GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Feria de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS

Tarde del jueves, 10 de junio de 2004
Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA
Corrida de la Beneficencia

Ganadería: Toros de Alcurrucén (bien presentados, blandos y mansurrones; encastados y nobles los tres primeros, áspero el 4º, inválido el 5º y soso el 6º)

Diestros: 

Entrada: Tres cuartos de plaza.

Tiempo: tarde calurosa.

Crónicas de la prensa: El País, El Mundo, ABC

El Cid. Foto de Manuel Escalera. El País

El País. Antonio Lorca. Una obra de arte

Su destino será no salir a hombros por la puerta grande de Madrid, pero es un artista de una pieza. Manuel Jesús, El Cid, cinceló ayer una auténtica obra de arte en el primero de la tarde. Se olvidó del tiempo, se emborrachó de toreo, se entregó en cuerpo y alma, y dibujó una faena bellísima, una gozada para la vista y un recuerdo imperecedero.

¡Qué bien torea El Cid! ¡Qué bonito es el buen toreo! ¡Qué maravilla cuando un toro noble y encastado se encuentra con un artista valiente y entre ambos firman una obra para la historia!

La plaza quedó conmocionada con el toreo de El Cid. La emoción primera dejó paso a la vibración y al entusiasmo, porque fue una labor de menos a más, salpicada de pasajes gloriosos con la derecha, sobre todo, y con la izquierda. Nadie daba un duro por el toro, blando y renqueante en el caballo, protestado por parte del público, pero se vino arriba en banderillas, como casi todos los demás, y llegó a la muleta encastado y con noble recorrido.

Perdió las manos al primer muletazo. Comenzó El Cid de uno en uno hasta meterlo en la muleta, lo enceló y ligó los muletazos como por arte de magia. Encontró la distancia y ahí comenzó su gesta. Perfectamente colocado siempre y muy cruzado, los redondos surgieron templados y bellísimos. Tomó la izquierda y dibujó unos naturales extraordinarios, con el toro embebido, en un arrebato de inspiración. La tanda siguiente resultó igualmente ligada y exquisita. La plaza estaba, por aquel entonces, absolutamente entusiasmada. Unos ayudados por bajo y dos pases de la firma culminaron la obra.

No hace falta decir que El Cid pinchó, algo consustancial a este torero, pero la oreja ganada supo a gran triunfo; a un torero que dijo lo emocionante y bello que es el arte del toreo.

Ahí acabó la corrida. Ya nada fue igual. El propio Cid salió decidido a triunfar, pero el cuarto no colaboró. Aun así, consiguió algunos naturales muy estimables, pero el toro se partió una mano y tuvo que ser apuntillado en el ruedo.

Ni Marín ni Tejela supieron reaccionar tras la faena de El Cid. Sus primeros toros acudieron con casta a la muleta, pero ninguno de los dos encontró ni el sitio ni la distancia. Muy acelerado Marín, no llegó a acoplarse con su oponente en una labor de más a menos, en la que el único que mandó fue el toro. El quinto fue un inválido muy protestado por el público que el presidente se empeñó en mantener en el ruedo, lo que provocó una gran protesta e impidió cualquier atisbo de faena.

Matías Tejela tuvo enfrente a otro toro encastado en tercer lugar y tampoco consiguió hacerse con él ni demostrar nada. Sorprendentemente, sus tandas resultaron aceleradas, muy destempladas y superficiales. El toro se comía la muleta y lo desbordó en cada tanda. Tampoco estuvo bien en el sexto, con la tarde muy cuesta arriba tras la bronca al presidente en el quinto, y naufragó con pocas ideas ante otro toro que se dejó torear, pero con el que estuvo torpe. Valga en descargo de ambos que una faena como la de El Cid anula la capacidad de reacción de cualquiera.


El Mundo.  JAVIER VILLÁN. Escándalo presidencial delante del Rey

Salvo el aleatorio puesto reservado al triunfador de San Isidro, nada quedó del inicial cartel de Beneficencia (¿a beneficio de qué?), la corrida estrella del año, la Fiesta de las fiestas que, desde el palco regio, presidió Su Majestad el Rey.

Matías Tejela ocupó el lugar reservado para el triunfo con su salida a hombros por la Puerta Grande de Las Ventas del Espíritu Santo. Todo se desencuadernó por la retirada depresiva de Morante y la lesión, no sé si también depresiva, de Rincón. Y para recomponer el cartel vinieron Manuel Jesús, El Cid, que de no pinchar tan lastimosamente hubiera sido el as indiscutible de San Isidro, y Serafín Marín, una estrella emergente, pero aún sin confirmar, del firmamento taurino catalán tan atribulado últimamente.

A las siete en punto de la tarde apareció Su Majestad en el palco y, en el palco de al lado, la máxima autoridad, el presidente de la corrida, señor Sánchez, que acabaría descabalando definitivamente la tarde. En la plaza el usía manda más que el Rey, en la plaza el Rey no manda nada; si mandara, aunque fuera borboneando, hubiera devuelto el quinto toro.

Un presidente manda mucho en el palco, aunque esa exhibición de poder muchas veces vaya en sentido contrario. Por ejemplo, ¿de qué le sirve al señor Sánchez su autoridad si no se atrevió a devolver el quinto? Un alcurrucén -y en Las Ventas- ¿a los corrales? No hay güevos en el palco presidencial, pese a la autoridad nominal de que está investido. O acaso ocurra que por encima del palco y del señor Sánchez está la autoridad de la empresa.

Como fuere, estalló la bronca plenamente justificada. El Señor Sánchez cometió fraude y no quiero decir cosas peores, aunque se sobreentiende, al no devolver ese adefesio en ruinas; estafó al público hurtándole un toro y estafó al torero privándole de un posible triunfo.

Los protagonistas de algunos de los mejores momentos isidriles estaban, pues, en Las Ventas a la hora en punto. Aunque no alcanzaran las cumbres de días atrás. Manuel de Falla decía que nunca había visto bailar, tocar o cantar igual dos veces seguidas, ni siquiera a los más geniales artistas. Y El Cid no toreó tan divinamente como hace días, pero se acercó bastante: en una tanda de redondos y en el pase de pecho, en algunos naturales arremataos y, sobre todo, en un espléndido cierre de faena con un natural, una trinchera y un pase del desprecio.

Iniciada la fiesta del buen toreo con El Cid, Serafín Marín quiso sumarse a la procesión, aunque, al fin, se quedara lejos de ello.Marín no llegó a conmover, pese a la cómoda nobleza del alcurrucén tercero, y el público le pasó inmediatamente factura. Se descentró Marín y, al romperse su comunión con los aficionados, se rompió también su comunicación con los misteriosos duendecillos de la inspiración.

Esa ruptura pudo apreciarse especialmente en un quite atropellado por chicuelinas que hizo al complicado cuarto; incómodo toro que cortó, sin apelación posible, el camino de El Cid hacia la Puerta Grande, sic transit gloria mundi, o sea, que todo pasa y nada queda y los mismos dioses que te sonríen un día hacen descaradas muecas al otro. Algo malo le ocurre siempre a El Cid; se rompió una mano el pobre animal y hubo que apuntillarlo; para entonces todo estaba ya consumado. Aunque peor fue la desgracia de Marín en el quinto, la ya narrada bronca de la que el único culpable fue el señor Sánchez.

Nadie podrá quitarle a Tejela la Puerta Grande desde la que rozó, hace tres semanas, el cielo de la gloria; Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita. Pero ha gozado Matías Tejela de muchas oportunidades el último mes para que su paso por Las Ventas pueda considerarse rompedor y triunfal. Y no es tanto la falta de trofeos de sus últimas tardes como la ausencia de buen toreo: los muletazos despegados, el fueracacho, la aceleración, el toreo periférico y cierta espesura mental que le ha nublado las ideas. Ni siquiera con esa monolítica fe que parece tener en sí mismo, pudo Matías Tejela remontar la tarde.

Esta venía ya despeñándose por la pendiente del fracaso, tras la decepción con El Cid, el penoso espectáculo del toro con la mano quebrada y el más penoso aún del palco presidencial enfrentado a los aficionados. Con lo fácil que hubiera sido restaurar el equilibrio con una simple devolución; pero lo dicho, no hay güevos para devolver un alcurrucén en Las Ventas. Y volviendo a Tejela, aunque esa confianza en sí mismo no sea suficiente, le va a servir de mucho en su carrera. Seres así no se deprimen nunca, como Morante.


ABCZABALA DE LA SERNA. Del buen camino al precipicio de la desilusión

Caminaba la tarde por la senda marcada por una buena corridas de toros, pero el camino se precipitó por el barranco de la desilusión. Aunque las cosas no habían arrancado con augurios optimistas -el presidente José Manuel Sánchez sacó el pañuelo inicial segundos antes de que apareciese el Rey en el Palco Regio contra el protocolo y la mínima educación-, se enderezaron en cierta manera con el buen primero y la faena de El Cid. El toro se creció tras un tercio de varas suave, acorde a su condición escasamente poderosa. Y lo hizo con temple y clase, de forma algo tardía para repetir las embestidas. Claro que a veces daba la sensación de que al sevillano diestro de Salteras le faltaba dar ese paso adelante para ganarle el sitio y la acción y dejarle la muleta en la cara. Los muletazos fueron caros y discontinuos, salvo en una última y soberbia tanda en redondo, cuando pisó los terrenos necesarios para que fluyese el toreo. El cierre por bajo, con un pase del desprecio mirando al tendido, también desprendió su belleza. La oreja cayó con toda justicia tras un pinchazo y una estocada delanteras.

Marín prologó sin acople con el segundo, que no le iba a la zaga a su antecesor en bondades. Se ajustó más, en la media distancia precisa, en una series de derechazos largos, y se deslavazó con la mano izquierda: toro, muleta y torero paracían tres entes distintos, lejanos a la armonía y a la conjunción. La obra ya entonces bajó muchos enteros, hasta desaparecer en la nada.

El tercero tampoco necesitó mucho castigo, y luego tal vez lo acusó, porque embestía pronto y como un rayo, sin la templanza de los anteriores. Matías Tejela jugó la muleta al ritmo impuesto por el enemigo, firme por el pitón derecho y más amontonado por el izquierdo, de peor condición.

Hasta aquí la corrida transcurría con una tranquilidad incluso demasiado apacible para los que han sido triunfadores de San Isidro, de los que se esperaba mayor ambición; desde aquí el pesimismo se incrementó. El cuarto, el más grandón de los pupilos de Alcurrucén, se deplazaba como descoordinado y manejable, escarbando constantemente y metiéndose por dentro al natural, sin malicia, tampoco como para que El Cid se mostrase tan deficiente de fe. Al final de la faena el toro se descoyuntó un brazuelo e hizo imposible la suerte suprema.

Serafín Marín se estrelló con el inválido y manso quinto que el usía mantuvo contra viento y marea en el ruedo. La bronca tomó tintes de escándalo. Ya son ganas de mantenella y no enmendalla. El único que puso orden en semenjante guiragay fue El Boni con su capote sereno. No le quedó otra al catalán que matarlo.

Matías Tejela cumplió simplemente con el colorado sexto, tan sin clase y frenado como sin gusto anduvo el torero, ya presa, como la plaza, del desencanto que olvidó el buen camino prologado por la corrida de Alcurrucén.

 

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