GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

19ª de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS

Tarde del jueves, 29 de mayo de 2003
Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA
Corrida de toros

Ganadería: Rechazados 15 toros en los reconocimientos. 1º, de María José Pereda; 2º, de Carlos Núñez, y el resto, de La Dehesilla -4º y 5º devueltos-, muy mal presentados e inválidos; primer sobrero, de Navalrosal, mal presentado e inválido; segundo sobrero, de José Vázquez, blando y violento.

Diestros: 

  • Vicente Barrera, pinchazo y estocada contraria (silencio); estocada perdiendo la muleta (silencio).
  • Luis Miguel Encabo, dos pinchazos y estocada baja (silencio); media tendida y dos descabellos (silencio).
  • Matías Tejela, estocada (silencio); metisaca, media y dos descabellos (palmas).

Entrada: lleno.

Crónicas de la prensa: El País, ABC, Diario de Sevilla.


El País. Antonio Lorca. El toro de Madrid

Se puede discutir sobre el trapío del toro de Madrid. ¡Faltaría más! Entre el toro bajo, bien hecho y con presencia, y el corniveleto, largo, engallado y cuajado hay toda una gama para el análisis sereno con unas copas; para el diálogo de sordos -llena, que esta es mía- después, y la cogorza final y amistosa que no llega a ninguna conclusión, pero que hace amigos más fieles que la mili. Para algo tienen que servir los toros.

Lo que todo el mundo tiene claro es cuál no debe ser el toro de Madrid. Bueno, todo el mundo no. No lo tiene nada claro el ganadero de ayer ni la autoridad, que son, paradojas de la vida, los supuestos expertos en tal materia. Porque cualquier probo funcionario de provincias o de la capital misma sin interés alguno en esta fiesta, y que de pronto se encuentra en Las Ventas porque un familiar, cansado de tanto aburrimiento, lo ha puesto en el compromiso, ese ciudadano bienpensante ve a los animalitos de ayer y le dice al vecino: "Éste no es el toro de Madrid". Y lo afirma con autoridad; con la misma que los responsables cometen una gravísima tropelía con todo el que pasa por taquilla.

Lo de ayer, una tarde más, no tuvo nombre. Bueno, nombre, sí, engaño y estafa, pero no tiene calificativo porque las buenas costumbres aconsejan el silencio, que después todo se sabe.

Los toros que salieron a la arena eran becerros impropios de plaza de provincia que se precie, y su presencia en el ruedo constituyó una grave tomadura de pelo inconcebible en gente de bien. Y encima, inválidos, enfermos, descastados e incapaces de producir la más mínima emoción. Consumado el desatino, quedan, al menos, los toreros. Eso es lo que creía el ciudadano del compromiso familiar, pero a la vista de lo ocurrido concluye con todo el sentido común: ¿Y a esto lo llaman torería? Ocurrió que Barrera se encontró en primer lugar con un toro docilón y birrioso, y él, muy derecho y circunspecto, lo citaba como si tuviera delante el toro del coñac. Llegó el cuarto, más inválido si cabe, y que se defendía con un derrote al final de cada muletazo, y puso en apuros al señor vestido de luces. Incluso llegó a desarmarlo cuando era Barrera el que se defendía entre exageradas precauciones. Hizo el paseíllo, pero no estuvo porque los toros no sirvieron, y él tampoco.

Se equivocó Encabo al empeñarse en banderillear, toscamente además, a su inválido primero entre la protesta generalizada del respetable, y, no satisfecho con la gesta, la repitió en el blando quinto, con el que sí se lució en un par andando hacia atrás. A la hora de torear, movió bien los brazos en unas sentidas verónicas y se mostró decidido ante un animal derrengado. En el quinto, violento y peligroso en el tercio final, lo pasó con más voluntad que mando en una faena larga y desordenada en la que el toro impuso su ley.

Tampoco acertó Tejela cuando brindó al público el tercero de la tarde. Nadie le dijo ni él acertó a entender que ese toro esmirriado e inválido no era de brindis. Su oponente se lo hizo saber al no permitirle que se luciera a pesar del buen corte del torero, que ya lo había demostrado en un quite por chicuelinas muy ceñidas en un palmo de terreno. En el sexto, muy rebrincado, intentó el toreo con una buena colocación, pero sólo pudo mostrar su valentía y ganas de triunfo.

La corrida acabó entre el desencanto general por la desvergüenza sufrida ante tanto toro impresentable, inválido o enfermo, que se lidia como bueno y se convierte en sí mismo en un fraude imperdonable.


ABC. ZABALA DE LA SERNALos enverdinados y un brindis a Florito

Los toros se han enverdinado, de verde, no de verga, que entonces sería envergados y suena feo. Además para envergados, los sufridores de este San Isidro. Por el mismo sitio que convenimos usted y yo, o sea por la cartera. Conviene matizar para que no haya confusiones, que luego vienen los líos lingüísticos, como le pasó a un vecino de localidad que diagnosticó rápidamente una liposucción a un señor o señora que sufría una lipotimia. Lo menos que te puede dar en esta Feria es una  liposucción y desintegrarte. Eso que te evitas. En el ruedo, los toros de La Dehesilla, Pereda y Navalrosal se habían autoliposuccionado, es decir, que estaban enverdinados, que dice don Miguel Criado: mucha hierba (verde) en esta frondosa primavera, y no rematan, claro, y se van por los esfínteres los kilos del invierno y los piensos. Pero en la plaza también les daban lipotimias, con lo que el diagnóstico del vecino de localidad del señor o señora valdría para los animalitos; lipotimia o liposucción, qué importa. Total, los veterinarios o presidentes de servicio ayer tampoco distinguen demasiado. Le pregunté a Julián Ávila, que sabe de ganado, creyendo que me iba a instruir sobre si aquel toro primero se había enverdinado, autoliposuccionado o lipotimizado: «Eso es un novillo». Vaya con Julián. Pues el anovillado era además tonto de baba y carajote. Vicente Barrera se lo brindó a María Teresa Campos, que puso luego la mejor de sus sonrisas para devolverle la montera después de la nada.

Barrera ya no ofreció a nadie el sobrero de Navalrosal, al que le cantaron lo de la cabra y la madre que la parió. El devuelto se tapaba por la cara, pero se quedó modorro tras un puyazo, como sonado, aplatanado por el intenso calor que se abalanzó sobre Madrid. La temperatura también debió afectar al diestro valenciano, que por el complicado pitón izquierdo sufrió un hachazo y un desarme, con la guardia baja. Careció de material.

Tampoco lo tuvo Luis Miguel Encabo que, al menos,  estuvo animoso toda la tarde. El segundo sobrero, de José Vázquez, quinto bis, cárdeno y altón, tampoco merecía ser brindado. Florito se asomó a la barrera, sin querer pisar el ruedo, que la timidez le puede al callado sabio de los corrales. Florencio Fernández Castillo, don Florito Fernández Castillo en los programas de mano, va a convertirse en uno de los triunfadores de la Feria. No ha fallado hasta el momento nunca, y en caso de que se descuelgue el toro devuelto de la parada de bueyes o lo enfrasca a cuerpo limpio o con la chaquetilla, como ayer, o con unas varitas que lanza que parecen mágicas. Yo también brindo mi crónica a Florito, en su día el Niño de la Plaza en los carteles y hoy templado domador de cabestros, imprescindible en Las Ventas. «El secreto es la paciencia», me dijo una vez. Pues esa, querido Florito, se acabará terminando un día en los tendidos madrileños. Encabo banderilleó con acierto sólo en un par de la moviola, el resto, a cabeza pasada; luego, estuvo voluntarioso con la muleta con aquellas embestidas altas y sin celo. Su primer toro, de Carlos Núñez, tuvo buen aire pero nulas fuerzas. El saludo había sido lucido a la verónica. Todo su afán se estrelló con las caídas del oponente.

Tejela se mostró firme con el sexto, muy parado. Extrajo con sacacorchos y toques algunos derechazos, un par de naturales y unas manoletinas de arrimón. Feo fue el metisaca con la espada, que emborronó una faena por encima de las circunstancias. Había veroniqueado de rodillas (igual que arrancó la faena) al tercero, que era otro  enverdinado al que la gente no prestó atención. Unas chicuelinas y la estocada se sobrepusieron al marmolillo.


Diario de Sevilla. LUIS NIETO. Florito cosecha la mayor ovación

Tarde de aburrimiento. Hundida por un mal encierro. Nada menos que hasta ocho toros. Cómo sería la cosa que la mayor ovación se la llevó Florito, el eficaz cabestrero de Las Ventas, cuando en un detalle precioso recibió el brindis de Luis Miguel Encabo, en el quinto. Y es que el espectáculo, sin pulso, sin tensión, fue un desastre debido al ganado. Vicente Barrera, en su única oportunidad en este San Isidro, tuvo un astado de calidad en el que abrió plaza y al que no aprovechó totalmente. Sin duda, el mejor del pésimo encierro. Colorado, atigrado, recortado, justo de trapío, acusó notablemente una voltereta a la salida del caballo. Cumplió en el caballo y en banderillas. En la muleta fue almíbar puro, por su nobleza y prontitud. Vicente Barrera, en las afueras, fuera de cacho, realizó una labor por ambos pitones sin emoción ni brillantez alguna.

Con el cuarto, muy apagado, Barrera no tuvo opción a nada.

Luis Miguel Encabo anduvo desahogado con oficio ante su lote. El cinqueño de Carlos Núñez, muy en tipo, fue protestado ante los primeros indicios de flojedad en varas. Cabeceó contra el peto. Persiguió la franela con nobleza, clase y humillación. Precisamente por humillar lo indecible llegó a perder las manos hasta en tres ocasiones. Encabo capoteó y banderilleó con más eficacia que lucimiento. Con la muleta, el tono fue menor. Tandas cortas por la condición del toro, en las que no consiguió redondear su labor porque no le dio excesiva distancia y no lo templó lo suficiente. Una pena.

El quinto fue devuelto y en su lugar saltó el segundo sobrero, un cárdeno del hierro de José Vázquez, muy voluminoso, fuera del tipo de su encaste santacolomeño. No se entregó jamás. Encabo, fácil con el capote y las banderillas -únicamente destacó en el tercer par- brindó su faena a Florito, el eficaz cabestrero de Las Ventas. Una labor de imposible lucimiento ante las medias arrancadas del animal, que llegó a medir al torero por ambos pitones.

Matías Tejela fue el único matador de la terna que cosechó una ovación, que recibió tras la muerte del sexto. El tercero fue protestado por su justo trapío. Tejela salió con las revoluciones del motor a tope. Como saludo, verónicas de rodillas. De pie, lanceó de la misma guisa. Pero donde se lució fue en unas ajustadas chicuelinas, rematadas con una media. Pero el último tercio el toro se vino abajo. Y con la muleta, el trasteo, ante el apagado animal, no tuvo relieve, salvo la certera estocada que recetó.

El sexto derribó. Pero no por bravura, porque el animal dio cabezazos a mansalva. También dio una voltereta y acudió sin entrega a banderillas. Tejela brindó su faena a Gregorio Sánchez, su maestro en la Escuela taurina de Madrid. Una labor en los medios en la que apenas pudo rascar nada. El toro, parado y topón, hacía imposible el lucimiento. Aún así, el diestro, con quietud, se mostró firme, arrancando los pases con sacacorchos.

Todo bajo mínimos. Sin pasión. Sin tensión. Sin vibración. Tarde para el olvido. Importante desastre ganadero que supuso un ancla de tremendo peso que hundió el espectáculo