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21ª de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del viernes, 31 de mayo de 2002
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Corrida de la prensa
Ganadería: Toros de
distintas ganaderías y de aceptable presentación: 1º, de Aldeanueva,
gordo, sospechoso de pitones y descastado; 2º, de Alcurrucén, manso y
noble; 3º de Guadalest, bravucón y parado; 4º, de Los Bayones, inválido
y noble; 5º, de Samuel Flores, devuelto por inválido -sobrero, de
Carmen Borrero, inválido y descastado-; y 6º, de M. Agustina López
Flores, mansurrón y descastado.
Diestros:
- Eloy
Cavazos, metisaca, media baja y dos descabellos (palmas); cuatro
pinchazos y un bajonazo (silencio).
- Enrique Ponce,
pinchazo y casi entera atravesada (ovación); pinchazo y media
(silencio).
- Miguel Abellán,
pinchazo hondo -aviso-, pinchazo, estocada y dos descabellos (ovación);
dos pinchazos -aviso- y estocada baja (silencio).
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa: El
País, Diario de Sevilla, ABC.
El País.
Antonio Lorca. Silenciosa
despedida
El mexicano Cavazos vino a despedirse de la afición y se fue en
silencio. Un contratiempo para quien habría soñado con una despedida
apoteósica que pusiera broche de oro a una carrera larga, brillante y
digna de todo elogio. Cavazos no sólo ha sido primera figura en su país
durante décadas, sino que ha salido varias veces a hombros de esta
plaza. Pero ayer no pudo ser. Ayer, se fue en silencio, y pocos
repararon en que esa figura menuda es un gran torero que venía a decir
adiós.
Lo que ocurre, sin embargo, es que se puede uno despedir de muchas
maneras. Una, por ejemplo, es venir a España, reunir a los amigos en
torno a una mesa, contratar a unos mariachis que amenicen con corridos,
adiós, que me voy, reparto de abrazos, alguna lágrima y todos tan
contentos.
Otra, muy distinta, es despedirse vestido de luces en Madrid. Ah,
amigo, y tan distinta... Porque hay que torear, y eso son palabras
mayores. Cavazos es un hombre simpático y se despidió haciendo así
con la mano derecha mientras brindaba su segundo toro. Pero no toreó.
¿Y, entonces, por qué no organizó una cena?
No se sabe; lo cierto que estuvo toda la tarde precavido y
desconfiado, y dio muchos pases, pero todos muy vulgares; con la muleta
muy retrasada, siempre de perfil, aprovechando y cortando el viaje del
toro, con el pico por delante y dejándose enganchar la muleta. Dos
trasteos desordenados, movidos y destemplados.
Y así, la despedida no puede ser de besos y abrazos. Vaya, sin
embargo, el profundo respeto para una gran figura del toreo.
La verdad es que la corrida fue un tostón. El hecho de que cada toro
pertenezca a una ganadería no garantiza nada: la misma mansedumbre,
invalidez, falta de casta y el mismo engaño de cada día.
Hubo, sin embargo, gotas de torería a cargo del más joven, Miguel
Abellán, que se lució con el capote en sus dos toros. En el primero,
comenzó por gaoneras ceñidas, le respondió Cavazos con una media, ¡una!,
y cerró Abellán con unas chicuelinas muy vistosas y una media de
rodillas torerísima. En el otro, dos verónicas lentas y una
serpentina; otra vez Cavazos, esta vez más generoso: una chicuelina y
una revolera, y otra vez Abellán por chicuelinas muy ajustadas.
Capoteó tanto que sus toros se pararon. Porfió con afán pero no
consiguió lucimiento. Es más, por poco el primero le juega una mala
pasada: a la tercera vez que entró a matar lo enganchó por la
chaquetilla y lo buscó con saña en el suelo, pero todo quedó en una
paliza y un puntazo leve en la fosa ilíaca derecha.
Y cerraba la terna Ponce, que nada pudo hacer ante el inválido
quinto, y toreó muy desigualmente al manso segundo.Alternó el buen
toreo con el más superficial; unas veces embarcó la embestida y otras
la acortó y deslució. Muchos pases y pocos buenos.
Lo de Cavazos fue una pena. Una cena hubiera sido mucho mejor. Adiós
con el corazón.
Diario de Sevilla.
BARQUERITO. Ponce en son, pero sin opción de
repetir triunfo
Más allá del bien y del mal, con más de treinta años
de alternativa encima, el maestro mexicano Eloy Cavazos tuvo el detalle
de despedirse de Madrid; de vuelta de todo, pero con innegable ilusión,
puesto de golpe y sólo por un día delante del toro español, que no
cataba desde 1991, Cavazos dejó patente su talento.
Con el bondadoso toro de Aldeanueva que abrió festejo y, sobre todo,
con el enorme y serio cuarto de Los Bayones. El toro de Aldeanueva, roto
tras dos varas y resentido de un estrellón contra tablas, tuvo nobleza.
Sin obligarlo, a su aire, Cavazos lo toreó con alegría en faena
resuelta y ajustada en seguida. A pies juntos, templadamente, hilvanado
tandas cortas. Muy hermoso el regalo de un abaniqueo por la espalda, que
ha sido y es parte exclusiva de su repertorio.
Con el de Los Bayones, Cavazos demostró cuántos son sus recursos.
Por la manera de andarle al toro y de estar con él, por la forma de
colocarse para traérselo toreado sin adelantarle la muleta, por la
manera de llevarlo tapado y por varios detalles de altura ésta última
faena suya en Madrid fue de torero sabio. Dos pases de castigo por la
cara a última hora fueron antológicas. Y soberbia la manera de dejar
igualado al toro con dos recortes las cinco veces que se tiró a matarlo
sin llegar a verle la muerte porque la cruz del toro montaba por encima
de este pequeño y enorme torero.
El toro de Alcurrucén que Ponce mató por delante fue serio y
hermoso: cofia y cabos finos, lustre, remate. Hechuras y condición no
fueron parejas. Trotó sesgado de salida, berreó pronto por primera y
no última vez, se blandeó al castigo, coceó los petos y acabó
acusando dos puyazos muy traseros. Ni descolgó ni llegó a entregarse,
pero fue toro manejable. Cayó en buenas manos.
Ponce, a gusto y entregado, le hizo una sutil faena de precisión y
calibre. Pese a que el toro remató muchas veces por arriba, los
muletazos tuvieron una gran limpieza. Ponce se prodigó con las dos
manos, toreó seguido pero sin ligar y pegó muletazos a cámara lenta
de mucha expresión. Algunos de frente, con el toro traído en la bamba,
fueron maravilla. Un pinchazo previo a la estocada enfrió la cosa. Al
alargarse, el trasteo perdió gas y el toro terminó protestando.
Por doblar un par de veces las manos fue devuelto precipitadamente un
quinto de Samuel Flores muy cuajado que tuvo muy buen aire en el capote.
Se vino, repitió, humilló. Ponce apenas pudo disimular su contrariedad
por la decisión del palco. El sobrero de Carmen Borrero, desrazado,
flojo y mansote, fue muy deslucido: desparramó, berreó doliéndose, se
quedó a mitad de viaje, se vino abajo. Ponce se armó de paciencia, lo
lidió con cuidado, le dio en la muleta dulce trato. Lo sobó, le buscó
las vueltas a media altura, se lo sacó fuera de las rayas y lo sostuvo.
Rendido el toro, lo mató por arriba al segundo viaje.
Abellán pisó las Ventas con seguridad y aplomo. Desafiante,
valiente, más puesto que nunca. Se prodigó con el capote en sus toros
y en los quites, logró cosas grandes en ellos. Ajuste en las gaoneras,
salero en las chicuelinas, aire a la verónica. Pero tantas intenciones
declaradas vinieron a estrellarse contra dos toros de imposible
lucimiento. El de Guadalest jugado de tercero, codicioso en el primer
tercio, salió derrotado del caballo y se paró en la muleta al quinto
pase. Tardo, encogido, reservón, incierto. El de Samuel que cerró
festejo, de anchísima cuna, no pudo con los kilos, pegó muchos
cabezazos y, aunque acabó obedeciendo, no tuvo fuerza para irse del
todo. Abellán, milagrosamente ileso tras ser cogido en el embroque de
una estocada al tercero, salió de la corrida con el papel en alza.
Cuestión de actitud.
ABC. ZABALA DE LA
SERNA.
La oreja de oro, con patatas
Compañeros, no hay más remedio que guisarla o estofarla con patatas
y servirla en el próximo almuerzo de la Asociación. O eso o la Oreja
de Oro, bien resucitada, continuará en las vitrinas de la calle Juan
Bravo hasta que encuentre dueño. Ya en 1923, año de su crecación,
Gregorio Corrochano indicó que fuera el público su receptor, por santo
y paciente con los toros de Felipe Montoya y de los Herederos de Esteban
Fernández. Ochenta años después también el respetable hubiera
merecido el trofeo. Pero este respetable se torna a veces irrespetuoso,
y por tal motivo ayer tampoco la mereció. Un solo motivo me mueve a
regatearle la Oreja de Oro a los santos espectadores, el trato que
otorgaron a Eloy Cavazos. El torero vino a despedirse de España en
Madrid, sin más pretensión, porque en sus planes no se encuentra hacer
campaña. Y el dinero le sale por los bolsillos. Es y ha sido una figura
importantísima del toreo. Allí y aquí. De entrada, independientemente
de cómo trancurrió luego la tarde, merecía una ovación al romper el
paseíllo. Por sensibilidad. Si no sonaron las palmas, ya que no hubo
reconocimiento, al menos nadie debió faltar el respeto con gritos
burlones marcados con acento mexicano. Se desconoce la historia, cada día
más. Ni un solo aficionado, ¡ni uno!, batió las manos ni replicó a
los chillones. Que no venga nadie hoy o mañana entregando razones, que
no se acerque ni un cobista. Allá en México tratan como hijos propios
a nuestras figuras. Por no remontarnos hasta Manolete, por tirar del
hilo más cerca: quisieron a Camino, adoraron a Capea, besan por donde
pisa Ponce, se rasgan las vestiduras por El Juli.
Se pierde todo
Poco a poco se pierde todo. Mejor no pensar qué idea se
habrán forjado ayer los muchos hermanos mexicanos que se acercaron a
Las Ventas. Por los demás, la gente aguantó paciente una tarde
deslucida. ¿Culpables? Los bueyes que saltaron al ruedo. La mole que
inauguró tradicional Corrida, 589 kilos en tablilla, bastantes más en
apariencia, se movió conforme a su fofa condición, como un luchador de
sumo en los cien metros lisos. Noble fue, pero no se desplazaba. Eloy
Cavazos imprimió su personalidad. Aprovechó los cortos viajes a pies
juntos, con media muleta escondida tras el muslo, fácil a izquierdas.
Hasta abrochar con un abaniqueo, con ese peculiar pendulo que entusiasma
allá, y que quedó rematadamente torero. Y se peleó con el mulo de Los
Bayones que hizo cuarto, otro de enorme alzada además de nula capacidad
para humillar. Las caractarísticas de sus oponentes, junto a la pequeña
estatura de este guerrero de gran corazón, compusieron un cuadro
complicado para encontrarles la muerte.
Ponce regresaba a Madrid tras la Puerta Grande. Como era previsible
le esperaban con la factura. El toro de Alcurrucén, en el tipo de la
casa, sacó su genio y su punto de violencia. El torero de Chiva le tapó
mucho los defectos con la muleta, y como siempre le ocurre el bruto
hasta parecía suavón. Tuvo que engancharle un par de veces la muleta
para que algunos se dieran cuenta de las condiciones del astado. Por
momentos consiguió muletazos de belleza que se diluyeron con el paso
del tiempo y de la faena.
El toro de Samuel, corpulento y abrochado de pitones, regresó a los
corrales por la patente flaqueza que se apreciaba en sus manos. El
sobrero de Carmen Borrero resultó de nulo lucimiento. Ponce empleó tesón
y voluntad, sin mejorar el balance.
Miguel Abellán debió matar un toro de Victorino Martín, que en no
pasó el reconocimiento. El ganadero, claro, defiende su toro; los
veterinarios, su decisión. Al final, tenaz pulso y tozudez mutua, y
Miguel que se enfrentó a un marmolillo de Guadalest, jorobado de
hechuras. Para colmo sufrió una cogida fea: a la hora de matar el bicho
le ensartó a la altura de la cadera. De haber hecho carne, hablaríamos
ahora en otro tono. En el suelo, también se escapó de milagro.
Miguel Abellán se estrelló después con un ejemplar de Manuela
Agustina López-Flores, bajo de agujas y acodado de su inmensa cuerna,
que se supone que reemplazó a otro rechazado en los reconocimientos de
Juan Pedro Domecq. Entre Victorino que no quiso traer uno más y Juan
Pedro que decía no tener otros validos para esta plaza... De cualquier
manera, vaya tela venir con dos toros y que te tiren los dos en los
corrales: ¿Todavía no sabe qué se pide en Madrid, Abellán?
El pupilo del otro hierro de Flores tampoco funcionó. Lo dicho, la
Oreja de Oro, con patatas.
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