GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Feria de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS

Tarde del lunes, 17 de mayo de 2004
Crónicas del festejo

EFE

FICHA TÉCNICA
Corrida de novillos

Ganadería: Cinco novillos de Román Sorando, desiguales de presencia, nobles y muy toreables. Los mejores, primero y tercero. El segundo fue un sobrero de "Navalrosal", complicado en los dos primeros tercios, aunque mejoró en la muleta. Y el quinto, sobrero también, de Alejandro Vázquez, deslucido. cuatro novillos de , uno de Navalrosal (2º bis) y uno de Alejandro Vázquez (5º bis).


Diestros: 

  • Luis Bolívar. Dos pinchazos, echándose el novillo (silencio tras un aviso); estocada casi entera, trasera y caída, y dos descabellos (silencio); y estocada pescuecera (silencio). 
  • Sergio Marín. Fue cogido al abrir la faena a su primero, pasando a la enfermería, de donde no volvió a salir. 
  • Eduardo Gallo, que debutaba en plaza. Media y descabello (gran ovación); estocada (una oreja); y estocada (una oreja). 

Incidencias: el novillero Sergio Marín fue volteado en su 1º, resultando herido. Parte médico: "Contusión con distensión de ligamentos en rodilla izquierda. Puntazo corrido en cara posterior del muslo izquierdo y región sacrocoxígea. Pendiente de estudio radiológico. Pronóstico reservado que le impide continuar la lidia. Pasa a la clínica "La Fraternidad". 

Entrada: más de tres cuartos.

Tiempo: tarde ventosa y fuerte lluvia.

Crónicas de la prensa: EFE, El País, El Mundo, ABC

Sergio Marín. Foto de Manuel Escalera. El PaísEDuardo Gallo. EFE

El País. Antonio Lorca. Eduardo Gallo, por la puerta grande

El triunfador de la tarde fue Eduardo Gallo, que se presentaba en esta plaza con maneras de torero artista y lo demostró de manera desigual ante un público entregado y novillos inválidos y nobles. Es verdad, sin embargo, que toreó muy bien a la verónica con las manos muy bajas y la planta quieta, y manejó la muleta con naturalidad y ligazón en una labor con altibajos, a pesar de lo cual se metió al público en el bolsillo, ayuno como está de toreo de calidad.

Presentó sus credenciales en su primero, un novillo con el que su toreo brilló poco por la nula fortaleza del animal y su embestida docilona. Mejoró sensiblemente en el quinto, en medio de un auténtico diluvio, y volvió a lucirse con el capote y muleta en tandas, a veces enganchadas, pero largas y sentidas por ambas manos. Su triunfo lo corroboró en el sexto, tan inválido como los demás, al que lanceó con mucho gusto a la verónica y volvió a demostrar su toreo fino y elegante, especialmente por el lado izquierdo. No hubo faena redonda, pero su labor de conjunto es muy meritoria, especialmente por su interés en hacer el toreo ortodoxo, algo excepcional en los tiempos que corren.

Quizás el momento más emotivo de la tarde lo protagonizó Sergio Marín, que recibió una gran paliza al iniciar la faena de muleta al primero de su lote. Lo toreaba por bajo con mando y suficiencia cuando al rematar la tanda fue derribado por el novillo, que lo buscó con saña en el suelo; posteriormente lo enganchó por la taleguilla, lo levantó y zarandeó dramáticamente contra el albero. El torero se levantó desmadejado, con evidentes signos de dolor en su rostro y se desplomó en brazos de las asistencias.

Antes del percance, Marín había demostrado que es un novillero muy valiente. Le devolvieron su novillo por manifiesta invalidez y en su lugar salió un sobrero manso, violento y bronco, que huyó de los caballos, y llegó a la muleta con mucho sentido y mala condición. A pesar de ello y contra la opinión de gran parte del público, Marín se echó el capote a la espalda y lo toreó con enorme gallardía por ceñidas gaoneras mientras el viento que soplaba con fuerza lo dejaba al descubierto. La cogida llegó momentos después cuando, muleta en mano, recibió al novillo por bajo, pases largos y hondos que fueron muy jaleados por los tendidos. Cuando pretendía cerrar la tanda, fue atropellado por el novillo y todas las ilusiones se desvanecieron.

Acabó con el animal Luis Bolívar, que quiso dar a entender que asumía el reto, pero su toreo fue muy vulgar porque siempre lo ejecutó con la muleta retrasada y de perfil. El colombiano, triunfador otras tardes en esta plaza, dio ayer la de arena. No fue el torero poderoso, dominador, seguro y artista de antaño. Por el contrario, parece que se ha modernizado y, aunque mantiene sus buenas maneras, más se asemeja a un monótono pegapases que a un torero de verdad. Tuvo en su primero al novillo más potable de la tarde, de escasa codicia, pero noble y largo en la muleta. Era, además, un novillete sin trapío con el que Bolívar no encontró el sitio adecuado ni acabó de encontrarse a gusto. Mal colocado casi siempre, su labor resultó aburrida y espesa. No mejoró en el cuarto, un inválido que no tuvo un pase.


El Mundo.  JAVIER VILLÁNMarín herido y Gallo triunfante

Un novillero, Marín, salió por la puerta de la enfermería; otro, Gallo, por la Puerta Grande; y otro, Bolívar, en silencio y a pie: las tres caras de la moneda de la Fiesta. El sobrero de Navalrosal tenía un trapío y un poder que no han tenido muchos toros en lo que llevamos de Feria. Llenó de desconcierto a las cuadrillas y echó mano a Sergio Marín cuando éste, decidido y torero, se doblaba con él y se lo sacaba a los medios. El novillazo, a poco de salir, se aquerenció a chiqueros y desmontó al picador de puerta; esperó en banderillas y desconcertó a peón tan seguro y elegante como José Manuel Montoliú. Hizo Marín un quite por gaoneras ajustadísimas y suicidas, por la condición violenta del bicho y por el viento que empezaba a castigar la tarde como avanzadilla del chaparrón.

La cogida, en ese momento, parecía inevitable. Fue un aplazamiento; pero, incluso en las corridas, el cartero siempre llama dos veces.Llevaron a Marín a la enfermería atropellado y magullado, y Bolívar se hizo cargo de la situación con más voluntad que acierto, aunque sin dejarse impresionar por el percance; ni por la violencia del navalrosal. No volvió la cara Bolívar mas, como dicen en teatro, tampoco cambió la moneda que, de seguro, lleva en el bolsillo.

La tarde, pues, sufrió una alteración sustancial; al percance siguieron el vendaval y la lluvia. En esas condiciones era natural que esa especie de torería innata que expresa Gallo se resintiera.No ocurrió así: ni en el tercero, ni en el quinto, ni en el sexto.En cada uno de ellos demostró distintas virtudes las cuales, por junto, definen a un novillero de gran personalidad y en sazón, pese a su juventud. En el tercero su toreo en redondo fue superior: por el cite con la muleta planchada, por la ligazón y por el sentido rítmico y armónico que imprime al muletazo el jugar la muñeca y girar la cintura con la planta erguida. La voltereta que sufrió en el quinto no arredró a Gallo, que explicó y aplicó una espléndida teoría del toreo al natural, luminoso, hondo y de mano baja; idéntica teoría a la que explicó en el sexto en unas verónicas soberanas. Todo ello le valió una oreja. Oreja que, sumada a la del sexto, le abrió de par en par la Puerta Grande de Las Ventas.

Redondeó su actuación en el sexto con la faena más completa de su tarde: otra vez naturales impecables y pases de pecho. Derechazos y el animal hecho una ruina. Con todo pudo el temple y el cuidado de Eduardo Gallo, que se mostró espectacular y perfecto con la espada. Podrá argüirse que ninguna de sus tres faenas fue lo bastante redonda; pero la Puerta Grande es incuestionable. Si un día conjunta en una faena las verónicas del sexto, el pausado galleo por rogerinas, los redondos del tercero y los naturales del quinto, sobrero de Vázquez, habrá hecho una faena cumbre; de rey del corral, Gallo se convertirá en águila imperial.

Luis Bolívar no se arrugó en el cuarto por la lluvia que despoblaba los tendidos ni por la desbandada colectiva. Capeó el temporal como pudo y sin agobios, pues si el tiempo se le había puesto tormentoso y hostil, el novillo de Sorando era de natural apacible y ovejuno. Pobre balance de Luis Bolívar y en la memoria un espléndido derechazo en el primero; mal balance, pues con un muletazo no se va a ninguna parte, máxime cuando se está a punto de tomar la alternativa.

La despedida ayer de Bolívar de la plaza de Las Ventas, tras dos temporadas que pudieran ser calificadas de esperanza razonable, abre un horizonte incierto. La manera de echar la muleta alante y traerse al toro cautivaron a Las Ventas hace dos años, hasta el extremo de que algunos vieron en él la reencarnación de su paisano César Rincón; después de lo de ayer, esa apreciación debiera ser revisada.


ABCZABALA DE LA SERNA. Gallo se queda a solas con el temple

Fue un cuadro. Llovía a cántaros. Los tendidos se habían despoblado y el sol hacía por abrirse camino y un hueco en las gradas. Por encima, el arco iris, y por debajo, un novillero a solas con el temple. Eduardo Gallo se encontraba inmerso en una inmensa soledad. El toro y él. No había nadie más en muchos metros, tal vez kilómetros, a la redonda. La plaza semivacía, sin que nadie supiera de dónde surgían los oles que cantaban a su izquierda. Como un eco. Gallo se había abstraído, concentrando toda la atención en su figura verde botella y oro. Llovía. Y un chaval de Salamanca embebía las embestidas del quinto en una muleta adelantada y lacia, viva a la vez. Eduardo González Velayos, de los viejos aficionados de verdad, fundador de la Peña «Los de hoy», que ya es ayer, hoy ya muerto más ayer que nunca, seguro que disfrutaba desde allá donde se encuentren los espíritus de los amantes del toreo. Quizá entre las voces de los tendidos desnudos, a piedra y granito tallados, se hallaba la de Eduardo, que sólo abría la boca para jalear, nunca para censurar.

El otro Eduardo, el único que había «in corpore» ayer en la plaza, proyectó una dimensión sensacional, de esperanza. Había hecho el paseíllo con la cornada de Floirac fresca, los puntos recientes en la bolsa escrotal, duele hasta escribirlo. Toda la tarde valía la Puerta Grande. La forma de estar, de andar por el ruedo, una seguridad inexplicable en un debutante en Madrid que se quedaba mano a mano tras el percance de Sergio Marín, una cabeza divina: buscó los terrenos arropados del viento cuando se desató la tormenta, la distancia de las embestidas cuando se requería. Frescura y madurez unidas. Ya había estado muy sólido y en el sitio con el tercero, fundamentalmente templado, antes de reunirse en la soledad tremenda del sobrero de José Vázquez, manso como el resto de la novillada de Román Sorando, manejable también. Pero igual de manejables fueron los utreros de Luis Bolívar, con los que se enganchó mucho en continuos tropezones. La faena última de Eduardo Gallo tampoco fue limpia, después de lancear con sumo gusto a la verónica, lentísimos los lances hasta los medios. El galleo por tapatías al paso alegró los corazones de la gente que se reintegraba cuando escampaba la lluvia y el último novillo besaba la arena una y otra vez; el aplomo que acarreó la estocada final como rúbrica a una obra en la que se intuía, en la que se hacía presente el futuro por encima de la limpieza, que no había, de los pases, significó la salida a hombros; el prólogo y el epílogo aunaron la mayor nitidez; todo transmitió una gran pureza, en los cites, en los embroques, en el estar mencionado, en la consumación estoqueadora.

La Puerta Grande se abrió al mañana de Gallo que fue hoy. Antes un compañero, Sergio Marín, se peleó con un sobrero de Navalrosal gigante, al que le plantó cara contra viento y marea en un quite por gaoneras temerario; en el principio de faena, en las dobladas, los viajes se vencieron y trastabillaron al matador, que quedó a merced del bruto, que se ensañó con él en el suelo. Lo volvió a elevar, rompiéndole la taleguilla; las cuadrillas -vaya con el desacierto de las cuadrillas, en especial la suya, amontonada y desordenada en la lidia- tardaron un siglo en llegar al quite. El gesto de dolor, camino de la enfermería, hacía presentir lo peor, y quizá sea, porque una lesión de ligamentos es más grave que una cornada.

Luis Bolívar mostró su cara de tío cuajado precisamente con este toro, un toro de hechuras, un despropósito con patas echarle a los chavales esto, ¿o tampoco hay utreros bonitos en el campo para sobreros? El colombiano, muy puesto, se contagió de la sosería del que estrenó la tarde, noblote a secas. Y también de la falta de codicia del cuarto, muy apagado, al que quitó por saltilleras. La chispa que le faltó a su lote le faltó igualmente a él. Cuanto antes tome la alternativa mejor, aunque ya la debía haber tomado, que va a quemar la rica siembra del año pasado.
Fue un cuadro. Llovía a cántaros. Los tendidos se habían despoblado y el sol hacía por abrirse camino y un hueco en las gradas. Por encima, el arco iris, y por debajo, un novillero a solas con el temple. Eduardo Gallo se encontraba inmerso en una inmensa soledad. El toro y él. No había nadie más en muchos metros, tal vez kilómetros, a la redonda. La plaza semivacía, sin que nadie supiera de dónde surgían los oles que cantaban a su izquierda. Como un eco. Gallo se había abstraído, concentrando toda la atención en su figura verde botella y oro. Llovía. Y un chaval de Salamanca embebía las embestidas del quinto en una muleta adelantada y lacia, viva a la vez. Eduardo González Velayos, de los viejos aficionados de verdad, fundador de la Peña «Los de hoy», que ya es ayer, hoy ya muerto más ayer que nunca, seguro que disfrutaba desde allá donde se encuentren los espíritus de los amantes del toreo. Quizá entre las voces de los tendidos desnudos, a piedra y granito tallados, se hallaba la de Eduardo, que sólo abría la boca para jalear, nunca para censurar.

El otro Eduardo, el único que había «in corpore» ayer en la plaza, proyectó una dimensión sensacional, de esperanza. Había hecho el paseíllo con la cornada de Floirac fresca, los puntos recientes en la bolsa escrotal, duele hasta escribirlo. Toda la tarde valía la Puerta Grande. La forma de estar, de andar por el ruedo, una seguridad inexplicable en un debutante en Madrid que se quedaba mano a mano tras el percance de Sergio Marín, una cabeza divina: buscó los terrenos arropados del viento cuando se desató la tormenta, la distancia de las embestidas cuando se requería. Frescura y madurez unidas. Ya había estado muy sólido y en el sitio con el tercero, fundamentalmente templado, antes de reunirse en la soledad tremenda del sobrero de José Vázquez, manso como el resto de la novillada de Román Sorando, manejable también. Pero igual de manejables fueron los utreros de Luis Bolívar, con los que se enganchó mucho en continuos tropezones. La faena última de Eduardo Gallo tampoco fue limpia, después de lancear con sumo gusto a la verónica, lentísimos los lances hasta los medios. El galleo por tapatías al paso alegró los corazones de la gente que se reintegraba cuando escampaba la lluvia y el último novillo besaba la arena una y otra vez; el aplomo que acarreó la estocada final como rúbrica a una obra en la que se intuía, en la que se hacía presente el futuro por encima de la limpieza, que no había, de los pases, significó la salida a hombros; el prólogo y el epílogo aunaron la mayor nitidez; todo transmitió una gran pureza, en los cites, en los embroques, en el estar mencionado, en la consumación estoqueadora.

La Puerta Grande se abrió al mañana de Gallo que fue hoy. Antes un compañero, Sergio Marín, se peleó con un sobrero de Navalrosal gigante, al que le plantó cara contra viento y marea en un quite por gaoneras temerario; en el principio de faena, en las dobladas, los viajes se vencieron y trastabillaron al matador, que quedó a merced del bruto, que se ensañó con él en el suelo. Lo volvió a elevar, rompiéndole la taleguilla; las cuadrillas -vaya con el desacierto de las cuadrillas, en especial la suya, amontonada y desordenada en la lidia- tardaron un siglo en llegar al quite. El gesto de dolor, camino de la enfermería, hacía presentir lo peor, y quizá sea, porque una lesión de ligamentos es más grave que una cornada.

Luis Bolívar mostró su cara de tío cuajado precisamente con este toro, un toro de hechuras, un despropósito con patas echarle a los chavales esto, ¿o tampoco hay utreros bonitos en el campo para sobreros? El colombiano, muy puesto, se contagió de la sosería del que estrenó la tarde, noblote a secas. Y también de la falta de codicia del cuarto, muy apagado, al que quitó por saltilleras. La chispa que le faltó a su lote le faltó igualmente a él. Cuanto antes tome la alternativa mejor, aunque ya la debía haber tomado, que va a quemar la rica siembra del año pasado.



DiarioDirecto.com. IGNACIO DE COSSÍO. El amo del corral

Como decíamos ayer, los galleos no se hicieron esperar. Un debutante salmantino llamado Eduardo Gallo formó un verdadero alboroto en la Plaza de las Ventas. Aquello no era una plaza, era un gallinero. Media plaza corría en desbandada a ocupar sus asientos tras la tormenta que cayó durante la lidia de los primeros novillos mansos de Román Sorando, para ver nacer una figura de época.

Pues si, digo bien, toda una figura consumada pareció ayer el maestro Eduardo Gallo. Una actuación muy completa la de este muchacho que enamoró de un flechazo a Madrid. Que serenidad, valor, torería y temple. Repito mucho temple en sus manos en la brega y sobretodo toreando al natural. Otra izquierda, la de este novel aspirante, tapizada de pesados kilates. En su primero, el tercero de lidia ordinaria, estuvo muy firme y valeroso, le recuerdo salir andando de las verónicas como diciendo si el mío no transmite que no se preocupe nadie que la emoción la voy a poner yo. Y efectivamente Gallo ejecutó una serie de naturales mágicos que todavía sigue cadenciosa en la cara de Tadrilo o Ladrillo.

Menudo marmolillo descastado le tocó al bueno de Eduardo. Todavía no me explico como se inventó la faena de la nada. La plaza había olvidado el percance y la torería de Sergio Marín, la profesionalidad sobradísima de Bolívar y hasta la lluvia, sólo le querían ver a él. En el quinto estalló la plaza, digo el gallinero. Eduardo Gallo se hizo amo del corral y a espolones volvió al ruedo. Zas, Zas, con las manos muy bajas receta cuatro suaves, dulces y profundas verónicas para soñar el toreo. Su figura era una escultura griega en medio de un gallinero enloquecido.

Bien midieron el castigo sus picadores a sus novilletes de cristal. Que frágiles fueron, parecían que de un soplo de aire iban a despegar del suelo rumbo al cielo a hacer una visita al pobre de don Eduardo García Velayos. Llega la muleta y Gallo coge el palillo por el centro, asienta bien las zapatillas en la arena, cita a pitón contrario con la muleta por delante y se obra el milagro. 

Cómo corre la mano, que temple y serenidad desprenden sus muletazos. Uno, dos, tres, cuatro derechazos. ¿Quieres alguno más Tórtolo? No olvides que el único Gallo soy yo. La paloma tórtola se enfada y echa por los aires al Gallo. El Gallo cae sin desplumarse y sigue cantando y enamorando a Madrid. Cambia a la izquierda y el novillo se queda corto, no hay nada que hacer salvo matar de verdad. ¡Boom! La espada del salmantino entra como un cañonazo en una muralla enemiga. Rueda el toro, se corta la oreja y suena el abrirse del primer cerrojo de la Puerta Grande. 

Llega el sexto. Atrás quedaron los enganchones de Bolívar, y Madrid esta otra vez con el don del temple de El Gallo. Cómo echa el capote a los toros, sus lances se hacen eternos en la noche madrileña. Los cantos suben de tono con las verónicas toreras y un inicio de faena de gran exposición y cadencia. El novillo es el malo hasta decir basta y El Gallo logra que no se derrumbe. Qué lástima que el de Román Sorando estuviera tan vacío de fuerza y casta, si hubiera aguantado unos muletazos más, seguro que me hubiera puesto también a mí a bailar de alegría. Llega la estocada y ¡tras! Hasta la bola, otro cañonazo en la plaza de Las Ventas. Su puerta salta por los aires en honor de este Gallo que se hizo el amo del corral. 


Diario de Sevilla. Grupo Joly. Luis Nieto. Un Gallo salmantino de cante grande

Llegó el Gallo, el Gallo de Salamanca, y armó un revuelo en el gallinero de Las Ventas en su presentación. Salió por la puerta grande tras cortar dos orejas en una tarde en la que el viento y la lluvia jugaron en contra de los novilleros. El segundo trofeo, debido a la debilidad de su oponente, fue excesivo. Pero este Gallo cayó de pie. Y, ojo, convenció rotundamente. Llegaba con el aval de muchísimos taurinos y un amplio rodaje en Francia. Y ayer salió a torear con una cornada -segunda en el mismo sitio- en los testículos, que recibió el pasado domingo en Burdeos. ¿Qué hizo este gallo de pelea, que es un gallo con mucho arte?... Tiene valor natural, maneja las telas con una suavidad pasmosa, engancha a los novillos muy alante, rematando las suertes detrás de la cadera. Todo ello, envuelto en una luminosa naturalidad. Algunas de las verónicas y varios de los muletazos los dio tan despacio que parecía parar a los novillos. Su concepto del toreo es fabuloso.

La novillada, por cogida de Sergio Marín, quedó en un mano a mano entre Luis Bolívar y Eduardo Gallo. Marín, en el único que pudo estoquear, un sobrero de Navalrosal, manso, demostró que, además de un valor sereno, posee buenas maneras. Valor que puso de manifiesto en unas gaoneras espeluznantes, en las que el novillero estuvo a merced del novillo, por el viento que soplaba. Buenas maneras a la hora de comenzar por bajo una faena en la que el toro le derribó cuando abrochaba una serie con un pase de pecho, le propinó en la arena dos puntazos y, lo que fue peor, le prendió de la rodilla. Tuvo que pasar a la enfermería.

El colombiano Luis Bolívar es un novillero listo para la alternativa. Ha pasado varias veces por Las Ventas y las exigencias han ido creciendo. En cualquier caso, le faltó temple en su actuación. Con su primer astado, con movilidad, nobleza y el defecto de puntear, no llegó a entenderse. Lo mejor lo hizo con el capote, tanto con unas templadas verónicas en las que ganó terreno, como en un quite por gaoneras de extraordinaria quietud. Pero en la muleta, la faena se ahogó entre multitud de enganchones. En segundo lugar despachó al animal que hirió a su compañero Marín, tras una faena aseada. Y como tercer cartucho realizó una faena que fue a menos, en la que los mejores muletazos surgieron con la diestra. Con la espada, Bolívar no estuvo acertado con su lote.

Eduardo Gallo cacareó con autoridad cuando se abrió de capote en el tercero y dibujó unas primorosas verónicas. Con cuajo de matador de toros, cruzado en la colocación, dando de comer al toro, tiró del astado en muletazos muy lentos, lentísimos, en dos series con la derecha. Con la izquierda también trazó algún natural de altura. No acertó a la hora de matar y recogió una ovación muy fuerte, preámbulo del éxito que estaba a punto de llegar. 

El quinto fue devuelto al derrumbarse y lo sustituyó un novillo de Alejandro Vázquez, sin clase. Gallo, que en esta ocasión no se lució con la capa, estuvo muy firme en la faena de muleta bajo un diluvio. A mitad del trasteo fue volteado de manera aparatosa por el pitón derecho. Se levantó y con serenidad continuó una labor en la que se intercalaron enganchones con bellos muletazos. La contundencia y eficacia al matar fueron decisivas para que el público pidiera la primera oreja, que fue concedida.

En el que cerró plaza, con el público enloquecido, Gallo volvió a convencer. Enganchó muy bien al animal con la capa para dibujar unas verónicas -inmensas por el pitón izquierdo-, muy lentas y armoniosas. La valoración fue excesiva porque el animal, protestado, acabó derrumbándose. En el trasteo, con altibajos, cuajó una serie con la diestra aterciopelada. Y con la zurda, paró en algunos naturales de manera asombrosa las embestidas del animal. La estocada, por arriba, fue definitiva. Una rúbrica contundente antes de la primera salida a hombros en Madrid de este Gallo salmantino de cante grande. 


EFE  Un 'Gallo' de pelea por la Puerta Grande de Las Ventas

Una cara y dos cruces en la tarde. Le sonrió la fortuna al debutante salmantino Eduardo Gallo, triunfador de la tarde con rotundidad. Cortó dos orejas y abrió la Puerta Grande, el sueño de todos los toreros. Llegó a la apoteosis porque hace un toreo de mucha clase y además tiene valor. Por contra, el colombiano Bolívar, cuya carrera tomó vuelo en esta misma plaza y feria, en la anterior edición, sin embargo, ha ido para atrás. Bolívar decepcionó cuando más se esperaba de él. 
Aunque la peor parte se la llevó desde luego Sergio Marín, lesionado en los prolegómenos de faena a su primero, que le dejó fuera de combate. Por esta última circunstancia el festejo quedó en un mano a mano, marcado también por la contrariedad de la lluvia, que en ocasiones arreció de lo lindo. La gente buscó la salida sin echar cuentas a lo que ocurría en el ruedo. 

Pero abajo, firme y muy seguro, con la arrogancia que da el convencimiento de saberse dueño de la situación, Gallo no se rindió en ningún momento, al contrario, sus pretensiones fueron siempre en aumento. Así, el salmantino, que toreó estupendamente en su primero, en el que ya pudo haber cortado trofeo, con el viento y el agua en contra, llamó la atención con el capote en los lances de recibo y posterior quite por tafalleras. 

Con la muleta, tres series de una exquisita despaciosidad, limpieza y sentimiento. El secreto: dejar siempre la muleta en la cara para ligar, ligar y ligar. Y todo con una absoluta quietud. Mucha gente estaba pendiente de guarecerse de la lluvia, lo que quitó el calor del tendido. Pero aun así, la faena en otras circunstancias hubiese tenido mejor premio que la gran ovación final. 

Llegó la recompensa en el quinto bis. Gallo lanceó muy bien al titular que iba a ser devuelto, y con el sobrero cuajó una excelente faena, esta vez con nota muy alta en el toreo al natural. Para caldear el ambiente no faltó también una espeluznante voltereta de la que se levantó sin mirarse, volviendo a la carga como si tal. De nuevo las series cadenciosas, de suaves muletazos, de un temple y un aroma inconfundible. Estocada a la primera, y esta vez, sí, la oreja. 

Y en el sexto alcanzó el paso que le hacía falta para llegar a la gloria, en faena de más a menos por culpa del animal. La falta de fuerzas del novillo hubiera restado importancia a la labor del torero, pero también aquí supo sobreponerse. Gallo formó un verdadero lío con el capote, en los lances de salida, para llevar al caballo y en un quite por tapatías. 

La plaza estaba a revientacalderas cuando tomó la muleta. El novillo desde el principio colaboró poco, por lo que tuvo que tomarlo en corto, a media altura y llevándole muy suavecito. En alguna ocasión que quiso bajarle la mano el animal fue al suelo, en otras se frenó, incluso tropezó la muleta al echar la cara arriba y hasta hubo un desarme. Pero entremedias, muletazos sueltos de exquisita calidad. Y con la estocada, oreja que le puso en la Puerta Grande. 

El colombiano Bolívar no tuvo su tarde, al equivocar las distancias y dejarse tropezar mucho en el primero, al verse también impotente en el complicado segundo, el que estoqueó por el percance del compañero Sergio Marín, y al arrugarse definitivamente de ánimo con el bonancible cuarto cuando empezaba la lluvia. 

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