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Feria de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del viernes, 14 de mayo de 2004
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Corrida de Rejones
  
Ganadería: Corrida
de rejones. Toros de Bohórquez
(mal presentados, mansos y
descastados)
Caballeros rejoneadores:
- Joao
Moura (rejón
contrario y cinco descabellos (silencio); rejón bajo, pinchazo, rejón
bajo y dos descabellos (silencio).
- Pablo
Hermoso de Mendoza (rejón
caído y contrario (oreja); rejón (oreja). Salió a hombros por la
puerta grande.
- Antonio
Domecq (tres
pinchazos y rejón contrario y bajo (silencio); pinchazo y rejón
contrario (ovación).
Entrada: lleno.
Tarde: soleada y agradable.
Crónicas de la prensa: El
País, El Mundo, ABC

Pablo Hermoso, por la
puerta Grande
El
País. Antonio
Lorca. Gran
bronca al presidente
El presidente del festejo recibió una de las más grandes broncas
vistas en mucho tiempo en una plaza de toros. Hermoso de Mendoza se
perfiló para matar. Clavó con rapidez un rejón de muerte y el toro
cayó sobre la arena, no se sabe si a causa de un resbalón o
descordado, y un subalterno presto lo apuntilló visto y no visto. Los
tendidos se llenaron de pañuelos y el presidente se resistió a sacar
el suyo. El hombre se empecinó y se llevaron al toro entre el griterío
ensordecedor de la gente. Nadie daba crédito a lo que estaba
ocurriendo. El mismo Mendoza miraba al palco con incredulidad hasta que
arreció la protesta hasta el punto de que el usía se vio obligado a
indicar al alguacilillo que marchara al desolladero a por el trofeo
mayoritariamente solicitado.
La verdad es que el presidente se lo tenía merecido. Primero, porque la
plaza era un mar de pañuelos, y ésa es razón suficiente para conceder
la primera oreja; segundo, porque es un señor que no mandó nada
durante el festejo, ni siquiera para ordenar la salida de los toros que
lo hacían por indicación previa de los rejoneadores. Pero hay más:
este presidente aprobó una corrida impresentable para Madrid, sin
hechuras y fea, que, además, resultó mansa y descastada. Se ganó,
pues, a pulso la gran bronca.
Esos toros fueron los responsables de un festejo aburrido que, a veces,
resultó insufrible. Maura y Hermoso pusieron de su parte su contrastada
maestría, pero poco pudieron hacer contra los negativos elementos
ganaderos.
Maura se llevó el lote más manso, que buscó las tablas y no ofreció
facilidades. Pero son ya muchos años sobre los caballos y conoce los
secretos de la técnica. Templa con brillantez, coloca banderillas con
facilidad y encela a sus toros con maestría. Mendoza es el dominio
total de todas las suertes. No en vano se le reconoce como la primera
figura del momento. Para a los toros en un palmo de terreno. Los templa
de costado y se los deja llegar hasta la misma piel de los caballos;
banderillea al estribo y toda su labor resulta vibrante, medida y
espectacular. Sus toros fueron inválidos y a los dos los entendió para
exprimir sus deficientes embestidas. Precisamente en el toro de la
bronca presidencial consiguió sus momentos más emocionantes en el
tercio de banderillas, que realizó echándose prácticamente encima del
renqueante animal. Al final del festejo se lo llevaron a hombros por la
puerta grande, pero no por una grandiosa actuación, sino por su madurez
artística y su contrastada capacidad para superar las muchas
dificultades que le planteó su lote.
El tercero en discordia, el jerezano Antonio Domecq, no tuvo su tarde.
Reaparecía tras el grave accidente que padeció en el año 2002 cuando
realizaba labores de acoso y derribo. La realidad ha demostrado que aún
no está en forma; se le nota demasiado el tiempo de inactividad y no
tiene claridad de ideas. Ni los caballos le obedecen ni él sabe -ésa
es, al menos, la impresión que dio- lo que hay que hacer. Falló en
numerosas ocasiones, clavó mal, se dejó atropellar las cabalgaduras
hasta el punto de que un caballo resultó herido en una pata, y toda su
actuación en conjunto resultó muy discreta.
Pero mucho peor estuvo el presidente de la corrida. Qué ganas de
buscarse problemas. Un auténtico horror.
El
Mundo. JAVIER
VILLÁN. Bronca homérica
y triunfo
Allí fue Troya y se armó la de Dios es Cristo. El toro segundo de
Pablo Hermoso de Mendoza era un inválido patético y, cuando el navarro
le atizó un mandoble en prohibida parte de su anatomía, pegó un salto
de delfín; y como el gitano del romance de Lorca, «tres golpes de
sangre tuvo y se murió de perfil»; de perfil o de lo que sea pues,
para mí que tan fulminante muerte fue un descordamiento criminal. Creíamos
que así lo había entendido el presidente, de cuyo nombre ni puedo ni
quiero acordarme, aunque me parece que se llama José Gutiérrez; pero
entre gritos e improperios, al poco tiempo el alguacilillo trajo la
oreja desde el desolladero.
Lo que ocurrió luego será objeto de exégesis y estudio en los
venideros tiempos; la gente gritaba, unos porque querían otra oreja y
otros porque la primera les parecía un escarnio: capuletos y montescos,
tirios y troyanos, vargas y montoyas. Y, a todo esto, no quedó claro,
tras la gresca multitudinaria, si el sartenazo de Hermoso de Mendoza había
sido ejecución sumarísima o muerte fulminante como mandan los cánones.
La tarde se calentó del todo tras unos inicios no excesivamente tórridos.
Los argumentos del festejo eran el magisterio de Joao Moura, la
perfección doctoral de Hermoso de Mendoza, su garra y su autoridad de
gran estrella; y el regreso de Antonio Domecq recuperado de infortunadas
y dolorosas peripecias. El más acabado cartel de las corridas de
rejones de este año. A la postre, se cumplieron más o menos las
previsiones: Moura, sin grandes luminarias mas con oficio, toreó muy
bien en el segundo aunque matara, como siempre, muy mal. Antonio Domecq
no fue más allá de la espectacularidad combativa en cabalgadas y
piruetas; y triunfo de Pablo Hermoso de Mendoza, si bien acompañado de
controversia.
Y, sin embargo, no todo empieza aquí y ahora, en Moura o en Hermoso
de Mendoza, el límite humano, por el momento, de lo que puede hacerse
sobre un caballo frente a un toro. Ahí está, antes de ahora, Manuel
Vidrié, por ejemplo, comentando con una bonhomía conmovedora las
peripecias tantas veces vividas por él en los ruedos: un respeto. ¿Quién
podrá olvidar el magisterio pionero de tantas cosas, el temple sin ir más
lejos, o los quiebros de frente, acaso y sobre todo, de Manuel Vidrié?
Y digo acaso porque escucharle hablar momentos antes de la corrida,
compartiendo tertulia con él en el plus, es como escuchar la voz
antigua de la sabiduría; y toda sabiduría que, por serlo, detesta
convertirse en dogma, es fuente siempre de dudas y de reflexiones que
llevan al conocimiento. Ahí está el gesto recio, la cara curtida de
hombre agrario con la columna desguazada por cabalgadas y galopes; un
torero inmenso que habla con admiración y respeto de Moura, de Hermoso
de Mendoza y de Antonio Domecq.Ahí está un caballero que escuchaba,
misteriosamente, susurrar a los caballos: el gran Vidrié con pinta de
vaquero maltratado por los trajines de especialista cinematográfico,
con todas las caídas y todos los golpes en sus huesos. No sé a quién,
en los viejos western doblaba Vidrié; mas me cuesta trabajo imaginarlo
haciendo de malo o forajido. Dos maestros en la tertulia del plus antes
de la corrida: Vidrié y el viejo Chenel, huesos de cristal, la mejor
izquierda torera, con alma de flamenco. La historia sin ellos sería una
historia incompleta y, lo que es peor, falsificada.
Ha sacado Hermoso de Mendoza un caballo al que le ha puesto por
nombre Chenel, que pega muletazos con la grupa como un consumado
maestro; un caballo castaño, sensible, torero y valiente. Con él
cimentó el triunfo en su primero. La estirpe de Cagancho sigue; y sigue
Hermoso de Mendoza poniendo nombre de diestros grandes a sus
cabalgaduras, como si quisiera afirmar la naturaleza esencialmente
torera de su rejoneo: Cagancho, Chicuelo, Albaicín, Curro, De Paula,
Chenel...
Una vez escuché a Hermoso de Mendoza, impresionado por el
descubrimiento del cante jondo, que iba a poner nombres de palos
flamencos a sus caballos. No recuerdo ninguno y es que el navarro no ha
debido asimilar la historia del cante con la misma intensidad que la
historia del toreo. A ver si Chenel, Antoñete para la historiografía
del toreo, le enseña los secretos del cante, las palmas y la guitarra,
en alguna noche tumultuosa y encendida.
Por lo demás, la historia de la corrida habría que completarla con
la historia de esa segunda oreja, cimentada en la torería de los
caballos Curro y De Paula, al igual que la primera se basó en Chenel.
La historia de la tarde, viejos recuerdos de toreros grandes aparte, es
la constatación apasionada del fervor taurino que, pese a todo, halla
su razón de ser en la controversia y la división de opiniones. El
presidente, que creo que es de nueva hornada, no parecía tener razón
al otorgar o consentir la oreja. Eso se desprendía de la monumental
bronca con la que fue despedido. Claro que algunos, los entusiastas,
seguían insistiendo que era por la no concesión de la otra oreja.
Estos entusiastas tampoco apreciaron la manifiesta invalidez de casi
toda la corrida.Los toros de Fermín Bohórquez se cayeron; aquí se
caen ya hasta los toros de rejones.
ABC. ZABALA
DE LA SERNA. Hermoso y
«Chenel», por la Puerta Grande
Volví a la plaza a ver a un nuevo «Chenel». También a Moura, a
Hermoso de Mendoza y a Antonio Domecq, pero principalmente a «Chenel».
Pablo, como lo nombran en su brava tierra de Navarra, foral y española,
en su empeño de rendir homenaje a la historia del toreo a través del
bautismo de sus caballos, ha ungido ahora a una estrella recental con el
apellido del torero del mechón blanco, el que tenía en la izquierda,
como dijo Díaz Yanes, el paraíso, y los huesos de cristal, el que nos
encandiló a toda una generación en los albores de los ochenta con el
empaque, la distancia, el toreo: Antoñete.
Y Hermoso de Mendoza y «Chenel» abrieron la Puerta Grande, como en los
viejos tiempos del maestro. Recuerdo que Antonio, en sus salidas a
hombros, siempre se desmadejaba en manos de la muchedumbre y se
derrumbaba interiormente, lloraba como un niño y respiraba el aire de
Madrid como en una de esas caladas hondas de rubio o tabaco picado que
le han ennegrecido los pulmones pero no el alma.
Hermoso corrió medio cerrojo con «Chenel», después de optar por un
solo rejón de castigo. Brindó a Antoñete, y poco a poco su homónimo
equino se fue afianzando en la arena. Resulta, casualidad o no, que el
caballo también le da el pecho a los toros, como se comprobó en la
cuarta y perfecta reunión, muy en corto y en los medios, y en una
quinta superior, sensacional por auténtica, ceñida y rebozada la
embestida. Antes también hubo otro encuentro, el segundo, muy por
derecho, al que siguió una emocionante pasada a dos pistas por los
adentros. «Chenel» había pegado el aldabonazo para atravesar el arco
neomudéjar que desemboca en Alcalá, y se fue tan campante para darle
el relevo a un compañero que tenía más nervio y otro temple, y que
remató la faena con las cortas y un rejonazo de oreja.
El jinete estellés volvió a no abusar de los rejones, que la buena, fácil
y mansita corrida de Bohórquez no necesitaba más. A este quinto, un
punto blando y cornalón, dentro del despunte claro, que en algunos
casos es poda abusiva, se lo cosió el jinete estellés al estribo para
ligarle tres banderillas sin solución de continuidad, en una obra rítmica
y creciente, rubricada con los palos cortos otra vez; un par de quiebros
anteriores y los suaves lances de salida con la grupa conjuntaron una
labor que concluyó con un rejonazo que descordó al murube jerezano.
Entonces vino el lío, porque los presidentes venteños, en lugar de
sostener el pañuelo del trofeo asomado al balcón, lo sacan y lo
guardan a una velocidad que no hay Cristo que se entere de si ha habido
oreja o no, ni siquiera el alguacilillo, y menos parte del personal, que
ya no sabe si solicita la primera o la segunda oreja. Al final el
alguacil corrió al patio del desolladero a por el premio entre el
cabreo popular.
Ese genio portugués llamado Moura lo bordó con el cuarto. Pero, como
todos los genios, su encanto se encuentra también en la imperfección,
y Joao no mata ni a una mosca. Al margen de que siempre busca la muerte
de improviso y a la media vuelta. Su primera labor fue un dechado de
templanza y pulcritud, quitándole además la querencia inicial al toro.
Antonio Domecq, que reaparecía oficialmente en Madrid tras un par de
temporadas en el dique seco, se estrelló con el toro más complicado,
que fue el ensillado y altísimo último. Le tropezó mucho las
cabalgaduras e incluso corneó a uno de los caballos. Su voluntad fue
ovacionada en la despedida, después de que el tercero se le quedara
bastante. Buscó con ansiedad los años perdidos y le pesó la
responsabilidad, traducida en no pocas imprecisiones.
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festejos de la temporada en Madrid
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