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18ª de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del martes, 28 de mayo de 2002
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Corrida de toros
Ganadería: Toros de Alcurrucén, desiguales
de presentación, flojos, mansos y descastados; el 3º, anovillado e inválido.
Diestros:
- David Luguillano,
dos pinchazos, media caída -aviso- y tres descabellos (ovación);
estocada tendida, seis descabellos -aviso- y dos descabellos
(pitos).
- José
Tomás, tres pinchazos, casi entera perdiendo la muleta -aviso- y un
descabello (silencio); -aviso-, media baja y casi entera ladeada
(petición y vuelta).
- Eugenio de Mora,
estocada baja (palmas); metisaca, pinchazo y estocada baja (ovación).
Entrada: lleno
Crónicas de la prensa: El
País, ABC, La Razon, Marc
Lavie (en francés).
El País.
Antonio Lorca. Una
ilusión
Es un torero de una personalidad
arrolladora. Llena el ruedo con su sola presencia. Le da una importancia
suprema a todo lo que hace. Y se mete a la gente en el bolsillo a poco
que se estire con los engaños.
Por un momento, volvió loca a la plaza
de las Ventas con su toreo al natural. Mató mal y le obligaron a dar
una clamorosa vuelta al ruedo. ¿Qué le hubieran dado si acierta? Una,
quizá las dos orejas, vaya usted a saber.
¿Es que, acaso, no mereció José Tomás
el reconocimiento general?
El quinto de la tarde fue un manso que
huyó de su sombra en el primer tercio, punteó los capotes, salió
suelto del caballo y no quiso saber nada del torero cuando le mostró la
muleta. Consiguió someterlo por bajo y las dos primeras tandas con la
derecha resultaron enganchadas. Cogió la zurda, se colocó muy cerca y
tiró de la embestida hasta conseguir un natural largo; más cerca,
después, quieta la planta, pero escaso lucimiento. Por fin, otro
natural ligado con uno largo de pecho. Repitió la escena y la plaza se
vino abajo presa de entusiasmo. Unos ayudados, un aviso y el error con
la espada.
Una faena de menos a más, valiente y
emocionante, que tuvo la virtud de hacer embestir a un toro parado. Y un
defecto. Un defecto capital: Tomás no adelantó nunca la pierna
contraria, no se cruzó y no terminó los pases en la cintura. La virtud
del valor quedó patente, pero el toreo no fue auténtico.
Exactamente lo mismo hizo en su primero,
otro manso, con genio, con el que se dobló muy bien rodilla en tierra,
pero no se centró en ningún momento. Se dejó enganchar la muleta
repetidas veces y toreó de perfil y ventajista, según la moda actual.
Lo intentó sin demasiada convicción, ésa es la verdad.
¿Exagerado, pues, el entusiasmo? Sí,
porque a un torero tan exigente, a una primera figura, hay que exigirle
mucho más. Y lo de ayer fue una ilusión que estuvo más en la mente de
los espectadores que en la realidad de la ortodoxia.
De cualquier modo, un abismo le separó
de sus compañeros. Luguillano dio una de cal y otra de arena. La
primera, ante un nobilísimo primero que llegó agotado a la muleta,
pero que embestía con una exquisita dulzura. El torero tiene gusto y
empaque, y construyó una faena elegante, pero ayuna de la emoción del
toro encastado. Los redondos fueron largos y profundos, al igual que un
natural. Había comenzado bien por estatuarios y un bellísmo pase de la
firma, y terminó con ayudados vistosos. Y se transfiguró ante un manso
complicado con el que se mostró acelerado, agobiado, encorsetado,
precavido y torpe. Lo castigó en demasía y nunca se colocó en el
lugar adecuado. Algunos se lo recriminaron y él abrió los brazos como
diciendo: ¿Qué queréis? Pues que torees, hombre.
Y Eugenio de Mora tampoco triunfó
porque es imposible hacerlo con un estilo tan perfilero como el suyo. Su
primero fue un inválido y su labor resultó triste y tediosa. Más
dispuesto en el sexto, comenzó poderoso por bajo y aguantó tarascadas
de un áspero toro ante el que tampoco se cruzó nunca. Y lo que no
puede ser, no pueder ser.
Al final, por los pelos no sacan a
hombros a Tomás. La ilusión lo merecía; la realidad, no.
ABC.
ZABALA DE LA SERNA. ¿Qué
hay de nuevo, viejo guerrero?
Bienvenido, viejo guerrero. ¿Qué hay de nuevo? Nos habían contado
historias, batallas de otros campos lejanos, y otras las habíamos
presenciado. Nos querían explicar, ¡qué cosas!, en qué consistía su
épica. Los últimos en aparecer se pusieron los primeros de la fila.
Una cohorte de palmeros, pelotas, fifís, trasnochados. Abanderados del
tomismo pretendían hacernos comulgar con ruedas de molino, hostias sin
consagrar imposibles de tragar. Formaron el tardotomismo. O sea que se
apuntaron a un José Tomás distinto al que nos conquistó con la
izquierda de seda y cuero en el trienio cabal de finales de los noventa.
No habían percibido la hondura ni la flexibilidad de su cintura, los
terrenos minados que pisaba, la muleta adelante, generosos los muslos,
ofrecidos en un altar invisible al dios Tauro, a la masa, al sol que nos
ciega. Adoraban el oropel, porque no lo saben distinguir del oro.
Desconocemos por qué usted mismo se creyó el papel que le adjudicaban,
hieratismo extremo, pies juntos en demasiadas suertes,
encorsetamiento... Todo lo abandonó ayer el guerrero de siempre, el
vencedor de mil batallas, para hacer el toreo a un manso incierto. Se
desprendió de la armadura de hojalata, cascarón que esconde la verdad.
Y con la verdad en la izquierda y el valor por montera jugó sobre el
borde del precipicio, en el filo del abismo. Cada natural entrecortaba
la respiración de la plaza, que cobra vida propia y late en su interior
y se escucha.
El toro, astifino como toda la corrida de Alcurrucén, más zancudo,
se quitó el palo en el caballo, huyó del peto, se dolió en
banderillas. No colgaba de sus dagas el estilo cortés de otros de sus
hermanos. No dábamos un duro por nada. Había violencia en su mirada y
un sincolor en su tez, guerrero, que atemorizaba. Una primera serie
diestra, haciéndolo a fuerza de consentir, sobre los cimientos, los
hierros, las vigas del toreo, ese edificio de tan diferentes fachadas
que esconde una estructura idéntica: el dominio de la fiera. Sobre el
hilo la exposición de la vida, sobre el altar sacrificial, apostó de
nuevo sobre la mano derecha y un contubernio de enganchones, notas
discordantes, abrumó, descorazonó.
Pero la verdad se escondía en la izquierda, decíamos. Tres
naturales de aguante y un remate por bajo de desgarro. Aire para todos,
y de nuevo la cita oscura y un parón que aguantó bajo el manto del
silencio y el ay callado, contenido, tremendo. El broche de pecho y
vuelta a empezar. La faena crecía, José Tomás se destroncaba, rompía
la cintura hasta la lejanía, en cada pase de plomo, que pesaba como
lingotes de oro. Inmenso, emocionante de veras, no siempre limpio, que
esa fue quizá la única lacra. Sensacional la última serie. !Uff!,
cuando marchó a por la espada: el gesto de Cristo entregado. Éste sí
era José Tomás, que reflejaba el esfuerzo. ¡Éste sí, palmeros,
conspiradores, pesados! José Tomás se explicaba a sí mismo, como era,
como volvía a ser, el viejo guerrero que cautivó con el toro de El
Sierro, cuando la épica se soprepuso de nuevo a los trompicones de los
muletazos. No hay partidismos absurdos y fantasmales en nuestra pluma,
inventos de baja estofa, de ese tardotomismo que mueve sus tentáculos.
Apuntó mal con la espada, que se hincó en los bajos y se hundió luego
en su mitad arriba. Bastaba. La vuelta al ruedo valía tanto o más que
las orejas del otro día. Sólo se trata de una opinión particular. Una
última duda nos asaltó: ¿qué hubiera pasado si intercala la mano
derecha? Da igual. El hecho se desprendió de la izquierda de pétalos y
espinas: José Tomás se reencontraba, de verdad, con Madrid y consigo
mismo, que importa más.
No quedó claro su papel con el noble toro que cantó su buena
condición zurda en el capote de Eugenio de Mora en un quite a la verónica.
Hubo una relación fría. Se paró en la muleta, no surgió un
planteamiento claro ni decidido; ni un ajuste en la distancia ideal; una
escasa tanda al natural; el acero no funcionó; sólo las dobladas del
inicio, memorables rodilla en tierra, cautivaron.
Eugenio de Mora respondió en el sexto, un tío que apenas humillaba.
Faena importante, con varios cambios de mano y pases de pecho
sobresalientes. Atornilladas las zapatillas, en los medios. Bien, De
Mora, al que se le encasquilló la espada a última hora. Había
cumplido con el tercero, deslucido como el cuarto, con el que Luguillano
devolvió los trazos barrocos y algunos derechazos caros que logró con
el extraordinario toro que inauguró la tarde; en otros no corrió la
mano con igual largura, y desmayaba la figura artificialmente. Las
trincherillas y algún ayudado se terminaron de borrar con la tizona.
La Razón. JUAN
POSADA. José Tomás desveló el misterio
del toreo
Es confuso el término torear bien y ser buen torero. Los hay que
hacen lo primero y no cumplen exactamente con lo segundo. A la postre,
el arte de torear, como primera providencia tiene una norma: Dominar al
toro. Si además se hace con arte y profundidad es torear bien y ser
buen torero.
Ayer José Tomás, que es un diestro de los llamados «corto»,
porque no domina todos los secretos de la lidia, toreó bellísima y
profundísimamente y dominó con la mano izquierda. Domeñar a un toro a
base de naturales es el delirium tremens del arte de torear. Es dificilísimo,
cuando no imposible, mantener la estética en el camino del valor. Además,
aparte de esas dos incuestionables condiciones, está la técnica, sin
la que es imposible realizar el milagro de torear perfectamente. El público
de Las Ventas apenas jaleó los primeros naturales que siguieron a los
inicios de la faena al quinto toro con la derecha. Pero la diestra, en
este caso, aunque le ayudó a aguantar, porque siempre citó con la
muleta adelantada, con el cuerpo situado en el sitio exacto, entre los
dos pitones y rematando atrás, no llegó a enamorar al toro;
simplemente lo toreaba bien, nada más. Todo empezó cuando se fue
largo, como a diez metros, inició el cite adelantando el engaño
despaciosamente y cuando el toro, tras arrancarse fuerte, llegó a su
jurisdicción, aproximadamente a un metro de distancia, un ligero
movimiento de muñeca obligó a la res a humillar y seguir los vuelos de
la flámula. Ahí comenzó la lección magistral. Y lo grande es que
esos naturales no fueron especialmente despaciosos, sino que tuvieron el
mismo impulso que llevaba la arancada de la bestia. Otra vez largo, y
por segunda vez, el toro se arrancó fuerte y destemplado y por segunda
vez, al bajarle el engaño a medio metro de las ingles, milagro. Y todo
eso en el centro. Luego comenzó lo fácil, bueno es un decir. El caso
es que el toro ya estaba dominado y los naturales que siguieron, suaves,
cadenciosos, redondos, largos y ceñidos, casi bonitos; más que
emotivos. Pero el público bramaba, aunque en los principios de la faena
apenas lo hiciera, cuando realmente el mérito estaba allí, a orillas
de la muerte.
Al que se le pusieran los vellos de punta durante el transcurso de
aquellos naturales, seguro que sintieron la auténtica verdad del arte
de torear. No importa que no lo matara, que lo matara mal. Una faena así
no merece mancharla con la vulgaridad de las orejas; eso lo puede hacer
cualquiera, o casi.
Su labor en el segundo, anodina. Sacó su constancia y el valor que
le caracteriza, pero siempre tragando, es decir, a merced del toro. Con
la derecha, uno bueno y el segundo casi mejor, pero sin dar ese paso
adelante, con el cuerpo o con el engaño, necesario para que ese toro,
muy tardo, pudiera repetir la arrancada. El público vislumbraba que
podría haber faena, pero Tomás no estuvo decidido a ello. No obstante,
su labor fue voluntariosa pero sin armonía técnica. Se equivocó al
sacar al toro del tercio hacia el centro, donde no iba bien. Al ser un
tanto cobardón, se encontraba más protegido cerca de la barrera que en
los medios del ruedo. Tomás estuvo casi vulgar y sin inspiración. No
se gustó ni a él mismo, seguro.
Luguillano no acertó a sacarle el jugo al buen primero. Puso mucho
empeño y logró algunos muletazos con chispa y arte, pero no se cruzó
ni una sola vez, mejor dicho, sí, cuando se lo gritaron desde el
tendido. ¿Por qué no repitió en lo que restaba de faena? Pues a causa
de eso no triunfó con ese toro, a pesar de sus evidentes deseos y las
excelencias de algunos multezos. Pero eso no es suficiente.
Con el cuarto, el peor de la tarde, estuvo menos serio, fanea
desequilibrada sin seguir una técnica lógica y con impulsos, a veces
extravagantes.
Eugenio de Mora muleteó bien al tercero, de corta arrancada. Los
derechazos, un tanto rápidos, pero bien resueltos, ya que siempre dejó
la muleta adelantada, en los morros. Los naturales, cortos pero bien
iniciados; le faltó un tanto de acople, es decir, templarse un poco más
con él y acertar en los cites a media distancia. Al hacerlo demasiado
cerca, ahogaba al animal, y por consiguiente, también su arrancada.
Con el sexto, que echaba la cara arriba, sí adelantó la muleta y
aguantó los derrotes. Dio el paso adelante en los naturales y el pase
de pecho, perfecto. Con la diestra, otra vez muy seguro. Faena valiente
con deseos y transmisión. Así es como hay que estar.
Marc
Lavie. TOREROS À LA FORGE.
Deux faenas de grand mérite de José Tomás et
d'Eugenio de Mora ont été le plus remarquable d'une corrida très
attendue, décevante d'un point de vue artistique, mais intéressante
pour l'aficionado tant les toros, moins faciles qu'il n'y paraissait,
ont exigé des toreros.
Le plus clair fut le premier, bel exemplaire élancé,
discret lors deux premiers tiers mais fidèle au comportement classique
des toros d'origine Núñez, puisqu'il libéra au dernier tiers une
belle charge, sans toutefois la répéter à chaque appel. Luguillano
fit un bon début de faena et lia deux séries droitières très basses,
d'un excellent tracé, avant de baisser d'intensité, de manquer de
liaison et d'abuser de la gestuelle en dehors des passes. Il tua mal –
deux pinchazos, une demie et trois descabellos – et les avis se partagèrent.
La faena du quatrième tourna aussi court que l'animal semblait le
faire, et tout se termina par un échec avec le descabello.
Très lent à s'élancer fut le deuxième. José Tomás
commença à la muleta par une jolie séquences de doblones, un genou au
sol. Le torero donna de l'air à son adversaire, tenta de le soumettre,
mais le manque de mobilité du cornu ôta liaison et relief à ces
efforts, mal terminés avec l'épée : trois pinchazos, une lame
profonde et un descabello.
Haut sur pattes, le cinquième resta peu de temps
sous le picador, ne fut guère châtié et termina avec une charge
brusque et irrégulière. Tomás le doubla à nouveau un genou à terre
avant de le conduire par le bas sur le côté droit. La faena eut un énorme
mérite, celui de la quiétude imperturbable du torero, défiant les arrêts
soudains et la distraction de l'exemplaire d'Alcurrucén dont il
canalisa la violence à défaut de l'apaiser. Il n'y eut pas d'accord en
rythme, et la muleta fut pratiquement accrochée à chaque passe. Mais
les cinq séries de naturelles que lia Tomás, sans céder un millimètre
carré de terrain, en tentant d'allonger au maximum le parcours de son
opposant, il fallait les tirer et le public sut les apprécier à leur
juste valeur. Il porta au premier voyage une demie défectueuse, qui le
priva d'oreille, puis une estocade décisive en bonne place. Le tour de
piste fut davantage salué que les deux oreilles de mardi dernier. José
Tomás n'a pas raté son rendez-vous à Madrid.
Inédit devant le mou troisième, Eugenio de Mora
fit, à son tour, un gros effort devant le sixième, le toro le plus
impressionnant de la soirée, qui manifesta une charge vibrante mais
incomplète, n'allant jamais jusqu'au bout de la passe et péchant par
distraction. Un défaut que le torero sut atténuer en liant avec détermination
de bonnes séries de chaque côté. Mais lui aussi entacha son travail
à l'heure fatidique, enfonçant au premier assaut une estocade défectueuse
qu'il ressortit aussitôt avant de porter un pinchazo puis une entière
en arrière.
On ne peut pas aujourd'hui reprocher aux trois
toreros, chacun dans la mesure de leurs limites et de leur prestige, de
ne pas avoir forcé le succès. C'est avec une telle disposition
d'esprit qu'on doit venir à Madrid…(M.L.)
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