GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Feria de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS

Tarde del domingo, 16 de mayo de 2004
Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA
Corrida de toros

Ganadería: Cinco toros de Palha (bien presentados, bravos, y encastados. Aplaudidos en el arrastre) y uno, 4º bis, de Conde de la Maza (manso)

Diestros: 

Incidencias: minuto de silencio por el aniversario de la muerte de Joselito El Gallo y los fallecimientos de los ganaderos Joaquín Buendía y Jesús Gil.

Tiempo: caluroso.

Entrada: hasta la bandera.

Jesus Millán. Foto de Claudio Álvarez. El País

Crónicas de la prensa: El País, El Mundo, ABC


El País. Antonio Lorca. Toreros modestos

Era éste un cartel de toreros modestos, de los que se suele decir, no sin mala intención, que no llevan a la plaza ni a sus amigos. Pues la de Madrid estaba de bote en bote, lo que convertía la ocasión en una oportunidad de oro para cambiar la moneda, acceder a la categoría de toreros caros y acabar con la tremenda injusticia de la que, con toda seguridad, los tres se consideran víctimas.

Se les dice modestos porque a duras penas han conseguido emocionar a unos pocos con su toreo, porque el triunfo se les ha negado la mayoría de las veces y porque, seamos claros, están cortos de condiciones toreras. Pero los llamados modestos se han caracterizado siempre por una desbordante ilusión que, al fin y a la postre, les ha servido para paliar defectos.

Los tres de ayer dijeron a voz en grito a la plaza de Las Ventas que son modestos en sus aspiraciones, y que la ilusión no es condición que les adorne. No tienen, pues, derecho a reclamación alguna porque el tren de la oportunidad pasó por sus vidas y prefirieron quedarse en la estación.

Así de triste y dura es la vida de tantos y tantos toreros que se pasan media existencia con la queja en los labios, soñando con tardes triunfales que nunca llegan. Toreros de sueños irrealizables. Toreros, quizás, víctimas de sí mismos.

Manolo Sánchez irrumpió en los ruedos con el sello de torero fino y elegante, pero sin una gran dosis del valor necesario para que el corazón aguante. No ha alcanzado, sin duda, sus metas triunfales, está en la cuesta abajo de su carrera, y quién sabe si vino a Madrid con la esperanza de que sonara la flauta. Pues ocurrió que no sonó, como suele suceder, y el torero vivió una tarde negra. Pero él solo, él es el responsable de sus actos. Responsable de su fragilidad, de su tristeza y de su toreo desangelado. Dio toda la impresión de estar en la plaza sin la ilusión necesaria y con el único objetivo de salir del paso y el deseo de que el amargo cáliz pasara cuanto antes.

De otra manera no se puede entender su aparente falta de sangre en las venas, su apatía, su desconfianza y su horrorosa manera de torear. Es imposible que surja la emoción cuando el torero se coloca justo al revés de como dicen las normas básicas; cuando se torea de perfil y tan despegado que sólo produce sonrojo.

Dramático es el caso de su compañero Millán, al que le tocaron los dos toros más encastados del encierro y no estuvo a la altura requerida. Dos toros fieros, no artistas; nobles, pero no bobalicones; dos toros para un torero con la firme convicción de convertirse en un torerazo. Parece que Millán quiere seguir siendo un modesto. Allá cada cual con sus ambiciones. Es un torero joven, alegre, bullidor, y con afán de triunfo; pero ayer se afligió, se desfondó y parecía un torero mayor de vuelta de todo.

Se lució, no obstante, con el capote en unas vistosas verónicas con las que recibió a su primero, y, después, en un quite por ceñidas chicuelinas. Pero este toro lo dejó en evidencia. Codicioso y fiero de salida, acudió con presteza a los caballos, persiguió con acometividad en banderillas y llevó a la muleta engallado y pidiendo guerra. Era un toro. Millán se fajó con él con torería en ayudados por bajo con la rodilla flexionada; pero cuando recuperó la verticalidad, el torero se había transfigurado. Citó al hilo del pitón, abusó del pico y los pases se convirtieron en trapazos. Una pena. Algo parecido le ocurrió en el quinto, otro toro para jugarse el tipo en tarde de tan grande responsabilidad. El animal acudió largo en banderillas después de una aceptable pelea en el piquero, y necesitaba un torero con mando en la muleta. Pero Millán no estuvo por la labor y mandó menos que un marido en su casa.

Peores toros tuvo enfrente el leonés Javier Castaño, pero tampoco sobresalíó por sus condiciones naturales para la emoción. Soso y descastado fue su primero, pero más soso se comportó el torero con un toreo de perfil y sin cruzarse en ningún momento. Al sexto lo dejó sin vida el picador en un primer puyazo largo, y el animal se derrumbó. Aún tuvo arrestos, sin embargo, para aguantar miles de muletazos de Castaño, que, entre todos, erigieron un monumento al horror en el toreo.

Modestos seguirán siendo Sánchez, Millán y Castaño; pero modestos por decisión propia, con toda la justicia que ellos mismos se aplicaron ayer ante una muy interesante corrida de Palha, brava y encastada en líneas generales, y con intenciones de encumbrar a quien hubiera tenido el coraje neceario para cambiar la moneda. No ha sido así. Ellos saben mejor que nadie por qué han preferido quedarse en la estación. O no han podido o no han sabido. Lo cierto es que hubo toros y no hubo toreros. Que nadie se considere, pues, víctima de nada.


ABCZABALA DE LA SERNA. Los toreros no se coordinaron con los palhas

Malos presagios de tostonazo sobrevolaban los nombres de los tres espadas. Claro que nadie se imaginaba que el castigo adquiriría semejantes dimensiones: Manolo Sánchez, Jesús Millán y Javier Castaño no se coordinaron con los toros, como algún palha no se coordinó consigo mismo. Deambularon los toreros por el ruedo no se sabe muy bien en qué plan. Porque por allí no hubo un planteamiento siquiera de batalla. Nada. Tres hombres sin destino. Pero ya verán como la temporada próxima Manolo Sánchez aparece de nuevo en los carteles de San Isidro, como un abonado más. No falla. Pasan y pasan los años, mata las corridas sin cambiar el gesto y a esperar la siguiente isidrada.

La corrida de Palha, vareada en su primera mitad y armada en general, se movió con seriedad. Hubo toros buenos sin ser el acabóse, pero hubo toros para mucho más, cada uno con sus cosas, para torear, ninguno en la sintonía del viejo eslogan de horror, terror y furor.

El lote de Sánchez fue el mejor, el más toreable. Su primero, con importante velamen, sin remate, ya metió bien la cara en los vuelos del capote, con son y las fuerzas justas. La sensación de que el pucelano venía a cumplir el expediente ya se vio en la forma tan dejada de lidiar, en la manera de poner los toros en el caballo, al relance, sin preocuparse de nada. Las embestidas manejables se perdieron en una inmensidad de muletazos despegados y fríos, sin alma ni sentimiento.

El cuarto salió con el baile de San Vito a cuestas, descoordinado de los cuartos traseros, frenándose en el capote como si le tirasen del rabo. Raro, raro. Fue devuelto tras entrar una vez al caballo. Al sobrero del Conde de la Maza lo puso M.S. en suerte a la buena de Dios, como con prisa por acabar; el picador marró el puyazo y se fue al suelo con caballo incluido, como si le hubiese cogido desprevenido. Servía el toro con noble pitón derecho, como un camarero amable: «Tome, su vermú». Pero Sánchez, más compuesto e igual de distante, no se dio por enterado. Quiso ligar, quiso estar tal vez más entonado, sin avanzar el paso adelante necesario para que el agua hirviera. Con la espada acabó de perder la oportunidad. ¿Hasta el año que viene? No sería justo.

Jesús Millán, al menos, no se cebó en exceso con sus palhas en el caballo. Había largado tela en unas verónicas de salida bastante decentes y la había recogido luego en unas chicuelinas ceñidas y apretadas, con susto incluido. El toro se vino arriba, poco castigado, con su motor a punto; Millán lo sometió genuflexo, con la muleta a rastras, poderoso y esteta a la vez. Ahí casi terminó todo, porque el morlaco marcó el ritmo con sus repeticiones, un punto violentas y a media altura, sin final de muletazo; claro que más defectos había que anotarle al maño, en la trinchera de la pala del palha constantemente. El quinto, más hecho y cuajado, de escaso cuello para descolgar con soltura, también se desplazaba con prontitud. Jesús Arruga se manifestó con los palos como el fenomenal tercero que es; a Fernando Téllez, otro gran torero de plata, le sorprendió la embestida y le ganó la acción el morlaco, cortándole el viaje y el lucimiento. J.M. aburrió al palo de la bandera con un adocenamiento mayúsculo.

Javier Castaño sigue como era, aun con la excusa de que la peor pareja le tocó en suerte. Al bizco tercero, fibroso, lejos del exceso de kilos, lo lidió horrible. Suelto y aventado, el bicho campó a sus anchas por el ruedo, sin orden ni concierto. Cuando agarró la muleta Castaño, prácticamente nadie lo había podido ver. Le concedió distancia, pisó firme y el toro se movió a su aire, un tanto distraído y tontorrón. Muchos fueron los pases, desgraciadamente.

Ya lo del sexto no alcanzó la categoría de muletazo, trapazo y gracias. Este palha embestía desparramado, descoordinado como el cuarto. Para más inri le zurraron la badana con saña en el peto, donde se empleó; ¡para un puyazo delantero que habíamos visto! De la muleta del leonés de cuna salió rebotado en un latigazo preliminar y contundente que provocó una costalada de órdago. Después todo fueron enganchones en una faena de demasiadas cercanías y continuos cabezazos del toro.


El Mundo.  JAVIER VILLÁNDe silencio, carteles y perezas

El toro que parecía el más encastado de la tarde, el sexto, lo mató un picador en una vara interminable. Salió del caballo trastabillado, lo que no permitió apreciar sus verdaderas cualidades. Tampoco Javier Castaño contribuyó a descubrir esas virtudes cercenadas.Y mientras ocurran estos toricidios y nadie los proteste ni los castigue, todo seguirá igual. Otra corrida más como ésta y como la de anteayer y un velo de silencio cubrirá la plaza de Las Ventas. Un silencio como el que se guardó al finalizar el paseíllo en memoria de Gallito.

Y en memoria también de Joaquín Buendía. Y de Jesús Gil, ganadero de Valdeolivas, entre otras cosas. Mejor compañía ha tenido Jesús Gil en el recordatorio de su muerte que en las oscuras peripecias de su vida. Y el honor de un minuto de silencio, aunque fuera compartido, en Las Ventas. El rey del exceso, le ha llamado en este periódico Cayetana Alvarez de Toledo; elegante metáfora, pues entre los excesos de los que Jesús Gil fue rey no figuraba el respeto a la Justicia ni el amor a la ley: descanse en paz, aunque vida tan forajida y corsaria es difícil que encuentre reposo, ni siquiera entre los muertos. Los muertos son más vengativos que los vivos.

Salió el primer palha, que puso en evidencia la pereza y la desgana por los que atraviesa actualmente el vallisoletano Manolo Sánchez.En cambio, en el segundo, Jesús Millán mostró su aguerrida decisión y su voluntad. Los resultados no fueron mucho mejores que los obtenidos por Sánchez, pero algo es algo. Jesús Millán, buena apertura de faena por bajo a un toro con un punto de violencia que llevaba alta la bien coronada testa. No era una cuestión de orgullo -ir con la cabeza alta por la vida- sino defecto de naturaleza áspera. Estuvo torero en sus dobladas, mas no pudo bajarle los humos al de Palha ni suavizar su embestida. Quedan en la retina unas verónicas de buen corte, las ya aludidas dobladas y una excelente estocada.

En el haber de Javier Castaño no puede apuntarse tan parco balance.O sea que, mediada la corrida, con unos aceptables toros de Palha, nada terroríficos según viejas leyendas, y más bien comerciales, nobles y justos de trapío -por no decir que se tapaban con la cara- la amenaza de sopor y tedio era ya realidad comprobada.Sánchez, Millán y Castaño; un cartel típico de Madrid, comentaba a las mismas puertas de Las Ventas un sevillano. Y cuando los de Sevilla dicen «cartel típico de Madrid», quiere decir que allí no hay nada que rascar; que allí, de torería nada, aunque Jesús Millán fuera el año pasado triunfador en La Maestranza con los miuras. El otro día, cuando El Fundi, Higares y Gómez Escorial, también a las puertas de Las Ventas, y no sin retintín, otro sevillano, o acaso el mismo, calificaba, o descalificaba, el cartel como típico de Madrid.

¡Ay el alma difícil de Sevilla! ¿Hasta en la misma calle de Alcalá volveremos a resucitar disputas vividas en la pasada Feria de Abril a orillas del Guadalquivir? Lo malo es que, según discurría la corrida de ayer, la profecía de tostón y sonambulismo se cumplía a rajatabla. Y no porque Sánchez, Castaño o Millán sean un cartel típico de Madrid, que los tres han lidiado en muchas plazas, sino porque su actual momento de torería está bajo mínimos.

En estas circunstancias, con carteles típicos o no típicos de Madrid, duele la reconfirmación que hace días se hizo pública de la retirada definitiva, al menos por esta temporada, de Morante de la Puebla. Duele y se le echa de menos; y lo digo sin retintín ni provincianismos madrileños que suelen ser tan nocivos y horteras como los provincianismos sevillanos. ¡Ay el alma difícil de Sevilla!, que decía Cháves Nogales, autor del magnífico libro Belmonte, matador de toros.

En estas circunstancias, pues, de «carteles madrileños», se echa de menos a Morante de la Puebla, por el hueco que ha abierto en las ferias y porque está en trance de romperse el eslabón de un estilo y una escuela: la escuela de Sevilla. Claro que la idea de «torero sevillano» no es unívoca. ¿Era, o es, torero sevillano Emilio Muñoz, el trianero, la mejor izquierda de los últimos años a la vera del Guadalquivir? Porque, a lo peor, Triana no es del todo Sevilla o Sevilla no quiere mezclarse del todo con Triana y el altozano belmontino. Al hablar de Sevilla, ¿nos llega sólo el efluvio de Pepe Luis, el mago de San Bernardo, o los recuerdos de Manolo González, el torero rojo que fecundaba duquesas, o Curro Romero de raíz rondeña y esencia sevillana?

¡Ay el alma difícil de Sevilla! Pero lo que está claro es que el ausente Morante es necesario. Y que toreros como los de ayer nunca podrán conmover el mundo de los toros como puede conmoverlo el depresivo Morante. Jesús Millán, mismamente, que ha sido el mejor, no logró nada. También en el quinto empezó bien y terminó mal.

 

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