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19ª de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del miércoles, 29 de mayo de 2002
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Corrida de toros
Ganadería: Cinco toros de María
Olea, el 2º devuelto por inválido, desiguales de presentación,
abiertos de pitones, muy flojos y mansos; el 3º, encastado. El 4º, de Conde
de la Corte, flojo y gazapón. Sobrero de Carmen Borrero, mal
presentado y manso
Diestros:
- Pepín Liria,
pinchazo y estocada tendida (ovación); pinchazo y estocada baja
(silencio).
- Juan José
Padilla, estocada caída (silencio); pinchazo, media caída y
dos descabellos (silencio).
- Fernando Robleño,
tres pinchazos, estocada, un descabello -aviso- y un descabello
(ovación); estocada baja y perpendicular y un descabello (oreja).
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa: El
País, La Razon, ABC, Marc
Lavie (en francés).
El País.
Antonio Lorca. Bajito
pero valiente
Lo de bajito no se dice en tono
peyorativo. Es que lo es. Pero tiene un corazón que no le cabe en el
pecho, y un comportamiento de torero grande. Fernando Robleño, un
torero de raza, sí señor, que sustituyó al lesionado Antonio Ferrera,
y se ganó un merecida oreja por su valor heroico, por su gallardía,
por sus arrestos...
Y no dio la impresión de ser un
artista, pero, mire, cuando al final de la faena al último, citó de
frente, enseñó el pecho, mostró esa muletita a un toro abierto de
pitones, se lo dejó llegar y lo embarcó con extraordinaria torería,
era la viva estampa del mítico Pepe Luis Vázquez revivido. Lo curioso
es que nació en Madrid y no ha pisado la Maestranza y, por supuesto, no
ha visto torear a Pepe Luis. Pero ése es uno de los misterios del
toreo. Y su grandeza.
El toro había sido un inválido hasta
que Robleño se fue al centro, lo citó de largo con ánimo arrollador,
y el animal no tuvo más remedio que acudir a la llamada. Quién se va a
negar a embestir cuando un torero muestra tantas ansias de triunfo,
dicho sea sin ánimo de molestar. La faena no fue limpia por la aspereza
del animal, algunos pases surgieron enganchados, el toro recortaba el
viaje y a punto estuvo de lleváserlo por delante. Pero una y otra vez
volvía Robleño a citar mientras la emoción se apoderaba de los
tendidos. Consiguió algunos redondos largos y los citados de frente de
enorme profundidad y gracia sevillana.
Se cerró la puerta grande al fallar con
el estoque en su primero, el más encastado de la tarde, violento también,
que se doblegó ante la decisión y la raza de este torero que dictó
toda una lección de quietud y ligazón, lo que no es poco. Comenzó en
el centro del ruedo, derecho como una vela, y aguantó, con la muleta
siempre por delante, las tarascadas del manso. La faena no destacó por
su ribetes artistas, pero sí por la emoción auténtica de un torero
dispuesto a superar con éxito las muchas dificultades de sus toros.
¡Olé por los toreros valientes!
Marchamo de valiente traía el jerezano
Padilla, y a fe que lo ha demostrado ante corridas durísimas que le han
dejado cicatrices eternas. Pero, ayer... Ayer tuvo un mal día. Pero
malo, malo. Sería así, porque es imposible estar peor. Manejó el
capote como un principiante y la muleta como un trapo de cocina. Su
primero tenía recorrido por el pitón izquierdo y él se dedicó a dar
mantazos heréticos. El segundo embistió por el derecho y lo toreó, es
un decir, con la muleta retrasada, piernas en continuo movimiento y de
perfil. Un desastre impropio de un honesto torero que se ha ganado a
pulso su inclusión en esta feria. Además, banderilleó con extrema
vulgaridad a su primero y se esmeró algo más en el otro, quizá para
contrarrestar las muchas protestas que le invitaban a dejar los palos.
Y, por si fuera poco, la lidia de sus dos toros fue un desorden total.
Peor, imposible.
Y otro jabato, Pepín, tuvo mala suerte.
Derrochó voluntad, pero primero se las vio con un cobarde y, después,
con un gazapón que se dejó la vida en el caballo. El triunfador, el más
bajito y de más grande corazón.
ABC.
ZABALA DE LA SERNA. La
tarde tuvo un solo nombre de principio a fin: Fernando Robleño
La tarde tuvo un nombre de principio a fin: Fernando Robleño. Nos
habían hablado de su firmeza y su valor con la corrida del Conde de la
Maza, cuando descerrajó la Puerta Grande con esfuerzo y entrega allá
por el pasado abril. Robleño sólo ha vestido el traje de luces en
menos de una veintena de ocasiones desde que se doctoró en el año
2000, y eso hay que valorarlo a la hora de juzgar a un torero joven. Un
torero que ha dado la cara con creces cada vez que ha pisado el ruedo
venteño, regado con su sangre en las dos corridas que mató en el
verano de 2001. Vayan de antemano para Fernando todos los respetos.
Sólo con este bagaje se había ganado por méritos propios su
inclusión en San Isidro, aunque ha sido necesaria la baja de Antonio
Ferrera para que pudiera entrar. Y ha entrado pisando fuerte, a pecho
descubierto y con una cabeza brillante para entender a los toros del
Conde de la Corte, versión María Olea. Interpretó con superior
inteligencia las necesidades de sus enemigos. El planteamiento en largo,
con muchos metros de por medio, alegró las galopadas de los condesos.
Manejó las distancias sobre el engranaje de las neuronas, que tanto
escasean en la humanidad. Porque aquí no hay eso que muchos conocen
como distancia; aquí hay distancias, y cada toro tiene la suya. El caso
es que Robleño les concedió a sus toros una distancia larga, que luego
usó conforme a las evoluciones de sus oponentes. Por encima de ambos
estuvo su actuación, sobre todo del sexto, que desarrolló peligro
desde los primeros instantes.
Robleño tiró una larga cambiada de rodillas en el tercio como carta
de presentación. El toro salió suelto de los caballos -¡y le
ovacionaron en el arrastre!- como alma que lleva el diablo. Muleta en
mano, el joven madrileño no se lo pensó dos veces y acudió a los
medios. Muy planchado el engaño, muy por delante, citó en la lejanía,
y el toro se arrancó, galopó y respondió con obediencia y nobleza a
los vuelos y a los toques. Y además repetía, y en cada repetición se
encontraba el trapo rojo ya puesto, presto a ligar los derechazos, uno
tras otro. La siguiente tanda abundó en los mismos argumentos, al ritmo
que marcaba el bruto, y se compuso de seis y el de pecho. Hasta aquí
contó con la colaboración del astado, que en la tercera serie ya le
costaba más, porque se sabía sometido a la mandona muleta de Robleño,
y de hecho por el pitón izquierdo se rebrincó.
Reflejos
Regresó con reflejos a la mano diestra y, a pies juntos,
volvió a recuperar el notable tono de la obra. Lástima que pinchara.
Cuando se perfilaba, advertimos lo adelantada que coloca la mano de la
espada, que debe salir del pecho, del nudo de la pañoleta, del
corbatín. Fernando entra con el brazo montado, y así lo más probable
es que sucediera lo que pasó. Ha de corregir su estilo estoqueador.
Ante el sexto se jugó el bigote. Al mal estilo con que embestía el
toro, que conocía lo que se dejaba detrás, respondió con las armas de
la decisión y de nuevo trabajó en las distancias amplias, que acortó
poco a poco. Hubo emoción y riesgo, la gente lo percibió.
Lógicamente, por las características del animal, la faena no tuvo el
mismo asentamiento de la anterior, pero sí vibración. Otra vez cerró
a pies juntos y cobró ahora una estocada defectuosa que le entregó una
oreja, merecida a lo largo y ancho de toda la tarde. Robleño supo dar a
los toros y a la gente -que en Madrid la distancia larga gusta mucho- lo
necesario para ensalzarse con el triunfo, que de no ser por el acero
hubiera sido más redondo.
Defraudó en conjunto la corrida de María Olea-Conde de la Corte.
Manseó y careció de clase, al margen de que su presentación, en
especial por los lastimados pitones, dejara que desear. El segundo, todo
cara, muy en el tipo de lo que fue siempre lo del Conde, fue devuelto, y
en su lugar apareció un sobrero de Borrero que se movió, mejor a
izquierdas que a derechas, sin humillar nunca. Padilla, que se siente
incomprendido por críticos y públicos, lanceó con precipitación y
banderilleó con facultades y demasiados peones en el ruedo. La
cuadrilla se hartó de dar capotazos a diestro y siniestro. Abandonaba
cada par apurado y a una velocidad revolucionada en busca de las tablas
y de que algún banderillero cortase el viaje. Muleteó sin el arrojo de
otros tiempos, y no guerreó como otrora con las miradas aviesas por el
pitón derecho. Y Padilla, sin guerra en el derechazo y sin arte en el
natural, no es nada. Mató también al manso y deslucido quinto por los
bajos.
Liria se estrelló con el lote peor. El que rompió plaza fue un
dechado de mansedumbre que huía y arrollaba con lo que se le pusiera
por delante. El hombre fue todo voluntad, como con el gazapón cuarto,
al que recibió a portagayola.
La Razón. JUAN
POSADA. Robleño cortó una oreja a fuerza
de voluntad
Tras la emoción, calma chicha. Había ilusión por ver los toros de
la histórica ganadería del Conde de la Corte, puro Vistahermosa y
madre de casi todas las ganaderías que están en candelero en la
actualidad. Pero, excepto dos toros ¬3° y 4°¬, que mostraron
nobleza, aunque flojos de carácter y fuerza, los demás, ni eso. Como a
los toreros, a excepción del menudo Fernando Robleño, que puso todo lo
que sabe y la máxima voluntad en la acción, de paseo.
El público, ya resignado, se dedicó a comentar lo
sucio y pegajoso que estaba el suelo de los tendidos y la cantidad de
mosquitos insidiosos que los poblaban. Es un aviso, para que, cuanto
antes, los desinfecten porque es una verguenza ver a señoras que dejan
los zapatos pegados y caballeros que, con mal gesto, se agachaban para
desprenderlos. Todo un numerito. Se conoce que tras la emoción de
anteayer los encargados de la limpieza, más hablaron de la faena del de
Galapagar que asear el granito de la plaza.
La concesión de orejas, en Madrid y en cualquier sitio, es
consecuencia de la acción de los toreros. El público venteño sabe
apreciar los méritos y también, que es lo más importante, en las
circunstancias que se produjeron. No es lo mismo la gran faena del divo
que la labor entusiasta del chaval que inicia su carrera y ofrece todo
lo que tiene y más que tuviera.
Es el caso de Fernando Robleño, al que le falta mucho que aprender y
atesora voluntad y arrestos para dar y tomar. Si no hubiera estado tan
dispuesto durante toda la corrida, es muy posible que no hubiera
alcanzado el premio de la oreja. Pero se dio desde el principio hasta el
final en tarde aburrida, a causa de los toros y de la mandanga de sus
compañeros. Y eso, en Madrid y en cualquier tierra de garbanzos, se
aprecia y se premia.
Pepín Liria, un torero bizarro, apropiado para toros furibundos, se
perdió entre tanto descaste y sosería. Su toreo, un tanto rápido pero
sincero, no encajaba con su primero que, apretaba para tablas, y allí
hubo de confeccionar una faena en base a la mano derecha, valiente pero
sin más relieve, como no fuera que salió peligrosamente achuchado al
colocarse en la trayectoria del animalito. Tampoco mostró esa encastada
rabia que suele echarle ante los toros fuertes y difíciles.
Se fue a porta gayola y tras la larga correspondiente instrumentó
otra, también de rodillas, en el tercio. El toro, gazapón, es decir
que no paraba de andar sin decidirse a galopar, no le permitía estar a
gusto delante de él. Como de compromiso, derechazos sin relieve ni
templanza. Las tres series de naturales, rápidas y con escasa convicción.
El público, que conoce de sobra su pundonor habitual, utilizó los
pititos para hacerle ver su disconformidad. Pepín, que no estaba en su
mejor momento, optó por abreviar. Y santas pascuas.
Juan José Padilla no se pareció a sí mismo. Banderilleó a sus dos
toros sin relieve y, lo que es peor, falto de ilusión. Con la muleta,
en los dos, vulgar y sin ideas. No se cruzó ni una sola vez y utilizó
en demasía el pico. El personal, que conoce su habitual pundonor y
valor, no se mostró conforme con su actitud.
Prendió en el personal
Fernando Robleño, desde que se fue lejos hasta el centro, con la
muleta en la diestra, prendió en el personal. Ese tercer toro, que se
acordó de sus parientes condesos, se arrancó desde largo y el olé
brotó espontáneo. Robleño hizo igual en dos ocasiones más y, el
personal, con él. Los naturales, de tragantones, ya no tuvieron la
templaza de lo anterior. La faena languidecía, no obstante, se le
iluminaron las mientes y, de frente y a pies juntos, cuatro derechazos y
el pase de pecho volvieron a entusiasmar. Varios ayudados y un kikirikí
garboso pusieron las cosas en su sitio. Los tres pinchazos y la estocada
atravesada, volvieron a desbaratarlo todo.
Con el sexto, más de lo mismo: deseos, entusiasmo y cites desde
largo. Un desarme, a punto estuvo de cambiar todo. Pero, aunque rápidos
los naturales, aguantando derrotes a la cara, metieron a la gente en la
faena. Volvió con la diestra, a pies juntos, su fórmula mágica, y la
jacarandosa interpretación de frente levantaron los ánimos. Labor en
conjunto valiente, aunque con carencia de muchas cosas, especialmente
templanza. Pero la enorme voluntad y el corazón que le echó bien
merecieron la oreja que se llevó ufano para su casa.
Marc
Lavie. ROBLEÑO HÉROÏQUE.
L'impressionnante faena de José Tomás était sur toutes
les lèvres et suscitait une admiration unanime. Mais cette feria de San
Isidro, sensationnelle dans son déroulement, ne laisse guère de temps à
la réflexion, car aujourd'hui, le petit Fernando Robleño a fait passer un
grand frisson par son envie, sa témérité et sa bonne conception du toréo
devant une difficile corrida du Comte de la Corte (avec les deux fers de la
maison).
Mal présenté était le premier, dont la corne gauche
saignait et qui s'avéra manso dans les trois tiers. Pepín Liria se bagarra
près des planches et fut sur le point d'être pris en donnant une passe
entre le toro et la barrière. Il logea une estocade horizontale au deuxième
essai. Pepín s'en alla accueillir le quatrième à genoux face au toril, l'évitant
d'un millimètre. Le bovidé, qui sembla faible, renversa violemment le
picador Manuel Jesús Ruiz pour recharger la cavalerie en brave, avant de
terminer son combat en marchant sans cesse à petits pas, le défaut de
"gazapear" qui est le pire pour le torero. Liria le châtia et le
tua en deux temps.
Il est souvent dit que le courage s'échappe par les
coups de corne. Les terribles blessures qu'a subi Juan José Padilla l'an
dernier semblent avoir laissé des séquelles. Padilla n'est plus Padilla.
Le toro de Chamaco (Carmen Borrero) sorti en deuxième le mit en difficultés
lors du tiers des banderilles. Peu franc et d'un danger sous-jacent sur le côté
droit, il se déplaça avec plus de classe sur la gauche. Le torero de
Jerez, qui n'a plus grand-chose d'un cyclone, en tira une série, mais pas
deux, et le tua d'une entière basse portée au pas de course. Avec le
cinquième, autre toro provoquant une chute de picador, mobile mais sans
noblesse, le public prit sévèrement Padilla en grippe et ne le laissa pas
un instant en paix. Le torero s'exécuta sans illusion, et tua d'une demie défectueuse
au deuxième essai, avant un descabello.
La grande attraction de la journée a été Fernando
Robleño. Le troisième, qui était le toro le mieux fait, bas, harmonieux,
très typé, s'avéra le meilleur. Il mit les reins lors de la première
pique et sortit seul de la deuxième. Robleño repéra cette charge longue
et se plaça d'emblée à la longue distance. L'animal y alla au pas mais
Robleño ne bougea pas un poil et lia une excellente série à droite. La
deuxième, de cinq derechazos et un pecho, fit éclater la plaza. La faena
baissa quelque peu de ton sur la troisième série, le toro s'arrêtant après
la deuxième passe, avant de s'avérer très compliqué à gauche. Après
une méritoire tentative sur cette corne, Robleño reprit la droite pour une
série bien liée. L'oreille était largement gagnée mais le torero piqua
trois fois dans l'os avant d'enfoncer entièrement l'épée et d'achever le
pensionnaire de "Los Bolsicos" au deuxième descabello.
Cette oreille envolée, Fernando Robleño la retrouva au
sixième, malgré une estocade défectueuse, au prix d'un effort héroïque.
Ce dernier toro, haut, fort, bien armé, le dépassait en taille. Il fut
protesté pour sa faiblesse à la sortie de la deuxième pique mais reprit
vite des forces et de l'allant, sans avoir la race et la franchise du troisième.
La faena fut entièrement construite à la longue distance, profitant sur la
première passe de l'élan offert au cornu. Mais dès la deuxième passe, le
toro regardait les chevilles et à la troisième, Robleño fut cueilli par
le genou. Cela ne calma pas son désir de triompher et sa faena fut un
quitte ou double, en exposant jusqu'à la rupture et en terminant par de
remarquables passes citées de face, à dix mètres. L'estocade était
basse, un descabello fut suffisant mais l'oreille était tellement méritée…
Tour de piste du torero en larmes.
L'escalafón est en ébullition. ¡ Vaya feria ! Dommage
que la plupart des ferias soient échafaudées de longue date, sans tenir
compte de la performance, du mérite ou de la forme actuelle des toreros
programmés. Dans l'élaboration des cartels, la principale norme reste
l'intérêt des "empresas-apoderados" et la loi des échanges qui
se pratique, la plupart du temps, au détriment du public. Calculs de
gagne-petit. On va ainsi nous infliger à foison cet été des mandarins qui
ennuient même les poules, alors que des toreros comme Robleño attendent à
la porte. (M.L.)
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