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PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del domingo, 6 de abril de 2003
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Corrida de toros
Ganadería: Toros de Conde
de la Maza (complicados y peligrosos los tres primeros y mejores los
otros tres, destacando sobre todos el quinto).
Diestros:
Entrada: un tercio de entrada.
Crónicas de la prensa: ABC, El
País
ABC. ZABALA DE LA
SERNA. Gómez Escorial llama
con fuerza a la puerta de San Isidro
No siempre lo que mal comienza mal acaba,
afortunadamente. La cosa principió con una cornada, un certero
navajazo, visto y no visto, al banderillero Regajo, que se quería
proteger en el burladero del «8». El toro alargó la gaita como un
brazo y fue más rápido. Se estrelló como un obús contra la barrera.
Parecía nada, el impacto solamente. Pero, a la vez que volaba un
considerable trozo de madera, caía el torero ya dentro del callejón,
con un corte en el cuello. El pitón, por cierto, no perdió ni una lámina
tras el duro choque con las tablas, para que luego los ganaderos
serviles cuenten cuentos cuando se desflecan sus toritos de mazapán con
el vuelo de un capote o una mosca.
Éste fue el prólogo, el final lo escribió un Gómez Escorial
valentísimo toda la tarde y atinado, menos con la espada, con el sexto.
Durante, entre aquello y esto, la corrida del Conde de la Maza, que
manseó en los tercios iniciales, ofreció un espectáculo de integridad
con unas cornamentas acongojantes -entiendan que para los que venimos de
Castellón sea noticia- y más posibilidades, incluso con sus aristas,
de las obtenidas por Javier Vázquez y Alberto Elvira. El juicio a
quienes probablemente se estrenaban en la presente temporada y torearon
poco en la pasada requiere comprensión, pero también para Gómez
Escorial se daban las mismas circunstancias. Es curioso cómo ante un
tipo decidido hasta el viento sopla menos: el mundo se rinde ante un
hombre que sabe lo que quiere, dicen.
Cabeza despejada y arrojo
El enmorrillado y rematado último toro pedía que le
hiciesen las cosas por abajo, como bien entendió el pequeño matador.
Por segunda vez en su actuación se postró a portagayola para tirar una
larga cambiada de aguante. Estuvo constantemente con la cabeza despejada
y el arrojo necesario, buscando las distancias o corrigiendo la altura
de los muletazos, como ocurrió en el pase cambiado por la espalda de
apertura o en algún que otro enganchón. Gómez Escorial fue a más con
el obediente enemigo, cruzado casi siempre. Sobre ambas manos alcanzó
pasajes importantes, de largura y limpieza, vaciando los viajes por
debajo de la pala. Aunque fallase con el acero, llamó con fuerza a la
puerta de San Isidro. A ver si le oye.
Ante el tercero, de pavorosa cabeza, un marrajo, se había jugado la
vida desde que lo saludó a portagayola. Otra larga firme en el tercio y
luego una pelea a cara de perro, meritísima, prolongada un poco
innecesariamente hasta el aviso, conquistaron la ovación.
Javier Vázquez tuvo el lote más asequible. Ante el vareado primero,
que blandeó puntualmente como sus hermanos, no terminó de acoplarse,
entre Eolo y un incómodo derrote a mitad de los muletazos. Salvado este
escollo, el toro se desplazaba sin maldad por el buen lado derecho. Toda
la faena transcurrió sobre la mano diestra. Sobraron tirones ante la
blandura y faltó templanza. Tampoco con el terriblemente armado cuarto,
que embestía a su aire, aunque sin humillar, hasta donde le gobernasen,
surgieron el entendimiento ni la confianza.
Alberto Elvira abrevió con el malintencionado segundo, que campó
suelto, a sus anchas, durante toda la lidia o deslidia. Nadie se hizo
con él, y no sería por falta de capotazos. El quinto fue otra cosa y
descolgaba. Salvo unas estéticas dobladas en los terrenos de sol, poco
hubo reseñable.
Parte facultativo: Francisco Regajo sufre «una herida inciso contusa
en región cervical lateral izquierda de 18 centímetros de longitud,
que causa destrozos en el músculo cutáneo del cuello y
esternocleidomastoideo. Contusiona el paquete vásculo nervioso y la
clavícula izquierda, pendiente de estudio radiológico. Pronóstico
menos grave».
El País.
MA. CUADRADO. Mansos de
respeto
Temperatura agradable del dulce abril. Aire a trechos molesto. Y
toros de el conde de la Maza, mansurrones y complicados, que impusieron
bastante respeto. Todos estaban adornados con unas astas que, vistas
desde cualquier punto de la plaza, destacaban por lo astifino, amén de
su generosa naturaleza.
Así estaba el patio cuando salió el primero, y, tras recibir un
lance de saludo por parte de Javier Vázquez, se marcha, libre y
salvaje, a buscar a sus antepasados. Al regresar, se dirige al burladero
de cuadrillas, ve la punta de un capote y se lanza como juramentado mesiánico
en su busca, derrota con un monumental topetazo contra el pilar del
burladero, y el banderillero Gallito de Zafra cae inerte dentro de la
tronera. Se lo llevan a continuación las asistencias con prisas, hecho
un pelele entre tantos brazos solidarios, y por fortuna, el pronóstico
es menos grave, y una herida en el cuello que por centímetros pudo
haber sido de trágicas consecuencias.
Ese primer toro, tras el suceso, empezó a perder las manos, y Javier
Vázquez, que intentó sin fortuna un quite por navarras, en la muleta
se limitó a dibujar esbozos de muletazos al inválido. En su segundo,
Javier Vázquez no terminó de quitarse de encima las dudas que el
morlaco le causó. Parecía tener un pitón derecho con su aquel de
gasolina, pero había que pararse y templar. Y nos quedamos sin saber lo
bueno que supuestamente tenía dicho toro de imponente arboladura.
Alberto Elvira, al peligroso primero de su lote se lo quitó de
encima a la segunda colada de malas intenciones, tras probarlo de
muleta. En el quinto, que se tornó en bravucón, se dobló con torería
y hondura en el comienzo de la faena y después le robó muletazos de su
buen estilo, aunque sobraran algunos enganchones.
Gómez Escorial firmó dos obras de valiente, que el respetable le
premió con sendas ovaciones. Recibió a sus dos toracos frente a la
puerta de toriles, con largas cambiadas de rodillas ceñidas y de
escalofrío. Se peleó sincero y cabal con su difícil primero, y al
sexto lo sobó y le fue construyendo una faena que fue creciéndo en
intensidad y en muletazos que iban destilando temple. Pudo faltarle ese
tercer muletazo para cerrar la tanda, el que cruje, y pinchó varías
veces en hueso. Pero Gómez Escorial se cruzó, tragó y aguantó los
viajes del toro como saben hacer los valientes. A ver quién da más.
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