GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Feria de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS

Tarde del domingo, 23 de mayo de 2004
Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA
Corrida de toros

GanaderíaCinco toros de Arauz de Robles (mansos, blandos, descastados en general). El 1º, devuelto por un sobrero de Carlos Núñez (deslucido)

Diestros: 

Entrada: no hay billetes.

Tiempo: tarde lluviosa.

Crónicas de la prensa: El País, El Mundo, ABC

 

Antonio Barrera. Foto Manuel Escalera. El País
Antonio Barrera en Las Ventas

El País. Antonio Lorca. No hay billetes

Con el debido respeto a quienes se visten de luces y más en San Isidro, seamos claros: si en la tarde de ayer se puso el cartel de no hay billetes es que algo no funciona en este negocio. Ni los toros ni los toreros tenían el atractivo suficiente para esa avalancha de espectadores que, en tarde entrada en aguas, llenó de bote en bote Las Ventas. Cabe preguntarse qué es lo que motiva esta paradoja. Porque paradójico es que tres toreros que no son figuras ni han labrado una carrera salpicada de buenos recuerdos se encuentren con los tendidos a rebosar. Bien es verdad, por otra parte, que es una magnífica oportunidad para demostrar que uno es la figura que piensa que es.

Pero mientras lo demuestra, es evidente que el cartel no motivó el lleno. Ojalá fuera así, pero no nos engañemos; esta corrida la programan un domingo después de feria y no acuden ni los disciplinados turistas japoneses que a las ocho en punto abandonan la plaza porque es la hora de la cena.

La razón hay que buscarla, quizá, en que era domingo, en que muchos de los que vinieron a la boda real aprovecharon para empaparse del todo y, sobre todo, en que está muy bien visto entre ciertos sectores profesionales eso de decir "estuve ayer en los toros, chico".

Ayer, una vez más, la lluvia fue un testigo impertinente que aportó incomodidad a una tarde para el olvido, a causa, especialmente, de unos descastados e inválidos toros de Arauz de Robles. Siempre se ha dicho que los mansos, los bravos, los deslucidos y los violentos tienen su lidia, pero los descastados.... Para los descastados no hay lidia porque son portadores del virus del más absoluto aburrimiento y de la desesperación extrema. Los descastados son los que promueven que esos espectadores de ocasión que presumen de haber ido a los toros, proclamen sus miserias a los cuatro vientos: ¡vaya corridita...!

Y que lo digan. Los tres toreros del cartel tenían sobrados motivos para poner toda la carne en el asador. Pero no había carne para asar o, al menos, era de muy mala calidad.

Así, Antonio Barrera, que lleva algunos años tratando de escalar puestos a base de mucho valor y en lucha permanente con inoportunas lesiones, no pudo levantar su cartel. Se puede decir que no estuvo fino y puede que sea verdad, pero no le faltó voluntad para superar la mala condición de sus dos toros. Incluso, se ganó algunos pitos por intentar una y otra vez sacar agua de lo que era pozo seco. Le devolvieron su primero, que no se mantenía en pie, y salió un sobrero feo de hechuras y de escasa nobleza ante el que se plantó con firmeza en el tercio final y consiguió una tanda de buenos redondos ligados con un largo y templado pase de pecho. El toro desarrolló violencia y la faena fue de más a menos. No rehuyó Barrera la pelea, pero se despegó de su oponente mientras éste se quedaba corto y se sucedían los enganchones en la muleta. Total, nada. Cerró su labor con unas manoletinas insulsas que no venían a cuento.

Bravo en el caballo fue el melocotón que hizo cuarto, bonito de lámina y con cuajo. Derribó con estrépito en el primer puyazo y empujó con fijeza y poderío en el segundo. Pero toda su fuerza la dejó en el peto y llegó derrengado a la muleta. Barrera dio la impresión de no entenderlo o es que el toro no tenía nada que entender. El torero citó fuera de cacho, muy despegado, y los pases resultaron banales. El toro se paró, quizá contagiado de las toscas maneras del torero, y entre los dos aburrieron de lo lindo.

Rafael de Julia, triunfador en esta feria hace tres años, busca recuperar el crédito perdido, pero ayer, sinceramente, no le acompañó la suerte, asunto que también tiene su importancia. Ninguno de sus dos toros permitió un pase, lo que puede parecer una exageración, pero es la pura verdad. Su primero, por descastado, y el otro, además, por manso, que se emplazó en el centro del ruedo y dijo con claridad que de allí no se movía. Mató bien a su primero y acabó con el otro de un sartenazo que degolló al toro y el público le dedicó al torero una pitada exagerada. Sobre todo porque ha habido otros en tardes anteriores y han pasado casi inadvertidos. Mala suerte y oportunidad perdida; no le puede ir peor una tarde a quien busca reverdecer triunfos pasados.

Y queda Iván Vicente, que también busca una mejora sustancial de su situación profesional. Se estiró bien a la verónica y se equivocó al brindar al público su primer toro, que era tan impropio como los demás. Los buenos deseos juegan a veces estas malas pasadas. Además, presentó la muleta retrasada y sólo queda en su haber un natural aceptable y un ligado pase de pecho antes de matarlo de una estocada hasta la empuñadura. Manso también fue el sexto y Vicente lo intentó por ambos lados, pero no fue posible el lucimiento.


El Mundo.  JAVIER VILLÁNTenebroso aquelarre de mansos

La tormenta no era la que, poco a poco, iba preparándose sobre el cielo velazqueño de Las Ventas. La tormenta, implacable, era la que el sobrero de Carlos Núñez llevaba en su fragorosa embestida que sorprendió y llenó de perplejidad a Antonio Barrera. Un toro temperamental, poderoso y bien plantado; con cuajo, romana y agresividad. Por la derecha tenía el viaje largo y por la izquierda el núñez le ponía al torero los pitones en la hombrera.

La perplejidad en un torero no es mala, pues de ella pueden salir manantiales de inspiración; es el misterio de la creación. Pero cuando la perplejidad modifica la voluntad del torero de forma negativa, es peor. De ella, en estas circunstancias sólo puede salir la cautela y el desasosiego. Le desbordó el temperamento del carlosnúñez a Antonio Barrera, que apenas pudo esbozar algunos derechazos de cierto empaque. Cuando descargó la tormenta anunciada por débiles truenos y llovizna incipiente, justo cuando doblaba el animal, llegó la paz para Antonio Barrera. Las nubes liberaron su carga de agua, los espectadores se pusieron en fuga o liberaron sus paraguas y Barrera liberó, al fin, sus nervios y su incertidumbre.

A partir de aquí, el agua ya no paró hasta la salida del cuarto toro, un búfalo astifino de 630 kilos. La lluvia había sido implacable y aguó, metáfora que deja de serlo en estas precisas circunstancias de diluvio, las aspiraciones de triunfo de Rafael de Julia y de Iván Vicente. Rafael de Julia fue triunfador en San Isidro hace pocos años, mas ayer no pudo reverdecer laureles. Bastante tuvo con mantener en pie al vareado manso y quitarse de en medio de mala manera al otro.

Iván Vicente, por darle una alegría al personal, por dársela a sí mismo o por ocultarse la verdadera realidad de los hechos -que el toro era un manso blandísimo y sin un pase- brindó al personal. Buen trazo en algunos muletazos del torero madrileño.Y, a partir de aquí, amainó el temporal. Tanto amainó que, a la salida al ruedo del imponente toro prehistórico de Arauz de Robles, cuarto, escampó y todos tan felices. Unos, los toreros, porque aunque el ruedo estaba embarrado, todavía se podía practicar en él el toreo; otros, los espectadores, porque, pagada la entrada, no era cosa de irse al bar de enfrente a ponerse morado de carajillos.Así que tomaron la decisión de volver a sus localidades, que no era la mejor de las soluciones, pero valía.

Parar la lluvia y salir el toraco pudo ser indicio de buenos augurios. En el vuelo de algún pájaro solitario que volvió a sobrevolar el cielo de Las Ventas y en las vísceras de los toros sacrificados en la arena y ya descuartizados en el desolladero, los sacerdotes de la tauromagia descubrían el cambio de la tarde.Y como ésta no podía ir a peor, tenía que ir necesariamente a mejor. Acertaron a medias; como ocurre siempre con augures y profetas. Mejor dicho, no acertaron. El aquelarre de mansos continuó su tenebroso rito.

Se arrancó el torazo de Arauz de Robles como un tren de alta velocidad contra el caballo y descabalgó al piquero; volvió a arrancarse, tras un quite tumultuoso, y derribó con estrépito y contundencia. Pese a todo, el toro era un manso más blando de carácter que de remos. Y Antonio Barrera, ante esas circunstancias adversas de toda adversidad, sólo pudo meterse entre los pitones y jugarse a la desesperada la cornada. Cosa que no le agradeció el público.

Un céfiro agreste de benéficas y frescas suavidades saltaba el tejadillo de Las Ventas del Espíritu Santo, hacía ondear las banderas en sus mástiles y oreaba el piso de la plaza. Este lirismo descriptivo y un poco cursi, la verdad, no se correspondía en nada con el ánimo proceloso del toro de Arauz ni con el desconcierto, explicable, de Rafael de Julia ante las oleadas o parones, indistintamente, del animal. Y mucho menos se correspondía con la disposición de los tendidos en los que, en vez de céfiro, agreste y lírico, soplaba un vendaval de silbidos y protestas. Cuando Rafael de Julia le atizó al manso innoble bajonazo, el vendaval se convirtió en galerna del Cantábrico. La tarde estaba ya condenada; pese a que Iván Vicente, en el único toro que metió de vez en cuando y por equivocación la cabeza, trazara algún muletazo estimable.

 


ABCZABALA DE LA SERNA. Lágrimas de Triana en Madrid

Lo más emocionante del día fue la mañana. Peralta Revuelta revolucionó Madrid, transformó Las Ventas en un pedacito de Triana, la pintó de verde marisma y oro, con la teoría que ya bautizó Antonio Burgos como «de las dos orillas» hecha verso. Los ojos congestionados de lágrimas de Curro y Muñoz no necesitaban de ninguna explicación. ¡Qué manera de recitar y sentir! De sentir el toreo, ni más ni menos, y un río tan importante que en la sutileza de su transcurrir a la vera de la Maestranza divide el toreo de Sevilla en dos: «¿Cómo puede explicarse que en cada orilla del Betis se toree de manera distinta?». Simplemente. Las lágrimas de Curro y Emilio se transmitieron al cielo en la tarde, como si llorase la misma Triana y la «Señá» Santa Ana.

Ríos de agua caían, riachuelos por los tendidos que no desaguan, charcos de sangre en el ruedo, puyazos tormentosos como rayos, como si los toros de Araúz de Robles fuesen terribles fieras dispuestos a comerse a alguien. Y era todo lo contrario. Los toros salían en son de paz; toros pacifistas y nobles. Puede que decreciente su juego, pero tan mal lidiados, tan crucificados en varas, tan asados a capotazos funestos, innecesarios, sin ton ni son, que dudo de todo. Las manos hacen de la arcilla figuras o churros, y los astados de Araúz eran arcilla moldeable. Es hipótesis baldía decir que si se hubiera hecho esto o lo otro. Pero caudales de sangre bajaban hasta las pezuñas, caudales gratuitos, máxime cuando se pretende triunfar o el triunfo es necesidad imperiosa.

Devolvió la presidencia al primero, flojo pero con buen aire. El sobrero de Carlos Núñez se movió con motor, con mayor desplazamiento en las dos primeras series de derechazos de Antonio Barrera aunque puntease al final de los muletazos. Velocidad y adocenamiento en Barrera, más cortedad en el toro a izquierdas. Se suma todo y el resultado es la nada.

Seiscientos treinta kilos anunciaba la tablilla que pesaba el gigantón y noblote cuarto -probablemente serían más-, melocotón de piel, melocotón y sangre tras un derribo espectacular y un puyazo truculento en que se rompió a fuerza de querer levantar al percherón con el cuello. No fue mala vara, mas sí excesiva. Barrera concedió distancia aunque se quitaba en el embroque. Un quiero y no puedo, un sinfín de derechazos espesos, derechazos a un muerto, que parecía que el toro se iba a morir en pie, haciendo charcos rojos por donde pisaba, como enormes flores de Sicilia, aquéllas que cubrieron las paredes del Palacio de Velázquez en El Retiro en un pasado lejano.

Nada nuevo

Rafael de Julia se despidió como se presentó, con nada nuevo. Remataba abajo en los burladeros el toro de salida, y luego le pegó un puyazo, con todo el caballo encima, de agárrate. No valía nada; entonces, ¿para qué tanta leña y tanto capotazo? El quinto se paró igualmente, el peor de la corrida, un marmolillo con la cara por las nubes, las nubes que lloraban por Triana recordando la mañana. Ni siquiera mereció el bajonazo infame y cruel que desató el vómito y las airadas protestas.

A Iván Vicente le tocó el toro más asaltillado, recortado y cárdeno de la tarde, un toro que desde las arrancadas iniciales demostró mejor estilo por el pitón izquierdo que por el derecho. Algunos lances buenos por ese lado hacían presagiar que el toreo al natural sería desde un principio. Pero no, como escriben ahora, un «pero no» desgraciado. Le sorprendió en dos ocasiones, y después, consciente de que el pitón era el zurdo, tres tandas hubo sin más. Lo mejor, sin duda, la estocada en corto y por derecho, en toda la yema, como me dijo Peralta con la vista fina. Con el ensillado sexto, también melocotón aunque más en toro de lidia que en limosín como el cuarto y el sexto, desplegó un repertorio de derecha, izquierda, en plan marcial e intercalado, atacando mucho, atosigando al toro que se repuchaba, como agobió la tarde, con la ventana abierta a la mañana, abierta a Triana, a su Esperanza.

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