GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

1ª de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS

Tarde del sábado, 10 de mayo de 2003
Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA
Corrida de toros

Ganadería: Toros de Celestino Cuadri, bien presentados y con cuajo, bravos y de desigual comportamiento; noble el segundo, encastado el quinto y parados el resto.

Diestros: 

  • Frascuelo, dos pinchazos, casi entera contraria, tres descabellos y el toro se echa (algunos pitos); pinchazo y un descabello (pitos); en el quinto, cinco pinchazos (bronca).
  • El Cid, pinchazo, estocada trasera, tres descabellos -aviso- y el toro se echa (silencio). Resultó cogido en el quinto. Contusión con hematoma en el muslo izquierdo. Pronóstico reservado. 
  • Javier Castaño,  estocada que hace guardia, un pinchazo, un descabello y el toro se echa (silencio); dos pinchazos (ovación).

Entrada: casi lleno.

Crónicas de la prensa: El País, El Mundo, ABC


El País. Antonio Lorca. Mala suerte

El Cid es un caso de auténtica mala suerte. Cuando no es la espada la que emborrona una faena vibrante es el toro el que mancha de sangre el vestido de torear. Si ayer, la suerte no la tuvo como aliada. Resultó cogido por el quinto, un toro grande y serio de cinco años y medio, que fue manso de salida, derribó con estrépito en varas y llegó pronto a la muleta. Aunque lo desarmó al primer muletazo, se presagiaba faena por la disposición del torero y la supuesta boyantía del toro. Pero la alegría dura poco en la casa del pobre. Se echó la muleta a la zurda y el toro lo prendió al tercer embite por el muslo izquierdo. El Cid quiso quedarse en el ruedo, pero las asistencias lo convencieron para trasladarlo a la enfermería.

Mala suerte la de este Cid de buenas maneras, muy torero en su primero, pero no en el plan de figura al que aspira. Le tocó el más noble de la corrida y su faena fue de más a menos. La inició con tres naturales largos, plenos de plasticidad, pero siguió con rectificaciones después de cada pase y se esfumó la esperanza.

Frascuelo también sufrió lo suyo, aunque afortunadamente, salió indemne de la plaza.

Cuando se rompió el paseíllo, unos tímidos aplausos obligaron a saludar desde el burladero al torero madrileño tan querido en esta plaza. Y cuando se arrastraron sus toros, las cañas se volvieron lanzas y fue pitado hasta el sonrojo. Ya lo decía uno: "Los aplausos, al final". Qué razón tenía. Al final, si es que te haces merecedor de ellos. Y Frascuelo, ayer, no tuvo su tarde. Que tampoco será fácil torear cuatro días al año y tener el día bueno la tarde de marras.

Y Frascuelo no la tuvo. Tampoco es que le ayudaran mucho sus hombres. Lo cierto es que recibió al primero con dos verónicas hondas y una media muy sentida. Pero todo se rompió en banderillas. Y tardará mucho tiempo en conocerse los motivos. El primer par, bien, pero el segundo, Dios mío, el tercero, el cuarto, y así, hasta perder la cuenta. Desorden, precaución, pasadas en falso... Una desconfianza inexplicable -bueno, inexplicable desde el tendido, que nadie sabe las fatiguitas que tiene que pasar más de uno para llevar un sueldo a casa- que acabó con bronca al presidente por cambiar el tercio para dar por finalizado el sufrimiento del subalterno.

Pero ya nada fue igual. El semblante de Frascuelo delataba su desesperación. Y la expresó como mejor supo: con desconfianza y sin plantarle cara a un toro incierto. El panorama cambió por completo en el cuarto, pero Frascuelo seguía con el mismo desánimo. El Andujano sacó pecho ante un toro alegre y descastado y colocó dos magníficos pares de banderillas, que pusieron la plaza en pie. El animal embestía la muleta con los problemas propios de la casta y Frascuelo no estaba para compromisos tan serios. Despegado y acelerado, a la defensiva siempre, fue desbordado en todo momento. Se demostró, en suma, que torear poco se nota cuando un toro tiene mucho que torear. La bronca llegó en el quinto, al que mató tras la cogida de El Cid, y lo hizo de manera irrespetuosa y poco ortodoxa. Bueno, el heterodoxo fue el puntillero, que se la ganó de órdago el hombre. Y Castaño, valiente como un león, se la jugó con los más feos. En su primero, muy parado, se metió entre los pitones y a punto estuvo de llevarse un disgusto. En el otro, volvió a jugársela con capote y muleta, pero el animal se resistió a embestir tras los primeros compases.


El Mundo. JAVIER VILLAN. El Cid, la primera sangre

El primer festejo de San Isidro, la que dice ser y llamarse feria más importante del mundo, transcurría de forma insípida y no demasiado desapacible. Hasta que salió el quinto, un cinqueño manso y reservón que se hizo el amo. El áspero y torvo cuadri estuvo a punto de cornear a El Cid en un primer intento, pero un quiebro oportuno y raudo del matador le salvó del percance.Luego, el resentido y turbio animal derribó a un caballo y, por más que le coleaban, no quería soltar la presa, pero la soltó.

Peor suerte tendría poco después Manuel Jesús, El Cid, quien, inseguro y destemplado, había perdido los papeles. Al iniciar la faena de muleta, el cuadri, bronco, le pegó la cornada. Se levantó sin sangre Manuel Jesús, mas se veía que, pese a su voluntad y a la ausencia de destrozos en el vestido, iba herido: el torero había basculado sobre el pitón en un viaje interminable. Cuando quiso recobrarse, se le doblaron las piernas y cayó en brazos de los subalternos. La agresividad torva del poderoso toro de Cuadri, yo creo que no merecía los aplausos que le dedicaron en el arrastre. En definitiva, era un toro con instintos criminales, nada bravo y con un genio más que discutible. Lo cual tampoco justifica la deficiente actuación de El Cid.

El Cid, esta vez, para perder la oreja no necesitó matar mal como otras veces; o descabellar horriblemente mal, que lo hizo en el segundo. Esta tarde El Cid empezó a perder la oreja que el segundo cuadri le ofrecía generosamente, tras la segunda tanda de naturales, que fue tan templada y despaciosa como la primera. Todo quedó en un espejismo, en una ensoñación de los sentidos, pues luego no hubo apenas nada. Nada por la derecha y un descenso vertiginoso a los abismos cuando intentó recobrar el son del buen pitón izquierdo. Lo peor no fue no haber ganado la oreja sino la cornada, cuyo alcance, media hora después del accidente, aún no se conoce.

La actuación ayer del torero más antiguo del escalafón, torero de Madrid que Las Ventas lleva en las entretelas de su corazón, puede ser síntoma y premonición de lo que va a ocurrir muchas tardes en Las Ventas del Espíritu Santo: rigor, exigencia y conflictos con el palco cuando las circunstancias no sean propicias. Y también respeto. Hubo expectación cuando trazó la verónica y el esbozo de natural; y cierta repulsa cuando la afición comprobó su impotencia en el cuarto, máxime cuando el primero se le había ido sin catar sus virtudes.

El desbarajuste en el que mató mientras atendían a El Cid en la enfermería, fue un aspecto de la horrible lidia que se le dio a este toro y de su escasez de facultades: como matador y como director de lidia. La verdad es que hubo otra lidia parecida en sus insuficiencias a la de este quinto y fue la del primero citado, que puso pavor en los banderilleros, incapaces de entrar en los terrenos del toro y de clavar un par. La presidencia estuvo bien al exigir cuatro palos sobre el morrillo, mas tuvo que desistir o aquello hubiera sido eterno.

Javier Castaño, tragón, terco, rocoso y pedernal ante las miradas de sus toros, torvos ambos y con pocas fuerzas el primero. Las amenazas eran de distinta condición; unas eran las insidias defensivas de un cojo y otras, la venganza de un manso resentido. Harto de las impertinencias de Castaño, su primero le tiró un viaje y le rompió el vestido allí donde la espalda pierde su honesto nombre; o sea, en el culo. Por más que se jugara la cornada, podría muy bien concluirse esta crónica con una cita del Tenorio, aplicable a Castaño y a los cuadris: «Imposible lo hais dejado/ para vos y para mí». 


ABC. ZABALA DE LA SERNA.  Cuadri, la ley del toro

La ley del toro se impuso en el ruedo. Del toro de Cuadri, que trajo una corrida imponente que se creció a lo largo y ancho de la tarde hasta hacerse dueña de la misma. Salió el toro-toro, con su casta y su cuajo, con sus problemas y dificultades. El personal no valoró la cosa en su justa medida: mucho abono cedido, mucho isidro.

Apareció el quinto en la arena. Cinqueño, largo como un mercancías, 608 kilos. Andando, al paso, midió el ruedo y tomó posiciones en los medios, emplazado. La cuadrilla lo citaba precavida, sin pasar de la raya exterior de picar: manda bemoles que al final tuviese que acudir el matador hasta la zona de combate. El arreón estaba previsto en el guión, pero no se esperaba que El Cid se presentase tan encogido y agarrotado, a merced, sin sacar los brazos. Las oleadas le apretaron hacia los adentros como un ataque de Tyson contra las cuerdas, hasta hacerle perder pie. Se libró por los pelos. Recuperado el aliento, se asentó a la verónica, y el toro rompió hacia delante. La lidia continuó caótica, como en general sucedió en la corrida inaugural de la isidrada. Ni el público ni los profesionales están acostumbrados al toro-toro. El Cid lo puso las dos veces cruzado en el caballo. Derribó el cuadri en el primer encuentro, con poder, y sobraron capotazos en general.

Muleta en mano, un desarme nada más empezar volvió a dejar al matador de Salteras desnudo de armamento. Había mucho que torear, había codicia, casta. El Cid le presentó el engaño, sobre la izquierda, con timidez, sin dejársela en el hocico, temeroso, quizá, que aquello empezase a embestir como se preveía. De uno en uno, y el toro que se desplazaba y el torero que ya parecía que se confiaba. Pero en el remate de la serie vino la voltereta. Lo giró sobre el pitón con violencia. La cornada hubiera sido brutal si hace carne. En aquellos momentos, daba esa impresión. Luego, en la enfermería, la cuestió, dijeron, era menor. El Cid se metió y ya no regresó.

A Frascuelo le tocó despachar a la cinqueña «criatura», quizá el mejor de los seis. Mas Frascuelo ayer libraba una lucha desigual. Mucha tela para sus 55 años, por muy fuerte que se esté. Ya ha llovido desde que confirmó con los cuadri en 1975. Hubo mitin con la espada.

Las cosas se le torcieron desde el primero de la tarde, que tuvo un punto de blandura y después se recuperó. Actuación de Torres Palacio con los palos fue infame . El toro, hasta entonces, se había dejado en el capote, tanto en el buen saludo de Frascuelo como en un saleroso quite de El Cid. Desde ahí cambió, maleado, digo yo, por tanta pasada en falso. Un sainete. El presidente se vio obligado a cambiar el tercio con sólo tres palos. Predominó la caridad sobre el Reglamento. O la sensibilidad. Pero que no sirva de precedente, porque en este caso la incapacidad era superior a la problemática del bruto.

Por encima del palitroque llevó siempre la cara, sin entregarse. Tampoco por el izquierdo, aunque por aquí presentaba menos incertidumbre. Escolar se autoprotegió con el estoque.

Muy armado fue el cuarto, como correspondía a su nombre: «Artillero», un pavo que anunciaba un combate entre púgiles de distinta categoría. Pues «Artillero» además tiraba con armamento pesado, fiero de veras. Destacó El Andujano con los rehiletes. Las balas ni siquiera las pulieron las dobladas por bajo iniciales, cuando ya principió el diestro a cortar, erróneamente, los viajes. Tragó una serie con la derecha como aceite de ricino, y luego el toro se hizo el amo, acortando las embestidas. Dura papeleta. Lo hubiera sido para cualquiera de menos edad. Incluso para muchos de esos destellantes nombres huecos de todas las ferias.

Nadie olvidó el pitón izquierdo del segundo, al que El Cid le dibujó una serie al natural de tono creciente. Una y no más en toda la faena. No se sabe por qué, no hubo engranaje, acoplamiento, alguna vez por el viento, otras por la brusquedad de la muleta.

Castaño, visto lo visto, le zurró al sexto en el caballo hasta desfondarlo. Sería para hacer lo suyo del arrimón encimista. Una pena. El tercero había sido el más feo del conjunto de Cuadri, una corridón, para lidiar y para torear de verdad.