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PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del jueves, 19 de junio de 2003
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Samuel
Flores, muy bien presentados aunque desiguales de tipo.
Diestros:
Entrada: media entrada.
Crónicas de la prensa: El
País, ABC
El País.
MA. CUADRADO.
Qué Beneficencia más
pobre
Cuánto calor, mansurronería y toros de poca casta, en la última
corrida de Beneficencia madrileña. Aquello fue un muestrario, o dígase
manual, de cómo aburrirse una tarde de fiesta brava, y compréndase el
decir, a no ser porque afición tiene uno para inventar de nuevo la
fiesta. Y vamos al toro, que es lo que cuenta.
Enrique Ponce a su primero le procuró una faena que no acabó de
suceder, ni mucho menos de cuajar, entre la sosería del noble bruto y
la frialdad del torero de Chiva, que se empleó lo justo por ambos
pitones, sin terminar de cruzarse ni de rematar hacia los adentros.
Trincherillas, ayudados y suaves muletazos sin molestar, pusieron epílogo
a una labor menor y sin relieve.
En el cuarto Ponce nos pareció más animado y dispuesto a que la
tarde no se le fuera en vano. Y montó la muleta, se fue a terrenos de
sol, en donde tenía cerrado y preparado el toro, a merced de su técnica
reconocida, un oficio que no logró hacer de buena ley al manso, soso y
tímido burel de buena planta y motor a punto de caducar. Y vaya si lo
intentó Ponce.
A José Pacheco, El Califa, se le esperaba, y los primeros olés
en cuanto se paró con el capote en su primero dieron fe de que estaban
con el torero. Pero todo terminó por quedarse en esas primeras
salutaciones a dos buenas verónicas y una media de manos bajas. El
cornalón de Samuel Flores era de condición inválida, y no dejó a El
Califa ni recitar unos amables versillos de consuelo muleta en mano.
Tuvo un quinto toro manejable el torero de Xátiva, con el cual debería
haber demostrado su pundonor, ganas y saber, y sin embargo se vino abajo
inexplicablemente. Jamás encontró el sitio ni el momento, torpe y en
un limbo raro como estuvo.
Uceda Leal en su primero tras una bella faena, con aromas de torería,
temple y gusto a partes iguales, tendría que escribir un montón de
veces en la pizarra de un castigo imaginario, "soy muy malo con el
descabello". Pues mandó casi a la nada esos derechazos templados y
relacionados, los pases de pecho de pitón a rabo, los chispazos de arte
ante ése su primero de fuerzas justas y lenta embestida.
El inválido sexto nos aguó el guateque a todos. Primero al
estilista torero de Usera, y luego al público en general y muy
especialmente a la afición, siempre a la espera de naturales templados,
verónicas hondas y, por encima de cualquier cosa, ese afán legítimo
del toro bravo. Uceda Leal planteó bien una faena inverosímil, ante un
dechado de mansedumbre, blandura y desasosiego. La elegancia siempre por
delante, buenas maneras y un sentido del toreo clásico.
Eso fue todo lo que dio de sí la corrida que se supone es la más
importante del orbe taurino y olé. Pero olvidémonos del pesimismo y
recemos porque la próxima salgamos toreando y dando gritos de emoción.
ABC. ZABALA DE LA
SERNA. Una buena faena de Uceda Leal
Tantas flores en las barreras, en las gradas, en las banderillas, y
los toros de Flores salen pacíficos, claro, ofreciendo claveles a las
espadas como si fuesen fusiles. Don Samuel presentó una señora
corrida, rematada y tan armada por fuera como desarmada por dentro; el
irreprochable trapío no se correspondía con su almas pías e
inocentonas, sositas, huidizas de caballos, petos y varas. Las
Ventas, vestida de gala, un poco amariconada, se quedó compuesta y sin
novio, aunque Uceda Leal la cortejó con una buena faena que se perdió
por el descabello, que no deja de ser una ordinariez de matarifes.
Perder una oreja de ley con el verduguillo no impide la perspectiva de
un toreo de lujo y ralentizado que fundamentó una obra creciente, básicamente
diestra, que era el pitón fetén.
Tras una primera fase de la lidia con el toro a su aire, suelto de
capotes, Uceda lo centró en la muleta, hasta los medios, donde un pase
de pecho soberano -sensacionales todos a lo largo y ancho de su
quehacer- despidió el prólogo. La derecha obligó en un principio
demasiado, y el samuel perdió las manos, para recuperarse en un par de
rendondos y un obligado pectoral que sentaron las bases del edificio, de
las series siguientes, tan asentadas, tan en el sitio y ligadas, tan
bellas y sobradas de clase. ¡Y qué despacio! Una trinchera se intercaló
como una nota empacada; en el breve paso al natural la embestida no se
acoplaba igual, y la faena atacó los últimos compases a un son caro,
con unos derechazos esbeltos, más erguida la elegante figura, elevada
al cubo la categoría, la flexibilidad de la rímica cintura. Los
tendidos bulleron como no se repetiría en toda la tarde, incluso Ruiz
Gallardón centró la atención en el ruedo. El broche a dos
manos, dos ayudados por alto, codilleros -no se entienden de otra
manera-, otro por bajo, un cambio de mano, preparó los pañuelos, que
se agitaban en los bolsillos después del volapié. Pero la estocada,
arriba, se atravesó sin muerte, un tanto escupida en cada movimiento.
Uceda se precipitó con el descabello; los moqueros se apaciguaron en
cada golpe fallido, con un ay suspirado; el trofeo se diluía, se diluyó
de hecho, con el desencanto de la mayoría, que normalmente borra todo
recuerdo en cuanto no hay orejas y se siente frustrada. La faena de José
Ignacio Uceda Leal no fue para frustraciones y sí para guardar en el
paladar de la memoria y los paladares. No se ve torear tan bien hoy en día.
La cosa no dio para mucho más. El sexto deslució todo y más, sin celo
y sin emplearse nunca; Uceda mantuvo un tono digno que refrendó de otro
volapié cabal, esta vez eficaz, que manda bemoles.
De uñas
A Enrique Ponce, como siempre, se le esperaba de uñas en este
Madrid otrora señorial, que la exigencia no se confundía con la
intransigencia de cuatro voces a destiempo de unos reventadores que,
como Llamazares, quieren gobernar la mayoría con un siete por ciento de
los votos... El valenciano, por otra parte, tampoco forzó máquinas,
aunque en el toro que rompió plaza apuró la faena con ese afán suyo
por remontar técnicamente cualquier situación. No humilló el enemigo,
mansón; Ponce lo sobó y encontró el punto en tres derechazos ligados
y en unos muletazos muy toreros hacia los adentros. El exceso de labor
hizo que luego le costase cuadrarlo para la suerte suprema y acarreó el
aviso. No remontó con el cuarto, altote de agujas, que punteaba los
engaños a pesar del castigo en el caballo, nada desdeñable. Una fase
preliminar de nota antecedió a una faena discreta.
El Califa no se encontró con el temple ni se sintió a gusto con su
lote en momento alguno. Uno, flojo en exceso pero muy noble, perdía las
manos en cada tirón, en cada pase; ante el otro, el inmenso quinto, se
desperdigó en una obra sin unidad de terrenos y muy tropezada.
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