GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Feria de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS

Tarde del miércoles, 2 de junio de 2004
Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA
Corrida de toros

Ganadería: Cinco toros de Samuel Flores  y uno, 4º, de López Flores (bien presentados, en general mansos y descastados)

Diestros: 

Incidencias: Sebastián Castella resultó punteado en la lidia del 6º de la tarde. Fue atendido en la enfermería de una herida por asta de toro en la axila derecha con una trayectoria hacia arriba de diez centímetros, que contusiona el paquete vasculonervioso. Pronóstico reservado. El torero fue ingresado en la Clínica Madrileña de La Fraternidad.

Entrada: lleno.

Tiempo: caluroso.

Crónicas de la prensa: El País, El Mundo, Diario de Sevilla, ABC

Sebastián Castella. Foto de Luis Magán. El País

El País. Antonio Lorca. Cogida de Sebastian Castella

Los toros de Samuel Flores lucían unas cabezas muy respetables, de largos y astifinos pitones que imponían un respeto impresionante. Alguno, como el segundo, portaba una arboladura para colgarla en un restaurante de carretera.

Para eso han quedado los toros de Samuel: para que lugareños y forasteros los admiren mientras degustan un bocadillo de calamares y unos y otros cuentan mentiras de hazañas propias y extrañas.

Los toros de Samuel no valen ya para otra cosa. Muchos pitones, mucha mansedumbre, mucha invalidez, sosería y falta de casta. Una pena para quien tuvo y se ha desplomado con gran estrépito. Otra ganadería más que toca el fondo de la más baja podredumbre.

Afortunadamente, en la plaza había dos valientes que levantaron la tarde. Madrid comprobó, una vez más, la gallardía de Robleño y descubrió a un jabato con sabor de torero artista: Sebastián Castella. Los más intransigentes le impidieron que diera la vuelta al ruedo en el sexto, pero el chaval se había jugado la vida de verdad, se arrimó como un desesperado, consiguió algunos muletazos muy estimables y se ganó una impresionante voltereta. Resultó herido en la axila derecha, aunque continuó en el ruedo.

Y, sin embargo, algunos le afearon sus gestos de valor, actitud incomprensible en tiempos de toreros medrosos y ventajistas. Cuando uno se queda derecho como una vela delante de dos puñales, se coloca bien y trata de hacer el buen toreo, hay que reconocer que es un torero de una pieza que, al menos, merece respeto y una alta consideración. Esto fue lo que hizo este joven torero, que despreció el peligro y se metió entre los pitones con apabullante sangre fría. Unos pases salieron mejor que otros, pero destacó sobre todo su gran espíritu batallador.

A su primero, más blando, lo recibió con unas verónicas de muy buena factura, y comenzó la faena de muleta con un pase cambiado por la espalda que deslució el toro al claudicar unos metros antes de alcanzar el engaño. Su labor resultó insulsa porque insulso era el toro hasta el punto de que se desplomó sin sonrojo alguno en mitad del ruedo. No triunfó Castella, pero dejó en esta plaza el sello de torero valiente y artista, que no es poco para los tiempos que corren.

Fernando Robleño se las vio en primer lugar con el más peligroso del encierro, que no tuvo un pase por el lado derecho y buscaba con saña al torero. Hacía falta un corazón muy grande para estar delante de ese toro sin que se doblaran las piernas, y Robleño le ofreció las femorales y a punto estuvo de quedarse sin ellas. Pero la veteranía es un grado, y le robó incluso algunos naturales meritorios en una labor de entrega y valentía. Menos lucido estuvo con el sosote quinto, que embistió sin alegría y Robleño lo toreó sin hondura. No es un exquisito, ya se sabe, y aunque lo intentó desde la distancia, su labor no pasó de vulgar.

Vulgar de verdad estuvo Manuel Caballero toda la tarde. No dio una a derechas con el manso que salió en primer lugar, al que trasteó movido y muy destemplado. El toro tenía media embestida, pero queda la duda de lo que hubiera ocurrido en otras manos. No estuvo ni aseado. Tampoco brilló con el noblote cuarto, al que pasó por uno y otro lado sin ánimo ni interés alguno. Este toro volteó espectacularmente a Vicente Yesteras a la salida de un par de banderillas, afortunadamente sin consecuencias.

Al final, valentía y pitones. Valentía para hacer una carrera y pitones para colgar mientras se degustan unos calamares.


Diario de Sevilla. Grupo Joly. Luis Nieto.  'Samueles', otra corrida torista a la baja

Los samueles fueron una nueva decepción, tras los atanasios, en el tramo final de la Feria de San Isidro, en lo que se considera la semana torista. La corrida de Samuel Flores, seria, muy dispar en romana -el primero, 512 kilos, al cuarto, 660, había 148 kilos de diferencia- tuvo como denominador común la mansedumbre. En varas, ninguno se empleó. Una mansedumbre salpicada a veces con incertidumbre en sus embestidas y con movilidad en la mayoría de casos, aunque sin clase alguna para el lucimiento.

Sebastián Castella se libró milagrosamente de una tragedia en el cierre de la pésima película que se vivió. En la refriega, sufrió una cornada en la axila derecha. Si alguno de los pitones hubiera rozado la yugular. Si el pitón que le dio en la axila profundiza... El animal, alto, largo como un tranvía, con dos enormes y abiertas velas, muy vivo, quiso siempre coger al bulto. En la muleta, en un labor pundonorosa del francés, el astado le cogió en un despiste. La escena de las dos guadañas abriéndose paso para matarlo fue angustiosa. Los pitones rozaron la cabeza del torero, quieto, a la espera de un quite en el que intervino toda la cuadrilla, incluido su co-apoderado José Antonio Campuzano, el matador de toros sevillano que revivió la cogida del pasado invierno en la plaza colombiana de Cartagena de Indias, cuando sin pensarlo hizo lo mismo y recibió una cornada. Ayer, corrió en ayuda de Castella sin pensárselo. Luego, el diestro galo se justificó con creces. El tercer toro, descastado e inválido, se derrumbó cuando Castella comenzaba a hilvanar faena, una labor que inició con el animal flaqueando cuando embestía en un pase por la espalda. Con anterioridad, recogió bien al toro en los lances de recibo.

Fernando Robleño puso toda la carne en el asador. Hizo lo que buenamente pudo con un lote complicado. Tuvo una difícil papeleta con el manso segundo, un tío, con mucha leña. En la muleta, el animal se tiró directamente al torero y por el izquierdo se rajó de inmediato, refugiándose en tablas. Robleño, porfión, dejó patente las condiciones peligrosas del animal. Muy alto, una mole de casi 600 kilos fue el segundo plato de Robleño, sin entrega, con la cara alta y algo incierto. En el voluntarioso trasteo, el torero madrileño sufrió un par de coladas espeluznantes.

Manuel Caballero dejó una pésima impresión. Cerró su feria isidril a la baja. Estuvo sin apetencia alguna en la jornada de ayer. El albaceteño se mostró desconfiado con el incierto segundo, al que despachó, sin más, con una estocada defectuosa. Vicente Yestera, en el último par al cuarto, volvió a nacer. El toro le enganchó por debajo de la pierna por el pitón izquierdo. En el suelo estuvo a punto de empitonarle por la espalda y en otra batida casi lo deja seco, de acertar en el cuello. Caballero no quiso saber nada, absolutamente nada del animal, ni con la capa ni con la muleta.

La tragedia, a punto de atrapar ayer a Castella, quedó afortunadamente en una herida en la axila derecha. El francés, muy serio, al igual que su compañero Robleño, superaron con creces el pésimo encierro de Samuel Flores.


El Mundo.  JAVIER VILLÁNCornadas y armamento duro

Sebastián Castella se empeñó en que el sexto tenía que prenderlo y lo prendió. O triunfar o morir. No triunfó y se llevó una cornada amarga y sorda. Estos alardes suicidas pudieron acabar peor y no terminaron de entusiasmar a la gente. La gente no viene a la plaza a ver suicidios. No es verdad que los llenos casi diarios en Las Ventas sean cosa del morbo de la sangre o cosa de patriotismo.No es cierto que la gente, como dicen algunos patriotas ante un supuesto secuestro de la bandera española, vaya a Las Ventas por ver los colores de la enseña nacional, banderita tú eres roja, banderita tú eres gualda.

Esas grandes tiras que decoran los tendidos sólo son colores sin los emblemas de los Reyes Católicos, tanto monta monta tanto, Isabel como Fernando. Lo único verdaderamente franquista era el pajarraco, águila de Patmos. Hasta 38 banderas conté ayer, mientras Caballero, Robleño y Castella hacían el paseíllo, en los tendidos de Las Ventas. Pero la gente viene a la plaza, tarde a tarde, a ver cortar orejas, lo que no quita para que cada cual tenga su corazoncito patriótico. La gente viene para ver toros bien armados como los samueles y, a ser posible, poderosos y bravos.

No acude por cuestiones de patriotismo; a lo más, por cuestiones de patriotismo taurino. Como la Infanta Elena, que estaba en una barrera del 10, y su marido Don Jaime de Marichalar, que estaba en un burladero del callejón. Todos, ayer, venían a ver los famosos toros de Samuel Flores, de los campos de Albacete; y a Manuel Caballero, paisano de los toros; y a Robleño, que es de Alcalá de Henares y que, por lo tanto, no es paisano de los toros de Samuel; y a Sebastián Castella, que es francés y dicen que puede ser el baluarte torero contra el europeísmo antitaurino.

A Manuel Caballero de nada le sirvió ser paisano de los toros.Banderazos, enganchones. Habitualmente, cada banderazo viene precedido de un enganchón o topetazo. Se arranca el toro, topa con la muleta y ¡zas!, la muleta arriba y abajo como un trapo sacudido por un ventarrón huracanado. A veces, el enganchón le quita la muleta al torero y entonces eso se llama desarme. Lo que quiere decir que ya no podrán darle a Caballero una laureada o una cruz como la de Bono.

A quien habría que darle una medalla es a Yesteras, al que el cuarto le pegó un palizón impresionante. Tanto se agotó el toro en ese palizón contra el invulnerable y buen subalterno Yesteras, que llegó a la muleta de Caballero encogido de ánimo y sin ganas de pelear. Toda la saña la había descargado contra Yesteras.Y para medallas y condecoraciones, la decisión suicida de Castella; aunque el público demostró que no le gusta la sangre.

La cabeza del segundo era la más hermosa cabeza que ha parido vaca; la mejor dispuesta y la más armada. O sea, que si es por cornamenta, que no quede y vengan medallas para este arrogante toro de Samuel, Cazolito de nombre, para que quede en la historia.La gente se fijó en Robleño, torero aguerrido, pero se fijó mucho más en la cabeza de Cazolito; hermosa cabeza, pero llena de perversas intenciones. Cada muletazo de Robleño era un viaje a la enfermería con olor a cloroformo. Valentísimo Robleño que se las vio y se las deseó para matar al rajado manso. Su segundo tenía mala intención, mas poca fuerza, y Robleño se emocionó menos.

El viaje del tercero venía bien dirigido y el muletazo de Sebastián Castella, por detrás y en el platillo, bien trazado. Pero el toro se cayó en la carrera y Castella se quedó compuesto y sin novia. Tenía cierto son el de Samuel, mas una mala pisada, una debilidad congénita o vaya usted a saber qué, le dejó escachifollado y ruinoso. Y no podrá decirse que lo asesinaron en varas; palabra que no. El que estuvo a punto de ser asesinado por el sexto fue el torero francés. Dado el actual momento de Castella, lo peor que pudo ocurrirle fue que le saliera un toro encastado. Pudo partirle en dos.


ABCZABALA DE LA SERNA. Los B-52 de Samuel Flores

Aparecían los toros de Samuel Flores como los B-52 sobre Vietnam, las enormes fortalezas aéreas que se sostienen sobre unas alas estratosféricas, como los cuernos de los samueles. Sus cabezas planeaban sobre el ruedo con autoridad, unas cargadas de napalm y bombas convencionales y otras aparentemente huecas. A Fernando Robleño le caía la carga del agresivísimo segundo, más descarado si cabe que sus hermanos, menos acodado o acucharado, con la artillería más amenazante. Uno ve semejantes testas y se olvida del contenido a priori. Pero con éste no había forma de hacer oídos sordos a las oleadas que se vencían sobre el pequeño torero de corazón blindado. Le aguantó el cuerpo a cuerpo con los machos atados, tratando de meter a base de derechazos a la bestia, valiente e ingenuo, de tú a tú, sin el verbo domeñar de por medio. Sacó menor sentido por el izquierdo, de escasa y corta duración antes de rajarse en tablas. Los toros también huelen la testosterona, y en Fernando se rebosa tal y como se crece en Madrid.

Ya el combate con el quinto adquiría una desproporción de escalas apabullante. Dos categorías diferentes sobre el cuadrilátero, peso pluma y peso pesado. Brindó Robleño a la Infanta Elena y marchó a los medios. Menos mal que el samuel se desplazaba con teórica nobleza, una sosa docilidad engañosa, que de vez en cuando se acordaba de algún mal antepasado o de la carga que portaba bajo los alerones: un desarme constató la mentirosa bondad. F.R. lo muleteó en los medios, esforzado por tirar de la mole, con su corto brazo, para que pasase completa. Resolvió con la espada, aunque el metraje de sus faenas le acarreó un aviso por toro.

Sebastián Castella no se escapó del sexto, un metro de pitón a pitón, como si quisiera abrazarle con instintos asesinos: el abrazo de la muerte. Se movía este sexto con motor y violencia, repitiendo a ráfagas, sin ningún temple. El torero francés quería ponerse en su distancia, corta, por narices, con redaños. Pero ya lo decía el Papa Negro: a cojones, el toro. Y, claro, el espeluznante volteretón sobrecogió la plaza, con los pitones volando como guadañas, como las alas de los B-52 defoliando la selva, los bordados, la arena que saltaba, y los gritos de terror que martilleaban los oídos.

Se levantó Castella apretando los dientes, con una cornada -luego se supo- en la axila, arrimándose entre las astas fieras, con la plaza pitando ¿? el sobreesfuerzo de las manoletinas. Se lidió de pena el tercero, que a la postre desarrolló la mayor calidad. S.C., antes de que el caballo cogiera «su sitio», le había endiñado quince capotazos absurdos, más los que a continuación le pegó un peón por arriba, tan duros como si se los diera por abajo. Arrancó faena con un péndulo por la espalda antes de que el de Samuel se derrumbase. Aunque a izquierdas -¿por qué no siguió por ahí?- lo templó más, con respuesta positiva del animal.

Caballero, tras el escudo de la maldad calamocheante del primero, se tapó mucho con su técnica con el gigantesco cuarto, que le quitó los pies del suelo a Yestera cuando le cortó el viaje en banderillas. Si no lo reventó al querer incorporarse, es porque los milagros existen.

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