|
|
|
Feria de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del jueves, 20 de mayo de 2004
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Corrida de toros
  
Ganadería: Toros de Antonio Gavira (bien
presentados, flojos en general)
Diestros:
Incidencias: el Rey, que recibió el brindis de cada diestro de la terna en sus primeros toros, y los duques de Lugo asistieron desde una barrera.
Entrada: Lleno.
Crónicas de la prensa: El
País, El Mundo, Diario
de Sevilla, ABC

Diario
de Sevilla. Grupo Joly. Luis
Nieto. Triunfo real y verdadero de Abellán
Triunfo real y verdadero de Miguel Abellán. Real, con presencia de Don Juan Carlos, que ocupó una barrera junto a los duques de Lugo, en las vísperas de la boda del Príncipe Felipe. Y verdadero, porque lo consiguió con el toreo al natural en su segundo toro y con un valor a prueba de bombas en su primero. Los tendidos, abarrotados, quedaron rendidos ante Abellán, que impresionó a lo largo de su actuación. Con buen tiempo, únicamente la mansedumbre de la corrida de Gavira se opuso en gran medida a la gran expectación despertada.
Miguel Abellán derrochó valor a raudales en su primero, un toro peligroso y manso, ante el que se jugó en la muleta la cornada. Y a punto estuvo de llegar de manera seria cuando en el inicio de un pase de pecho, el astado le dio con el pitón izquierdo en el glúteo y lo lanzó por los aires como un pelele. Las consecuencias, que pudieron ser graves, quedaron en el destrozo de la parte trasera de la taleguilla. El trasteo fue muy serio. Firmeza ante las miradas aviesas y los frenazos y firmeza y más firmeza ante los hachazos. Merecida la vuelta al ruedo, a pesar de las protestas del tendido 7.
El quinto, montado, aleonado, astifino, fue un toro manso de principio a fin, pero sin malas intenciones. Abellán utilizó la cabeza en la faena, sensacional, que pudo ser premiada -el público estaba enardecido- y quedó en una vuelta al ruedo, al no utilizar su inteligencia a la hora de matar y precipitarse. Con la capa hizo saltar chispas en un precioso quite por chicuelinas, rematado con una airosa revolera. En las rayas, con la izquierda, comenzó muy firme. Al toro, sin apenas recorrido, le enjarató naturales sueltos de una calidad extraordinaria. Limpios, esplendorosos, rematados con adornos de inspiración, como molinetes ajustadísimos o trincherillas fantásticas. Con la diestra, con el animal rajadísimo, también cumplió en una tanda iniciada con una capeína. El epílogo fue magistral. Dibujó tres naturales de frente, a pies juntos, soberanos, macizos, ceñidos, rematados muy atrás. Pero la cabeza no le funcionó en la suerte suprema. Se precipitó. Lo situó bien para el primer envite, en la suerte contraria, pero se arrancó el toro y en lugar de pasar en falso pinchó arriba. El público le ovacionó. Luego, cambió a la suerte natural y el toro se reservó. Resultado: otro pinchazo; a lo que se añadió media estocada y un descabello. El respetable le dio una ovación apoteósica y Abellán, malhumorado por la pérdida del premio, dio una vuelta al ruedo agridulce.
Manuel Caballero pasó con más pena que gloria. No tuvo opción alguna con el rebrincado y manso primero, que salió parado, cabeceó en la muleta y acabó buscando las tablas. Lo mejor en la lidia a ese toro corrió a cargo del picador Juan Francisco Peña, que echó muy bien el palo en dos notables puyazos en lo alto y un quite muy ceñido, por gaoneras, de Miguel Abellán. Dos no pelean si uno no quiere. Y Caballero, con el hondo y largo cuarto, que resultó manso, no quiso nada.
El Juli quedó prácticamente inédito con un lote muy deslucido. Se las vio en primer lugar con un toro grandullón, manso, protestón y flojísimo, al que se lo quitó sin apreturas de una estocada, tras un feo sartenazo. Se lució en banderillas José Antonio Carretero. Y con el sexto, gazapón y sin poder, no pasó de voluntarioso. Le faltó calidad al toro. Pero, también, al torero.
Miguel Abellán subió enteros ante sus paisanos. Nunca había toreado así. Triunfó. No abrió la Puerta Grande de Las Ventas por poco, pero ha dejado abierta la de la esperanza, para soñar con un gran éxito en su otra oportunidad en este San Isidro.
El
País. Antonio
Lorca. Un torero de una pieza
Una parte de la plaza protestó la primera vuelta al ruedo de
Miguel Abellán. Pues no, señor. Un torerazo se merece una vuelta con
todos los honores. Y Abellán estuvo hecho un torero de una pieza con
el complicado segundo de la tarde, que le propinó una voltereta de
miedo por su valor sin cuento y por aguantar lo inaguantable. Era un
manso de libro, y el torero se fue con la muleta al centro del
ruedo, el toro pegado a tablas, y lo citó con el engaño por delante.
Acudió el animal y la tanda resultó ligada pero escasa de emoción
por la falta de codicia. Se preparó para la segunda, asentó las
zapatillas, se cruzó, presentó la muleta y le obligó a embestir con
verdadero mando en plaza. El toro no tuvo más remedio que aceptar la
imposición del matador, y surgió un derechazo extraordinario, se le
paró en la misma barriga en el segundo y aguantó el torero mientras
los tendidos se quedaban sin respiración; aguantó de nuevo en el
tercero como un héroe, y cuando quiso rematar, el toro se revolvió,
lo enganchó por la taleguilla, lo zarandeó y lo lanzó por los aires
como si fuera un muñeco. El torero se levantó conmocionado mientras
la plaza quedaba sobrecogida por el valor de Abellán y la
aparatosidad de la cogida. A partir de entonces el toro no admitió
un pase, aunque tuvo sentido para volver a atropellar al torero sin
consecuencias. Fue una lidia vivísima porque un torero antiguo
dominó a un toro jugándose la vida.
El héroe dejó paso a un artista inconmensurable en el quinto
toro, con pitones astifinos como agujas y manso como sus hermanos.
Abellán tomó la muleta e inició su labor con estatuarios ajustados;
citó después con la zurda y ofreció un recital del más puro y hondo
toreo al natural. Enganchó la embestida y los tres primeros fueron
inmensos, culminados con una preciosa trincherilla y un garboso
afarolado. Siguió con la derecha y surgieron bellos redondos y un
pase de pecho de pitón a rabo. Un circular ceñido; después, un
molinete, y de nuevo, tres naturales que constituyeron todo un
monumento al arte del toreo. Abellán no culminó su obra, mató mal y
se quedó sin la puerta grande. Pero la vuelta al ruedo fue
apoteósica porque había un torero, nada más y nada menos que un
torero, en el ruedo.
Pero es que, además, Abellán ofreció otra lección con el capote
en una labor variada, vistosa y muy torera toda la tarde. Lanceó por
ajustadísimas gaoneras, primero, y ceñidas chicuelinas, después, en
el lote de El Juli, y en lo suyo toreó a la verónica con las manos
bajas y por chicuelinas que fueron muy jaleadas. La decisión y la
entrega presidieron toda su labor.
Un torero, señores. Un torero firme, seguro, valentísimo,
artista... Un torero que hizo vivir a Madrid una tarde
emocionantísima.
Al torero triunfador le acompañó Manuel Caballero, que no pasó de
cumplir con el trámite de matar a sus dos toros. Perdido, sin ideas,
sin ilusión, estuvo a merced de su complicado primero. Produjo una
sensación de inseguridad y de escaso mando ante su compromiso; de
estar allí a merced del toro y a la espera de que éste mejorara, lo
que fue imposible. Triste, muy triste, ante el descastado cuarto. En
honor a la verdad, así no se debe venir a la Feria de San Isidro.
Y también acompañó al torero El Juli, que nada pudo hacer ante el
inválido total que le tocó en primer lugar, aunque insistió en un
toreo sin interés entre las protestas del público. Algo parecido le
ocurrió en el sexto, también inválido, con el que estuvo muy
voluntarioso.
El
Mundo. JAVIER
VILLÁN. Elogio de toreros y
presidentes
Respondo con esta crónica a los reproches que me hacen J. CH.y L.
G. sobre mi «neurótica falta de respeto a presidentes, veterinarios
y toreros». No es verdad; hubiera celebrado ayer que Miguel Abellán
no pinchara el toro al que había bordado el natural y que le cortase
las orejas. Lo hubiera cantado con júbilo, tal como se verá en el
transcurso de esta crónica en la que respondo a esos piadosos
lectores que he tapado en las iniciales de sus nombres.
Tengo la manía, eso sí, de contestar a todo (carta, teléfono,
fax, paloma mensajera o abordaje en el patio de caballos). Respondo
incluso a quienes me llaman hijo-de-mala-madre que, digo yo, qué
culpa tendrá mi madre, la pobre, que era una santa. Tan verdad como
esta certeza es que el tercer y sexto toros nunca debieron
permanecer en el ruedo. A mí, presidentes y veterinarios me parecen
imprescindibles para la buena marcha de la Fiesta. Y los respeto.El
presidente es el pañuelo de mando, el Rey, con perdón Majestad, de
la plaza. Pero no es esto lo más importante; la autoridad depende de
cómo se ejerza. El presidente es un árbitro que debe armonizar las
distintas tensiones emocionales que ocurren en el ruedo y en los
tendidos. Es, o debe ser, una especie de contrapoder de la natural
tendencia a la comodidad y el individualismo del entramado taurino.
Por ejemplo, ¿no estaba claro que el tercero y el sexto iban a
acabar derrumbándose, según blandearon de salida? Estaba claro,
aunque con ánimo conciliador esté dispuesto a considerar que eso, en
vez de evidencia clamorosa, era criterio subjetivo.En lo que no
caben subjetividades es en la calidad de los naturales de Abellán.
En el señor presidente descansa la confianza de la afición; se le
pide que, cuando hay conflicto entre los derechos del aficionado y
los intereses de la empresa, resuelva a favor del aficionado.La
labor de un presidente empieza en el reconocimiento, que es donde se
juega el destino de la corrida. Su criterio y la sabiduría selectiva
de los veterinarios son imprescindibles, lo mismo que lo es la
torería y el valor de los diestros. ¿Qué hubiera sido ayer sin el
valor y la torería de Miguel Abellán?
También los veterinarios debieran ser un contrapoder en beneficio
de los derechos del aficionado. Queda, pues, demostrado que les
tengo ley a todos. De la mansedumbre de los gaviras ninguna culpa
tienen, pues los toros no se reconocen a cala y a cata como los
melones de Villaconejos o las sandías de Villaliebre; mas la
permanencia del tercero en el ruedo, de su trapío y del de alguno de
sus hermanos, ya no estoy tan seguro.
A los toreros también les tengo un respeto imponente y, como buen
aficionado, asumo que eso de vestirse de luces tiene su intríngulis.
Lo cual no me impide declarar que Caballero y El Juli si ayer no se
hubieran puesto el vestido de torear habría dado igual. Estuvieron
grises: sombras de toreros.
Miguel Abellán, apasionado en su primero y, como casi siempre,
con la cornada apuntándole al corazón. Dibujó en su segundo dos
tandas de naturales, que es uno de los sucesos más gloriosos en lo
que va de Feria. Abellán de blanco y sangre. Hecho jirones quedó su
vestido de primera comunión y dos veces le cogió el de Gavira sin
que, por fortuna, los desgarros fueran más allá del traje. Quedó
Abellán hecho un Eccehomo y, desde el primer quite, al toro de
Caballero, condecorado con la sangre del animal; la suya, por
suerte, le condecoraba por dentro. Se autopremió con una vuelta al
ruedo protestada por parte de la plaza. Quizá la tremebunda paliza
que llevaba encima, lo merecía; por menos le dieron anteayer una
oreja al Fandi.
La vuelta al ruedo en su segundo, en cambio, fue una mínima
recompensa a la forma en que había toreado por la izquierda, en
tablas, al noble y manso toro de Gavira; hubo dos tandas superiores,
muleta alante, templanza, ligazón y mano baja. Y una última, ya con
el acero en la mano, acaso innecesaria, pues el toro amenazaba con
rajarse. Y se rajó. El noble manso de Gavira se puso andarín y
corretón y Miguel Abellán, que ya había demostrado el poder de su
izquierda, no pudo pararlo y meterle la espada a tiempo.Lástima,
pues la plaza estaba con él y rugía de entusiasmo y emoción por dos
motivos fundamentales, incontestables y toreros: el valor temerario
y suicida en el segundo y el toreo al natural en el quinto.
ABC. ZABALA
DE LA SERNA. Tremendo y torero
Abellán
Tremendo Miguel Abellán, y muy torero.
Tremendo de valor y disposición toda la tarde, desde el quite por
gaoneras que marcó claramente, en el toro bronco de Manuel
Caballero, las directrices de cómo hay que venir a Madrid. Anudó y
secó las gargantas con el capote a la espalda, tragando lo
indecible, con los buidos pitones viajando cerca, muy cerca, de la
faja, por la barriga. Fue una carta de presentación. Después se
mantuvo en ese son con el manso pregonado tercero, con mucha cara,
como toda la corrida de Gavira, un pleno casi cinqueño en su
totalidad de astifinos pitones y mansedumbre en diferentes grados.
Suelto y abanto de salida, no quería caballo ni atado a una maroma.
Abellán brindó al Rey y marchó a los medios, desde donde citó en
largo, con muchos metros de por medio; al toro le costaba una
inmensidad seguir la muleta, y más, humillar. Abajo, cuando le
obligaba, sobre todo a partir del segundo o tercer muletazo, se
rebotaba o se amagaba a la espera, midiéndole al madrileño el ritmo
cardiaco. En la tercera tanda, en el remate del pase de pecho, por
el pitón izquierdo, lo prendió de mala manera. Se lo pasó de pitón a
pitón, de cuchillo a cuchillo, zigzagueando y deshilachando la
taleguilla, solamente y por fortuna. Volvió a la cara apretando los
dientes, con las ideas nítidas de no coger la izquierda, que por ese
lado había desarrollado la bestia un sentido terrible. Todavía
habría un susto más cuando en un adorno perdió pie el torero, que
rodó con reflejos. Cobró media estocada, suficiente a pesar de estar
un punto tendida. La ovación fue clamorosa, y M.A. se decidió a
pasear el anillo entre algunas protestas que no entendían que
jugarse la vida conscientemente también vale: ¿qué hubiera sido de
Diego Puerta, Diego «Valor», cosido a cornadas, más de treinta, a
los ojos de la «afición» de hoy? Falla la memoria, se mitifica el
pasado y se desprecia el presente. Abellán se enfundó unos vaqueros
para taparse el descosido en el siguiente toro y algunos se lo
recriminaron, olvidando que en otros tiempos se usaba un pantalón de
monosabio o de arenero. Cambian las épocas, pero seguro que de
haberse puesto el uniforme de mono se lo habrían recriminado igual.
La verdad es que los levis le quedaban como un
adefesio.
Cabeza imponente y pavorosa
La cabeza
imponente y pavorosa del quinto hubiera sido de ovación nada más
pisar el ruedo de haber pertenecido a cualquier otra ganadería con
predicamento en Madrid. Abellán se apretó por chicuelinas y arrancó
la faena por alto en los terrenos del «6», para enseguida echarse la
muleta a la izquierda y torear muy asentado en unos naturales
relajados y auténticos, precedidos de una torera trincherilla que
trepó por los tendidos. Corrió la mano con largura y encajado, con
chispas de improvisación, como en una especie de pase de las flores
cuando el toro le hizo hilo o en un molinete invertido. Allí, entre
las rayas, donde quería más el manso, que tuvo un fondo noble, le
esperó aún en otra tanda zurda, y en otra diestra con las embestidas
rajadas en franca huida; a pies juntos y de frente al natural
rubricó una faena que merecía otro final distinto a la precipitación
a toro arrancado con la espada. Será la vez que mejor le hayamos
visto, con esa mezcla de valor, disposición y una torería que se
reflejó también en algunos desplantes. Volvió a ocurrir que le
censuraron la vuelta al ruedo con la mente puesta en los pinchazos
-esta vez quizá con más razón-, una vuelta que cambió por la
posibilidad de un triunfo rotundo.
Es difícil de explicar
cómo se enlotó la corrida de Gavira, tal vez por nota o familias,
pero por hechuras seguro que no fue, porque a El Juli le tocó en
suerte la pareja más armónica, pese al armamento del sexto. Ambos
blandearon como ninguno, ambos se desinflaron y ambos mansearon como
todos, con mayor bondad, eso sí. Julián López no pasó de
voluntarioso con tan feble material. Muy poco para una figura del
toreo, sin contar con el involuntario metisaca al tercero, cuando se
le fue la mano a los bajos.
Caballero, con el áspero torazo
que rompió plaza y que nunca humilló y con el cuajado, badanudo y
descastadísimo cuarto, se quedó en la trinchera de la
desilusión.
Otros
festejos de la temporada en Madrid
|
|