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12ª de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del miércoles, 21 de mayo de 2003
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Corrida de toros
Ganadería: Toros de Cortés
(4º y 5º) -otros dos fueron rechazados en el reconocimiento-, el
primero fue devuelto por inválido y el otro, de la misma condición; el
sobrero, de El Torreón, bien presentado y mansurrón. Y cuatro toros de Concha
Sierra, -otros cuatro fueron previamente rechazados-, justos de
presentación, blandos y nobles.
Diestros:
- Joselito, bajonazo
-aviso- (ovación); estocada perdiendo la muleta (gran ovación).
- Caballero, dos
pinchazos y casi entera (silencio); pinchazo, estocada, un
descabello y el toro se echa (silencio).
- Iván García,
estocada caída (silencio); pinchazo y media caída (silencio).
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa: El
País, ABC
El País.
Antonio Lorca. Fugaz
Joselito
Joselito sorprendió a todos cuando, tras pedir permiso al
presidente, se dirigió en su primer toro al centro del ruedo con
andares jacarandosos y brindó a la concurrencia. ¡Éste no es mi
Joselito, que me lo han cambiado, ole!, decía el vecino de localidad,
mientras la mayoría de la plaza le dedicaba una atronadora ovación.
Desde el mismo anillo del ruedo citó al toro para dar unos
estatuarios con las zapatillas asentadas; siguió con un pase de la
firma y un ligado de pecho, una garbosa trincherilla y otro de pecho que
vino a cerrar un inicio artístico y pinturero. Joselito sonreía, se le
veía feliz. La gente lo miraba y no se lo creía. Lo cierto es que tomó
la mano derecha, se alejó del toro y trazó cuatro redondos a cámara
lenta; después, con la zurda, una tanda larguísima y honda en la que
el torero se regodeó como en sus mejores tiempos. Pero el animal se
apagó y la faena continuó en tono menor, culminada con un bajonazo
impropio de matador tan certero. La faena resultó bien trazada, pero le
faltó emoción; algunos pasajes convencieron, pero no entusiasmaron. La
razón hay que buscarla en el toro: justo de presencia, cómodo de
cabeza, nobilísimo y con las fuerzas muy justas. Faltó la emoción de
la casta porque fue un toro de hoy para una figura de hoy.
En el cuarto salió dispuesto a refrendar lo ya realizado. Pero el
sobrero salió rana: de embestida descompuesta, no permitió estar
delante con tranquilidad. Joselito recibió con lances rodilla en tierra
y tomó la muleta con la mejor disposición. Lo intentó por ambos
lados, cambió varias veces de terreno, y el toro, rebrincado, derrotaba
y le enganchaba la franela. Pasó el tiempo y el torero no consiguió
hacerse con la embestida. Al final ganó el toro; es decir, todo
transcurrió en tono menor, sin la eficacia de otro tiempo pasado. Mató
de una estocada caída y muchos espectadores pidieron la oreja. Eso no
está bien, porque queda demasiado claro que o se es un forofo de
bufanda y bandera o de esta historia no se sabe absolutamente nada.
Valga, sin embargo, la nueva y fugaz imagen que quiso dar Joselito, que
no pudo o no supo confirmar en ninguno de sus toros.
Caballero, sin embargo, no sonrió en ningún momento. Por el
contrario, se mostró triste y desangelado, como un alma en pena. Ni un
pase en los dos toros; todo un récord. En el primero, blando y
descastado, se colocó siempre mal y toda su tauromaquia la basó en
tirones, enganches y desarmes. En el otro, un inválido absoluto, estuvo
sin estar en él. En resumen, así no se debe venir a Madrid.
Y al más joven se le notan el ímpetu. Debe asentarse porque el
toreo no es conducir un fórmula 1. Y como si estuviera al
volante toreó a su primero, acelerado, eléctrico, y como enseñan a
torear a los toreros de hoy: despegado, al hilo del pitón y con la
muleta retrasada. Salió con las mismas ganas en el sexto. Lo recibió
con garbosos capotazos rodilla en tierra que remató con una larga
cambiada. Lo banderilleó, como a su primero, con facilidad y escasa
ortodoxia, y, muleta en mano, porfió ante un toro que se negó a
embestir porque no podía con su alma. El que embistió fue el otro, y
no lo toreó.
ABC. ZABALA DE LA
SERNA. Madrid, grave y en la UVI
Lástima de Madrid, grave y en la UVI, víctima
del mal que se extiende implacable: el pasotismo. De autoridades,
ganaderos, empresa y público feriante. En veintiocho tardes caben en
Las Ventas veintiocho plazas distintas: los vecinos de localidad rotan y
se turnan, rara vez repiten. Pero no deberían cambiar los criterios, el
rigor y la seriedad. Ni de los señores Lozano ni de los equipos
veterinarios y presidenciales. O de los criterios presidenciales a
secas, que, al fin y a la postre, suya es la última palabra. Los tres
primeros toros, sin cara, no respetaban la categoría de Madrid,
terciado uno, un zambombo otro y un gato el tercero. Un parche
indecoroso para remendar una corrida de Victoriano del Río que se
evaporó por arte de magia. Otro éxito: presentó cuatro toros, fueron
rechazados dos, uno fue devuelto en el ruedo y el otro se caía,
blandeaba, no podía con su vida ni con sus kilos.
El carácter de la plaza varía según las tardes. Hace dos días se
abrasó a unos novilleros y ayer se aplaudía todo a la figura. La
figura, Joselito, derrochó animosidad, lo cual no es poco para su carácter
y muy poco para una figura. Esa animosidad la valoró el público en el
aplausómetro con enormes ovaciones, sin reparar en que con un toro de
Puerta Grande de El Torreón, un toro bravo, pronto y alegre, José no
paró de pajarear. La faena transcurrió al ritmo que marcó el
colorado, bizco y bien armado cuarto bis, que se arrancaba a la muleta
con una especie de «allá voy». No existieron la ligazón, ni el
mando, ni la quietud, ni, por supuesto, la hondura. Es más: se
sucedieron enganchones, destemplados pases, carreritas por aquí,
carreritas por allá. Daba igual. Los tendidos habían principiado a
batir las palmas desde el mismo momento en que se lo sacó a los medios
y no cesaron hasta la muerte del toro, que embistió y embistió, con la
única duda de saber a ciencia cierta si descolgaba hasta el final de
los muletazos. Todavía pidieron la oreja por un buen espadazo perdiendo
el engaño en el embroque. Una pañolada de cualquier otra plaza menos
de Madrid. Pobre Madrid.
Joselito sí ligó con el terciado castaño, sin seriedad ni por
delante ni por detrás, que abrió plaza y que se abría mucho,
sueltecito, en lances y pases, o sea que permitía estar muy a gusto. Un
prólogo de faena por alto, que desembocó en unos toreros muletazos por
bajo, lo más añejo de la tarde, precedió a una serie por cada pitón,
muy asentado. Después la cosa se fue apagando, a la par que las
embestidas, cuando había que tirar más. A pies juntos, al natural,
solucionó la situación, de frente. La muy baja colocación del acero
enfrió unos ánimos que se habían distanciado poco a poco. Saludó
desde el tercio. Buen lote el suyo, el mejor una tarde «light» y
superficial.
Manuel Caballero estuvo como sonámbulo y espeso con un zambombo
amorfo de Concha y Sierra, mortecino de movimientos, más o menos como
el más serio quinto, que se ahogaba en sus kilos y en sus carencias físicas.
Iván García se enfrentó a un churro, de menor trapío a cualquiera
de los utreros de Fuente Ymbro del otro día. García se mostró
desangelado, con un toreo sordomudo. El toro se metía por dentro por el
pitón derecho y se vencía descaradamente por el izquierdo. No hubo
chispa ni en banderillas. Nada del otro mundo el animalito; nada del
otro jueves el torero. Uno por otro igual a cero. El sexto manseó y se
rajó sin posibilidad de lucimiento. Y el «7» que hizo ayer mutis por
el foro...
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