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PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del domingo, 13 de junio de 2004
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
 
Ganadería: Tres toros de
La
Dehesilla y
tres sobreros de Campos
Peña (cuarto), Alcurrucén
(quinto) y Luis Terrón (sexto) (correctos de
presentación, deslucidos)
Diestros:
Entrada: Un tercio de plaza.
Tiempo: tarde calurosa.
Crónicas de la prensa: El
País, El Mundo, ABC
El País.
Antonio Lorca. Tarde
de despropósitos
Se unieron todos los elementos que hacen imposible que en una corrida
de toros luzca una pizca de emoción. Fue una tarde de viento incomodísimo,
que hizo ondear los engaños como si fueran banderas; y el viento es mal
amigo de los toreros porque los despoja de corazón y de ánimo, y hasta
los más valientes se vuelven precavidos y desconfiados. El viento es
peor que la lluvia porque deja a los toreros desnudos ante el peligro y
desarmados ante el riesgo de un toro en la plaza. El viento, en fin, lo
descompone todo y nada es ya igual cuando un capote o una muleta vuelan
como una pluma.
Pero hubo más: toros mansos, descastados e inválidos. Toros feos y
mal presentados, despojos de carne, todos de desecho, de cinco ganaderías,
entre titulares y sobreros, auténticos saldos, impropios todos de la
supuesta categoría de esta plaza, que dieron al traste con todas las
ilusiones. Toros de La Dehesilla, de procedencia Núñez, tullidos y
noqueados, que se derrumbaron por la arena de la plaza venteña, y
sobreros destartalados que no mejoraron la pésima impresión de los
titulares.
Al final, entre el viento y los toros, la corrida no tuvo arreglo y
se desarrolló entre fuertes protestas que a punto estuvieron de
desembocar en un escándalo mayúsculo. Es normal que el público se
canse de tanto disparate y de tanto animal enfermo o borracho que
impiden que la fiesta se parezca en algo a lo que un día dicen que fue.
Fue una tarde de despropósitos que debiera invitar a la reflexión a
los que dirigen este negocio.
Lo más triste, sin embargo, es que en el ruedo había dos toreros
modestos, Curro Díaz y Antón Cortés, que destacaron en San Isidro y
llegaban con el legítimo deseo de refrendar de una vez por todas sus
buenas maneras y conseguir los contratos que hasta ahora se les han
negado. Pero no pudo ser. La oportunidad se convirtió en una encerrona;
la posibilidad de triunfo fue una empresa imposible con el material que
tuvieron delante. Y lo peor es que los despachos taurinos les pasarán
la factura correspondiente, y les harán responsables únicos de su
propia situación. Así de dura y triste es esta profesión para algunos
que, al margen de sus condiciones toreras, no están tocados por la
suerte.
El viento les robó la alegría que demostraron en la pasada feria.
Normal, por otra parte. Pero a fe que lo intentaron con capote y muleta
y lucharon valientemente contra los elementos atmosféricos y ganaderos.
Curro Díaz se mostró muy decidido y animoso toda la tarde. Áspero
y deslucido fue su primero, que le propinó una espectacular voltereta
sin consecuencias cuando intentaba pasarlo por la izquierda. Brilló en
algunos momentos de la faena de muleta al tercero, el único noble de la
corrida, al que logró encelar y torear con hondura por ambos lados en
dos tandas trazadas con elegancia. Y se desesperó ante el quinto, que
no tuvo un solo pase.
No encontró mejor suerte Antón Cortés, que tuvo delante un lote
imposible. Su primero llegó agotado al tercio final, muy descastado y
sin recorrido el segundo, y con media arrancada y sin codicia alguna el
sexto. Velentón siempre, sus ilusiones, como las de su compañero, se
desvanecieron ante la realidad de sus toros.
En conclusión, una tarde para el olvido o, quizá, para no olvidar
el difícil momento de la ganadería brava. Tan difícil que el
aburrimiento habitual se torna en desesperación ante las cotas de
desastre que puede alcanzar un espectáculo basado en la emoción de los
toros bravos y los toreros valientes.
El Mundo. JAVIER
VILLÁN. La magia se estrelló contra la
basura
Se anunciaban ayer en Las Ventas del Espíritu Santo dos toreros que
han dejado huella indeleble en la memoria de los buenos aficionados los
últimos San Isidros: Curro Díaz y Antón Cortés. Mas esa huella a lo
peor es menos indeleble de lo que algunos pensamos, pues apenas un
tercio de la plaza se cubrió para rememorar recientes hazañas o
asistir a su reedición gloriosa. Había tanta abstención ayer en Las
Ventas, tanto cemento al aire, como en los colegios electorales en las
elecciones al Parlamento Europeo.
No sé si interesamos a Europa, ni si la Fiesta está en su mejor
momento, como dicen los entusiastas; mas parece que Europa no nos
interesa demasiado a los hispanos, al menos en la exaltada medida que
los políticos creen. Desconozco también si esta Fiesta abusivamente
llamada nacional preocupa demasiado a los iberos.Pasadas las grandes
celebraciones feriales, las plazas de toros son un desierto. Esto no es
un juicio, sino un hecho: una evidencia.Y las evidencias no necesitan
demostración.
Sea lo que fuere, lo que resulta impepinable son las analogías que
pueden establecerse entre los campos taurinos y políticos.Los toros de
La Dehesilla de ayer tenían tanta intención de embestir como yo de
abrirme las venas o de ir a votar en esta democracia espectral cuya
degradación convierte la postración de las corridas de toros en una
fiesta limpia e ingenua. Dios nos pille confesados.Ser aficionado
taurino en España es un calvario; y ser ciudadano con conciencia cívica
y solidaria es un castigo. Ser ambas cosas, a la vez, es una ruina sin
arreglo posible.
Convengamos pues en que la importancia de la Fiesta, incluso en
tardes de cartel tan atractivo como el de ayer, es discutible.Y si de
toda discusión ha de salir la luz esa polémica circunstancia podría
ser fuente de sabiduría, como pueden serlo los resultados electorales.
Pero una cosa y otra, cada cual la interpreta a su manera y arrima el
ascua a su sardina. Sin necesidad de ningún ascua ni sardina la labor
de Curro Díaz en el tercero, segundo de su lote, que tuvo el mérito de
inventarse un toro que tardó mucho tiempo en dar señas de tal.
Alguien escribió que a un poeta le salva un verso memorable.Pudiera
ser, aunque yo no lo creo. Es como decir que un cuadro se salva por una
pincelada. Por lo mismo, yo no creo que un torero salve una tarde, y
menos una carrera, por un muletazo sublime.Memorable, lo que se dice
memorable, hubo poco en el primero de Curro Díaz: los ayudados por
bajo, un cambio de manos, un detalle... En cambio lo que hubo en su
segundo fue faena construida, obligando mucho por la derecha a un toro
reservón, en series compactas, densas y ligadas. En todo momento hubo
fondo y formas de torero bueno; aunque Curro Díaz, la reciente revelación
de San Isidro, no diera pases de cartel ni tuviera momentos
verdaderamente estelares.
De una tacada Antón Cortés paró sus tres toros titulares. No
valieron ni el segundo ni el cuarto y cuando el señor Gutiérrez tiró
de pañuelo verde Cortés siguió corriendo el turno y echó el sexto
por delante. Quedaba la incógnita de los sobreros; con lo cual el
gitano albaceteño, además de parar cinco toros, tuvo que vérselas con
cuatro hierros diferentes y, por unas cosas o por otras, a cual peores.
Y como el señor Gutiérrez tenía una tarde rigurosa de las que no se
prodigan en San Isidro, devolvió el quinto, con justa razón, y Curro Díaz
apechó con un sobrero de Alcurrucén. Muestrario variado, dirán
algunos; saldo variado digo yo. Y si no ya me dirán ustedes de qué
manera puede definirse un cartel remendado y recompuesto con cinco
ganaderías.
Razón tenía Antón Cortés para ir retrasando la salida de los
sobreros; ninguno de los dos quiso ver la muleta. Y la tarde se puso
definitivamente siniestra; los males nunca vienen solos y a la
desbandada de los ciudadanos ante las urnas, hartos de demagogia y
fuegos artificiales, se unió la desbandada o, por lo menos, el desánimo
de los aficionados taurinos. Un cartel bien progamado, un mano a mano
entre Curro Díaz y Antón Cortés, los que hicieron lo mejor de San
Isidro, fracasó por la ruina de los toros de Pereda y por la basura de
sustitutos. Cumplió el señor Gutiérrez devolviendo tres toros y le
pidieron que devolviera también el sobrero de Alcurrucén. Daba igual.
A esas horas de la corrida, que hubiera salido un sobrero potable
hubiera sido un milagro entre tanta infamia de toro.
ABC. ZABALA
DE LA SERNA.
La guerra
en una veraniega tarde de paz
¿Quién esperaba una guerra en una veraniega tarde de paz? Naide.
Pero así fue. El raro ambiente que se respiraba empeoró poco a poco y
se convirtió en tormenta cuando se anunció un tercer sobrero con el
hierro de Alcurrucén, demasiado para el cuerpo. Del abuso a la
provocación hay un corto paso, y a la afición ya le pesan tantos toros
de la casa Lozano en media temporada, en Resurrección, en el 2 de mayo,
en la Prensa, en Beneficencia... Qué absurdo caer en semejante
desmedida. Y además era un churro.
Madrid, de cualquier manera, habla inglés. Yo, al menos, que no parlo
el idioma de Shakespeare más que para el «thank you», no entiendo por
qué había un clima frío hacia dos chavales que se iban a medir mano a
mano, aunque después no fuese ni mano a mano ni nada. Porque, que se
sepa, Curro Díaz y Antón Cortés no han cometido ofensa alguna desde
San Isidro más que dejar buen sabor y volver a dar la cara.
Curro Díaz, torero a seguir
Se protestó con aparente ligereza el segundo de la tarde desde su
salida, a pesar de que era más toro que el primero. En cuanto perdió
un par de veces las manos, el presidente Gutiérrez lo devolvió con
premura, marcándose el listón para el resto de la corrida. Se corrió
turno y el parche de Carlos Núñez que debía ser cuarto, inválido de
verdad, sí que mereció el pañuelo verde. La tarde ya se había
enrevesado del todo. Volvió Cortés a correr turno, y el que nunca fue
sexto, de la ganadería titular, sardo de pinta, engañó en los tercios
preliminares y se destapó como realmente era en la muleta, con la cara
a media altura, falso, deslucido, a contraestilo de lo que el gitano de
Albacete necesita aun en una atardecida de ideas nubladas.
Este conglomerado de historietas, y para colmo el viento, crearon ya
para los restos rechazo con los aconteceres. Sorprendió otra vez Curro
Díaz. Al margen de la composición y la personalidad que le imprime a
los adornos, a los muletazos de sal y aderezo de las series -en especial
los pases de pecho-, ayer demostró que de decisión y valor anda
sobrado, y sobre esas bases se puede hacer y pulir los flecos lógicos
de quien sólo sumó dos corridas en 2003. Es torero a seguir. Se
recuperó con entereza de un volteretón terrible con el toro que estrenó
la tarde, que se dejó por el derecho, sin terminar de humillar, y que
se vencía por el izquierdo. Por allí quedaron un par de pases de la
firma, arrestos y deseos más que cabeza para volverse a presentar al
natural; la faena de la jornada fue con el tercero, de La Dehesilla, que
también fue el toro del día. Dibujó el linarense pases de enorme
belleza, en los que clava el mentón en las chorreras de la camisa, saca
el pecho y acompaña con la cintura, una cintura cara. Y en varias
tandas del toreo fundamental además bajó mucho la mano y la corrió
con largura, enganchando más al toro en los cortos vuelos de su escasa
muleta, sobre todo en una tercera en la que tragó una enormidad en el
obligado de broche. A los muletazos buenos ahora le dicen en Madrid, en
lugar de ole, bieeen, así aspirado y hacia adentro, aunque cualquier
domingo soltarán un «weeell», en ese inglés que no alcanzo. Frío,
frío para las churumbelerías y los aromas de Díaz -que se asomó tímidamente
al tercio tras pinchazo y estocada desprendida-, y caliente, caliente,
contra el infame sobrero de los Lozano que se chupó luego. El hombre,
para más inri, estuvo desarropado y solo con una cuadrilla horrorosa.
Cortés mató otro suplente de Campos Peña, grandón, que se le venía
al cuerpo, y otro de Luis Terrón con sosa y parada bondad.
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