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13ª de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del viernes, 23 de mayo de 2003
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Corrida de toros
Ganadería: Toros de Arauz de Robles,
(uno, rechazado en el reconocimiento), desiguales de presentación, inválidos,
mansos y descastados.
Diestros:
- David Luguillano,
dos pinchazos y un descabello (silencio); estocada (ovación).
- Víctor Puerto,
estocada baja (silencio); estocada trasera y un descabello
(silencio).
-
Antonio Barrera,
estocada caída (palmas); dos pinchazos y estocada trasera perdiendo
la muleta (silencio).
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa: El
País, ABC, Diario de
Sevilla.
El País.
Antonio Lorca. La
autoridad, por los suelos
Lo de la autoridad en la plaza de Las Ventas pasa de castaño oscuro.
Según la legislación vigente, su papel es garantizar el normal
desarrollo de espectáculo. Pues que se sepa que la autoridad no cumple
con su obligación. ¿Es normal que permanezcan en el ruedo toros
absolutamente inválidos, supuestamente enfermos o manipulados? Parece
evidente que no. ¿Por qué se mantienen, entonces? Ah, ése es un
misterio indescifrable de la fiesta. ¿Estará la autoridad vendida a la
empresa que así se ahorra unos buenos dineros? No, por Dios, eso es
impensable. ¿Acaso es que es inepta y desconoce las más elementales
normas del espectáculo? Tampoco. A quien preside en el palco se le
supone, además de un profundo conocimiento de la norma, que es un
aficionado de probado prestigio. ¿Le falta, entonces, arrojo para
adoptar las decisiones que correspondan? Es posible.
¿Qué pasa, pues, en el palco, que permiten que toros que impiden el
normal desarrollo del espectáculo permanezcan en el ruedo? Porque,
claro, con esta actitud se beneficia a la empresa, se defrauda a los
espectadores y se le inflige un daño irreparable a la fiesta. Mientras
el toro enfermo se mantenga en Madrid se concede carta de naturaleza al
actual sistema que ha impuesto la podredumbre como cimiento del espectáculo.
¿Existe algún presidente capaz de devolver los seis toros de una
corrida? ¿Existe el político que respalde tal acto de valentía? Por
lo general, el político huye de los problemas y prefiere la actual
decadencia a un desorden público. En consecuencia, se puede concluir
que la fiesta está como está por una cuestión de orden público.
Garantizada está la seguridad de los espectadores, pero no su cartera
ni su corazón ni sus sentimientos. Todo el mundo sale y entra
ordenadamente, cada cual ocupa su localidad, se pueden pedir bocadillos
y refrescos, y la plaza se despeja en un periquete. Pero, ¿y la fiesta?
No hay más cera que la que arde, dicen los políticos, con lo que se
quitan de encima toda responsabilidad. Por eso, el aficionado huye
descorazonado de las plazas, y éstas se llenan de gente de paso a las
que pronto se les olvida el mal rato. Ayer, otro pasaje de la insufrible
decadencia torista. Cada torero se justificó como pudo ante el
aburrimiento general.
Luguillano nada pudo hacer ante su primero y se estiró en algún
natural ante el noble cuarto. Puerto se ciñó por chicuelinas y lo tuvo
muy crudo en su lote: inservible el segundo y descastado hasta la
extenuación el quinto; y Barrera, valiente, aguantó mil tarascadas de
los suyos, que no es que fueran malos, sino que se defendían los
pobrecitos como podían. Ningún toro volvió a los corrales. Ante la
cabezonería del presidente por no devolver el tercero se formó un escándalo
de padre y muy señor mío. Pero la autoridad estará contenta: el público
salió de la plaza ordenadamente y no hubo incidentes que reseñar. Así,
hasta mañana, otra vez felices, para presenciar otro fraude.
ABC. ZABALA DE LA
SERNA. Y la nave no va
Y la nave no va, se hunde. «El negocio
del cine es macabro, grotesco» (Fellini). Trasladen la frase a la
Fiesta, un negocio a palo seco cuando se desarropa del romanticismo y la
emoción, difícil de tragar, macabro y grotesco. La palabra se hace árida,
se pudre a la espera de brotar de un tintero que se espesa en mayo con
este calor de julio, el mes más caluroso en Madrid. «Tú que hueles la
flor de la bella palabra/acaso no comprendas las mías sin aroma». (José
Hierro) ¿Qué aroma? ¿El de algunos bellos toros de Araúz de Robles
sin alma brava? ¿El de los puros y la sangre? «Hay toros que parecen
hermanos del matador; la misma desgana, la misma falta de afición a la
fiesta, uno embiste y otro hace así con la muleta, sólo por
compromiso, pero se aburren casi tanto como los espectadores». (Edgar
Neville).
Citas y citas para hacer otra crónica imposible, para resumir en
pocas líneas unos naturales derramados por David Luguillano, cuando se
desprendió de la electricidad que le invade y le apresura. Había una
apuesta de por medio con un amigo: pincho de tortilla y caña, que diría
Luis Herrero, a que si hay un toro que embiste se lo lleva El Lugui,
como le llaman cariñosamente sus paisanos. Efectivamente gané la
apuesta. No duró mucho, pero confirmó que Luguillano tiene buen bajío,
porque eso se refleja en su cara de buen tío. La cuestión es la de
siempre: ¿cuánto debe durar un toro? Éste había manseado en los
caballos -un puyazo en la querencia y otro en el «8», y de ambos huyó-
y aguantó un par de series de derechazos, la segunda un poco más
desacalambrada, haciendo un esfuerzo por ligar y quedarse en la cara, y
todavía se desplazó en otra más al natural, con el torero algo más
relajado. Después las embestidas no se repitieron con el mismo gas,
aunque perduró la nobleza hasta última hora, hasta el cierre
abigarrado. La gente no le hizo mucho caso, ni siquiera en la buena
estocada que agarró. ¿Es mucho o es poco para hacer una faena cabal?
La corrida de ayer no debe parapetarse en ninguna excusa, pobre de
casta, y justa de fuerza o bajo mínimos de ambas cosas, como se demostró
en el pajarraco inmenso y destartalado que estrenó la soporífera
tarde: se echó en mitad de la faena. Decía lo de la excusa porque hay
también que destacar negativamente cómo se pica. Por ejemplo: al cárdeno
y apablorromerado segundo, una preciosidad que descolgaba con buena
clase, justo de poder, le metieron las cuerdas en el rincón de Ordóñez,
donde se provoca la hemorragia más desatada. Otro ejemplo: el quinto
recibió un lanzazo trasero en mitad de la espalda, sin correr la vara,
que a poco lo parte en dos. En el siguiente encuentro derribó, que quizá
era lo que pretendía evitar la anterior barrabasada. Ni uno -sosito y
blando- ni otro -de viaje corto y algo tobillero-, el lote de Puerto,
fueron malos toros del todo. Al torero había que aplicarle la sentencia
de Neville: «Hay toros que parecen hermanos del matador; la misma
desgana...» Víctor Puerto anda lejos de su mejor momento, demasiado
denso y espeso. Un par de verónicas de pata p´alante y una media
notables en el segundo saludo y el afán de no perdonar un quite no
suplen una sensación de agotamiento.
Antonio Barrera pechó con los más complicados. Aunque se dejó
apenas sin picar al estrecho segundo, que provocó aquellos viejos
gritos de andanada de «toooro, toooro», se frenaba en la muleta; el último
no humilló y sacó guasa. Claro que con el puyazo traserísimo que
recibió era difícil que descolgase. Barrera abrevió.
Diario
de Sevilla. LUIS
NIETO. La falta de casta arruina la tarde
Recoge el magnífico libro de la Unión de
Criadores de Toros de Lidia, que la ganadería de Araúz de Robles tiene
como procedencia actual “varias sangres y principalmente don Luis
Gamero Cívico y Marqués de Saltillo”. Visto lo de ayer habrá que
pensar qué significa eso de varias sangres ¿Sangre de vaca lechera? ¿horchata?…
Lo que quedó patente es que por sus venas no corría sangre brava. Lo
de ayer es para meditar. Porque ningún espada del cartel –Luguillano,
Puerto y Barrera– tiene fuerza para imponer corrida alguna en Madrid.
Así es que la elección de la corrida corrió en su plenitud a cargo de
la empresa.
Y hay dos lecturas: o la ganadería de lidia, en general, está por los
suelos o los veedores no dan ni una. Por otro lado, los taurinos dicen
que los toros no embisten porque son moles. Pues la mayoría del
encierro de ayer apenas pasaba de los 500 kilos. Aquí, lo que sobran no
son precisamente los kilos, sino los cuentos. Ayer, por la sangre que
corría por las venas de esos toros nos contaron el cuento de la
lechera. Ya es hora de acabar con lo que es patente y está arruinando a
la Fiesta: la falta de casta.
David Luguillano dejó retazos de su gran personalidad en una serie al
natural, la única que le aguantó el segundo de su lote. Si tendría
casta el primero, que se echó un par de veces en el último tercio,
tras mansear en los anteriores. Luguillano únicamente pudo ejercer de
testigo del derroche de bravura. ¡Ole la casta!
El cuarto, melocotón, largo, con mucha cara, fue el único que levantó
ciertas expectativas, a pesar de sus malas condiciones. Escarbador,
distraído, esperó y hasta reculó en banderillas. En varas recibió un
puyazo del picador que hacía puerta. En el último tramo aguantó tres
tandas. Luguillano consiguió dos tandas entonadas, con muletazos más
largos en la segunda. Lo más hermoso lo dibujó en otra serie con la
izquierda, con un par de naturales de gran belleza. Muletazos de mano
baja, acompañados con la cintura y rematados atrás. Gloria efímera
porque ahí se acabó el toro. Lástima. La estocada, de nota. Tardó en
caer el animal y todo quedó en una gran ovación que recogió en los
medios, tras leve petición de oreja.
Víctor Puerto pasó sin pena ni gloria. Su primero, un penitente, con
ganas de arrodillarse. Bello cárdeno claro, siguió los engaños de
manera cansina. Metió la cara sin codicia. Puerto manejó la muleta a
media altura. Pero ni así. El animalito se precipitó en un par de
ocasiones.
Con el quinto, colorado, feote, sin clase, Puerto puso más voluntad que
acierto. Le atacó pronto y en cercanías, lo que acentuó la pésima
condición del cornúpeta. El diestro mató de estocada valiosa, en este
caso con el añadido de un descabello.
Antonio Barrera se vio sin opción. Decidió no castigar al tercero. Un
puyazo, no más, del que salió suelto, como en el capote. La bronca al
presidente se escuchó en Cuatro Caminos. Palmas de tango. Gritos de “¡Fuera
del palco!”. Pero el presidente se llamaba Andana. El toro cortó en
banderillas. Y con el personal hastiado y el torero porfiando ante lo
imposible, el bicho se defendió. El que cerró plaza tuvo una fachada
tan hermosa como ruinoso fue su fondo. Ensabanado, capirote en cárdeno,
con dos velas tremenda. Un ejemplar de suma belleza. Pero un pajarraco.
Desde que salió midió y también se defendió, pero en este caso con
sumo peligro. Barrera esbozó un trasteo insulso. A la hora de matar,
con el bicho a la caza del torero, el espada sevillano pasó auténticos
apuros.
La falta de casta de los toros de Araúz de Robles arruinó el espectáculo.
Esa misma falta de casta que también hace temblar en estos tiempos a la
Fiesta.
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