocó a Ponce, una de las llamadas figuras de la actualidad. Increíble, pero cierto. ¿Quién elegiría ese toro? ¿El ganadero? Seguro que no. ¿Serían los veedores? ¿Pero qué es lo que ven los veedores? ¿Cómo puede venir Ponce a Madrid con un toro de tan feas hechuras y, consecuentemente, de tan mala clase? Da la impresión de que esta fiesta está rodeada de iletrados.

Después, resultó que Ponce hizo atractivo al feo. Lo que son las cosas... En un ambiente hostil, entre las airadas protestas de una parte de la plaza, Ponce abrió el libro de su oficio y realizó una faena de menos a más con momentos de toreo perfilero y vulgar y secuencias de toreo grande y profundo. El toro no tenía calidad alguna, y Ponce lo enseñó a embestir en una perfecta demostración de conocimiento. Dos redondos y un cambio de manos resultaron extraordinarios. No siempre se colocó en el sitio de verdad y los pases fueron muy desiguales. Pero el torero hizo al toro y emocionó con un trincherazo de cartel y unos ayudados por bajo largos y de enorme calidad. La faena fue larga -llegó a sonar el primer aviso antes de entrar a matar-, pero no estuvo exenta de emoción. Primero, por las protestas de quienes criticaron con acidez toda la labor del torero; segundo, por la entrega de Ponce, que pudo finalmente demostrar que la experiencia es un grado y, en su caso, un grado de muchos quilates. Le faltó, quizá, dar un paso más, dominar más, embraguetarse más, para decir a todos que es figura del toreo.

Menos clase tenía su primero; manso, inválido y acobardado, embestía con la cara alta y sin emplearse nunca. Muy responsabilizado, Ponce sudó la camiseta y sacó pases de donde no había. Sufrió una impresionante colada por el lado izquierdo y no se amilanó. Se justificó con un cambio de manos muy vistoso y unos circulares aprovechando el viaje del toro.

Queda, sin embargo, la duda: ¿qué hacía un toro tan feo en la Feria de San Isidro? La verdad es que sus hermanos de camada tampoco hubieran ganado un concurso.

Con otra fealdad confirmó su alternativa Sebastian Castella y, ciertamente, no tuvo el viento a su favor. Inválido total, fue muy protestado, pero el presidente, ajeno a la defensa de los intereses de los espectadores, que es una de sus atribuciones principales, decidió dejarlo en el ruedo. El chaval lo recibió en la muleta con tres pases cambiados por la espalda y siguió con la tauromaquia moderna de los pegapases de hoy. Se enmendó en una tanda de redondos, pero los andares cansinos del toro impidieron más lucimiento. Su segundo llegó parado, mustio y muerto al tercio final, y allí estaba el torero, cerca de los pitones, intentando torear, lo que era del todo imposible. A la hora de matar se alejó más de la cuenta y dio un mitin impropio de sus aspiraciones.

Las suyas se las olvidó Tejela y se movió toda la tarde entre frío, triste y sin ideas. A un joven triunfador hay que exigirle algo más que tirar líneas, hay que criticarle que toree de perfil y hay que sorprenderse ante su abulia. Sin convicción se mostró en su primero, que mereció un torero más decidido; dio muchos pases y toreó poco en el sexto, otro toro con poca clase como los demás.


ABCZABALA DE LA SERNA. Ponce, por encima de la gran mansada

Enrique Ponce se agarró a su magisterio, como King-Kong al Empire State de la gran manzana, para imponerse a la gran mansada: un monstruo. Ponce estuvo por encima, muy por encima, de los mansos descastados de Valdefresno, infumables de aburridos y pesados, incluso por encima del tiempo (1 y 2 avisos, respectivamente). Pero el torerazo de Valencia no se aburre ni le aburren los toros ni los anti. Qué paliza. A ver quién en el escalafón le hace faena al cuarto con tal perfección técnica. ¿Pepín Jiménez quizá? Exprimió hasta las últimas gotas de un fruto sin jugo. Sobó las embestidas sobre la mano derecha, educó los viajes, siempre con la intención de alargarlos hasta más allá de donde no querían, lo fue metiendo en la muleta sabia, con la izquierda ganándole el paso para provocar las arrancadas. Ni un enganchón, ni un trallazo, con la cabeza de un Minotauro. Eso es. Ponce debió de ser Minotauro en otra vida, mitad hombre, mitad toro. De otra manera no se entiende su comprensión sobre la sicología de los toros. Y cuando ya más metido estaba el mulote en la franela carmesí apretó el acelerador, le bajó la tela, lo quiso reventar de una vez, con un cambio de mano cumbre, con el valor sobrio, sin aspavientos ni ayes: lo que gusta un ay. Y el toro que ya se le metía mucho. Entretanto hubo sus tiempos contra el reloj de arena: qué pasión (o deformación) hace falta para estar cronometrando en un tendido los diez minutos reglamentarios. A mí tampoco me gustan los avisos, pero el de Valdefresno necesitaba espacios y desahogos: se hubiera acobardado con otra táctica. E.P. cerró faena hacia tablas con la plasticidad erguida en trincherillas y adornos, y lo volvió a abrir para volverlo a cerrar -qué listo es el tipo- con otra plasticidad, ahora genuflexa. Mientras más de tres cuartos de plaza disfrutaba de los muletazos por bajo, otro cuarto, y ya es mucho, se desvivía en pedir la hora, como un equipo que gana por la mínima en el minuto 89. Sonó el aviso, Ponce se había pasado, y aquéllos respiraron felices. Como pinchó varias veces, querían más, otro aviso que llegó. Dos avisos no son dignos de una figura del toreo; entender así a un toro, sí, y para ello Ponce sobrevoló el tiempo y el Reglamento. Los machacas vislumbraban la posibilidad de un tercer recado presidencial frotándose las manos. No llegó. Qué pena. La ovación de quienes siguieron la faena con interés se impuso a quienes la denostaron desde el primer muletazo, y el maestro de Chiva salió a la raya de picar para recogerla.

Ponce es cabezón, tesonero, poseedor de una afición descomunal que le hace sacar partido hasta de un autobús, por rajado que se ponga, como el segundo de la tarde, que se refugió entre las rayas tras rechazar el engaño con la cara arriba por el pitón izquierdo, bajo el «10». Lo empapó de muleta, que no se despegó de la cara, en varios circulares sin solución de continuidad. Sí que debió concluir la obra en este punto; se hubiese ahorrado el clarinazo.

El flojo toro de la confirmación de Castella se desplazó con un punto más de chispa, pero su estilo y los derrotes defensivos le engancharon mucho -surgió un desarme- tras tres espaldinas pendulares del principio. El quinto fue imposible de deslucido y gazapón, que no le permitió ni hacer su toreo de cercanías. Con la espada pasó las de Caín. Le pesó la fecha, digamos.

Matías Tejela se estrelló con uno que abandonaba la muleta distraído constantemente, con irremisibles ganas de regresar a la dehesa, y con otro que carecía de clase, celo y condición. Lo intentó con dignidad y decoro sobrados. Sobre su frente sigue la corona de laurel de triunfador de San Isidro.


Diario de Sevilla. Grupo Joly. Luis Nieto. Ponce, el corrector prodigioso

Oiga, el libreto, los toros de la familia Fraile, fueron un cúmulo de erratas -falta de casta, flojedad y mansedumbre-. Pero ahí estaba Enrique Ponce con su cara de buena gente, modales exquisitos y oficio para dar y tomar. Un Ponce capaz de ejercer de corrector brillante para limar todos los fallos bovinos; para limpiar y abrillantar -como exige la Academia de la Lengua- el pésimo guión, encierro, enviado desde Salamanca. 

Enrique Ponce desplegó su maestría, hoy en sazón, con un mal lote. Al segundo, noblón, pero protestón, le cuidaron en los dos primeros tercios por la falta de fuerzas. Llegó a la muleta algo incierto. Ponce lo sobó y consiguió un par de series con la derecha de gran mérito, a media altura, en las que ligó a base de toques. 

Al cuarto, feo, otro animal sin entrega, Ponce le sacó lo que tenía en un trasteo interesante por ambos pitones en los que se inventó una faena con algunos muletazos largos y meritorios. Acabó dominando al animal, intercalando cambios de mano preciosos y preciosas trincherillas. Y terminó con unos doblones inmensos. Escuchó un aviso antes de entrar a matar. La faena era de premio, pero no acertó a la hora de matar -precisó de cuatro pinchazos y una estocada-. 

El francés Sebastián Castella no tuvo opciones claras para el triunfo en el día grande de su confirmación en Las Ventas. Un inválido y un buey de carreta le amargaron la tarde. El primer acto únicamente tuvo como valor la efeméride de confirmación con el toro Marquesino, número 65, de 520 kilos, de Valdefresno; un astado de pinta negra e inválido total, que fue protestado continuamente. Desde que pisó el ruedo hasta sus embestidas en la muleta, el animal se cayó incontables veces. Castella, muy nervioso, toreó con buen aire a la verónica y, salvo un inicio en los medios con tres pases por la espalda, no hubo ni una pizca de emoción. Para colmo, la rúbrica fue un bajonazo.

El sexto, un buey de carreta, que de vez en cuando lanzaba hachazos, no dio opción alguna para el lucimiento al torero francés.

Matías Tejela tuvo también otro lote imposible. Como primero, un mulo que se movía tras las telas con la cara por las nubes y sin celo alguno. El trasteo, lógicamente, no fue tenido en cuenta.

Como segundo plato, Matías Tejela se las vio con un animal sin clase, ante el que únicamente pudo demostrar decisión en una faena sin frutos.

Enrique Ponce, especialmente en su segundo, alcanzó cotas excepcionales: inteligencia, oficio y hasta bella caligrafía, estética, de un corrector prodigioso. 


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