GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

13ª de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS

Tarde del jueves, 22 de mayo de 2003
Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA
Corrida de toros

Ganadería:  Toros de Alcurrucén, bien presentados, escasos fuerza y raza. 

Diestros: 

Entrada: lleno.

Crónicas de la prensa: El País, ABC, Diario de Sevilla.


El País. Antonio Lorca. Un respeto para Madrid

Pongamos que una gran figura del toreo decide venir una sola tarde a la Feria de San Isidro. No hay que ser un lince para adivinar que exigirá toros de verdad para demostrar que está dispuesto a seguir mandando, y se jugará la vida para triunfar y dejar patente que, después de él, naide. La historia del toreo está plagada de héroes que un día aceptaron el reto y confirmaron su hegemonía.

Pues, pongamos que Enrique Ponce es una gran figura del toreo, pero, en lugar de seguir el camino de la lógica, decide venir a Madrid con una corrida de ruina, apropiada para una plaza de pueblo. Además, tiene la mala suerte de que los toros resultan inválidos o borrachos, y la supuesta gesta se convierte en un fracaso estrepitoso de la gran figura, poniéndonos en que lo sea.

¿Una tomadura de pelo? ¿Una falta de respeto? Ponce tiene cara de buen chico y persona educada; su problema es que torea en una época en que los taurinos han perdido el respeto a la Fiesta y, por añadidura, a Madrid, primera plaza del mundo, dicen, lo que es mentira, porque, de serlo, a ver si Ponce y toda la torería andante se atreverían a protagonizar un fiasco como el de ayer.

¡Qué vergüenza, señores, qué toros tan mal presentados, moribundos, tullidos y descastados se lidiaron ayer en Madrid! ¡Qué triste que una figura, pongamos que lo sea se preste a tamaña caricatura de la fiesta brava! Pero Ponce sabe que así no se puede venir a Madrid, que su gesto no es propio de figura, y que esta plaza requiere un respeto de los toreros ya que no es capaz de ganárselo por sí misma.

La corrida fue un desastre de principio a fin, y toda ella transcurrió entre el aburrimiento de unos y las protestas del resto. ¿Inválidos o borrachos? Se habla con pasmosa facilidad de invalidez, pero, ¿inválido de qué un animal en la flor de la vida, salvaje y poderoso? Tal vez, mejor borrachos. Pero, ¿se atrevería alguien a darles de beber vino peleón, pongamos por caso, para disminuir su potencia? Seguro que no. O, al menos, no se puede asegurar sin un análisis que lo demuestre.

Como no hubo toros, ni hubo lidia ni nada que se le pareciera al arte de torear. Ponce naufragó como un torero vulgar, a quien no le perdonaron que se presentara en Madrid con tan impresentable corrida. Ferrera pasó un rato que nunca olvidará. Se empeñó en banderillear a dos inválidos y la gente se lo recriminó con energía. Encima, no hizo nada a derechas, ni con los garapullos, ni con la muleta ni con el estoque. Un horror.

Javier Valverde vino a confirmar la alternativa en un cartel de lujo y se encontró con la tarde más negra que nunca pudo imaginar. Estuvo muy voluntarioso en su primero, y aunque algunos pases resultaron limpios carecieron de la más mínima emoción. Se estiró en hondas verónicas en el sexto y se esforzó en el tercio final. Aunque la tarde estaba muy cuesta arriba, demostró que tiene valor, que no se arredra ante las dificultades, y se ganó el favor del público con una labor voluntariosa y muy responsable.

En la plaza quedó el triste eco de una frase repetida por gran parte de los tendidos y que resumía lo ocurrido: "Manos arriba, esto es un atraco".


ABC. ZABALA DE LA SERNACrónica imposible de una corrida enferma

Decíamos ayer: Madrid, grave y en la UVI. Y así sigue, porque la corrida de Alcurrucén ha empeorado la situación con su comportamiento manso y descastado y, sobre todo, blando, como enfermizo. No se sabe a ciencia cierta en qué orden enumerarlo, que va primero si la condición de desbravada o la de insalubre. O sencillamente enferma de mansedumbre. Nada respondía a unos toros que embestirán mejor o peor, pero que habitualmente se mueven. Los alcurrucenes acabaron con la paciencia de un público que al quinto se levantó en armas y blandía pancartas -«¡qué vergüenza!»- y pañuelos, y se desgañitaba contra un presidente que mantenía impasible el ademán.

Imposible la crónica, que ojalá fuese rosa, con tanto rostro en los tendidos, sonrisas que se marchitaban con el transcurrir de las horas; se mustiaban los claveles, las chaquetas se arrugaban por el sudor, como los ceños por la mala leche.

La confirmación de Javier Valverde parecía destinada a una escombrera. Pero el joven salmantino superó las adversas circunstancias con una actitud reconcentrada y firme con el último toro, el que más sirvió, dentro de un orden. Valverde, que de novillero ha funcionado por donde ha pisado, se estiró a la verónica con fibra y determinación, a pesar de que la tarde pesaba como una losa. Y mantuvo el pulso e impuso la valentía sobre un enemigo que se paraba en mitad de las suertes. Se arrimó, pisó terrenos comprometidos y aguantó los frenazos y las miradas.

La faena de la confirmación se había confeccionado sobre el comportamiento flojo y noblote, sin atisbos de casta. El toricantano salmantino no se descentró y convalidó el título de matador con el de enfermero. Lo mejor, el volapié, en corto y por derecho. La espada se hundió arriba, pelín trasera, por lo que tuvo que descabellar.

Ponce pasó de puntillas con semejante material. En el principio de faena, para quitar al animal de las tablas, donde acudió a brindar, contuvo uns muletazos por bajo de una estética consumada, como quien no quiere la cosa. Tras el ofrecimiento, que sería más por detallista con aquel caballero de la barrera que por posibilidades de lucimiento, se fue a los medios con muletazos del mismo corte, muy toreros. Fue todo, que el toro miraba al tendido a la salida de cada muletazo, a su aire, como buscando a uno que yo me sé. (Este tipo de frase suele provocar al día siguiente una serie de llamadas que preguntan por el susodicho, algunas por curiosidad y otras por si acaso). Ponce estuvo fácil, y resolvió con una estocada desprendida. El valenciano exprimió al cuarto, voluminoso y estrecho de sienes, que era una tora tonta. Sacó de donde no había en una labor tozuda y larga, y estuvo breve con los aceros. Se le vio sobrado, algo que precisamente no transmite Antonio Ferrera. El tercero se tronchó las lumbares y la espalda en los lances de recibo y quedó descoordinado. Aquí sí que no hubo otra que devolverlo, una lástima, porque había embestido con chispa a los vuelos. El sobrero, en cuanto pegó cuatro carreras, se desfondó y blandeó, para no perder la tónica. El extremeño apenas anotó en su balance unas verónicas y una media arrebujada a la cadera. Nada más. Ni siquiera con las banderillas, que usó con ventajas, clavando siempre a cara pasada. Intentó matar por dos veces sin éxito al manso en la suerte natural; a la tercera, en la suerte contraria, atinó. Como si los viejos fuesen tontos. El quinto arrastraba los cuartos traseros como un fantasma las cadenas. Encendió la mecha de la rebelión contra el palco, no sin razón. Buen petardo el de los ganaderos.


Diario de Sevilla. LUIS NIETO. Pinchazo ganadero y sublevación de la plaza

La expectación fue de los días grandes. Cartel de no hay billetes. Apretón de famosos en barreras y callejón. De esos que no aparecen nunca en una plaza como aficionados. De esos que se matan por dejarse ver en los grandes eventos y sólo, únicamente, en los grandes eventos. No es el caso del jugador de fútbol Raúl, buen aficionado y amigo íntimo de Enrique Ponce, que siguió atentamente, desde entrebarreras, los pormenores de la lidia. Desde ahí, el capitán de la selección española, vivió el fiasco de una corrida de expectación que acabó en una plúmbea y pésima función. Y también pudo comprobar los caprichos de un público con manga ancha el día anterior con Joselito y que fue a reventar al valenciano. Y, al igual que el resto del personal, se merendó un encierro de Alcurrucén, con un sobrero de Hermanos Lozano, blando, escaso de casta y en general de mal juego; a excepción del que cerró plaza. Toros de encaste Núñez, fríos en los primeros tercios, pero que no rompieron tampoco en la muleta, a excepción del sexto.

Escandaloso, negro, marcado con el número 227, de 527 kilos, fue el toro de la confirmación de Valverde. Justo en todo, incluidas sus fuerzas y casta, el toro, manejable, no llegó a descolgar en la muleta. El diestro se hinchó de dar pases por ambos lados, sin que su labor consiguiera color. Manejó la muleta con la misma frialdad con la que embistió el toro. Mató de un estoconazo.

Javier Valverde lanceó con brío al que cerró plaza. Un colorado serio, manejable. El diestro levantó el ánimo de los espectadores con un buen comienzo de faena por el pitón derecho. Serie con firmeza con la zurda. Y con la derecha, nuevamente, sacó buenos y mandones muletazos. Cerró su labor, seria y enrazada, con unos ayudados de categoría y un abaniqueo. Muy bien por la voluntad, aunque faltó reposo a la faena. Tras pinchazo y estocada fue ovacionado.

Enrique Ponce se encontró con un ambiente hostil. Desde el inicio de la faena al colorado segundo, un astado justo de casta y muy distraído, le protestaron todo cuanto hacía. La faena, con un comienzo deslumbrante en frescura, improvisación y estética, se vino abajo en cuanto se rajó el animal. La labor por ambos pitones, con un cornúpeta bien armado y deslucido, careció de ligazón y emoción.

El colorado, bragado y girón, que hizo cuarto, estaba cogido con alfileres ¿Qué sucedió entonces? Faena muy larga, con empacho de muletazos de Ponce a media altura. Labor de enfermero. Labor inteligente, pulcra, de temple. Pero al fin y al cabo faltó toro. Al menos, el toro que se precisa para triunfar en Madrid. Con retraso, escuchó un aviso tras una estocada y un descabello.

Antonio Ferrera venía machacado de un palizón que sufrió el pasado domingo en la plaza francesa de Floirac. Tiene mérito el pacense. Con las cervicales todavía machacadas ahí estaba, puntualmente. Su primero, un colorado muy serio, sufrió un calambre en uno de los lances de salida y al revolverse se desencuadernó. Devolución. En su lugar, saltó un castaño, con el hierro de Hermanos Lozano, cinqueño y feote. Suelto en varas; no aguantó que le bajara la mano. El extremeño ganó terreno a la verónica. Banderilleó con suficiencia, pero sin apreturas. Y en la muleta, con escasas posibilidades de lucimiento, lo llevó a media altura para que no se le cayera.

Con el quinto, con todo en contra, el público se levantó. Gritos con el consabido "¡Fuera del palco!...e¡fuera del palco!", cuando el presidente, Juan Lamarca, cambió el tercio en medio de una sonora bronca. A Ferrera, voluntarioso en banderillas y con la muleta, no se le tuvo en cuenta, en medio de gritos y más gritos como "¡Manos arriba, esto es un atraco!".

Fuera o no un atraco, el público se sublevó en una tarde en la que fallaron los toros de los empresarios de Las Ventas, los hermanos Lozano