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Feria de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del jueves, 3 de junio de 2004
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Corrida de toros
  
Ganadería: Cinco toros de Eduardo
Miura, desigualmente presentados, mansos, inválidos y descastados; 2º, bravo y noble; 6º, devuelto, sustituido por un sobrero de
Rivera
Ordóñez, descastado; 4º, de Espartaco, inválido y deslucido.
Diestros:
Entrada: Lleno.
Crónicas de la prensa: El
País, Diario de Sevilla, El Mundo

Diario
de Sevilla. Grupo Joly. Luis
Nieto. Miuras 'pacifistas'
Después de una década de ausencia en Las Ventas, los toros de Miura
se esperaban como maná en esta decepcionante recta final torista. El
día anterior, los veterinarios se cargaron cuatro astados en el penúltimo
reconocimiento. Y Eduardo y Antonio Miura llevaron más toros, aunque
no pudieron completar la corrida. Como remiendo se colocó, en cuarto
lugar, un toro de Espartaco. Pero todo estaba como predestinado para
que continuara el calvario de la ganadería titular, a la que
devolvieron ya en el ruedo al sexto, que se lastimó durante la lidia.
Para colmo, los cuatro que se lidiaron fueron pacifistas, toros que no
traían las habituales malas intenciones miureñas, lo que equivocó
al público e incluso a uno de los toreros, a Eulalio López Zotoluco,
que lidió al que abrió plaza como si tuviera enfrente a un barrabás,
sin el más mínimo deseo de embraguetarse con el astado. Cosas de la
psicosis Miura, de siempre una película de terror para los toreros.
Zotoluco dejó una pobre impresión en su adiós a la feria. Estuvo
muy mal ante el noblón miura que abrió plaza. En las rayas, pases y
más pases sin sentimiento en una labor sin estructura alguna. Para
colmo, mató de un bajonazo descarado.
El cuarto, de Espartaco, fue protestado. Los de siempre protestaron al
animal por falta de fuerzas. El toro, justito de todo, de nombre
Fantasía, más bien fue una pesadilla: la del marmolillo que no
embestía de manera alguna. Zotoluco intentó sacar agua, sin
conseguirlo, de aquel pozo seco.
Juan José Padilla, acostumbrado a pechar con miuras de instintos
criminales, supo cambiar el chip y sacar provecho de la nobleza del
segundo, con un buen pitón izquierdo, que cumplió en varas, con un
primer largo puyazo. Padilla lo recibió con una larga cambiada de
rodillas en las rayas, manejó bien el percal en los lances de recibo
y banderilleó con mucho temple y asomándose al balcón. La faena es
probablemente la mejor que ha realizado el jerezano en la monumental
venteña, gracias a la dulzura del animal. Tras un comienzo de
rodillas con media docena de muletazos largos, abrochados con otro de
mucho peso de pecho, el diestro se estiró en un par de tandas por
cada pitón. Padilla incluso se sintió por el lado izquierdo, el
mejor pitón. Bajó en intensidad la faena por el otro, intercalando
bellos remates, como un afarolado, un molinete, un ayudado y un pase
del desprecio, todos ellos de muy buen corte. Nivel interesante;
aunque le faltó redondear. En su primer envite pinchó en hueso.
Volvió a tirarse con fe para cobrar una media en lo alto, que fue
contundente. Increíblemente, parte del personal le protestó su
actuación.
El quinto toro, en el tipo de la casa -alto, largo y agalgado-, no
aparentaba los 641 kilos que movió a duras penas. Hubo protestas para
su devolución, tras flojear después de un puyazo bajo. Pero el
presidente lo mantuvo en el ruedo. Padilla se lució de nuevo en
banderillas, cuadrando en la cara. Su trasteo, prometedor, lo comenzó
sentado en el estribo. Pero en el esbozo de faena no hubo apenas un mínimo
de tensión ni de emoción, con un animal que parecía tener horchata
en lugar de sangre brava.
Eduardo Dávila Miura se anunciaba por tercera vez con toros de la
casa ganadera de su familia -anteriormente lo hizo en Sevilla y Nimes-.
Con el gazapón tercero no tuvo opción alguna al lucimiento, aunque
tampoco es que estuviera con excesivo desparpajo el sevillano.
El sexto fue devuelto al partirse la pata izquierda. En su lugar, saltó
al ruedo un auténtico tío, montado, con unas perchas enormes. El
animal, complicado, derribó estrepitosamente en varas. Padilla, muy
atento, hizo un quite oportunísimo a la cabalgadura. Dávila Miura se
esforzó en una faena en la que tampoco estuvo brillante,
especialmente por el pitón izquierdo, que no aprovechó. Mató de un
bajonazo horrible.
Al cierre quedó para el recuerdo la nobleza de un Miura atípico, el
cárdeno Pepón, al que se ovacionó con fuerza. Una miurada
pacifista, con dos remiendos, y en la que únicamente Juan José
Padilla estuvo a la altura de las circunstancias.
El
País. Antonio
Lorca. Decepcionó
Miura
No triunfó la ganadería de Miura en su reencuentro con Madrid. Dicho
en castellano: fracasó estrepitosamente.
Para empezar, no es precisamente un éxito volver a San Isidro después
de 10 años de ausencia y no poder lidiar la corrida completa porque
los veterinarios rechazaron cinco de los toros presentados por tener
"los cuernos defectuosos", según el parte oficial.
Pero lo que pudiera entenderse como un sonrojo o una
"mancha" en el historial de la ganadería no es tal, pues
hoy todo vale. Qué más da, pensarán algunos, con la de miserias que
estamos sufriendo en esta plaza. Cómo estará la fiesta, dirán
otros, para que a la ganadería de Miura le rechacen cinco toros en
Madrid por pitones defectuosos, y que cada cual piense lo que quiera
sobre tal calificativo...
¿Y qué se puede decir de la decisión de completar la corrida con un
toro de Espartaco en lugar de buscar un hierro más cercano a la
supuesta dureza de Miura? Eso se llama engaño.
Salieron al ruedo cinco miuras y se devolvió el sexto al lesionarse
una pata en los primeros capotazos. De los cuatro restantes, los dos
primeros también lucieron pitones defectuosos; y salió un artista,
el segundo, casi con toda seguridad hijo natural de un semental vecino
que se saltaría la valla de la finca de Zahariche; y otros tres, pura
escoria, inválidos, mansos, descastados y muy deslucidos.
El artista le tocó en suerte a Padilla, un torero que está en las
antípodas del arte. Así de veleidosa es la suerte. Lo veroniqueó
aceptablemente, y el toro cumplió con creces en el caballo; persiguió
con alegría en banderillas y llegó a la muleta con las fuerzas
justas, pero con una embestida noble, docilona y boba que suponía
casi un insulto para su origen. Al toro le faltó codicia y al torero,
profundidad. Aun así, Padilla consiguió unos buenos naturales y dio
otros muchos pases que no tuvieron sabor torero. Fue, quizá, el mejor
Padilla posible, pero no lució como se merecía un toro de peluche
como el tal Pepón, que así se llamaba. Una parte de la plaza pidió
que se le diera la vuelta al ruedo, premio que hubiera sido excesivo
por su anotada falta de acometividad, aunque el toro fue justamente
muy aplaudido en el arrastre.
Los demás toros no valieron nada. Y a su misma altura estuvieron el
de Espartaco y el sobrero de Rivera Ordóñez. Padilla no lució con
el artista ni pudo hacerlo con el manso que hizo quinto. A ambos los
banderilleó de manera desigual, pero su segundo no tenía un pase y
se quiso justi-ficar tanto que le llamaron pesado.
Zotoluco, precavido y movido con el inválido primero, mató sin más
al deslucido cuarto que lo medía constantemente con malas
intenciones. Y Dávila Miura se llevó un susto de muerte a la salida
de una larga cambiada en el tercio a su primero, que lo trastabilló y
persiguió al hilo de las tablas. Sólo el capote milagroso del
puntillero de la plaza lo salvó de lo que parecía una cornada
segura. El toro, andarín y gazapón, no le permitió lucimiento, pero
parte del público pitó al torero sin motivo alguno.
Voluntarioso volvió a mostrarse en el último y sólo consiguió
aburrir con un trasteo insulso. No tuvo toros adecuados, es verdad,
pero tampoco Dávila demostró poderío alguno con un lote difícil.
Cuando se hace un gesto, y el suyo lo era, hay que hacerlo hasta el
final y tratar de superar todos los inconvenientes.
El
Mundo. JAVIER
VILLÁN. Miuras':
un fin de raza por los suelos
Primero, lo bueno: la historia funeral, la retórica, el tópico; la
legendaria, la mítica, la terrorífica divisa de los toros de
Zahariche vuelve a Las Ventas. Nueve o 10 años sin desembarcar en
Madrid; pues podían no haber venido y quedarse otros tantos allá en
Zahariche. O más. Depende. Al final, casi, el que parecía miura, de
no ser por su supina invalidez, era el remiendo de Espartaco, parado,
mirón y avisado.
La corrida fue mala: blandita, escasa de presencia y bobalicona.Yo diría
que, incluso, fue indecorosa de cabeza, con los pitones reventados y
sin carácter ni agresividad. O sea, una leyenda por los suelos. Un
mito al que en la plaza de Las Ventas se le aplaudió lo que menos tenía
de miura: el sosiego y la flojera: un sosiego noble, pastueño y
ruinoso ejemplificado, fundamentalmente, por el primero de Juan José
Padilla.
Pero, pese a todo, la corrida de ayer ofrece algunos elementos de
reflexión que conviene no pasar por alto. En un escrutinio severo y,
sin duda, justo, veterinarios y presidentes habían rechazado cuatro
toros por insuficientes o lisiados. Gracias al AVE -creo que se ha
inventado un AVE para transportar toros- se trajo de Sevilla la
corrida que no pudo lidiarse por el diluvio del último día de la
Feria de Abril. Tres pasaron, in extremis, el riguroso escrutinio. Lo
cual acaba con la artificiosa pendencia y discusión sobre el toro de
Sevilla y el toro de Madrid: Maestranza y Ventas en el mismo saco. Y
lo que vale para el Guadalquivir vale también para el Manzanares.
Zotoluco pegó un resoplido cuando el de Miura le tiró un tornillazo
y desde ese resoplido ya no se fio un pelo. Podría decirse que el síndrome
Miura sobrecogió al mexicano, pero estuvo igual de mal en el remiendo
de Espartaco y ahí no hay síndrome que valga.Además, las mayores
glorias las ha conseguido Zotoluco en España con miuras.
Más de media docena de derechazos de rodillas dio Juan José Padilla
para abrir faena en tablas. Y el miura los tomaba como si fuera un
juampedro. Para que luego digamos, o maldigamos, del ganadero filósofo.
Hasta Miura sigue su filosofía del toro artista; qué digo artista,
un artistazo estaba hecho el de Zahariche. Y aunque Padilla no pasaba
por un especial estado de gracia, el miura se tragó todos los
muletazos que quiso endilgarle. Y esta plaza, que dice ser y llamarse
la primera plaza del mundo, entusiasmada con el miura suavón,
afeitado y bobo, pidió para él la vuelta al ruedo.
Hizo bien el señor Gutiérrez en negarse a tal barbaridad. Ya tenía
ganas yo de dedicarle un piropo al señor Gutiérrez: muy bien, señor
Gutiérrez, ¡va por usted! Que el señor Gutiérrez devolviera o no
el quinto, tal como iba la tarde, es lo de menos.La tarde iba en
picado y, además, estoy dispuesto a declarar, con tal de quitarle
responsabilidades al señor Gutiérrez, que el toro se lesionó en la
plaza; y que, aunque inválido, era el de más apariencia y prestancia
de los corridos hasta ese momento.O sea, tranquilo, señor Gutiérrez;
tardes peores se le han visto.Encima, tuvo el gesto de devolver el inválido
sexto, aunque eso no era un gesto sino una necesidad perentoria. Quien
no debe estar tranquilo es Padilla, pues ni con el noblote ni con el
inválido descastado hizo nada de relieve.
No es verdad que los toros tengan arraigado el sentido familiar ni el
sentimiento del apellido y los blasones. El tercero, a la salida de
una larga de rodillas, le quiso arrancar la cabeza a Eduardo Dávila
Miura. Y éste se quedó tan perplejo y paralizado por la agresión
que no pudo ni tomar el olivo, sufriendo las angustias del peligro
inminente. Tras ese gesto feo, impropio de quien tiene el mismo
apellido, el toro se puso gazapón mientras Dávila no acertaba a
pararlo ni meterle mano. Tampoco era el síndrome de la temida ganadería.
Era que Dávila Miura no tenía ni su tarde ni su toro como se vio en
el, por otra parte, deslucido sobrero.
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