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20ª de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del viernes, 30 de mayo de 2003
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Novillada con picadores
Ganadería: Novillos de Román Sorando,
flojos y nobles.
Diestros:
Entrada: casi lleno.
Crónicas de la prensa: El
País, ABC, Diario de
Sevilla.
El País.
Antonio Lorca.
Un valiente llamado Bolívar
Nadie sabe si será o no figura, pero ayer demostró que tiene madera
de torero. Se llama Luis Bolívar, es colombiano y llegó a Las Ventas
con un buen bagaje de torero valeroso demostrado en anteriores
comparecencias. Sorprendió a todos en el sexto, un encastado novillo
que derrochó genio de salida y al que, muleta en mano, dominó de pitón
a rabo con un toreo de quietud, largura y temple que llevó la emoción
a los tendidos. Muy bien colocado, ligó los muletazos por ambos lados
con la serenidad y la belleza que emanan del mando. Dominó la casta
agresiva del novillo y la hizo buena a base de sometimiento. Se tiró a
matar como un auténtico jabato y le concedieron una merecidísima
oreja. Lo había esperado de rodillas a porta gayola, pero el
novillo salió como un tren y el novillero optó por echar cuerpo a
tierra, lo que no fue una mala solución. Después, lo torearía por
chicuelinas ajustadas y garbosas, un buen preludio de lo que vendría
después.
Ya demostró su valor en el tercero, un deslucido novillo que le
propinó una tremenda voltereta y un fuerte golpe en la pierna derecha.
Las malas ideas de su oponente sólo le permitieron estar decidido.
El primero de la tarde era un novillito para colocarlo encima del
televisor de la salita; un gatito chiquitín, chiquitín, que no decía
miau, pero como si lo dijera, blandito, coqueto, bonito, para dormirse
acariciándolo en el sofá que está frente al mueble bar. Y allí
estaba un chaval espigado que se supone que quiere tomar la alternativa
con fuerza, obligado a acariciarlo y cuidarlo. El novillito era un inválido
que al tercer muletazo por alto se desplomó a todo lo largo en el
albero sin ruborizarse siquiera. Claro que, momentos antes, ante el
picador de turno, había perdido las manos y las patas en dos ocasiones
sin vergüenza alguna.
Javier Solís quedó inédito. Pero pronto se dio a conocer. En el
tercero hizo un quite por chicuelinas ceñidas y resultó volteado de
manera impresionante, y salió del encuentro maltrecho y conmocionado.
El cuarto era blando, como los demás, pero le dio por embestir en la
muleta y dejó en evidencia al chaval. La faena fue larga, pero
acelerada, desordenada y de escaso fondo. En honor a la verdad, un par
de naturales estimables y se acabó la historia.
Reyes Ramón, muy valiente y poco experimentado, no pudo someter a su
difícil primero, tarea que no debía ser nada fácil, y no pudo lucirse
ante el inválido quinto, de embestida muy corta, a pesar de que lo
intentó con enorme decisión.
ABC. ZABALA DE LA
SERNA. Colombia tiene un torero
Colombia tiene un torero. Un nuevo César quizá. Se llama Luis, se
apellida Bolívar y torea como Dios (en el caso de que Dios toree,
claro). Posee valor y hambre de gloria para repartir por todo el escalafón.
Tarde importante la suya, para él, para su país y para el toreo.
Escribo contrarreloj como siempre y entusiasmado como nunca. En el
umbral de la Puerta Grande se frenó, pero yo le doy las dos orejas.
Desde que lo vi por vez primera en su debut con caballos aquí en Las
Ventas, una noche de verano, ha pasado casi un año. La impresión
positiva que entonces causó ahora se ha incrementado, multiplicado por
diez. No se ha placeado mucho, pero tiene algo en el ruedo que no sabría
explicar y que, si los toros le respetan, lo llevará a ser figura del
toreo. Estuvo inmenso, muy de verdad, con el malo y con el bueno.
El bueno fue el sexto, al que recibió a portagayola después de
salir de la enfermería, totalmente cojo por una voltereta en el
anterior. El novillo le pasó como un obús: por poco le vuela la cabeza
si no hace cuerpo a tierra. Segundos de angustia, porque no se podía
levantar. Menos mal que el utrero siguió la inercia del viaje con el
capote en la cara: ¿cuándo se van a enterar las cuadrillas que desde
los burladeros del «4» y del «10» es imposible llegar al quite? Muy
mermado de facultades siguió la lidia, y en un quite por chicuelinas
calentó más los motores. Sus peones, en los dos toros, intercalaron
las banderillas con la bandera de su tierra con otras con la bandera de
España, que manda huevos que haya sido un colombianito el único en
todo San Isidro.
La faena arrancó por estatuarios, y unos muletazos por bajo como
carteles de toros, cumbres y con sabor del caro; el pase de pecho, echándose
toda la embestida por delante, soberano. Bolívar presentó la derecha,
tersa la muleta, y ligó una serie en la que los pitones lamían la
taleguilla, rebozado, sin rectificar un ápice, mandando los viajes
hasta detrás de la cadera; otra vez el obligado alcanzó la perfección.
Y así continuó en otra tanda que hizo crujir los tendidos, en la que
tragó un mundo cuando el novillo se le metía por dentro. Las únicas
dos veces que le perdió el hilo a la obra fue por sacar la barriguita
para parecerse a uno que yo me sé, con la muleta retrasada y sin
mandar: una de ellas acabó desarmado.
Cuando ofreció la izquierda, el torete de Sorando amagaba con
rajarse. Pero Luis Bolívar supo tirar y embarcar en unos naturales
soberbios, a rastras la muleta; otro manojo más mantuvo el pulso de la
intensidad con que se vivía aquella lección de toreo de un novel, solo
interrumpida, ya está dicho, por la novatada de imitar otro estilo: déjese
de pancitas de aquí en adelante. Únicamente falló para descerrajar un
triunfo contundente un cierre de faena conciso y concreto y no haber
tardado tanto en cuadrar al bicho, que el personal se enfría. Tuvo sus
dudas entre matar en los medios y hacerlo en la raya, donde finalmente
fue una estocada en todo lo alto. Yo, personalmente, hubiese pedido el
doble trofeo a pesar de los insignificantes lunares. Una oreja fue el
reconocimiento final.
Como un tío soportó la incertidumbre de un sobrero de José Vázquez,
que desarrolló un sentido que le costó un leñazo tremendo a Javier
Solís, en una quite, y otro a él sobre la mano izquierda, que el
novillo no obedeció. Se mostró valentísimo y muy seguro. El camino es
largo y sólo se equivocan los que apuestan: yo apuesto por Luis Bolívar.
La novillada de Román Sorando, pobre de fuerzas, sin ser de público,
ofreció, sin embargo, muchas posibilidades a los novilleros: Solís
disfrutó de uno blandito y enverdinado -no «enverdigado» como apareció
ayer en alguna edición- y con mucha clase, y de un cuarto que se
encontró entre los mejores del conjunto. Se le vio puesto y técnico,
motivado cuando se presentó con cuatro largas cambiadas y un punto mecánico
con la muleta.
Reyes Ramón parece haber perdido hasta la ilusión. No se empleó
con un mal utrero de Vázquez y tampoco, lo que es más grave, con un
quinto que superó su flojera y descolgó mucho y con nobleza.
Diario
de Sevilla. LUIS
NIETO. Éxito importante del novillero Luis
Bolívar
Sorpresa para quien no lo hubiera visto nunca:
Luis Bolívar, un novillero colombiano, de Cali, preparado en la Escuela
Taurina de Madrid. Triunfador en su única salida de San Isidro con dos
novillos muy exigentes. Condiciones, ambición, fondo, valor. Puede ser
el novillero que mande este año.
Astifino, el novillo de Sorando que abrió tuvo más clase que poder.
Javier Solís se hizo en plaza con dos faroles de rodillas revolados e
hilvanados con lances a pies juntos o de medio compás por los dos
pitones y el broche de dos largas y una revolera. Mucha cuerda. De
torero y toro. Dos puyazos. Sobró el segundo. Bondadoso, con la fuerza
contada, el toro se derrumbó al tercer muletazo. Solís le cambio
terrenos, le dio sitio y se lo trajo con temple y aplomo en dos primeras
tandas en redondo ligadas en el sitio. Una nueva caída del toro cortó
el rumbo cuando Solís se echó la muleta a la izquierda. Pero remontó
la faena, con la impronta de un torero calmado y de buen oficio.
Al cuarto, voluminoso, también le soltó Solís carrete: cuatro faroles
de rodillas, en el tercio y las rayas, y media y revolera mirando al
tendido. Quiso el toro de Sorando con alegre nobleza. Se picó lo
imprescindible. De un picotazo primero se escupió; del segundo se
repuchó. Pronto en banderillas. Así que brindis al gentío. Ideas
claras y ambición. Embalado todo de pronto pero de pronto parado todo.
Nubladas las ideas primeras, un atasco al ponerse Solís por la mano
izquierda y más de una agria voz censora cuando sobrevino el desajuste.
Dio para más el toro.
El segundo fue devuelto. El sobrero, en apariencia de la parte Domecq de
José Vázquez, con muchos pechos, se movió de salida, pero echando las
manos por delante. La cara arriba, un pelo andarín, mirón y
pegajosillo, sin dejar de ser toro manejable, le vino grande a Reyes Ramón.
Descarado, muy serio por delante, el quinto de Sorando, que fue toro
berreón, tomó las telas humilladamente, con buen son. Por delante,
Reyes Ramón lo lidió corriéndolo para atrás. Exceso de lances.
Pegado en el caballo, el toro perdió las manos. Fue protestado. Pero
tuvo calidad. Se vio sorprendido Reyes, que dibujó suelto algún
apunte, pero no llegó a asentarse ni a animarse. Le vino de nuevo
grande la empresa.
Tuvo buen aire desde que asomó el tercero: galope, temple humillad.
Luis Bolívar lo meció a modo con el capote. Las manos bajas, caro compás.
Impaciente pañuelo verde y novillo al limbo. Otro sobrero, entonces, de
José Vázquez. Otra vez vibrante Bolívar con el capote. Bravos, ceñidos
lances y un enganchado recorte. Fijo y guerrero en dos varas, el
novillo, entero, cogió a Solís cuando remataba por el pitón izquierdo
un ajustado quite y lo buscó en el suelo. Sin herirlo. Tardo y reservón
cuando Bolívar, semitapado, se puso por la mano derecha. Rebañando en
medios viajes, sin meter la cara, revolviéndose. Al bulto sin más la
primera vez que el torero citó por el pitón izquierdo. Imponente
voltereta y reacción de entereza. Sujetando los nervios, pero
entregado, Bolívar sostuvo el tipo, apuró, pudo, llegó y mató
soberbiamente. Ganas de ser. Papeleta resuelta muy aceptablemente.
Redondo el triunfo luego. Por la calidad del toro debió haber sido de
dos orejas. Pero valió todo lo que valió: mucho. Y fe en una estocada
a morir. Arrollado en el saludo a portagayola al sexto, Bolivar estaba
medio cojo. Lo hizo volar la fe. El imprevisto regalo del San Isidro de
todos los años
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