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28ª de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del sábado, 7 de junio de 2003
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Victorino Martín,
(uno rechazado en el reconocimiento), desiguales de presentación (muy
justos 1º y 3º), blandos y mansos; nobles 2º, 4º y 5º; encastado el
6º; soso el 1º y deslucido el 3º. AL final de la corrida saludó el
mayoral de la ganadería.
Diestros:
- Esplá, pinchazo y casi
entera tendida y contraria (división de opiniones); casi entera
recibiendo -aviso- y dos descabellos (oreja).
- El Cid, bajonazo (ovación);
estocada que hace guardia (aviso) y tres descabellos (ovación).
-
Fernando Robleño,
pinchazo y estocada (ovación); cinco pinchazos (aviso) un pinchazo
y un descabello (ovación).
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa: El
País, Diario de Sevilla, ABC
El País.
Antonio Lorca. Angel
y demonio
Lo más emotivo de la tarde lo protagonizó Robleño, que demostró
que es un jabato con una espada traicionera. Pero el premio gordo de la
lotería le tocó, una vez más, a El Cid.
El Cid parece llevar con él un ángel y un demonio. El primero le
pone delante de los mejores toros; el otro, envidioso y vengativo, le
hace perder oportunidades de oro y convierte el triunfo en un
desencanto. El Cid brindó al respetable el primero de su lote a
sabiendas que desarrollaría movilidad y nobleza, como ya se había
comprobado. Pero brindó tímidamente, desde los medios y no desde el
centro del anillo, como hacen los toreros convencidos de su triunfo. Tímidamente
lo había recibido con el capote, y sólo dibujó una verónica y media.
Brindó al público, como se ha dicho, y el toro comenzó a embestir con
tanta clase y codicia como para haberle formado un auténtico lío. Esa
era la labor del ángel. El Cid tiene planta de torero artista y sus
pases son largos y hondos, pero fue brevísimo todo, casi como un
suspiro: dos redondos, tres a lo sumo, y el de pecho. Hondos y bellos,
pero con escaso sabor. La película continuó con la mano zurda: largos
naturales, dos no más, y a huir que no me aguantan las piernas. En una
de éstas el torero se quedó al descubierto y el toro le recetó una
espectacular voltereta que, por fortuna, sólo le dejó el cuerpo
dolorido. Otras dos tandas brevísimas y se prepara para matar. ¿Qué
ha pasado? Que ha dejado la miel en los labios y una duda en el
ambiente: ¿Tiene este torero capacidad para poner la plaza boca abajo?
Permanece la duda. Entra a matar y cobra un bajonazo escandaloso. Sin
duda, todo ha sido obra del demonio. Otra ocasión perdida. Otro toro
noble que se va con las orejas. En honor a la verdad, había que haberle
cortado una oreja a El Cid para que el victorino se la llevara
como trofeo. Porque el verdadero triunfador, por si no ha quedado claro,
fue el toro.
Si había duda sobre la existencia del ángel, el cuarto la disipó.
Otro bombón para El Cid. Y lo toreó a medio gas siempre, con
profundidad y con inconmensurables pases de pecho. Metió el pico alguna
vez, pero sobresalió el toreo de verdad. Fue una faena a medias, sin el
peso necesario, pero propia de un artista. Se perfila para matar y
aparece el demonio: un feo espadazo que asoma por los costillares. El
Cid necesita cuanto antes un exorcismo.
Si El Cid tiene suerte, Esplá se la busca. Al margen de sus
condiciones toreras, Esplá es un magnífico actor. Domina la escena
madrileña como nadie, y la técnica le da un magnífico resultado: ayer
le concedieron una oreja por cuatro buenos naturales y un ligado pase de
pecho, que no es que no merecieran el trofeo, pero quede constancia que
sólo fueron cuatro en el contexto de una faena larga de siete tandas
por ambas manos.
Todo ocurrió en el cuarto, un toro que llegó a la muleta sin
claridad, al que Esplá tardó una eternidad en cogerle el aire en
medios pases, siempre a merced del toro y con la muleta retrasada. Lo
vistió bien, pero era un toreo de mentira hasta que, de verdad, citó
por naturales y dibujó esos cuatro que valieron la oreja. A la
defensiva, muy vulgar, sin mando y sin orden se mostró en su primero,
que iba y venía para que un torero de su contrastada maestría hubiera
dado menos pases sin sustancia y alguno hubiera dejado para el recuerdo.
Y Fernanando Robleño se las vio con un primer toro muy violento,
corto de embestida, soso e inservible, que tiraba gañazones al aire con
intenciones nada recomendables. El torero, como siempre, muy valiente,
salió del paso con enorme dignidad. En el sexto plantó cara al destino
ante el toro mejor presentado de la tarde, encastado y violento, ante el
que dio toda una lección de arrojo y deseos de triunfo. A base de
cercanías tragó, impávido, derrotes imprevisibles y llevó la emoción
a los tendidos. Toda su meritísima faena la tiró al cubo de la basura
con un pésimo manejo de la espada. Fue una auténtica pena para quien
se jugó la vida en busca del triunfo verdadero, ante un toro que le
sacaba dos cuartas y que vendió muy cara su muerte.
Al final, saludó el mayoral de la ganadería, y el respetable se
divirtió, que no es poco, aunque no hubo puerta grande como mandaba la
lógica, ni se redimió la fiesta de los toros con esta corrida en la
que hubo de todo, aunque no invalidez ni falta de casta. Lo que sí hubo
de verdad fue un ángel y un demonio, un torero actor y un valiente
pinchauvas.
Diario
de Sevilla. LUIS
NIETO. Una vitorinada para encumbrarse
La corrida de Victorino Martín dio espectáculo.
Cuando hay toro encastado, ya salga bravo o manso, noble o con problemas
y dice aquí estoy yo, los diestros tienen que andar alerta en el ruedo
y las cuadrillas ojo avizor desde el callejón. Y el público, claro,
abandona la bolsa de pipas y la conversación. Hubo toro. Y, en
consecuencia, espectáculo. Los toreros, en pinchaúvas, vieron cómo se
les esfumaban triunfos cantados.
Luis Francisco Esplá, maestro en la escenografía, se ganó al público,
en el primer acto, más por esa puesta a punto, de torero con tablas,
que por el toreo fundamental. Además, ejerció perfectamente de
director de lidia, siempre atento, con dos quites oportunísimos al
riesgo durante la corrida. O esa sintonía maravillosa, como un hilo
invisible, que mantuvo con su peón de confianza, El Boni, en la brega
al cuarto toro. En su fuerte, las banderillas, clavó con facilidad,
pero le faltó brillantez al no cuadrar en la cara. El alicantino no
pudo con el que abrió plaza, un toro veleto, que cumplió en varas y al
que le faltó un puyazo más. A Esplá, bullicioso con el capote, le
faltó dominio ante las complicaciones que el toro desarrolló en la
muleta.
El cuarto, muy alto y vareado, cabeceó en varas, pero rompió en la
muleta, metiendo la cara con nobleza por ambos pitones. Esplá le dio
sitio y confianza. Lo mejor fue una serie al natural, de frente, con
suma suavidad, con un pase de pecho sin enmendarse, que puso al público
en pie. Atendiendo a esa puesta en escena realizó la suerte suprema
recibiendo, en los medios. Cobró media estocada que precisó de dos
descabellos. Hasta el final, guiños de torería para la galería, como
colocar la montera bajo el hocico del toro para que descubriera la
muerte al descabellar.
Manuel Jesús El Cid perdió la oportunidad de su vida con un gran lote.
De haber obtenido un éxito clamoroso todo quedó en un par de
ovaciones. No aprovechó al bombón segundo. El astado, bajo de agujas,
precioso, empujó en dos puyazos, el primero muy largo, y humilló lo
indecible tras la muleta. El de Salteras esbozó un buen par de medias
verónicas. ¿Por qué no explotó primeramente el excelente pitón
izquierdo? Series cortas con la derecha. Con la zurda dibujó una buena
serie en la que el toro estuvo a punto de cogerle en el remate. En la
siguiente cinceló dos naturales muy hondos. Pero mató pésimamente, de
una estocada muy caída.
Al quinto, bien armado, noble y suave, le faltaba repetición y humillar
más, porque salía con la cara a media altura. El Cid le sacó partido
con la derecha y elevó el listón con la zurda, su fuerte. Cuajó una
tanda de buenos naturales. Los pases de pecho fueron siempre largos,
macizos, limpios, magníficos. A la hora de matar, estocada haciendo
guardia y tres descabellos.
Fernando Robleño únicamente contó con un cartucho, aunque fue el que
tuvo mayor pólvora. Se las vio con el garbanzo negro de la corrida. Un
toro de pitones arremangados y muy malas ideas, que no descolgó. Una
alimaña que le buscó constantemente. El madrileño robó los pases en
un trasteo muy meritorio. Mató por arriba, de pinchazo y gran estocada.
Robleño, con valor y oficio, se impuso al imponente sexto, que embistió
con mucha transmisión. Lo lanceó a la verónica rodilla en tierra. La
faena, por ambos pitones, tuvo además enjundia. Tandas en la distancia
corta, con serenidad, empapando al toro en la muleta. El premio parecía
mayor. Pero a Robleño se le esfumó el éxito por el fallo con la
espada.
Lo que apuntaba a tarde apoteósica, con la salida de la terna y el
mayoral a hombros, quedó en un solitario trofeo para Esplá y una
estruendosa ovación al mayoral de Victorino Martín. Sin duda, la
ganadería triunfadora de la Feria de San Isidro.
ABC. ZABALA DE LA
SERNA. La gran lección de Victorino
Qué gran lección la de Victorino Martín con una corrida
inolvidable, lustrosa, imponente y de irreprochable trapío, noble y
brava, con fijeza y temple, entera y verdadera. Una corrida que se pasa
de pitón a pitón al escalafón ganadero al completo, a todos los
filibusteros, a los de la primavera que enverdina, como si en las fincas
de Victorino no hubiese primavera ni hierba ni lluvias.... Toros como
Dios manda, que es la base para presentarse a Madrid; toros para
consagrarse en figura del toreo, para reeditar la mágica tarde del 82;
toros en definitiva, con mayúsculas, sin más tonterías; toros para
hacer olvidar en parte un San Isidro bochornoso, infumable. A Victorino
lo midieron ayer hasta el final, como la gran figura que es,
probablemente, el mejor ganadero de la historia. Entonces, a la muerte
del último, al que se le negó una vuelta al ruedo en el arrastre de
premio al conjunto, estalló una ovación que empujó al mayoral al
tercio.
Tremendo sexto
Este sexto, de tremendo aparato, le propuso a Fernando Robleño la
Puerta Grande, pero la espada se la negó. Robleño toreó con
esplendidez con la muleta y lidió muy mal; Robleño se sintió torero
en un prólogo de envergadura, que siguió sobre la mano derecha y se
superó al natural, la fase clave de la obra, importante más que estética,
como importante era el toro. Tuvo en los cierres de las tandas muchos
broches, variados y pintureros, mas la puñetera espada... En tercer
lugar había aparecido un toro cornipaso y alto de agujas, un auténtico
cabrón con pintas desde que comenzó a buscar detrás de los capotes,
pasando por cómo cortaba los viajes en banderillas hasta los escasos y
tobilleros viajes que desarrolló con sentido en la muleta. Robleño, en
el mismo platillo, robó los pases a base de corazón.
Había abierto plaza un cárdeno claro asaltillado, de 552 kilos, un
tío que respondió siempre a los engaños desde un principio, como en
el vistoso saludo de Esplá con el capote. Marró el primer puyazo
Murillo, que apenas le metió las cuerdas en tres rectificaciones; sin
embargo, agarró bien y arriba la segunda vara. La brega, a cargo de
Julio González, fue un desastre, cruzándose siempre por delante del
toro, haciendo ver complicaciones donde no las había. El veterano
torero alicantino no pasó el examen con las banderillas -menos en un
par de poder a poder- ni tampoco con la muleta: nunca se paró ni se
asentó. El pitón derecho se le escapó sin tallar. Luis Francisco Esplá
pajareó todo y más, y eso con una nobleza enfrente para haber
explotado con justa entrega. La única serie al natural no permitió ver
al victorino, que pareció quedarse más corto. La única duda por
resolver consistió en saber si ese punto que le faltó para humillar se
debía a su propia condición o a un planteamiento que nunca rompió por
bajo como debía.
Brega antológica de El Boni
La actuación de El Boni con el cuarto es de antología, de
un torero soberbio y auténtico. El tercio de varas y el de banderillas
pasaron con ligereza; Esplá no se desmonteró, no quiso brindar el buen
victorino. La faena transcurrió con torería y gallardía en los mismos
medios, sobre la mano derecha la mayor parte de ella; hasta cuatro
series tardó en presentar la izquierda y cuando lo hizo se dio cuenta
de que el toro era todavía mejor, si cabe, que por el lado contrario.
Una tanda al natural precedió a otra que fue, con mucho, lo mejor y más
reposado de toda la obra, una tanda que en sí misma valdría la oreja,
con la salvedad de que al toro le colgaban las dos. Amarró el premio la
estocada al encuentro, en el mismo platillo, que por su colocación
atravesada necesitó del refrendo del descabello, que Esplá vendió con
el gesto de destocarse y ponerle la montera en el morro al enemigo.
«Gaditano», el toro
«Gaditano», de 563 kilos, cárdeno oscuro, tal vez sea ya
a estas alturas el mejor toro de la Feria con diferencia abismal sobre
los demás y escasos candidatos. Humilló en el capote desde el correcto
saludo a la verónica de El Cid, tomando los vuelos con el hocico a
rastras. Se comportó con celo en el caballo en un primer encuentro
larguísimo, aunque cabeceó en la siguiente vara, una mácula que se
salvó sobradamente con su extraordinario juego en la muleta. El diestro
de Salteras tanteó en una serie inicial para acoplarse; en otra tanda,
también sobre la derecha, se atisbó hasta dónde se desplazaba el
toro. Pero ésta, la anterior y otra más tuvieron calidad y un escaso
contenido (tres muletazos siempre y el de pecho) a partes iguales. Igual
sucedió por el izquierdo, un lujo, una maravilla. El Cid trazó un trío
de naturales largos y en el remate fue volteado con sólo aparatosidad.
Mantuvo el tono de toreo de buen trazo, aunque insuficiente a todas
luces, porque el toro era para reventarlo y reventar la plaza en tandas
de cuatro y cinco pases. De haberlo cuajado hablaríamos ahora de una
dimensión distinta para El Cid, lanzado quizá a la historia. La
estocada cayó muy baja y la ovación a «Gaditano», que se resistió a
morir, no se hizo esperar.
El Cid se enfadó con el quinto, otro con franqueza pero menos
descolgado de embestidas; los pases de pecho fueron caros, muy caros,
como el toreo zurdo, más consistentes las tandas. La oreja con la que
endulzar estaba ahí, pero que asomase el estoque por el costillar enfrió
la plaza tanto como los descabellos. Bien por El Cid, que debió salir
ayer de Madrid con una triada de trofeos, acompañado de sus compañeros.
Vivimos una gran tarde de toros gracias a ellos y, sobre todo y por
encima de todos, gracias a Victorino, porque la sensación última que
prevalece es que se perdió una ocasión histórica.
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