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8ª de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del sábado, 18 de mayo de 2002
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Corrida de rejones
Ganadería: Corrida de Flores
Tassara, bien presentados, mansos y descastados, a excepción del último,
con más recorrido.
Diestros:
- Joao Moura,
pinchazo y bajonazo (silencio); pinchazo y rejón bajo (ovación);
rejón bajo (oreja).
- Pablo Hermoso de Mendoza,
rejonazo trasero y muy bajo (ovación); pinchazo y bajonazo (oreja);
dos pinchazos y rejón en lo alto (vuelta con el caballo Cagancho).
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa: El
País, ABC, El Mundo.
El País.
Antonio Lorca. El
único torero, 'Cagancho'
El reloj de la plaza marcaba las nueve menos cuarto de la noche y no
había pasado absolutamente nada digno de mención; y si se tiene en
cuenta que, aquí, las corridas comienzan a las siete, se puede obtener
una idea bastante aproximada del tostonazo de festejo de rejoneo que
protagonizaban dos primeras figuras como son Moura y Hermoso de Mendoza.
Eran las nueve menos cuarto, el último toro de la tarde, y el
rejoneador navarro se diponía a cambiar de montura después de un más
que discreto tercio de rejones de castigo. Entonces, una voz surge del
tendido: 'Pablo, Cagancho; saca a Cagancho, hombre'. Si lo
tenía previsto o no es secreto de sumario, pero lo cierto es que volvió
al ruedo a lomos del mítico caballo y los tendidos explotaron de alegría.
No era para menos después de una hora y tres cuartos de profundo
aburrimiento.
Adiós a Las Ventas
Es conocido que Cagancho es un caballo torero de cualidades
extraordinarias que está en temporada de retirada. Su dueño lo despidió
de la Maestranza en la feria pasada, y ayer dijo adiós a Las Ventas.
Pero antes dictó una nueva lección de torería excelsa en el tercio de
banderillas. Cagancho tendrá ya una edad, pero sigue toreando
como los propios ángeles. Templó al toro, el único codicioso de toda
la tarde, a dos bandas, despacio, sin perderle la cara; en plena
carrera, quebró a su perseguidor y se fue por los adentros, lo que
provocó una emoción ausente hasta entonces. Repetió la suerte otra
vez, más cerca de las tablas, y el momento fue de enorme intensidad.
Hermoso aprovechó para prender dos buenos pares de banderillas y,
resuelto el segundo, se tiró del caballo, le lanzó un beso al aire, y
los espectadores, puestos en pie, homenajearon a Cagancho, que se
perdía, todo ufano, por el callejón.
Finalizada su actuación, Hermoso volvió a sacarlo y, tijeras en
mano, le cortó las crines a modo de despedida. La vuelta al ruedo del
caballo fue apoteósica.
Ciertamente, fue el único triunfador del festejo. El único torero
con mando en plaza; el único capaz de transmitir emoción en una tarde
gris y fría.
Pero los rejoneadores cortaron una oreja cada uno... Bueno, pues dos
regalos del señor; del señor respetable que encontró en la concesión
de trofeos una fórmula para aplaudir y espantar el frío. Porque ni
Moura ni Hermoso hicieron méritos para ello.
Para empezar, se anuncian mano a mano; es decir, como si se tratara
de una dura competencia entre dos primeras figuras. Y de competencia,
nada de nada.
Es verdad que los toros no colaboraron al triunfo. A excepción del
último, todos fueron mansos, muy descastados y distraídos. El tercero
y el cuarto dieron toda la impresión de haber quedado con un amigo en
Las Ventas. El primero se arrancó como una moto cuando vio a Moura, y
cuando comprendió que no era quien buscaba, se paró en seco y dirigió
su mirada a los tendidos con un interés digno de todo encomio. Moura
insistía, pero el animal repasó uno por uno los tendidos y, nada, que
no encontró al amigo. La verdad es que no era tarea fácil, porque la
plaza estaba de bote en bote. El mismo recado traía el cuarto y tampoco
lo encontró. Dos toros con un alto sentido de la amistad, pero muy
cortos de casta. No se puede tener todo en la vida.
Sin casta
Tampoco derrocharon casta los rejoneadores y son seres racionales,
reconocidos toreros, que buscan el aplauso e identifican rápidamente a
sus muchos partidarios.
Sea como fuere, con un público proclive al entusiamo, uno y otro,
Moura y Hermoso aburrieron al personal cuando todo hacía prever una
tarde de competencia artística.
Moura lleva toda la vida en esto, pero hasta el más pintado echa un
borrón. Debutó a los once años y ya ha cumplido los cuarenta y dos.
Experiencia le sobra, y de ella se valió para una actuación digna,
pero fría y de tono menor, a años luz del torero poderoso y artista
que le acredita.Estuvo simplemente aseado en su primero, clavó casi
siempre a la grupa y no motivó a nadie. Tampoco destacó ante el
segundo, el que buscaba al amigo, y se le aplaudieron más las cabriolas
con los caballos que su acierto con los garapullos. Y en el tercero hizo
un esfuerzo final y protagonizó un meritorio tercio de banderillas que
levantó los ánimos de los alicaídos espectadores. Falló en un par a
dos manos, mató de un rejón bajo e, inexplicablemente, le concedieron
una oreja.
Tampoco anduvo más allá Hermoso. Al final de su segundo toro,
alguien le pidió que banderilleara a dos manos y las colocó en todo lo
alto. Pero, ¿y si no se lo piden? Por lo demás, rejones muy
despegados, fallos en banderillas y rejones de muerte mal colocados.
El único torero, Cagancho. Y se ha despedido...
ABC.
ZABALA DE LA SERNA. Las
lágrimas de «Cagancho»
«Cagancho» se despidió de Madrid. Lloró Pablo
Hermoso de Mendoza, y también el caballo. Las lágrimas de «Cagancho»
tal vez fueran negras como su piel o bravas como su alma. Para él
fueron las ovaciones y el llanto, la emoción y el recuerdo perenne en
el tiempo. La torería de su espíritu nunca se sabrá con certeza si es
natural o infundida por el soplo de las manos y las espuelas del genial
jinete navarro. «Cagancho», en humano, igual hubiera sido un muchacho
de los arrabales o un chaval de las favelas de Río perdido para el
fútbol si un día no pasa por su vida un técnico del Flamengo, el
Fluminense o el Vasco. O, en su caso, habría acabado en un oficio menor
al de torero y acorde a su especie, en manos de un señorito o de un
gañán de campo y arado. Porque «Cagancho» nunca llamó la atención
por su belleza. Sino por su temple en la plaza y su aplomo, por su
hondura y su verdad.
Otra duda: ¿«Cagancho» hizo a Hermoso o Hermoso ha hecho a «Cagancho»?
Según la compensada cuadra de estrellas del caballero, se puede decir
que mitad y mitad. Vendrán otros, como «Danubio», «Albaicín»,
«Fusilero», «Roncal» o «Chicuelo», más de su quinta, pero como
éste no se repetirá ninguno.
El adiós de «Cagancho» y su aportación a la tarde, que se moría
vacía en las ancladas y mansas embestidas de los toros de Flores
Tassara, levantaron a la gente de sus asientos por vez primera. El mano
a mano entre Moura y Hermoso de Mendoza no respondió a lo esperado,
aunque tal vez un duelo así, sin rivalidad, carece de sentido desde su
confección y planteamiento. Un mano a mano sin quites, sin ofrecerse
los palos o sin retarse, resulta demasiado monótono. Cada uno va a lo
suyo, y punto. Los mastodontes de Tassara, además de los fallos con el
rejón definitivo, se interpusieron en el camino de la Puerta Grande.
Pablo Hermoso de Mendoza ya la rozaba con la yema de los dedos
durante la lidia del sexto, el más óptimo del conjunto. El delirio y
la pasión se desataron con «Cagancho», a dos pistas, en una vuelta al
ruedo con la arrancada prendida en el plateado estribo, cuando no en las
ancas. Fijó al toro en corto frente a la puerta de toriles. A «Cagancho»
le temblaba el pulso, le vibraban las manos. Citó, al sesgo, de dentro
afuera, para clavar arriba y galopar de medio lado hasta recortar por
los adentros: dos valientes unidos por la montura. Repitió la misma
suerte en otros terrenos. Prendido el palo, requebró en un espacio
inverosímil, descabalgó y le dio libertad al caballo de nombre gitano,
que buscó por la puerta el olor de la hierba fresca de Navarra.
Después, «Chicuelo», otro viejo rockero, mantuvo el pulso con sus
piruetas, deshechas por el fallo con los aceros, que cerraron la salida
a hombros.
En los otros toros hubo cosas buenas, Pablo cortó una oreja al
cuarto y el maestro Moura, otra al quinto, cuando cuajó los mejores
momentos. Los dos grandes del rejoneo actual derrocharon recursos y
técnica para sacar partido de aquellos bueyes, que carecieron de
continuidad y bravura en sus embestidas, frustrando el espectáculo.
Buscaron constantemente los adentros, como Moura con el zambombo tercero
o con el inmenso primero, que nunca humilló.
Al final, otro mechón cortado de las crines azabaches de «Cagancho»,
como en Sevilla; otro trozo de historia.
El Mundo. JAVIER
VILLÁN. Cagancho y un duelo de baja
intensidad
El mano a mano entre dos maestros discurría con ortodoxia, sin
grandes pasiones y con lo que se espera de las dos figuras máximas,
posiblemente, del rejoneo: buenas formas, ausencia de cabalgadas, toreo
a caballo. Pero sin exageraciones. Y salió Cagancho. Tuvo que ser
Cagancho, otra vez, con su temple, su valor sereno, su honda pasión
torera quien pusiera en lo más alto el arte del rejoneo: dos recortes
inverosímiles al hilo de las tablas, como dos trincherazos con su grupa
divina de animal sobrehumano.
Tuvo que ser Cagancho, el dios de los caballos toreros, el mágico,
el inmortal, quien elevara la tarde a los cielos de la fantasía y el
sentimiento. A partir de ahí, Hermoso de Mendoza, espectacular, aunque
falló con el rejón de muerte. Era lo de menos. Lo de más, en un mano
a mano de baja intensidad, era la apoteosis de Cagancho en Las Ventas.
Se despedía de Madrid como hace un mes se despidió de Sevilla: en loor
de multitudes. Y dando la vuelta al ruedo con el señorío inefable de
un matador antiguo.
Por lo demás, como queda dicho, un duelo, un mano a mano de baja
intensidad. Y una tarde fresca. Lo presentido y temido desde la mojadura
de ayer: un enfriamiento pernicioso. Justo el día para quedarse al
calor del brasero y al amparo de la televisión.Si no fuera por decir
adiós a Cagancho. Era una tentación, por primera vez en mi vida de
cronista, que siempre he procurado huir de pensamientos pecaminosos.
Además, se queda uno a ver la corrida en televisión y corre el riesgo
de hacer crítica no sólo del festejo, sino también de la retransmisión
como fenómeno autónomo y específico. Bien mirado, no sería mala
cosa, sería un nuevo género de crónica taurino-televisiva. A lo peor
alguien coge la fórmula.
La plaza a rebosar y todos a la espera de que saliera Cagancho.Mano a
mano: lo mejor de la escuela portuguesa y lo mejor de la escuela española;
lo mejor del toreo a caballo a secas, en estos momentos, a la espera de
cómo progresen Sergio Galán, Diego Ventura, Alvaro Montes y otras jóvenes
promesas. Aunque Pablo Hermoso de Mendoza haya puesto el rejoneo en la
cumbre, no se le entendería cabalmente sin recordar los inicios de Joao
Moura, el magisterio precoz del portugués. En la vida nada sale del vacío,
todo es producto y consecuencia de algo. Inversamente, lo anterior, lo
originario también toma de lo nuevo, es decir, de aquello que ha
provocado.
Mano a mano, pues, entre dos caballeros rejoneadores que,
independientemente del lugar que ocupe cada uno en la actualidad, se han
influido.Hermoso de Mendoza está en una cumbre ascendente, Joao Moura
en una madurez más sosegada. Aunque ayer no alcanzaran ninguno de los
dos las altas cotas de otras tardes gloriosas. Ninguno de los dos apretó
en su primer toro. Y Moura menos; como si llevase excesiva
responsabilidad sobre su joven magisterio, que empezó a los 11 años.
Con el rejón de castigo citó de frente Hermoso, quebró dos veces y
las dos clavó a distancia alargando exageradamente el brazo. En
banderillas se llevó al toro cosido a la grupa del caballo y clavó muy
mal: a la tercera tras dos banderillazos al aire. Banderillas cortas,
alardes, el teléfono a velocidades de vértigo y un rejonazo infame.
En su segundo, Moura fue depurando un toreo siempre ortodoxo: precisión
en banderillas, ajuste de terrenos y de embroque sin cabalgadas ni
gestos. Faltaba calor y la pasión era limitada.Pablo Hermoso siguió en
su buen tono del anterior sin encandilar: técnica fría, excelente
doma, esbozos de toreo puro. Pese a la oreja, la tarde no acabó de
romper. Quiso romperla Moura y se fue a recibir al toro en chiqueros.
Torerísimo el portugués en banderillas, galopando a dos pistas, llevándose
al toro prendido a centímetros de la grupa: recortes en el más puro
estilo que popularizó Cagancho. Falló en el par a dos manos. Tras el
rejón, quedaba la oreja, la maestría y seguía sin aparecer la
intensidad y el calor. Y, al final, salió Cagancho: el esperado. A
Cagancho le cortaron en La Maestranza un trozo simbólico de crin como
si le cortaran la coleta. Cagancho se despedirá de ésta su última
temporada sólo en algunos lugares claves de su historia y claves del
toreo: La Maestranza, Las Ventas, Pamplona...
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