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PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del domingo, 31 de agosto de 2003
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Valverde, de
diferente presentación.
Diestros:
-
Carlos Escolar Frascuelo, ovación tras aviso en ambos.
- Curro
Díaz, que confirmaba alternativa, silencio y ovación.
- Guillermo
Albán, que confirmaba alternativa, silencio y silencio.
Entrada:
Crónicas de la prensa: El
País, ABC.
El País.
MA. CUADRADO. Los toros de Valverde, cuan
deslúcidos
Se esperaba a los toros de Valverde, por su presencia y juego
complicado, y de lo primero dieron alguna muestra, sin pasarse, y de lo
segundo, bastante menos, ya que marrajos y pendencieros no fueron en
absoluto. Pero vayamos por partes, y, a ser posible, con torería en la
palabra.
Frascuelo, en su primero, de capote, dejó sembradas por el albero
agradecido un par de medias apretadas y de aroma belmontino. En la faena
de muleta, con el viento nada a favor, se marcó unos doblones jondos y
puros, y luego unas cuantas series de redondos, de factura irregular,
pero en las que hubo media docena de redondos profundos que sabían a
martinete cantado por El Agujetas. En su segundo Frascuelo estuvo
aseado.
Curro Díaz acusó en el toro de su confirmación los nervios propios
del momento, aunque apuntó maneras. Fue en su segundo en donde estuvo
por encima de las circunstancias de un toro manso y parado. Valiente de
verdad, terminó por meterse entre los pitones del toro y sacó
naturales lentos, acompasados, con vitola y clase.
Guillermo Albán nos brindó labores toreras frías. Sufrió una
voltereta al entrar a matar, en el primer envite.
ABC. ZABALA DE LA
SERNA. Frascuelo aún busca la
primavera
Otoñece casi y entibiece el sol. Aires
de septiembre y viento traidor para capotes y muletas. Y Frascuelo aún
en busca de la primavera, a sus cincuenta y tantos, empacados en gris
perla y oro, la imagen de una torería romántica y vetusta. Mayo arreó
con las ilusiones entre los pitones de los cuadri y los patasblancas,
oportunidades que ofrece la tarjeta edad dorada de los Lozano; ayer, una
más. Pero los toros del cura de Valverde, que en paz descanse, se han
desinflado, pufff. Por no guardar, algunos no han guardado ni las
apariencias. Tampoco la esencia. Ya no muerden. Incluso se muestran a
gusto con el sobe de las telas, mansurrones, manejables, sosos y hasta
blanditos; no pasa nada, viniendo de donde proceden tienen bula para
todos los pecados.
El tercero contuvo un mayor picante en su mansedumbre, cabezón y
distraído de salida. Se llevo puestas dos medias verónicas con el
sello añejo de Frascuelo y un par de puyazos de tomo y lomo. Así no
era de extrañar que ya después del primero no quisiera regresar al
peto, como si intuyera lo que le esperaba, como fue. El veterano matador
madrileño sabía lo que se hacía, salvo cuando se le cruzó el cable y
a poco se le olvida devolverle los trastos a Curro Díaz en otra jornada
de doble confirmación, como si quisiera evitar tanta ceremonia, que
después le tocaba con Guillermo Albán la misma historia. Un despiste,
digamos.
Se dobló con sabor y poder en la raya, con un nosequé que recuerda
al Chenel de los ochenta que ahora se recupera con casta de una
voltereta del «jodío fumeque». Entendió bien Carlos Escolar a la
bestia, le dio su distancia y lo esperó con la muleta retrasada, dejándole
llegar para atraerlo sin atacarlo; la serie, con la figura más
desencuadernada que otras veces, se enmacizó bajo ese barniz de los
muchos años de alternativa. Valiente además. Otra tanda en largo y en
la tercera, que descorchó un derechazo enorme, se le rajó el enemigo,
que emprendió la fuga hacia terrenos amigables con su ausencia de
bravura, pero donde el viento molestaba más. Para cerrarlo le bordó
Frascuelo un trincherazo, después de comprobar que entre una cosa y
otra no había nada más que sacar. Ya con la espada en mano lo intentó
al natural para obtener rebañones y guasa. Hasta ese momento la faena
había transcurrido con solvencia y altura, por encima del toro; desde
ese momento se torció para matarlo. La cara entre las manos, gazapeo y
carencia de fijeza. Cazada la media estocada, el calvario siguió para
descabellarlo, con unos arreones perros. Sonaron las palmas de los más
cabales tras la muerte del astado. Para Frascuelo, claro.
Despachó cumplidor al tristemente presentado quinto, el lío de las
confirmaciones alteró el orden de la lidia para que no matase dos
seguidos, que se apagó como una vela en su pobre condición.
Curro Díaz pasó de puntillas con el que estrenó la tarde, con
menos gas y fuerza que un sifón pasado, tan corto de viaje como de
anatomía. Pero se creció con el cuarto, que portaba dos leños de
impresión; se arrimó con la muleta en la izquierda y exprimió las
ralas embestidas, que amenazaban muy de cerca las espinillas. Díaz
apenas desplazaba el viaje ni corría la mano, y se lo traía muy
encima, con la emoción de lo auténtico. Obtuvo más de lo esperado de
un toro tan frenado de principio; el final a pies juntos, también
vibrante, mereció otro colofón con el acero. Demasiado le midieron
unos cuantos chinches en el saludo desde el tercio, perdonándole casi
la vida, borrando por la colocación del acero el esfuerzo realizado. No
hubo justicia.
Guillermo Albán, ecuatoriano afincado en España, porta unas maneras
tan finas como frías. Al cinqueño de la confirmación, falto de cuello
para haber humillado más en el último tranco, lo muleteó con
abundancia y voluntad; se arreó más en el sexto, un churro de
hechuras, y aportó alma en los inicios, de rodillas, y en unos
derechazos que se fueron perdiendo entre la espesura de un toro sin
malicia pero sin empuje. Atacó con rectitud el volapié y le costó una
voltereta, inocua por fortuna. Tres pinchazos no elevaron el balance
postrero.
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