|
|
|
9ª de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del domingo, 19 de mayo de 2002
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Corrida de toros
Ganadería: Toros de Valdefresno,
el 2º, devuelto por inválido y sustituído por otro del mismo hierro),
bien presentados, bravos, blandos y nobles; el 3º, encastado.
Diestros:
- Pepín Jiménez, y
un descabello (silencio); pinchazo y bajonazo (vuelta con alguna
protesta).
- José Luis Bote,
estocada perdiendo la muleta (silencio); tres pinchazos, bajonazo,
-aviso-, y un descabello (silencio).
- David Luguillano,
media y tres descabellos (vuelta con protestas); estocada perdiendo
la muleta (oreja).
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa: El
País, ABC
El País.
Antonio Lorca. Un
manojo de nervios
Luguillano es un manojo de nervios y así es muy difícil hacer el
buen toreo a pesar de que se tenga la cabeza llena de cualidades.
Luguillano olvida aquel refrán de que 'las prisas, para los
delincuentes y los malos toreros', dicho sea sin ánimo de ofender.
Lo cierto es que, en primer lugar, le tocó en suerte un noble y
encastado toro para haberle cortado las orejas y se las llevó al
desolladero. El toro, naturalmente.
Claro, que ni tan nervioso pero tampoco tan desangelado como Pepín
Jiménez, que parece que venía a un funeral. No es que el hombre sea de
natural sonriente, pero la tristeza en la cara sabe a desconfianza. Y un
poco desconfiado ante el toro sí que es Pepín.
Y puestos a poner pegas, la mirada perdida, la sensación de
abatimiento y de inseguridad que transmitió José Luis Bote no son un
buen pasaporte para el triunfo.
Y conste que los toros eran bravos, blandos y nobles, que ofrecían
las orejas en bandeja. Pues, nada, la tarde fue un quiero y no puedo,
una pincelada y un borrón, un olé y una decepción.
Nadie le puede negar a Luguillano su decisión, pero lo extraño es
que nadie le recomiende serenidad. Despacio, hay que torear despacio y
no como si en lugar de recibir un aviso se fuera a acabar el mundo. Más
delito si, encima, sabe torear, como demostró con la muleta ante su
primero en un comienzo por bajo profundo y largo. El toro, codicioso, se
arrancó de lejos y ahí se sucedieron dos cortas tandas de rendondos
acelerados, nerviosos e intensos. Siguió con la misma mano igualmente
alocado; un natural largo después, ayudados por bajo y un bonito cambio
de manos. Visto y no visto. ¡Qué prisas! Más despacio en el sexto,
con menos fuelle el toro, y algún pase de buena factura.
Jiménez, muy desangelado y precavido ante su primero. Pero como
posee una muñeca privilegiada, toreó al cuarto, un auténtico bombón,
con elegancia y empaque por la derecha, y algunos redondos tuvieron
gracia, hondura y ceñimiento. Una tanda más por el mismo lado que
abrochó con un precioso pase de la firma.Probó por la izquierda y
desistió al primer encuentro.
Bote tuvo peor suerte en el sorteo, pero él fue su peor enemigo. Dio
la impresión de no estar en condiciones físicas ni mentales, a pesar
del cariño que recibió del público. Muy frágil y con pocos recursos,
fue la viva imagen de la derrota.
Hubo toros bravos y nobles, toreros artistas y necesitados, y
desaliento final. ¿Es o no es un misterio?
ABC.
ZABALA DE LA SERNA. ¡Qué
pena de corrida!
Eráse una vez un domingo cualquiera. Soleado,
primaveral, feliz. Concluía otra cumbre internacional en Madrid, los
helicópteros vigilaban por la seguridad de todos y niños y niñas hacían
la primera comunión y se retrataban en los parques del Retiro y del
Oeste. «Mira el pajarito, mona», y la pequeña se coloca justo delante
de los jardines donde unos gachós se tuestan medio en pelota, decorados
por minimalistas tangas. ¡Qué foto! «Pero, hija, mira a la máquina».
Madrid moderno, que parece Benidorm sin costa, de horteras, macarras y
desahogados. Si ya lo recordaban desde los tendidos de la Monumental de
Las Ventas: «¡Peor que Benidorm!». Y eso antes de que le dieran la
oreja del sexto a David Luguillano, que había templado algo más que
con el insuperable tercero.
En Benidorm, donde ahora se alza otro monstruoso edificio para tentar
a Bin Laden, ven los guiris el espectáculo y los corren hasta Escocia a
gorrazos y sacan a los toros a hombros. Santos toros de Valdefresno. Si
alemanes e ingleses, con una curda de espanto, presencian cómo la
Puerta Grande permanece cerrada a cal y canto después de que hayan
embestido cuatro toros de seis, y aun sabiendo nada les pegan el cante.
Y ni vuelta al ruedo ni gaitas. Menos, con cuatro descabellos o con un
bajonazo. Rectifiquemos a la ilustrativa voz: bastante peor que
Benidorm.
Otrora, en mi pueblo, que es éste desde hace tres generaciones,
cuando a los toreros se les iban enemigos nítidos de ser desorejados,
se les negaba el pan y la sal por tiempo. De un tiempo a esta parte, aquí,
o nos pasamos o no llegamos. Según, claro. Según las simpatías, las
preferencias, las manías, las animadversiones y las consignas. Hay
matadores a los que todos le vale. Verbigracia: Pepín Jiménez. Sin ir
más lejos, en otra época sale un matador de toros con los nombres de
sus hijos bordados en oro en la chaquetilla, con letras bien grandes, y
las guasas se escuchan desde principio al fin de la corrida. «Pedro
Enrique» en un lado y «Crisanto» en el otro. Anda, toma, no nos enseña
Guti, el jugador del Madrí, a sus bebés, fotografiados debajo de la
centenaria y sagrada camiseta. Pues que Pepín escriba en dorada
caligrafía los nombres de sus vásatagos, no debe extrañar. Cualquier
día alguien se bordará un «te quiero, Mari», «amor de madre» o «soy
el novio de la muerte», aunque esto parece menos probable.
Y, decía, que a Jiménez todo se le perdona en la arena venteña. Se
pone tímido con un toro como el primero, flojito y con un pitón
izquierdo de lujo, y no ocurre nada. Nos conformámos con apenas media
docena de naturales, de esos que en los compone la figura y la estética
fabulosamente. La técnica de Pepín es digna de análisis: no presenta
la muleta por delante ni a punta de pistola. El pitón derecho del
cuarto portaba un cortijo. Surgieron derechazos con cierto aroma, y la
faena fue arropada con desgarrados oles. Algunos se rasgaban la camisa.
Pasó de puntillas sobre la izquierda, y quiso innovar con unos pases
que principiaban como manoletinas perfileras y acabaron en un barullo y
en un ay. Pinchó y cobró un bajonazo infame, que no fueron óbice para
pasear el anillo.
David Luguillano bajó mucho la mano diestra ante el tercero, un toro
de lujo por ambos pitones. El torero de pucela, que se agitana y se
abigarra, no desprendió de su toreo el nervio y una cierta
electricidad; al natural, una serie de aquella manera y gracias. Las
dobladas finales tuvieron su cosa. Colocó media estocada y se precipitó
en cuatro descabellos. Paseó también el anillo. Y repitió luego la
vuelta, pero ya con el trofeo del último en sus manos. Toreó mucho más
asentado, más relajado y tranquilo, aunque por la izquierda tampoco
hubo nada, esta vez porque el toro no ayudaba. Buscó Luguillano la
estocada que le faltó antes y la obtuvo con desarme incluido.
El lote de José Luis Bote fue más deslucido. Pero Bote debe ser
consciente que así no se puede estar, con la muleta retrasada siempre y
sin ánimo de ningún tipo.
Como la corrida de Valdefresno, de noble y franca, saldrán pocas o
ninguna. ¡Qué pena!
|
|