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17ª de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del lunes, 27 de mayo de 2002
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Corrida de toros
Ganadería: Toros de Puerto
de San Lorenzo, el cuarto, devuelto, justos de presentación,
anovillado el quinto, mansos y absolutamente inválidos. El sobrero, de
El Toril, manso y flojo.
Diestros:
- Finito
de Córdoba, casi entera muy tendida y cuatro descabellos
(silencio); dos pinchazos, media trasera -aviso- y un descabello
(pitos).
- Morante de la
Puebla, cinco pinchazos -aviso- y un descabello (pitos); tres
pinchazos, estocada perpendicular -aviso- y seis descabellos -2º
aviso- (pitos).
- Alfonso Romero,
pinchazo enhebrado y media estocada (silencio); un pinchazo y dos
descabellos (silencio).
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa: El
País, La Razon, ABC, Marc
Lavie (en francés).
El País.
Antonio Lorca. Hip,
hip
No se lo van a creer, pero los toros salían
al ruedo queriendo engañar; como el juerguista que llega a su casa y
pone cara de interesante para evitar la bronca de la parienta. Pero,
amigo, el alcohol hace estragos y en cuanto husmeaban el burladero: ¡Hip,
hip! Hubo alguno que hasta llegó a cantiñear por bulerías. En cuanto
se les acercaba un señor de luces, se descubrían: los ojos, saltones;
la mirada, perdida; las piernas, temblonas, y, al primer envite, al
suelo, cataplaf, plaf...
¿De dónde vendrían? ¿De los
corrales? Ya, ya... ¿Qué habrían bebido? ¿Agua? Cuénteselo a otro.
Borrachos como una cuba estaban todos
los toros del Puerto de San Lorenzo. Los pobrecitos no se mantenían en
pie. Que venían de una juerga era evidente. Lo que habían bebido era
un misterio porque es que no podían articular palabra. Así, uno, y
otro, y otro, hasta los seis. Una vergüenza presentarse a trabajar en
Las Ventas en tan lamentable estado. Pero así fue.
Ahora, en serio. Si en Madrid, que se
considera la primera plaza del mundo, salen toros de esta guisa y se
burlan del público con tal descaro, ¿qué ocurrirá en los demás
ruedos de este país? Mejor no pensarlo.
¿Cómo es posible que la autoridad
asista impasible a un desfile de borrachos y los mantenga en el albero?
Sólo el desconocimiento y la paciencia infinita del público evitan un
conflicto de orden público de incalculables consecuencias. Porque lo de
ayer en Las Ventas fue otro engaño, otro fraude, otro atraco más, o la
evidencia de la degradación total del toro bravo.
¿Qué comen estos toros? ¿Qué beben?
¿Qué cuidados sanitarios reciben? ¿Es que no sabe el ganadero lo que
tiene en el campo? Es más: si lo que trajo a Madrid es lo mejor de su
ganadería, ¿qué es lo que cría este hombre?
Lo peor, si es que hay algo peor, es que
mientras parte del público protesta enérgicamente, profiere
improperios y toca palmas de tango, el presidente reposa el codo derecho
sobre el palquillo, se lleva los dedos pulgar e índice a la barbilla,
se aprieta los músculos de la cara, escudriña con mucha atención el
penoso espectáculo, se lo piensa detenidamente, y saca el pañuelo
blanco para que continúe la estafa.
¿Qué pensará el presidente? Difícil
cuestión. Lo cierto es que entre la inhibición de la autoridad, la
birria de material del ganadero y la complicidad de la empresa están
matando la fiesta.
Y los toreros tampoco se pueden ir de
rositas. Cuentan con apoderados influyentes, expertos veedores, asesores
varios y todo un entorno de supuestos entendidos. Pero, ¿qué es lo que
ven? ¿Quién los engaña diciéndoles que la corrida es muy bonita y
que va a embestir?
Almas en pena
Aunque alguien no lo crea, todavía
puede ser peor. Y puede serlo porque los tres espadas, dos a los que
llaman figuras, Finito y Morante, y un tercero que aspira a serlo,
Romero, estuvieron a la altura de las circunstancias; es decir, como
almas en pena, sin recursos para resolver con dignidad tan grotesca
caricatura de una corrida de toros. Intolerable.
Es lógico que les molestara el aliento
alcohólico de sus oponentes, pero ello no es justificación suficiente
para una tarde tan nefasta. Hasta para ejercer de enfermero hay que
saber hacerlo con categoría.
Finito de Córdoba, por ejemplo, es un
diestro experimentado que ha toreado ya cientos y cientos de corridas,
pues allí estaba cual principiante como protagonista de un ridículo
vergonzante. No es sólo que se dejara enganchar la muleta en cada
embestida, sino que a la hora de matar lo hacía echándose fuera como
si tuviera delante un barrabás y no un muerto en vida, que es lo que
tenía.
¿Y Morante? Cuatro verónicas
estimables en su primero, mucha pinturería en las posturas y
tropecientos mil pinchazos huyendo de la suerte como un descosido.
Alfonso Romero permitió un desorden absoluto en la lidia de su borracho
primero y puso voluntad y toreo del malo en el sexto. Una tanda con la
derecha y pare de contar.
Se acabó la corrida. Los borrachos
duermen. Mañana, una nueva esperanza. Ojalá que la juerga no sea
contagiosa.
ABC.
ZABALA DE LA SERNA. Unos
por otros y la casa sin barrer
Sumido en tan profundo gozo me encuentro, que ni siquiera conozco el
camino a seguir en las próximas líneas. Jamás presenciaron mis ojos
toros de semejante poderío ni toreros de igual arrojo. Los adjetivos no
hallo. Ni las frases idóneas para describir las faenas, indescriptibles
tal vez. Y las estocadas, ¿cómo fueron? Pues interpretadas conforme a
los cánones en su versión del volapié, marcados los tres tiempos. ¡Qué
importaban las astas si la gloria se intuía a la muerte de las bestias!
En corto y por derecho, la muleta al hocico y la mirada clavada en la
cruz, en el mismísimo hoyo de las agujas, donde después se hundía el
acero hasta la empuñadura. Los toreros sabían dónde comparecían.
Madrid, San Isidro, las cámaras de TVE... No había que permitir que la
ocasión volase de sus manos. De ello dependía el resto de la
temporada. Cumplieron como jabatos, legionarios del valor y el pundonor,
espadas forjadas en la fragua de Vulcano. Ojalá alistara Trillo tipos
así en nuestro Ejército para defender las fronteras y mantener el
orden y la paz... Pura ciencia ficción. Perdón, pero por algún lado
que no sea un drama había que tirar. La realidad no respondió en nada
a lo narrado. Finito de Córdoba, Morante de la Puebla y Alfonso Romero
se presentaron impecablemente vestidos, y se despidieron exactamente
igual. Ni un mechón fuera de su lugar ni una gota de sudor. Ni un sofocón.
Los toros en general no sirvieron, huérfanos de fuerzas. Y los que
fueron más aptos murieron de mala manera, peor que el caballo que corneó
el tercero. Morante pretendía matar desde las cercanías de la M-30,
por donde más o menos atacaba la suerte. Y lo hacía como con carita de
asco, con gesto de desgana. Finito también tomaba la vereda periférica,
que aunque supone dar un poco más de vuelta se evita uno sobresaltos. A
Alfonso Romero, parece que sin querer, se le escapó la mano en un
infame metisaca allá por el costillar.
Al torero de Córdoba, líder del último escalafón de 2001, se le
perdona la ausencia ante el tambaleante toro que abrió plaza, pues
entre tumbo y tumbo nada había que hacer. El cuarto andaba igual, mas
el presidente estimó que era pertinente la devolución, porque así se
lo indicaba su sabia consejera, la pajarita que le decora el cuello de
la camisa cuando se sienta en el palco. Al sobrero de El Toril no le
encontró nunca el temple el fino diestro andaluz, incapaz de evitar un
punto de violencia que marcaba el último tramo de las embestidas.
Banderazo va, banderazo viene, y el toro que se desplazaba y obedecía,
pese al defecto que Finito convirtió en insalvable.
Por calidad, destacó el primer enemigo -por decir algo- de Morante.
Cuando todavía las fuerzas no lo habían abandonado, o sea en las
arrancadas de salida, le dibujó tres o cuatro lances a la verónica
que, con el tiempo, se convirtieron en lo más luminoso de la tarde.
Después el pupilo de Puerto de San Lorenzo se mantenía a duras penas
en pie, aunque seguía la muleta con largura y docilidad. Entre el fenómeno
de la Puebla del Río y su oponente cabía un tren en cada cite. Toreó
con las formas que le caracterizan, pero sin exprimir las calidades que
le ofrecía. A toros de semejante guisa uno ha visto cortarles las
orejas. Claro que el torero era El Viti y hay un abismo de diferencias.
En el quinto, degollado y zancudo, más de lo mismo aunque más
justificable.
A mitad de camino se quedó Romero con el buen sexto, que no duró más
de un par de series. El anterior fue un marmolillo imposible.
No hubo toros, y cuando los hubo fallaron los toreros. Sólo uno dio
la talla: Curro Molina en la brega del cuarto. Un placer. Porque el
resto, unos por otros, dejó la casa sin barrer. Un sindios y un
aburrimiento en toda regla.
La Razón. JUAN
POSADA. Ni los toros ni los toreros en la decimoséptima
de Feria
La salida del primer toro, renqueante, más
que eso, tropezándose con obstáculos inexistentes, cabreó al personal
que, de inmediato, elevó sus protestas al presidente Sánchez García,
quien o no supo verlo o, lo que es peor, no quiso sacar el pañuelo
verde como correspondía. No se entiende como este usía, famoso por las
protestas que origina entre los paganos, continúa en el palco a pesar
de no rectificar sus actuaciones, por supuesto, mejorándolas. La plaza
de Madrid, más en Feria de San Isidro, más con la televisión
presente, debe ser ejemplo de seriedad, especialmente en lo que se
refiere a las reses a lidiar.
Si los componentes de la picaresca ven,
como así es, estos desaguisados, pensarán que hay licencia para
cometer mayores tropelías en otras plazas de la geografía nacional.
Igual que hay un comité de árbitros en el deporte que juzga las
actuaciones de los que dirigen las competiciones, debería haber algo
parecido en lo referente a los presidentes de las corridas. Ellos, con
total impunidad, pueden hacer casi lo que les plazca tan sólo con el
rechazo, a veces rechifla, del pueblo pagano. El ¿váyase señor Sánchez
García! se adivinaba en los gritos de ¿fuera del palco!, y otras cosas
que no son de recibo intercalarlas en una crónica. Y, repetimos, con la
televisión, en este caso, abierta, como notario del hecho.
Y seguimos con la mandanga. Cierto que
la corrida no ofreció motivos para el éxito grandioso; no menos
cierto, que tampoco quisieron comerse las hombreras de los toreros.
Pero, éstos, con una falta de respeto o, mejor dicho, indiferencia
hacia lo que representa la plaza de Las Ventas, no se esforzaron ni
mijita. Parecía, a lo peor así es, que todos tenían un montón de
corridas firmadas a mucho dinero. Todos sabemos que el primer supuesto
si es posible, pero el segundo, el de la pasta, si no dan un pelotazo en
Madrid, ni hablar. Por tanto, no queda otra solución que pensar que se
conforman con el sueldo que las empresas, que no ven sus plazas
colmadas, quieran asignarles. Es la única explicación que tiene la
actitud indiferente de Finito, Morante de la Puebla y Alfonso Romero,
que se dejó escapar el sexto toro, el único que aguantó veinte
arrancadas nobles y largas. ¿Para cuándo espera este murciano, que
tiene buen corte, echar el resto y jugarse el todo por el todo? Ya
saben, el que espera, desespera.
Finito de Córdoba no pudo hacer
demasiado con su primer inválido, que al tercer pase, se derrumbó
estrepitosamente. Él, a pesar de ello, continuó castigándolo por
bajo; los olés de cachondeo tronaron. Las miradas al presidente y ¿toro,
toro, toro!, el fondo musical La verdad es que poco se podía hacer.
Pero con el sobrero de El Toril, sí
hubo motivos. Pero Finito, que también inició la faena con pases de
castigo, no se entiende porqué, tampoco mostró demasiados deseos.
Colocado al filo del pitón, dejando que le tropezaran la muleta y
acentuando los tirones, al «toque», dejó pasar la mitad de la faena,
entre murmullos desaprobados. Más perfilero con la izquierda y la
muleta, un trapo. En definitiva, faena que se asemejaba al cumplimiento
de una «peoná», que no gustó al público, que había iniciado la
bronca antes de terminar su labor.
Morante, que dio algunos lances
aceptables a su primero, instrumentó muchos muletazos con la diestra, rígidos
y sin soltura. Los naturales, bruscos y retorcido; no es normal esos
tirones a un toro flojo y suavito. La crispación del torero, sin
acoplarse al buen temple del animal, provocó que lo derribara en
ocasiones.
Al quinto también le inició por bajo y
remató con un buen pase de pecho que levantaron esperanzas. Pero volvió
a los derechazos eléctricos y forzados. Se templó en la tercera tanda,
no demasiado, pero ya todo estaba hecho. Más derechazos y más
naturales, por decir algo. ¿Por qué no echó mano de la inspiración y
la alegría sevillana? ¿Por qué tanta monotonía, por qué?
Alfonso Romero, poco pudo hacer con el
soso tercero. Optó por el arrimón, actitud que no le va y que a penas
le sirvieron para arrancar aplausos. Las buenas maneras del inicio de su
segunda faena levantaron expectación. Los primeros derechazos,
templados y largos. El toro, mermado de fuerzas, se vino abajo. Era el
momento cruzarse con él y rebozarse. Pero no, siempre al hilo del pitón
con resultado anodino. Poco a poco aquello quedó en nada. ¿Dónde está
la rabia de ser millonario?.
Marc
Lavie. INDIGESTE.
Voilà une corrida insupportable à jeun.
Heureusement qu'à Madrid, lorsqu'il ne se passe rien
en piste lors de deux premiers toros, les allées et venues entre son
tendido (ou son palco) et la buvette s'accélèrent à une vitesse
vertigineuse.
Car sur les points de ravitaillement de Las Ventas, même
le gin tonic et le J.B. (ce qu'il en reste) sont de première catégorie.
Au niveau de la crème écossaise, il faut faire particulièrement
attention au "Cardhu". Beaucoup de taurinos vous le
proposeront avec l'air innocent, mais il vaut mieux conseiller au taxi
de venir directement vous chercher au comptoir.
Tout cela pour vous dire que la plaza de Madrid est
vraiment unique au monde. Grâce aux moniteurs de télévision, on peut
se rafraîchir, promener, prendre l'air, pisser, sans perdre une miette
du spectacle.
Mais aujourd'hui, quel spectacle ! Un lot de Puerto
de San Lorenzo dépourvu de force, d'allant, de transmission, et de présentation
très discutable. Le cinquième, par exemple, était haut sur pattes…
mais c'était une chèvre. Une chèvre grande, armée, mais sans le
moindre trapío.
Et devant ces invalides innocents, trois toreros qui
avaient dû être amenés avec des menottes jusqu'au patio de caballos,
tant leur enthousiasme fit plaisir à voir.
On ne raconte pas Finito de Córdoba. On le subit. Il
se croit beau, fort, maître du toréo. C'est un technocrate du
muletazo. Sa mine contrariée, à chaque effort apparent, aurait rendu
atrabilaire le plus innocent des spectateurs. D'un tendido soleil, alors
qu'il farfouillait avec le quatrième, tomba la sentence : "¡ al
siguiente, por favor !". Des confrères m'ont dit qu'il ne voulait
pas venir à Madrid. Qu'il reste chez lui.
En début d'année, on nous avait dit le plus grand
bien d'Alfonso Romero. À chaque fois qu'on le voit, on cherche désespérément
ce qu'on peut lui trouver. Le troisième ne tomba pas : il ne bougea
pas. L'Irlandais de Murcie ne put ébaucher la moindre tentative avant
de tuer de façon crapuleuse. Il eut en échange le sixième, qui fut le
plus mobile et le plus noble et qu'il aborda correctement, bien que
rapidement et sans âme, avec la cape puis la muleta dans la main droite
avant de retomber dans un style emprunté.
Et Morante ? Même Morante, notre Morante. Ses véroniques
de réception devant le deuxième, en sortant le buste et en rentrant
les fesses, ne furent qu'une vague illusion. Il joua l'infirmier devant
l'invalide deuxième, qu'il obligea par le bas pour le faire tomber
davantage, passant un temps fou à nettoyer ses outils et à forcer des
mandibules, avant de tuer lamentablement. Le cinquième chargea sans
classe, et Morante força les attitudes, à se caricaturer lui-même,
avant d'interpréter au plus au degré le désenchantement avec les
aciers. Que reste-t-il de nos amours ? Vieille photo de ma jeunesse…
Comme on se l'est dit avec Zocato, vive les
"poncistes" et les "tomassistes" ! (M.L.)
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