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11ª de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del martes, 21 de mayo de 2002
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Corrida de toros

José Tomás, a hombros (Foto El País)
Ganadería: Toros de Martelilla,
desiguales de presencia y de escaso juego en líneas generales.
Diestros:
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa: El
País, ABC, La Razon.
El País.
Antonio Lorca. José
Tomás, por la puerta grande
José Tomás cortó las dos orejas al
quinto de la tarde y se lo llevaron a hombros de la puerta grande. Muy
bien. La verdad es que venía dispuesto a hacer olvidar el borrón del
pasado año y lo consiguió con una decisión desmedida durante toda la
tarde. Desde el quite ajustadísimo por gaoneras en el primer toro de
Rivera hasta la gran estocada final a su segundo, su labor estuvo
impregnada de la búsqueda constante del triunfo. Se reconcilió, pues,
con la afición, y recibió los honores de la mayoría.
Ciertamente, Tomás es un torero
diferente, pleno de cualidades, y con capacidad para cambiar el sino
negro de una tarde. Esforzado ante su primero, una birria de toro, se
vació en el otro, inválido, manso y que no fue picado, en una faena de
empaque y prestancia, templadísima, propia de un privilegiado. Comienzo
por estatuarios, un pase de la firma y otro largo de pecho que hacían
presagiar los mejores augurios. Continúa por la izquierda, muy quieto,
pero sin el aire apropiado, que llega con la derecha en redondos ajustadísmos
perfectamente ligados con el de pecho. Otra tanda de frente, un cambio
de manos, ayudados y otro pase de la firma, que supo a un auténtico
cartel de toros. Y todo, con el aroma del toreo más lento, más íntimo
y profundo.
La pena es que el mismo interés que
puso en alcanzar el triunfo no lo pusiera Tomás a la hora de elegir la
corrida. Se notó que han llegado las figuras y, con ellas, la marca
Domecq, que, en esta ocasión, un vez vez más, fue sinónimo de toros
anovillados, inválidos y descastados.
Hace años, se puso de moda en Madrid el
grito de '¡pss, pss, que viene, que viene!', que se refería a Manili,
quien, a base de valor y técnica, barrió el escalafón y triunfó con
toros encastados. Ahora se vuelve a oír: '¡pss, pss, que viene, que
viene!'. ¿Quién viene? Una figura. Y la autoridad se echa a temblar en
una actitud vergonzante. De otro modo, es inexplicable que se aprueben
toros tan mal presentados, feos y desgarbados como los de ayer. Y como
las desgracias nunca viene solas, mansos de solemnidad, inválidos y
descastados. Y el público se traga el timo porque lo único que quiere
es lucir el clavel en la solapa, dejarse ver y ser visto, y contar, cómo
no, que acaba de llegar del Rocío, donde ha disfrutado con la crema del
poderío madrileño.
En esta plaza de las Ventas hay
aficionados que protestan -alguno no hace otra cosa durante toda la
tarde- y se niegan a aceptar los continuos atropellos a que se somete a
los espectadores. Pero si no existieran habría que inventarlos para
impedir que alguna que otra tarde salgan seis gatos auténticos por la
puerta de chiqueros mientras los del clavel cuentan y paran sobre sus
andanzas rocieras. El toro les importa un bledo.
Una vergüenza. Un despropósito. ¿Cómo
se atreve a venir a Madrid la primera figura del toreo con semejante
ganado? Es una afrenta, corte las orejas que corte. Las cortó, pues muy
bien, pero el toro es otra cosa.
Nada pudo hacer Rivera Ordóñez, otro
que tal baila. Recibió a su primero con ajustadas verónicas, pero era
un marmolillo y lo despachó con brevedad. El otro, un manso de libro
que recibió ocho picotazos en un tercio de varas desordenado. Lo citó
con la muleta retrasada y el toro huyó como un descosido.
Y Rafael de Julia pasó como alma en
pena. Sus oponentes inválidos no ofrecieron facilidades, pero toreó
siempre con escaso ánimo y al hilo del pitón en un ambiente hostil.
Ojalá algún aficionado no se haya
contagiado de la euforia tomasista. Sería la prueba de que aún nos
queda la esperanza...
ABC.
ZABALA DE LA SERNA. José
Tomás, a hombros del fervor popular en Las Ventas
El morbo rodeaba la cita. José Tomás regresaba
a Madrid, su forja y su cuna, su mayor decepción y su cruz el pasado
mayo. Nadie entendió aquello con el toro de Adolfo Martín. Algunos no
se lo habían perdonado todavía ayer cuando rompió el paseíllo. Ácidos
silbidos arroparon el desfile. No muchos, pero los justos para que se
palpara la acritud de algunos sectores minoritarios. Quien la hace la
paga, parecían indicar los pitos. Las dudas sobre si pesarían más las
gloriosas temporadas de 1997, 98 y 99 o la última imagen de derrota
percibida seguían vivas. Ya veríamos cuando llegase la hora de torear.
Mas la tenúe pose de oposición cedió, poco a poco, con el transcurrir
de la tarde, bajo el peso de la mayoría, que había ido a izar a José
Tomás a nada que hiciera, como se comprobó. Las ovaciones tomaron
cuerpo en un quite por gaoneras al mastodóntico toro de La Martelilla
que inauguró la muy desigual corrida. Capote a la espalda, colocado con
esmero, no con el pertinente medio farol, y J. T. que se cruza y traza
dos ceñidos lances y un par de atragantones enganchados. Runrún tras
las muchas palmas. Rivera Ordóñez muletea a media altura. El bruto,
hecho cuesta arriba, ni humilla y apenas se desplaza. Tampoco lo obliga
ante su carencia de fuerza. Liquida el torero la papeleta con brevedad.
Sonaba la hora de la verdad para diestro de Galapagar. En esto aparece
un toro feo, de pelo invernal, bien construido, un poco aleonado, que
flojea en el capote y no se recupera luego tras un mínimo castigo en
varas, de donde sale suelto. Hasta los medios lo saca Tomás y le planta
la izquierda. No cuajan los naturales, salvo uno; no adelanta la muleta
y se le cuela en el tercer muletazo. Cambia de mano, pero no pisa el
acelerador. Pasa con discreción, a pesar de la nobleza sin fuelle del
enemigo. Silencio y rostros de excepticismo.
Rafael de Julia cumple con su cometido de acompañante. El tercero se
tapa por la cara, tiene el vicio de escarbar y se duele en banderillas.
No es malo, ni mucho menos, pero De Julia desaprovecha las francas
embestidas. El indecoroso bajonazo que perpreta cabrea al personal.
Rivera no se supera con el manso cuarto. La lidia es caótica: ¡el
picador cambia de terrenos en el sentido de las agujas del reloj! ¡Al
revés, hombre, al revés! Sólo protestan los más enterados; el resto
acude al acto social. Se pica cada día peor, cada vez más trasero, en
los blandos, en el costillar, donde quiera la inerte puya. Huye y huye
también el animal en el tercio de muerte. Ni recursos ni gaitas para
fijarlo. La supuesta figura se encoge de hombros y agarra la espada. Que
se pelee con un manso Rita. Hala, a cobrar.
Quinto, último cartucho, astifino y terciado, en la línea del tercero.
Curioso: embisten los dos con mejores hechuras. Demuestra una preclara
fijeza en el peto y en los capotes. José Tomás inicia faena por alto,
y cruje una trincherilla. Planta cara sobre la izquierda. Se equivoca,
el pitón del cortijo es el derecho. Una tanda al natural, de buen trazo
pero enganchada, y otra en la que el noble bruto se desentiende más de
la muleta, con la cara alta. Sobre la mano derecha crece el toreo,
aunque carece de ligazón. José Tomás se recoloca, pierde pasos y
cuando corre la mano surgen los oles más auténticos y merecidos. Se
supera a pies juntos, estupendos de fondo y forma, eso sí, de uno en
uno; el broche del cierre es soberbio, como un cambio de mano anterior.
La faena, aun «in crescendo», dista un mundo de aquellas del trienio
cabal de finales de los noventa. Quizá los recuerdos de entonces y la
imaginación colectiva hacen percibir unas vibraciones inexplicables en
su desmedida intensidad, y provocan una entrega que no se corresponde
con lo acaecido. Suena el aviso antes de entrar a matar. La estocada caída
no supone ningún freno en el desenfreno popular. Una oreja. Vale. Piden
la segunda. El presidente, don Luis Torrente, cede o comulga con el
sentir mayoritario. ¡Dos! ¡Puerta Grande! Las escasas protestas
se ahogan entre las voces de un sentimiento tomista desbocado. A medio
gas, José Tomás venció la tenue oposición inicial. Que se explique
el usía, que cuente ahora si sintió erizarse los vellos de los brazos,
la piel de gallina, un ligero desmayo, un vahído. Salida a hombros
barata, señor Torrente, de saldo e indigna de la categoría de Madrid.
Ahora, los que vienen detrás, que arreen.
Ya lo que le quedaba a Rafael de Julia era recoger y echar el telón. Así
fue, más o menos. Sólo que el toro se echó antes que la gran cortina
del escenario.
Jolgorio, algarabía. Señores contentos, señoras felices; abrazos,
felicitaciones. «Vamos a celebrarlo». «¡Vamos, vamos!» (el coro).
Por el fondo, bajo los focos, la figura de José Tomás se pierde por el
arco de la gloria, por donde desfiló hace unos años con mayores méritos.
Fin.
La Razón. JUAN
POSADA. El carisma de José Tomás, conquistó Las
Ventas
Tarde de novios, de esos que riñen al
comienzo del paseo y, tras unas carantoñas sin importancia, se deshacen
en zalameos. Tarde de carisma, que también cuenta en el toreo y en
todo. Pitos iniciales en el paseíllo dirigidos al «novio», José Tomás.
Silbidos de mentirijilla, ya que no se percibía crispación en los
rostros, sino esperanza de una reconciliación, cuanto antes mejor. El
ambiente de la plaza, cuajado de buenos augurios. El gesto de José Tomás
de aguantar, por gaoneras en un quite al primero, amplió la sonrisa de
sus partidarios, que eran muchos, y también de los otros. Poco a poco
la tensión se relajaba aunque los toros, descastadillos y flojos,
provocaban el disgusto y, a veces, la rechifla, de los más exigentes.
No importó que el segundo de la tarde perdiera las
manos en varias ocasiones, ni que Tomás fuera achuchado en uno de los
primeros derechazos de su faena. El personal estaba predispuesto a
aplaudir. Tampoco importó mucho que citara con la izquierda retrasada,
lo grande es que, cuando rectificó y la adelantó, tampoco pasó nada,
es decir, detalle desapercibido. Tomás recuperó distancia y tragó en
los naturales. También intentó quedarse en el sitio para ligar, aunque
el toro le embestía con la cara alta a topetazos. Cubrió el expediente
y dio la cara, lo mínimo que debe hacer una gran figura.
Las chicuelinas que intentó en el quinto, frustradas.
Los comienzos de la faena ante un animal sumiso y flojo, sin más
importancia, aunque las trincheras y el pase de pecho que remató a la
primera tanda fueron buenos. Todavía no se vislumbraba el Tomás de
siempre. Los naturales siguientes, a pasatoro, y el pase de pecho, como
todos los que dio, largo y profundo. Lo mejor de su labor, los muletazos
con la derecha aunque sólo dos, lo más tres, en cada tanda.
Posiblemente era lo idóneo, ya que el toro no aguantaba más agobio. No
obstante, los tres siguientes, buenos y largos. El intento de repetir al
natural, fallido. Calentó a los ya ardientes espectadores con unos
muletazos diestros a pies juntos. Los ayudados por bajo finales, casi
provocaron la locura. En definitiva, una faena voluntariosa, aderezada
con ese aire místico del toreo, base de su personalidad. Su actitud,
seria y decidida terminó de cerrar el círculo admirativo. No obstante
le regalaron la segunda oreja.
Ausente el miedo
Definitivamente, ayer no hubo emoción
miedosa ya que los toros no inspiraban temor. Sí la otra, la estética,
a pesar de que tampoco Tomás redondeó tres pases seguidos de los que
provocan el olé emocionado, ya sea por el miedo o por la delicia artística.
Fue una actuación en la que primó la personalidad del torero que, pese
a quien pese, colma el ruedo y contagia hasta a los más recalcitrantes.
Desde siempre las grandes figuras del toreo lograron grandes éxitos por
esa cualidad que no se aprende, que nace con la persona. Tomás, que es
consciente de ello, la cultiva, y hace bien. También se coloca en un
sitio muy difícil y se queda tan quieto como un poste. Gustará más o
menos, pero lo indudable es que el tío interesa.
Rivera Ordóñez defraudó. Nada con el capote en su
primero y desaliñado con la muleta. En línea, es decir, sin cruzarse,
con el engaño retrasado y la prevención a flor de piel, trasteó sin
convicción y en cuanto el manso emprendió la huida a las tablas, se
fue a por la espada.
El el cuarto, consintió que la suerte de varas fuera
una capea sin poner el orden que, como director de lidia y responsable
del toro, debía. Inoperante con la muleta, y ocurrió lo mismo; a los
dos o tres muletazos el manso también volvió grupas y, ostensiblemente
molesto, fue a por la espada. Actitud impropia de un torero que tiene
una responsabilidad en Feria tan importante como la madrileña. Hay que
estar más decidido y justificar su inclusión en los carteles.
Rafael de Julia desaprovechó una excelente ocasión
en su primero, terciado, suavito y noble. Posiblemente influenciado por
el ambiente, actuó como cohibido. Los derechazos iniciales, a media
altura y rematados hacia afuera. Descolocado, fuera de cacho y veloz en
los siguientes, con el defecto de rematar por alto lo que debía ser
abajo y atrás. Le faltó rabia en el intento de naturales, que no
llegaron a cuajar. Dio la sensación de estar desconcertado y sin ganas.
Una pena.
Se animó en el sexto, al que recibió arrodillado en
el tercio. Para colmo, el animal se echó al tercer pase. Una vez
arriba, metió la cabeza sin convicción y a media altura en unos
derechazos, rígidos y sin ánimos. Volvió a intentarlo con la diestra,
casi siempre fuera de distancia. Lo ahogó en todas las ocasiones y no
recurrió, vistas las condiciones de la res, a citarlo desde más lejos
para, primero, darle espacio para que tomara velocidad y segundo,
imprimir un tanto de emoción.
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