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PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del domingo, 23 de junio de 2002
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Corrida de toros
Ganadería: Toros de Monteviejo,
bien presentados, de preciosa lámina y complicados.
Diestros:
Entrada: un quinto de entrada.
Crónicas de la prensa: El
País, ABC
El País.
MIGUEL ANGEL CUADRADO.
Monteviejo, qué bella estampa
Tarde de verano muy entrada en calor.
Despoblados los tendidos en la zona de sol. Interés por ver a los monteviejos
de Victorino Martín, procedencia Barcial, de reputada presencia y
cuajo. Y a la postre, es lo que ocurrió, o sea toros de bella estampa
aficionado, muy serios de pitones, de juego irregular tirando a
mansurrones, que en el caballo pelearon de irregular manera, para
arrancarse de lejos y luego en general repucharse. Total que la corrida
duró dos horas y media. Emoción, bueno sí hubo, sobre todo la que
pusieron los toros avisados, que no faltaron.
Antonio Urrutia en su primero, un
precioso toro lucero y calcetero, que cumplió en el caballo, lo saludó
de capote sin mayor trascendencia. En el último tercio no terminó de
encontrarle las vueltas al encastado burel de Monteviejo, al que pasó
por ambos pitones, la muleta retrasada, el trazo por fuera, para tan sólo
acertar en algún muletazo de mano baja que no hizo faena. En el cuarto
estuvo con tantas dudas, una incertidumbre total ante el mansurrón que
pedía dominio, los cuatro pases justos y a matar, que la faena no llegó
ni a un naufragio. Prácticamente no existió.
Fernández Meca en su primero estuvo
sincero y peleón, sin conseguir lucimiento. Un trasteo de muleta sin
tono, algo más potable por el pitón izquierdo, que no terminó de
rematar; obra pálida entre el tedio del calor, el aire calmo y las
moscas pasajeras.
El torero francés no tuvo mejor suerte
en el quinto, manso, más bravucón que otra cosa en el caballo, parado
en el último tercio. Volvió a estar voluntarioso, al fin opaco por mor
de un toro que de bravo, los serios pitones. Una desilusión este Coleterón.
Qué se le va a hacer.
José Ignacio Ramos brindó al público
su primer toro, que había tenido una buena pelea en varas, y que en la
muleta desarrolló sentido al segundo muletazo de tanteo. Banderilleó
con exposición, así como había recibido de capote en verónicas
templadas, pelín de gusto en la interpretación que el respetable le
premió con una justa ovación.
El último tercio de este tercer toro
resultó emocionante, pues José Ignacio Ramos no volvió la cara a un
toro que derrotó, se quedó corto por ambos pitones, vamos que pedía
el carné de lidiador. Pero lo mejor de todo fue la estocada con la que
mandó al difícil toraco al otro barrio. Una estocada en los medios del
ruedo que fue de torero macho dando el pecho, como mandan los cánones.
Ramos manejó otra vez bien el capote en
su segundo, tanto en los lances con los que saludó al mansurrón como
al poner al morlaco en suerte ante el caballo. Volvió a arriesgar en
banderillas, aunque los palos los prendió de manera irregular. La faena
de muleta que realizó, fue más que estimable, un trasteo sobre los
pies, en la distancia adecuada, para arrancar naturales ayudados o
derechazos tan bien orientados como hondos y pulcros.
La espada esta vez no le acompañó al
bravo torero burgalés, varios pinchazos le privaron de una merecida
ovación, después de una tarde en la que, además del valor comprobado,
demostró una profesionalidad a prueba de cualquier evento.
En fin una tarde veraniega, venteña,
calurosa, de poco rumbo artístico. Pero muy cabal porque los toros
imponían su presencia, las astifinas defensas y el no se mueva nadie en
falso que lo tumbo.
ABC. ZABALA
DE LA SERNA. Patasblancas,
duros pies
Los patasblancas lucieron seriedad, hermosas láminas de pelajes
vistosos y duros pies. A Victorino le hace falta una buena podadera para
desbrozar el monte, el hierro de Monteviejo en este caso, cubierto por
las malas hierbas de Barcial. Vendieron caras sus vidas los nuevos toros
del paleto de Galapagar, que ha de encontrar la veta que marque una línea
regular y más humillada en la sangre alborotada y desigual del
manantial de Vega Villar.
La corrida se dividió en dos partes, cual partido de fútbol, y la
segunda se convirtió en un glorioso tostón. En ambas destacó José
Ignacio Ramos, que regresaba al escenario donde apenas hace veinte días
se jugó la vida sobre un lodazal. Otra vez ayer arriesgó el tipo y el
pellejo, en especial con el enmorrillado, berrendo y cuajado tercero, al
que saludó con pasmosa decisión a la verónica en lances de limpio y
firme trazo.
Ramos propició un aplaudido tercio de varas con su generosidad para
poner al toro en suerte y en largo en el caballo, hasta cuyo peto galopó
el bruto con alegría. José Mario Herrero agarró un par de puyazos
notables antes de que su matador cumpliera con el expediente en
banderillas, sobrado de facultades. Muleta en mano comprobó las fieras
intenciones del enemigo, que atacó al pecho sin miramientos en las
dobladas preliminares. Superó el susto y el arreón con sereno ánimo
sobre la mano izquierda, por donde la bestia se acordaba de lo que se
dejaba atrás; sobre la derecha, imposible el trato. A medida que
avanzaba la faena la cosa iba a peor, hasta que Ramos concluyó
contundente con un volapié arrojado, un zambombazo de rectitud que acabó
con un estoconazo contrario. Le regatearon la vuelta al ruedo y saludó
desde el tercio.
Peor anduvo con los palos y el acero en el sexto, que o tardeaba o
embestía con todo, en peligrosas y repentinas oleadas. Similar fue el
quinto, otro cuya lidia se tornó en insufrible por su lentitud, por ese
permanente querer exhibir en el caballo hasta los toros evidentemente
reacios. Fernández Meca bregó con efectividad y muleteó con voluntad,
mejor ante el anterior de su lote, que obedecía más a izquierdas desde
un principio. El francés tuvo que tragar en los derechazos para
enterarse de que al natural había mayores opciones, dentro de un orden.
Alargó afanoso la obra y falló con el estoque.
Al mexicano Urrutia le faltó fibra con el barcial que inauguró la
tarde, el más potable del conjunto por uno y otro pitón pese a sus
embestidas un punto rebrincadas, ayunas de un mando y una entrega que no
halló. Si éste le vino grande, no digamos el imponente y terrible
cuarto, que apabulló al desfondado torero.
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