|
|
|
Feria de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del viernes, 21 de mayo de 2004
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Corrida de toros
  
Ganadería: Toros de Baltasar Ibán (desiguales de presentación, justos de
fuerza)
Diestros:
Entrada: Casi
lleno.
Tiempo: En el quinto se desató una tormenta de viento y lluvia, que continuó cayendo en el sexto.
Crónicas de la prensa: El
País, El Mundo, ABC, Diario
de Sevilla
El
País. Antonio
Lorca. Toreando bajo la lluvia
Cuando salió el sexto llovía torrencialmente. Más de media plaza
había huido despavorida. Y en eso que sale Juan Diego, se asienta en
el barro y dibuja tres o cuatro verónicas extraordinarias, de esas
que quedan en el buen recuerdo. Cante grande, que diría el tópico, y
bajo la lluvia. Se envalentonó en el quite y trazó una buena media.
Se descalzó cuando tomó la muleta y se le notó que hizo un enorme
esfuerzo en algunos redondos de calidad y un largo pase de pecho. El
toro se quedó corto por el lado izquierdo y la faena se diluyó
pronto. Pero fue emotiva, aunque de más a menos. El torero estaba
convencido de su gesta y se marcó una vuelta al ruedo para su propia
satisfacción.
Hasta entonces, no hubo toreo. Lo cierto es que el toreo moderno
ha acabado con la lidia del toro. Si no hay redondos, naturales y
adornos, no hay faena. Si el toro presenta dificultades, la
desconfianza se apodera de los de luces y montan la espada con
inusitada rapidez o confunden la pesadez con la justificación. Es
justa, sin embargo, la prevención de quien se juega el físico, pero
la lógica dice que a Madrid hay que venir más dispuesto, más
decidido a superar las barreras que imponen los toros que, en contra
de la modernidad, se destacan por su aspereza y bronquedad.
Es verdad que los de Ibán presentaron dificultades, especialmente
tercero y cuarto. Juan Diego, en su primero, pasó un auténtico mal
trago porque el animal se colaba con descaro y tiraba hachazos
directamente al cuello. Intentó el torero pasarlo por uno y otro
lado, y no había manera. Ahí se acabó la historia. No lo lidió
porque no es un jabato para jugarse la vida, y porque no sabe. El
toro impuso su ley, al igual que le ocurrió a Encabo en su segundo,
otro animal de mala condición que lo buscó con saña con una
embestida incierta y probona. Tampoco lo lidió porque no se lo han
enseñado en la escuela. Tristemente, la modernidad no sabe de lidia,
con el consiguiente perjuicio para los pocos aficionados que aún
quedan por esas plazas de Dios.
Olvida el toreo de hoy que todos los toros, excepto los muy
descastados, tienen su lidia, que puede ser bella y espectacular con
los de mala condición como los citados. Pero eso debió ser antes.
Hoy se presenta la muleta, generalmente de mala manera, y si el toro
pasa, bien, y si no pasa, a matar. Y no ocurre sólo con los más
peligrosos. El primero de Encabo, por ejemplo, embestía de manera
descompuesta, y el torero, muy desconfiado, dio la impresión de
tener delante un barrabás, que no era el caso.
A Ferrera le ocurre, más o menos, lo mismo. Su primero era soso y
acudía a los engaños con un galope cansino y, entre la sosería del
toro y que el torero no es un exquisito, no hubo lucimiento. Cuando
pasaba de muleta al quinto comenzó el diluvio y ni se vio al toro ni
se puede juzgar al torero, que se defendió como pudo de una
embestida poco clara y de la lluvia.
Por cierto, Ferrera y Encabo pusieron banderillas. Éste debe
dedicarse más a su toreo porque no las coloca, al menos ayer, con el
decoro debido. Algo debió intuir porque el tercio de su segundo toro
lo dejó en manos de su cuadrilla. Antonio Ferrera es muy desigual, y
debe aprender a asomarse al balcón, que cuando lo hace parece que es
pura casualidad.
Diario
de Sevilla. Grupo Joly. Luis
Nieto. Los toros de Ibán... ¡no van!
¿Van?, se preguntaba el personal. Pues no van. No. Decididamente los toros de Ibán... ¡no van! Así uno, dos, tres... hasta el sexto, que fue la excepción de una desastrosa mansada, con astados en los que corría mala sangre por sus venas.
Luis Miguel Encabo porfió cuanto pudo con un lote imposible para recrearse en lo artístico. Despachó pronto al serio, parado e incierto primero. Con anterioridad, arriesgó en una larga cambiada de rodillas en los tercios y banderilleó con vulgaridad, compartiendo los palos con Ferrera, que tampoco brilló.
Ante el castaño cuarto, grandote, alto, manso, que buscaba por ambos pitones, se esforzó lo suyo por agradar. Hizo bien en no banderillearlo. El animalito, de un topetazo, que no de meter los riñones, derribó con peligro al picador en el primer encuentro. El madrileño lo pasaportó como merecía, de estoconazo caído.
Le faltó calidad en los muletazos a Antonio Ferrera con el noble segundo, justito de motor, que le permitió tres tandas, aunque el animal tampoco se entregara totalmente. En la faena, basada en la mano derecha, lo más significativo fue la distancia. Se llevó un susto en el tercer par, cuando hizo un cambio de adorno, tras clavar al quiebro.
El quinto, más en tipo, con movilidad, derrochó genio en la muleta. Ferrera, con un vendaval en medio de una tormenta, se lo quitó de en medio como pudo.
Juan Diego logró los destellos más bellos de la corrida, cuando la tarde ya había entrado cuesta abajo y se había cerrado en lluvia. Las verónicas al sexto toro, de buen son, fueron ovacionadas por la mitad de la plaza. La otra había huido por el temporal. El torero se lució nuevamente en otro quite a la verónica, abrochado por una preciosa media. Este sexto toro, que humilló tras la capa y cumplió en varas, llegó con buen son, aunque con escaso recorrido a la muleta. Juan Diego, que se desprendió de las zapatillas para no escurrirse, lo toreó bien con la diestra en series cortas, aunque faltó más calor a su trasteo. Una labor sin continuidad por un pitón izquierdo de mala condición. El espada mató muy bien, de estocada certera. El torero dio una vuelta al ruedo con algunas voces en contra.
Con el tercero, hondo, un auténtico regalito que cazaba moscas por los dos pitones, Diego no tuvo opción a lucimiento alguno. Lo mató de estocada a paso de banderillas.
La corrida de Ibán, muy esperada, defraudó enormemente.
El
Mundo. JAVIER
VILLÁN. Unas verónicas bajo
el diluvio
Diluviaba cuando saltó al ruedo el sexto toro, un precioso
ejemplar de Baltasar Ibán, con romana y trapío, colorao, jirón,
bragao y calcetero, y Juan Diego esculpió, entre el diluvio las tres
mejores verónicas de saludo que se han dado en esta Feria; y con
diferencia. Verónicas de vuelo largo, solemne y profundo; el vuelo
de la celebración, podríamos decir, parafraseando un título de
Claudio Rodríguez. En definitiva, entre castellanos andaba el juego:
salmantino el torero y zamorano el gran poeta difunto. Luego, una
media a pies juntos que fue como la rúbrica caligráfica de tan
importante obra.
Se sacó Juan Diego el toro hasta los medios y allí volvió a
trazar la verónica acaso con menos intensidad, mas con dibujo
igualmente hermoso y rematado. Juan Diego había salvado la tarde y
su Feria que se le iba oscuramente de vacío. Y aunque el toreo en
redondo y los naturales no tuvieron el mismo son y remate, bien
puede decirse que, en el último minuto Juan Diego demostró su
torería refrendada con una gran estocada. La lluvia amortiguó el eco
de una faena corta, impidió la aparición de pañuelos, pero no evitó
la vuelta al ruedo que algunos, entre el chaparrón,
protestaron.Afirmó Juan Diego su estética castellana, que muchos
asimilan, y con razón, a la de Julio Robles. Podría ser, entonces,
Juan Diego el heredero de esa escuela castellana, hecha de sobriedad
y clasicismo. En esto de los toros siempre estamos buscando
herederos y sucesores.
No pudo venir Esplá, por no sé qué problema de huesos o de
músculos, y lo reemplazó Luis Miguel Encabo. Encabo es un buen
torero al que la afición de Las Ventas le está buscando acomodo como
el sucesor de Esplá. Ojo con las sucesiones que siempre son un
albur.Las sucesiones sólo están seguras en las monarquías seculares,
nunca en los toros. Y eso no siempre; príncipes ha habido a los que,
por un amor o un encoñamiento, sacrosantas tradiciones les han
puesto la proa.
Hace tiempo Las Ventas buscaba un sucesor de Antoñete y el mismo
Chenel proclamó a Curro Vázquez. El reinado sucesorio de este gran
torero no duró mucho ni se consolidó, pues Curro Vázquez es más
torero de esencias que de fondo largo. Como ciudadano me preocupan
los destinos de las monarquías y sus sucesores dinásticos.Pero como
monárquico no. A mí lo que de verdad me gustaría es que no hubiese
reyes y, si los tiene que haber, que sean reyes republicanos, idea
política que parece un contradiós, pero yo me entiendo. Como
aficionado sí que me preocupan las sucesiones toreras. Ahora en Las
Ventas, que prohijó el magisterio de Luis Francisco Esplá, el cual
un día, ¡Dios no lo quiera!, acabará retirándose, anda en busca de
torero que encarne y recoja ese magisterio.
Hoy se casa un Borbón con una Ortiz, es decir un noble con una
plebeya, y que no se me encampane el maestro Chenel porque plebeyo
quiere decir miembro de la plebe y plebe significa, en corto y por
derecho, el pueblo llano. Esta sucesión monárquica hereditaria
parece más clara, por el momento, que la sucesión de Encabo como
heredero de Esplá. Que Dios reparta suerte a todos, nobles, plebeyos
y toreros. En definitiva los toreros, ennoblecidos por su arte y su
valentía, son también pueblo, son también plebe; y algunos de ellos
frecuentaron los palacios de los nobles y los catres dorados y con
baldaquinos de sus ilustres esposas o amantes.
De entrada, y volviendo a sucesores o herederos, Encabo no
banderillea como Esplá o, por lo menos, no banderilleó ayer. Lo
mejor que puede ocurrirle a Encabo es ser él mismo y dejarse de
sucesiones, que esas ideas son casi siempre obra de periodistas «al
loro» que confunden a la gente. El primero de Ibán era un marmolillo
y Luis Miguel Encabo no supo nunca por dónde meterle mano. El cuarto
era peor, un marrajo de intenciones homicidas. Ahí la única maestría
procedente era la maestría de lidiador, doblarse con el áspero
animal, romperle el cuello a base de doblones y luego darle mulé de
la mejor forma posible. Esto sí que lo hizo Encabo, aunque lo de los
doblones no y por eso casi se lleva una cornada.
A propósito de esto de los doblones y los pases de castigo, le
recordaba yo el otro día a Antoñete un sobrero de El Pizarral, creo
recordar (y si no es así ya me lo reprochará alguien), hace años en
esta misma plaza. Un toro asesino que miraba a Chenel con malignidad
especial: banderillas negras; y Antoñete que sale armado de acero, y
media docena de doblones, quizá alguno más, y cuando el toro,
asombrado, se paró un instante, una estocada hasta la bola. Cayó
fulminado el bicharraco y aún recuerdo la pasión desatada de los
graderíos, con Antonio Bienvenida, en una barrera, encabezando la
ovación.
A Ferrera le tocó uno de cal y otro de arena y, como nunca sé
cuál es lo bueno y cuál es lo malo, al final cal y arena resultaron
pésimas. Su primero, que acudía al cite de lejos, engañó al público
y no remataba la embestida; su segundo fue un animal con muy malas
intenciones, manso y resabiado. Tras dos pares de banderillas al
quiebro en el mismísimo platillo, a Ferrera se le nublaron las
ideas. Y la tarde empezó a oscurecerse del todo bajo la lluvia y
sólo se iluminó con las verónicas de Juan Diego que, en su primero,
había estado cenizo.
ABC. ZABALA
DE LA SERNA.Recuerdos de
"Bastonito"
Hay quienes dicen que en cuanto lavan el
coche llueve; en mi caso de peatón se cumple la borrasca cuando
riego las cuatro macetas de la terraza: una yerbabuena, un rosal, un
limonero y un boj. Cuatro tiestos que no suman ni una parcela, menos
una finca en Alcudia. Un noventa por ciento de probabilidades de
lluvia anunciaban los hombres del tiempo para el fin de semana y la
Boda Real: no han marrado esta vez. La tristeza del ambiente, gris,
ventoso y antitaurino, se transmitió al primer toro de Baltasar
Ibán, recortado, serio, sin cuello y lastrado de los cuartos
traseros. Se frenó en el capote desde el principio, galopó lo justo
en banderillas -tercio discreto en collera de Encabo y Ferrera- y se
paró en la muleta, sin dar más opciones que el aliño y la
brevedad.
Bajo la luz de los focos apareció el segundo,
castaño, paliabierto mexicano, o sea con poca cara, que se fue
suelto al caballo según pisó tierra, cuando un monosabio lo cortó.
Por muchos aplausos que arranquen, los monos están interviniendo
demasiado ya en la lidia de Madrid. Su galope tontorrón y noble se
lo puso fácil a los matadores con los palos: Ferrera esperó mucho en
los medios al cuarteo, Encabo entró por dentro cerca de chiqueros y
de nuevo el matador extremeño respondió con un quiebro y un recorte
más populares que puros. Le concedió metros con generosidad en la
primera tanda, con la derecha, sin apreturas. El desplazamiento era
largo, tan largo como desaprovechado; a izquierdas se frenaba y se
rebrincaba más. En cualquier caso, duró tres o a lo sumo cuatro
tandas, cuatro en las que Ferrera no dijo nada y mató por lo
bajini.
El tercero salió tan encogido de los cuartos traseros
como el primero, sin poder y desarrollando sentido conforme avanzaba
la lidia. No se empleó en el caballo, y a la muleta llegó imposible
de todas todas, sin más literaturas. Juan Diego, a la defensiva
desde que agarró el capote, abrevió y lo tiró sin puntilla de un
espadazo delantero.
Cuando se hizo presente el zancudo y alto
cuarto (613 kilos), a todos se nos vino a la memoria aquel toro
bajo, recortado y justo de peso, ¿alcanzó los 500 kilos?, en la pura
sangre Contreras, que se llamaba «Bastonito», un huracán de casta,
la pesadilla de Rincón. ¿Qué fue de aquella línea de los ibanes en
tipo, pequeños y fibrosos? Yo vi la corrida de Castellón, que se
movió porque no se salió de su fenotipo, y se movió bien y noble,
sin demasiado carbón, pero en un son bueno y bravo. Nada que ver con
lo de ayer. A Encabo le molestó además el viento racheado, el viento
que se llevó las hechuras de «Bastonito», el pasado, y, por
supuesto, las oleadas cortas del toro que no pasaba ni a
tiros.
El quinto, también grandón, poseía un cuello largo, y
en principio pareció descolgar. Sólo en principio. Después, tras un
tercio con los rehiletes muy en los medios, uno en ese paso marcial
horrible que se inventó Ferrera en el último Otoño, se violentó con
el corbatín, las hombreras y el cuello.
Los lances de saludo
a la verónica de Juan Diego al sexto fueron a la larga lo mejor de
la tarde y, en definitiva, de su actuación. Pareció despertar de un
letargo que lo adormecía, en el son que avivó el último verano de
Madrid, los Veranos de la Villa que lo amenazan como no
espabile.
Descolgaba el toro, al que le sobró castigo en el
caballo. Fue a la vez el mejor de la corrida de Cristina Moratiel,
que sufría bajo la lluvia, como todos, recordando a «Bastonito».
Fuera de tipo, este encaste es difícil que embista. Juan Diego
muleteó largo, aunque le faltó cruzarse con los viajes, dar el
pecho, reposarse más. Era consciente, supongo, de que pasaba su
último tren de San Isidro. Y quiso, pero querer no siempre es poder.
Muy encima de la cara del toro siempre, faltó reposo, no atacarse ni
atacar tanto. Se esperaba mucho más del salmantino, adormecido hasta
ayer, hasta el último momento.
Vuelta que no
convence
La vuelta al ruedo tras matar de eficaz estocada
corta se consumó mientras Curro Romero abandonaba la plaza protegido
del agua, de la gente que le cohíbe y el mundo que le asusta. Una
vuelta al ruedo que no convence, que no respalda a un torero que
sacó Madrid -sí, Madrid, que con todo, sigue siendo la plaza que
suma proyectos al escalafón, porque, a pesar de racanerías y
recortes, apuesta por el futuro-, y que no ha devuelto la confianza
depositada.
Curro seguía por las escaleras hacia la Avenida
de los Toreros a paso de procesión, como toreaba, como es.
Otros
festejos de la temporada en Madrid
|
|