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4ª de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del martes, 13 de mayo de 2003
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Corrida de toros
Ganadería: Toros de Sepúlveda
uno de Navalrosal, lidiado en tercer lugar como sobrero, y otro de
Palomo Linares, sexto bis, complicados.
Diestros:
Entrada: más de tres cuartos de entrada.
Crónicas de la prensa: El
País.
El País.
Antonio Lorca. La
oreja o la vida
Serafín Marín llegó a Madrid dispuesto a dejarse matar antes de
que se le escapara el triunfo.Y se jugó la vida sin cuento, con un
valor seco que daba miedo. Y triunfó. Arrancó una oreja de oro puro a
un toro astifino, manso y peligrosísimo de Palomo Linares, -el maestro
puede ir pensando en cambiar de ocupación-, sorteó con impasible
frialdad las oleadas del burel con las zapatillas asentadas en la arena,
asustó al público, sometió con autoridad al toro e, incluso, le robó
unos derechazos muy estimables. Y el manso no era mentiroso: de salida
se coló hasta el punto que quitarle limpiamente el capote, huyó de los
caballos, persiguió a la cuadrilla en banderillas, y llegó a la muleta
engallado y queriendo imponer su ley. Pero, amigo, se encontró con un
chaval de Montcada que quiere ser torero y que le plantó cara de qué
manera. Se equivocó, quizá, al no doblarlo por bajo, pero le puso la
tela en la cara, se cruzó como mandan los cánones y la que se impuso
fue la ley del valor serio y cabal. La gente se emocionó porque la cosa
no era para menos, y elevó a los altares a quien vino dispuesto a
dejarse la vida para triunfar.
De todos modos, el triunfo indiscutible de Marín no puede hacer
olvidar la insufrible corrida de Sepúlveda.
Si se es bien pensado, se puede concluir que hubo un error en el
embarque. Estos toros eran los bueyes para la próxima romería
salmantina y no la corrida para Madrid. Una confusión la tiene
cualquiera.
Claro que puede ser que no hubiera error y, entonces, el asunto es más
grave. Entonces, es un fraude porque te venden una corrida de toros,
-bravos, se entiende-, y te ofrecen una bueyada. La gente se aburre y
aplaude a la banda de música, que es señal inequívoca de que el sopor
se ha apoderado de la plaza.
Los toros de ayer no eran toros, sino un sucedáneo degenerado de lo
que en su día dicen que fue un animal poderoso. Lo de ayer fue una vergüenza.
La suerte de los taurinos es que la afición está desaparecida en
combate, y los pocos que pretenden preservar la esencia perdida son
tachados de alborotadores, cuando no de borrachos. Y así nos luce el
pelo: toros inválidos, descastados, sosos y de mala clase. Bueyes, y,
encima, con ideas perversas. El colmo.
Con suerte tan negra se encontraron tres jóvenes que atesoran buenas
maneras, pero que sólo pudieron apuntar detalles, bien es cierto que de
calidad.
De Julia es torero de corte artista y un fino estilista, y así lo
esbozó cuando las circunstancias se lo permitieron. Un poco pesado, eso
sí, ante su moribundo primero, y descorazonado ante el parado cuarto,
que, en lugar de embestir, topada. Iván Vicente también maneja con
soltura los engaños. Se dejó ir a su primero, el de más movilidad, al
que no consiguió doblegar, y trazó buenos muletazos ante el inválido
quinto. Y Marín quitó por gaoneras ceñidísimas, aguantó lo
inaguantable ante el deslucido tercero, y, lo dicho, se jugó la vida en
el sexto: la oreja o la vida.
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