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PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del domingo, 3 de agosto de 2003
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Isaías y Tulio Vázquez,
de poco juego excepto el quinto y escasos de kilos.
Diestros:
Entrada: un cuarto de entrada.
Crónicas de la prensa: El
País, ABC.
El País.
MA. CUADRADO. Isaías y Tulio Vázquez, o el
toro
En principio contar que la corrida de toros duró una hora y tres
cuartos, algo insólito, raro de ver en tiempos de lidias interminables
y toros mansos que no quieren saber nada de embestir, pelear por su
suerte, y que suelen deambular por el ruedo en busca de las más
ancestrales querencias. Algo que los toros de Isaías y Tulio Vázquez
no hicieron, pues demostraron ser toros enteros y verdaderos, que si no
derrocharon bravura, si demostraron su casta en el caballo.
A Manolo Sánchez su primer Tulio le duró menos que un caramelo en
la puerta de un colegio de párvulos. Un toro vareado y serio por
delante, que no humilló y se frenó en el tercio de muleta, un cuatreño
que cumplió en una primera vara al apretar en el peto del caballo. Un
alevoso puyazo trasero, para variar y no picar bien, como es costumbre
por desgracia en los tiempos taurinos que corren. Sí, muy breve, estuvo
Manolo Sánchez en su primero, bajo mínimos profesionales y artísticos.
Un galán era el cuarto de la tarde, para estampa bien pintada a
cargo de algún maestro en las artes plásticas. Trapío, bien armado y
mejor rematado. Un toro que fue duramente castigado en varas y llegó a
la muleta sin recorrido, gripado el motor de tan hermoso animal. Y
Manolo Sánchez digamos que hizo como de ponerse delante, tirar un par
de líneas y muy buenas noches. Qué lástima de toro y de fiesta brava.
Oscar Higares saludó a su primero por verónicas desiguales en su
hacer y plasticidad, pero que el torero de Usera interpretó con ganas,
para enjaretarle varios lances por el pitón derecho de trazo correcto.
La faena de muleta, voluntariosa, fue a base de derechazos, lado político
y taurino que parece ser ley de uso en la actual coyuntura sociopolítica.
Un trasteo el de Higares que rozó lo aseado y discreto. El quinto fue
otro toro de trapío, astifino, encastado de juego y temperamento,
aplaudido en el arrastre con todos los honores que se ganó en el ruedo.
Oscar Higares tuvo el mérito de lucirlo, darle distancia en los cites
muleta en mano, y de rematarlo de media estocada en todo lo alto. Pero
estuvo por debajo de las condiciones y casta del bravo cuatreño en el
caballo, en donde metió los riñones en dos varas que la afición supo
apreciar en su justa medida.
Canales Rivera a su primero, coba, la mínima. Debe ser la moda, o la
falta de sentido de la lidia clásica, esa que debe adaptarse a las
facultades y actitudes del toro; dar los pases necesarios y en la
distancia adecuada. Lo que no significa tener que pintar a la fuerza
naturales y redondos largos con olor a jazmín, a costa de lo que sea, o
si no nada. Vaya por Dios. En definitiva, Canales Rivera estuvo breve,
monótono y moderno en tanto en cuanto la tauromaquia actual, con el
mansurrón de Tulio que era de todas maneras un toro. En el sexto Rivera
volvió a querer tirar líneas y dar pases asentados, con las mismas
ideas, algo inadecuado dadas las circunstancias. Lo que de llevó a
naufragar con el toro, tanto de muleta como con la espada, que manejó
mal y precavido.
ABC. ROSARIO
PÉREZ. Crónica de un
fracaso anunciado
Ningún toro alcanzaba los quinientos
kilos, pero todos lucían su trapío y, en líneas generales, unos
pitones de pavor. Pero los tulios regresaron a la arena venteña con más
pena que gloria, pues no demostraron nada que permita abrigar un atisbo
de recuperación. Faltos de casta, parados y con un evidente peligro, no
permitieron ningún tipo de lucimiento a los toreros. Claro que la terna
tampoco anduvo como para tirar cohetes. Toros imposibles y toreros más
de vuelta que de ida resumen la crónica de un fracaso anunciado. La
nota más positiva de la tarde fue la duración del festejo: una hora y
cuarenta cinco minutos.
Sólo la voluntad de Óscar Higares puede salvarse de la quema del
tedioso espectáculo. El diestro de Usera paseó el anillo, en medio de
algunas protestas, tras finiquitar al quinto, que se movió algo más
que sus hermanos. Empujó «Isleño» en varas, pero con feo estilo,
como la mayoría. Tras un buen prólogo de faena, doblándose por bajo y
con muletazos aderezados de cierta pinturería, trató de dar la
distancia adecuada a un animal que se arrancaba de largo y con alegría
a la franela. Pero, luego, apenas tenía medio pase. Intentó templar
las embestidas de su rival, pero éste se quedaba cortito, y la cosa,
aunque extrajo algún derechazo estimable, no terminó de tomar vuelo.
Con el primero de su lote, Higares tiró de amor propio y, animoso,
enjaretó tres verónicas y media de buen porte. El madrileño ejecutó
una labor básicamente diestra, en la que, pese a la escasez de
profundidad, dejó constancia de su afán de agradar. Probó al natural,
pero el toro, que fue a menos, no tenía ni un pase por el pitón
izquierdo.
Nefastos fueron los enemigos de Manolo Sánchez, pero ello no
justifica tan desangeladísima actuación. Abrevió con un trasteo de
aliño y macheteo en el descastado toro inaugural y con el cuarto, con
unas velas para iluminar Madrid y todos los pueblos de la Comunidad,
nunca acabó de entregarse. Pero para desconfianza, la que evidenció en
la suerte suprema.
Tampoco anduvo fino con los aceros Canales Rivera, que se mostró
valentón con el incierto tercero. Saludó con una larga cambiada al
sexto y, sin mayores probaturas, agarró enseguida la zurda en la faena
de muleta, pero cualquier posibilidad de buscar el camino del triunfo
quedaba abortada con tan deslucido oponente. Para colmo, dio un mitin
con las armas toricidas.
«¿Qué pensará Tamayo de todo esto?», se oyó en los tendidos
cuando finalizaba la corrida.
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