GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Feria de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS

Tarde del miércoles, 12 de mayo de 2004
Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA
Corrida de toros

GanaderíaToros de Puerto De San Lorenzo  (desiguales de presentación, con clase y con poca fuerza) y de Conde de la Maza (2º-bis, noble)

Diestros: 

Entradamás de tres cuartos.

Tiempo: lluvia y viento.

Crónicas de la prensa: El País, El Mundo, ABC, DiarioDirecto.com

Antón Cortés. Trincherilla. Foto de ABC. BOTAN.
Trincherilla de Antón Cortés

Tras asistir al almuerzo que la Comunidad de Madrid ofreció al Príncipe Felipe y a Letizia Ortiz, la pareja acudió a la quinta corrida de la Feria de San Isidro. Recibieron varios brindis, silbados por una gran parte del público. Crónica rosa de Carmen Rigalt

 

ABCZABALA DE LA SERNA.Faena de Príncipe y gitano

Como parido en una fragua de Triana, el gitano Antón Cortés, bronce de Albacete, resucitó a los toreros de su raza en una sola faena: la talla de Montañés y el Cachorro, el toreo puro y profundo, la verónica honda y redonda, campana del Sur, campana. Cortés se enmacizó en una pieza inolvidable, en el compás, en el ritmo pausado y lento, callado. Rugían los oles como única música en Las Ventas. Había toreo, toreo del caro, del de verdad, más allá del «pellizco» de los tiempos que corren cursis. Para el arte no se necesitan ballets alejados de la cara del toro, sino una danza con el toro enroscado a la cintura, acompañándolo con el pecho, con la personalidad sin levitaciones.

Antón Cortés brindó al Príncipe de Asturias y a su prometida, y les ofreció una faena principesca. No es nuevo. Salvo que por el agujero de la memoria frágil se me escapa qué matador alzó un día la montera al entonces Príncipe de España, Don Juan Carlos -Joan Carles para Carod y los suyos- y qué cronista tituló «Faena de Príncipe». Y gitano en esta ocasión. Don Felipe tuvo el gusto de presenciar una obra de arte, que de haber calado en su interior le debería aproximar un poquito más a la Fiesta de España, que no es otra que la de los Toros.

Al gitano broncíneo de Albacete se le intuyó desde que se abrió de capa, en la seguridad con que se plantó en la arena. Dos veces pasó el toro de Puerto de San Lorenzo de su figura anclada con las zapatillas juntas. Hasta que se fundió con él con la pata «p´alante», hundiéndose con los viajes embarcados en la bamba de un capote mágico que trazaba las verónicas a cámara lenta, ya de salida, con lo difícil que es. Espléndidas, como la mítica jaca de Don Álvaro, a derechas. ¡Qué bonito! ¡No!: ¡qué profundo! Torear bonito y torear profundo, ¡pues no hay diferencia! El toro blandeó, y ya lo querían enseguida devolver sin apreciar sus calidades, como devolvieron con precipitación el anterior, que apuntaba unas bravas condiciones. Juan Lamarca, contra quien se ha extendido una campaña orquestada, cedió en cuanto perdió las manos un par de veces; menos mal que mantuvo la coherencia con éste y no nos privó de la que es, y probablemente será cuando muera la Feria, una de las faenas candidatas al recuerdo, contra el paso de los años.

Sí, el toro de Cortés contaba con la fuerza justa, y de los remos se resentía, pero ¿en qué le hubiera ganado el sobrero, segundo ya, del Conde de la Maza? En mitad de las protestas, se venció por el pitón izquierdo y le pegó una cornada a Antonio Layu «El Chino», que bregaba entonces. Tomó los mandos Cortés, que cuidó al animal como oro en paño, para luego darle forma con la muleta, consciente de lo bien que también le había tomado los vuelos del capote en un quite que contuvo una verónica eterna y una media de rodillas.

Mucho temple derrochó Antón Cortés, aunque el temple nunca es derroche sino generosidad. Los redondos le daban vida al toro, que todavía doblaría una vez que lo obligó. De ahí en adelante todo fluyó, más asentado el pupilo de los Fraile, aprovechando el asentamiento Cortés para tirar y forzarle hasta quebrar la cintura, allí atrás, con una estética superior, siempre colocado con una verdad aplastante, en el sitio preciso. Tres derechazos, la trincherilla de lujo, y unos naturales condensados en una serie puro pulso. Tic, tac, toque a toque, con suavidad, para dibujarlo, Parra, para hacerle un verso, Peralta. No hubo pintor que pintase ángeles negros. Ni ángeles gitanos. Pero si los pinta -tú no, Kiko Arguello, no fastidies- que no se le olvide la espada. La del Arcángel San Gabriel o la de Cagancho, a poder ser esta última, que el gitano de los ojos verdes los tiraba sin puntilla, haciendo la suerte como hacía el amor a las muchas mujeres que lo amaron y por las que nunca más volvió a España. Lloraba Antón Cortés como un niño tras pincharlo y pincharlo y... Lloraba en los medios, envuelto en la atronadora ovación. Lloraba el cielo. No había marcha atrás, el triunfo se había escapado. Pero no el regusto de la afición. Todavía le pegó pases al sexto, un mulo. Y también innumerables pinchazos. El mulo fue, junto con el basto primero, lo peor de la corrida de Puerto de San Lorenzo. Porque el serio cuarto embistió con nobleza por el pitón derecho y el quinto casi murió en el caballo y luego se agarraba al suelo y no se desplazaba. Tres de seis, más el devuelto que no debió serlo, dan una buena y seria corrida, a pesar de algunos flecos de flojedad.

El Califa deslavazó dos faenas larguísimas, sin arquitectura ni argumento, todo frenesí y electricidad; Eugenio de Mora no mimó como es debido al toro que vio el pañuelo verde como tarjeta roja, castigó con dureza al sobrero del Conde de la Maza, del que tampoco aprovechó su potable lado diestro aunque quiso hacer de tripas un corazón que no late, y también se curó en salud con el quinto bajo el peto.


El País. Antonio Lorca. Tarde de renuncias

Los tres toreros decidieron renunciar a la gloria. Los tres decidieron no jugarse la vida. Dicho así, de sopetón, puede parecer muy fuerte, pero la cruda realidad es que ésta es una profesión de héroes, y los héroes lo son porque se juegan la vida y corren el serio peligro de perderla. Pero la recompensa es la gloria. Por eso, ésta es una vocación para unos pocos elegidos.

Los tres toreros prefirieron ayer seguir siendo ciudadanos de a pie antes que probar suerte para acceder a la categoría de figura del toreo. Y están en su derecho, faltaría más, pero quede constancia de que han tenido la oportunidad y la han desaprovechado. Ellos fueron ayer dueños de su destino y optaron por lo más fácil, lo cual es propio de humanos e impropio de héroes. Es lo que diferencia a los toreros de las grandes figuras.

Tal es el caso, por ejemplo, de Antón Cortés, a quien le tocó en primer lugar un toro inválido, muy protestado por el público, que llegó a la muleta con una nobleza extraordinaria, aunque con las fuerzas muy justas. Cortés se colocó a la distancia adecuada y desplegó por momentos toda una sinfonía de elegancia y hondura en tandas muy cortas -otra renuncia-, pero muy templadas. Los redondos fueron escasos y muy bellos, y bellísimos los naturales y un largo pase de pecho. Abrochó la faena con unos ayudados por bajo de exquisita ejecución. En ese punto, la plaza estaba volcada con el torero. Llegado el momento de la verdad, con las manos del público en los pañuelos, Antón Cortés montó la espada, se perfiló y se echó fuera en el momento de la reunión. Un pinchazo, dos, tres y un cuarto, y cambió la gloria por el infierno del olvido. Quedó en el recuerdo, no obstante, su toreo de alta escuela y una verónica por el lado derecho que duró una eternidad.

Pretendió arreglarlo en el sexto y lo empeoró. Lo que son las cosas... El toro, rajado, manso y huidizo, no respondió a su esfuerzo por recomponer lo que ya tenía difícil compostura. Al final, se descubrió que el manejo de la espada es algo más que su flanco débil: nada menos que 10 pinchazos son muchos para aspirar a ser figura del toreo. No cabe mayor renuncia.

También renunció El Califa, el triunfador del año anterior y que, de momento, ha pasado de puntillas. Se enfrentó a dos toros que exigían un torero firme y seguro, dominador y batallador. Dos toros de cogida o de triunfo grande; toros dificultosos de los que dan importancia a toda labor torera. El Califa se dedicó a probar en diferentes terrenos, toreó siempre hacia fuera y con pocos recursos. En su primero, hasta la sexta tanda no se embraguetó en unos redondos ceñidos; y algo parecido le ocurrió en el cuarto: desconfiado, a merced de su oponente, carente de ideas y con un toreo muy tosco, se comportó como un pegapases moderno hasta que, al final, trazó algunos redondos de buena factura.

También renunció al triunfo Eugenio de Mora, quien prefirió tirar líneas y que el calvario pasara cuanto antes. Creó unas falsas expectativas al iniciar la faena de muleta a su primero con unos derechazos templados, y ahí se acabó todo. Rectificó terrenos y todo transcurrió sin orden ni concierto. Decididamente le faltó la convicción necesaria para erigirse en figura del toreo. Lo que se atisbó en el segundo lo confirmó en el quinto: no se confió nunca y presentó su renuncia.


El Mundo.  JAVIER VILLÁNLágrimas de torero para Letizia

En las lágrimas de Antón Cortés, cuando recogía la montera del brindis, tras pinchar alevosamente, después de un toreo excelso en ocasiones, se resumía la grandeza y el infortunio de esta Fiesta. Remontó el vuelo Antón Cortés mientras se hundía Eugenio de Mora y el diluvio amenazaba a un crecido Califa.

Pudo el toledano remontar también una feria que se le ha ido en picado, con un sobrero del Conde de la Maza que tuvo movilidad y alegría repetidora. Pero no lo hizo. Las lágrimas de Antón Cortés y el desconcierto de Eugenio de Mora fueron los elementos más dramáticos de la tarde. La nota lúdica la pusieron los cabestros saltarines y un poco mariconzuelos de ademanes para cautivar al segundo toro y llevárselo a los corrales. En la multicolor parada de mansos hay de todo; los hay más serios y responsables y los hay cabraslocas y reinonas. Tengo yo echado el ojo a algunos que se pasan de mohínes y jeribeques aunque no quiero señalar para que no me llamen acusica.

La nota social y política la pusieron Don Felipe de Borbón y Letizia Ortiz, cuya presencia algunos interpretaron como un apoyo público a las tribulaciones secesionistas por las que pasa la Fiesta en Cataluña. Yo creo que esa interpretación es una pasada excesiva y que Don Felipe y Letizia tienen en estos momentos otras preocupaciones públicas y privadas, más que los avatares históricos de las corridas.

En las villas y ciudades históricas de Castilla hay, como si fuera cosa de alternativa, un escalafón de raigambre torera.Hace unos días fui a Arévalo a hablar del pintor palentino Caneja y, al final, un público más de toros que de pintura empezó a hablarme de la Fiesta. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, concluyeron hablándome de Isabel La Católica y del embolado. Y resulta que fue allí, en Arévalo, y no en Medina del Campo como creía yo, donde se dio la corrida en la que la Reina abominó de los toros y determinó embolarlos para evitar sangre y carnicería de cristianos. Como los aplicados taurinos de Arévalo me demostraron sus razones con códices y documentos históricos, rectifico lo publicado en un artículo que alcanzó una celebridad inesperada hace dos o tres meses: «Ya tenemos la tarta nupcial; y de la corrida ¿qué?». Lo que Isabel y su confesor decidieron tiene, pues, su origen en Arévalo y no en Medina del Campo. Quede constancia de ello.

Y quede constancia sobre todo del fulgor torero de Antón Cortés, que ni siquiera el infortunio con la espada puede oscurecer; y que durante más de dos horas tuve delante de mí, en oblicuo, a Su Alteza don Felipe y a su prometida Letizia. Y que aunque Luis Miguel Dominguín dijera que a los triunfadores se les conoce por detrás, no podría decir qué emociones delataban tan egregias espaldas. Ni siquiera en los brindis que no parecieron muy elocuentes.

El brindis de Antón Cortés a Letizia fue un poco más largo, quizá de mejor calidad oratoria, como lo fue su toreo. Especialmente dos verónicas y una media de auténtica fantasía y de crujío; a cambio, el toro inválido quedó casi desahuciado y roto del todo; mas la muleta mágica del albaceteño, sobre todo por la derecha en dos tantas soberanas, incendió las pasiones. Se hablará mucho, y con razón, de este gitano en estos días.

Aunque algunos espectadores silbaron los brindis, la mayor parte de la gente los celebraba y aceptaba. Por lo demás, tampoco hay que exagerar. Como creo haber dicho, y si no lo digo ahora, a unos reyes les gustaron los toros y a otros no. Felipe V mostró su falta de afecto por ellos y Carlos III, el mejor alcalde de Madrid con permiso de Ruiz-Gallardón, los prohibió a instancias de su ministro el Conde de Aranda. Los ilustrados, en general, han sido hostiles a la Fiesta. Y a principios del XIX, tras infortunadas peripecias, tuvo que ser un francés, José Bonaparte, quien los restableciera en Madrid.

Disculpen ustedes esta erudita disertación histórica, llena seguro de inexactitudes pues cito al buen tuntún, y que, probablemente, no interese a ninguno de los toreros. Quizás en Cataluña no sepan algunos que ilustres republicanos y posiblemente Companys, dato dudoso que no tengo a mano en esta lluviosa tarde, veían toros sin achacarles malévolo españolismo.

¿Qué va a importarle a Antón Cortés la historia y la política de la Fiesta tras esas lágrimas de desesperación con que miró a Letizia Ortiz al recoger la montera y el regalo? ¿Qué va a importarle a Eugenio de Mora si Carlos III y Larra y Jovellanos detestaban las corridas, cuando se le ha ido la última de esta feria y su ánimo queda a ras de suelo? ¿Y qué se le da a El Califa de ilustrados, afrancesados, príncipes y princesas si la tarde también se le fue de vacío a pesar de torear muy bien con la derecha?

No lloró Antón Cortés en el sexto, mas tampoco pudo recuperar la gloria perdida. Estuvo Cortés torero y decidido, invadiendo los terrenos del áspero animal, cortándole la retirada, persiguiéndole incansable. Estuvo lidiador, aunque no alcanzara la magia de sus muletazos y sus verónicas en el tercero. Pero el maleficio estaba echado y volvió a pinchar.

Dicen los gitanos que todos tenemos una hora tonta. Antón tuvo una eternidad tonta y pérfida con los aceros. Dicho esto, la próxima vez que usted pinche tan mal después de haber toreado tan bien, le mandamos a la Guardia Civil, como al Camborio. Le haremos romances, mas por unos versos no merece la pena perder dos orejas en Las Ventas. De idéntica forma, bienvenida la novia a la cofradía taurómaca, aunque tampoco es necesario que se convierta en La Chata, dos veces castiza Princesa de Asturias. Lo peor no es el casticismo; lo peor es que, también como a La Chata, terminen haciéndole romances.


DiarioDirecto.com. IGNACIO DE COSSÍO. Al compás del Duende 

Alteza, ¡qué regalo de bodas!, el mejor de todos, sin dudarlo... Un gitano de Albacete, hijo de Sebastián, pariente de los Amador y de los de la Paz, destapó para ustedes el tarro de las esencias más calés. Era el tercer brindis y no por último fue el menos sentido. ¡Larga vida a sus majestades!, pronunció Antón Cortés. Casi nada, una faena por toda una vida. Como sería la faena que le hizo el gitano al extraordinario toro de El Puerto de San Lorenzo que todavía se canta y se baila en Triana.

Era su primera y única corrida de la temporada, sólo él sabía que aquella tarde tenía que darlo todo, era tarde de triunfo o de despedida como antiguamente. A pies juntos recibe al bueno de Gironero, una, dos, tres verónicas cadenciosas para abrir boca, y se cierra con una arrebatadora media de antología. Tras el primer encontronazo con el caballo, el gitano manchego vuelve a lancear. Atención, aquí resucitó de nuevo la verónica del maestro Curro Puya. Diablos que emocionante, que largura, que temple, no sé como no le pisa el capote el toro salmantino. Antón se viene arriba y coloca al animal en el caballo con una media de rodillas a lo Julio Robles. Toro y torero se miran y parecen compenetrarse mutuamente. Llega la cogida por el pitón izquierdo al banderillero Antonio Layu y más tarde el brindis regio como regalo de boda a todo un rey y una reina. Comienza el cante jondo y con él , al compás del duende, Antón cita con la muleta planchada desde el siete. Con dos derechazos largos de categoría, sin probaturas, conduce al toro al centro del ruedo. ¡Qué torería y que gusto tan fino, parece un príncipe gitano troquelado en bronce!. Toreó con todo. Su cara era un poema que reflejaba el verdadero drama del toreo auténtico. Sus ojeras, sus labios mordidos reflejaban el miedo, terror, sentimiento y armonía de un torero. 

Las series por la derecha se suceden a cámara lenta, muy despacitas. La calidad sube por instantes a la vez que desciende su mano hasta la cintura. Los muletazos son carteles de toros de Beneficencia. Doña Letizia aplaude entusiasmada y el Príncipe con ella. Se está haciendo toreo del caro en Las Ventas en honor suyo y para la gloria de todos. ¡Rayos y centellas, como está toreando el gitano! Dos series más y cambia por naturales, sin perder la distancia al toro, citándo a pitón contrario y bajando la mano. No se nota que esta toreando, parece que lo está haciendo de salón en la calle Betis frente al río. Que pasmosa naturalidad y valor frente a la cara del toro. Qué más se le puede pedir a este artista entre los artistas, creador de una obra de arte puro, que termina con trincheras de esencia calé. La faena nos supo a gloria, lástima de los cuatro pinchazos que hicieron llorar al tiempo, perfumado y envenenado ya para siempre con su duende y gracia. Los maestros dirán mañana que, la mano a la clavícula muchacho, sino no hay manera de cortarle las orejas a los toros. 

Pero lo difícil no es ya matar sino también hacer una faena de 25 pases de gloria, como los que ha ejecutó ayer ,aquí el señor Antón Cortés. En el sexto, sale a por todas y con una larga cambiada de rodillas , vuelve a levantar los tendidos deseosos de escuchar de nuevo su música callada del toreo. El toro no tiene buena condición, blandea y sólo se vence por el pitón derecho. Antón está muy firme y valeroso con él.. Aguanta las continuas tarascadas del toro y le arranca algunos pases llenos de belleza. Corta la faena y llega de nuevo el mitin con la espada. El Califa anduvo muy dispuesto aunque algo acelerado y claro sus dos faenas si la comparamos a la de su compañero Cortés en el tercero, son para el olvido junto con la pésima de Mora también. Y claro faenas como las del gitano son de las que afligen de veras, a todos los que compartan cartel con él.

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