GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

3ª de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS

Tarde del lunes, 13 de mayo de 2002
Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA
Novillada

Ganadería: Novillos de La Quinta, discretos de presencia, mansos y con genio, a excepción del primero, bravo y encastado; 2º, descastado; 3º y 4º, blandos; 5º y 6º, nobles y con recorrido y aplaudidos en el arrastre.

Diestros: 

  • Martín Quintana, estocada tendida y dos descabellos (algunos pitos); estocada caída (ovación).
  • Luis Vital Procuna, pinchazo y estocada (silencio); casi entera tendida (algunos pitos).
  • Javier Valverde, media perpendicular, pinchazo hondo, -aviso-, y cuatro descabellos (ovación); estocada ladeada, -aviso-, y cuatro descabellos (gran ovación).

Entrada: casi lleno.

Crónicas de la prensa: El País, ABC, El Mundo.


El País. Antonio LorcaNovillos picantes

Si la mitad de la cabaña brava española encerrara en su interior la casta que ayer derrocharon los novillos de La Quinta, otro gallo cantaría en esta fiesta, lo cual no quiere decir que fueran de bandera para el toreo actual y, mucho menos, cómodos para la terna actuante.

Muy discretos de presencia, como es la marca de la casa, pero alegres de salida, con muchos pies, genio, codicia y picante. Novillos blandos que mansearon en los caballos y llegaron con entereza a la muleta. Novillos duros, correosos, con la cara siempre a media altura, y que no permitían el más mínimo error. Novillos, en fin, interesantes y emocionantes, a años luz de la docilidad al uso.

Huelga decir que nadie se aburrió, que los novilleros pasaron un trago y que las cuadrillas vivieron momentos de intenso peligro.

Que se lo pregunten, si no, a Sergio Rubiales, de la cuadrilla de Quintana, a quien el primero persiguió con saña tras parear y se salvó de milagro de una cornada. O a Procuna, a quien el viento le puso el capote a modo de manto de nuestra señora cuando quitaba por faroles y el novillo dijo éste es mío. Sólo la agilidad de la juventud evitó el percance.

Novillos así exigen toreros preparados y valientes, con mando en plaza. Quizá por eso, quién sabe, las figuras no quieren un santacoloma ni en pintura. Seguro que los tres novilleros de ayer también desean con todas sus fuerzas borrarlos de su futuro.

Aún hay algo peor: que un novillo salga bravo y encastado y se vaya con las orejas al otro mundo. Eso fue lo que le ocurrió a Martín Quintana, un chaval espigado, al que le tocó en mala hora una máquina de embestir, un noble y encastado oponente que lo desbordó. Un torero alto y un toro bajo, nula estética. Si, encima, el torero no manda y se limita a aprovechar el viaje, peor. La faena fue larga y acelerada y se perdió en el aburrimiento. Decidió enmendarse en el cuarto, más templado, pero sólo consiguió algún ayudado por bajo elegante. El torero se empeña en perder pasos entre pase y pase y así no surge nunca el toreo.

Tampoco surge de las manos del portugués Procuna, muy bullidor, pero de escasa calidad. Banderilleó bien a su primero y horrorosamente a su segundo, lo cual no le impidió saludar como si hubiera protagonizado una gesta. En su primero, muy soso y descastado, no pudo demostrar nada, y cuando quiso demostrarlo en el otro se vio que torea fuera de cacho, sin templaza ni hondura.

Hubo emoción torera, sin embargo, de parte de Valverde, aunque como matador dejó mucho que desear y todo quedó en palmas de consolación.

Pero no se le pueden negar su decisión y firmeza, sus enormes ganas, su conocimiento de la lidia, su seguridad y su planta de torero, que no es poco. O, a lo mejor es poco, porque con tal disposición debería estar ahora disfrutando de las mieles del triunfo y no ha sido así. Por algo será. Pues por dos razones: primera, porque se cruzó muy poco y sus faenas carecieron de continuidad; y segundo, porque después de emocionar al respetable con su seriedad mató muy mal a ambos toros.

Terminó la novillada, todos respiraron y los taurinos habrán pintado otra cruz sobre la ganadería de La Quinta. No te preocupes, chaval, uno y no más, sería anoche el comentario en el hotel.


ABC. ZABALA DE LA SERNA. El sólido valor en alza de Javier Valverde y la buena casta de La Quinta

Nos agasajó el pasado fin de semana Manuel Vicent con su tradicional artículo antitaurino en el dirio del todopoderoso Polanco. Vicent arremetía contra la Fiesta con su magistral prosa progresista. Y en su afán abolicionista solicitaba a la vez que «El país», aprovechando la ausencia eterna de Vidal, clausurara a las páginas de La Lidia, una idea que sus compañeros taurinos seguro que han acogido con entusiasmo y le agradecerán en el alma. Espero que los grandes columnistas de esta casa digan lo que les plazca sobre los toros, pero, por favor, no caigan en la misma tentación de este sucesor menor de Eugenio Noel de pedir el cierre de la sección, que la hipoteca y los niños, reconocidos o no, comen todos los días.

Manuel Vicent no comprende la grandeza de la Fiesta , y es una pena porque, digerida en su pluma brillante, adquiriría tonos de altura y categoría intelectual. Entender la belleza, por ejemplo, que nos ofrecieron ayer los novillos de La Quinta, con su buena casta y su lucha brava es una fortuna. Álvaro Martínez Conradi trajo a Madrid una novillada fiel a la morfología de sus santacolomas. Terciada, sí, pero es que así son estos toros cárdenos. Y al que le guste, bien; y el que no, pues a aplaudir el mastodonte y sus primos hermanos fuera de tipo.

La Quinta no falla casi nunca. Lección ayer para tomar nota los que confunden casta con genio y aspereza. Porque ayer los utreros que saltaron a la arena venteña desarrollaron embestidas preñadas de casta, humilladas y con fijeza.

Enfrente encontraron un torero que en todas, absolutamente todas sus actuaciones, en Madrid ha derrochado valentía, firmeza, temple y excelente técnica. Javier Valverde afronta su cercana alternativa en un momento soberbio. Su toreo es castellano y seco; y su cabeza, plecara y nítida. Si no le falla la espada, abre otra vez la Puerta Grande, como la pasada temporada. Y eso a pesar de que al sexto le recetó una contundente estocada al encuentro, aprovechando la prontitud de la arrancada. Mas necesitó del descabello, que usó con triste suerte.

El último novillo de La Quinta fue arrastrado con la oreja puesta y en medio de una sonora ovación, la énesima que sonaba en la tarde para el ganado, con todo merecimiento, claro. Antes, el salmantino, había toreado bien a la verónica, de salida, jugando los brazos y meciendo los vuelos. Brindó al respetable, pues era su despedida de novillero de esta plaza que le ha dado tanto. Y corrió, de entrada, la mano derecha con templanza, en redondos cabales y ligados. La faena mantuvo el pulso de la colocación fetén y del hilván, logrado con el engaño adelantado siempre, por ambos pitones, pese a algunas desigualdades admisibles. El final de faena de circulares invertidos se le perdona, aunque al gentío le gustan una barbaridad.

Mayor mérito tuvo la faena de Valverde al tercero, al que aguantó en la muleta hasta que rompía. Tomaba el santacoloma el engaño como al paso, por lo que el aguante frío del torero de Salamanca resultó fundamental para crear una labor notable y de arrojo, sobro todo en los soberanos pases de pecho. De nuevo los aceros le privaron de tocar pelo, que es fase manida y horrible.

Martín Quintana posee un concepto de alargar los muletazos hasta el horizonte, pero, quizá, los ejecute demasiado despegado. El pequeño y bravo primero se le fue con las orejas puestas. Su juego se asimilaba al de «Guitarrero» de Hernández Pla. O sea, en santacoloma bueno. La faena abundó en pases sin personalidad, demasiado larga.

En los terrenos del «5», buscó el refugio de las tablas, que el viento ya le había incordiado antes lo suyo, para muletear al cuarto, que tenía un buen pitón diestros y un mal izquierdo. Los derechazos, aun poderosos y largos, no subieron por los tendidos, y cuando cambió de mano sufrió el acoso del bicho. La imaginación no parece su fuerte: terminó otra vez por manoletinas. Mató breve y en los bajos.

A Procuna se le rajó su primero, que hasta el segundo puyazo, causó sensación y estragos en el caballo. Bulló con las banderillas, con mejor resultado que ante el bondadoso quinto, ante el que no encontró la inspiración. Se adocenó, muy mecánico y cuadriculado. Sin embargo, mostró variedad con el capote, en crinolinas y caleserinas abortadas por el viento.


El Mundo. JAVIER VILLÁN. La casta de se agrió y desangró en el peto

Se despedía Javier Valverde de novillero en Las Ventas y lo hizo con una conciencia responsable y una voluntad rocosa.En los pases de pecho, al prolongarlos hacia la hombrera, tragó quina. El novillo se le quedaba a medio camino y, al rematar, los pitones le hurgaban en la pechera. En los naturales, en cambio, se ayudó con la espada para echar fuera la embestida.

Extrañas cosas ocurren siempre con las reses encastadas. Las insufribles manoletinas acabaron en un acoso imprevisto a Valverde y la extrañísima estocada en un arreón que por poco acaba con el novillero por los aires. Valverde citó a recibir y la espada, más que perpendicular, hizo un raro ángulo de atrás hacia adelante.Esto y las subsiguientes peripecias le privaron de un trofeo.Privación que se repitió en el sexto. Por la encastada nobleza de éste parecía estar escrito que la tarde había de ser de Valverde.Mas las profecías no siempre se cumplen. La culpa volvió a tenerla el descabello. Mas sería agravio al novillo no señalar que Valverde, pese a su valentía y esfuerzo, anduvo por debajo de él: dos circulares invertidos, aguantando y completando el círculo entero, pusieron a la plaza a reventar. Prevaleció, sin embargo, la calidad del animal.

Puede que Medianero sea el novillo peor banderilleado de la Historia, mas eso no exculpa la soledad de Sergio Rubiales, el banderillero, cuando el santacoloma de La Quinta lo alcanzó. Por fortuna, lo encunó sin mayores problemas que el susto. Salió perseguido Rubiales de un horrible par de banderillas. Sergio Rubiales, o la soledad del corredor de fondo. ¿Qué puede sentir un banderillero cuando corre, corre y corre, nota que el novillo lo alcanza, percibe detrás de sí su aliento y su rabia, sin que un capote le haga el quite? ¿Dónde estaban las cuadrillas y los jefes de las cuadrillas?

Cuando tocaba la salvación y el seguro de las tablas, el encastado novillo le echó mano. Adiós a la esperanza: como ese corredor que ha hecho toda la carrera en solitario y es alcanzado unos centímetros antes de la meta. Luego, en la muleta, el novillo demostró una nobleza y una inocencia conmovedoras que Martín Quintana no supo apreciar. No halló el bicho la mano de nieve que supiera templarlo, como el arpa becqueriana que yacía en un rincón: Martín Quintana no tiene, precisamente, suavidad de seda. Sin embargo, en el cuarto, que tenía peores intenciones y mal genio, Martín Quintana, entre coladas y arreones, dibujó dos naturales de finísima caligrafía; y una tanda de manoletinas que, esta vez, no fueron insufribles, sino de escalofrío por lo ceñidas. Y escalofrío de muerte debió de sentir el animal tras el estoconazo letal de Martín Quintana.

Los novillos de La Quinta, santacolomas en la misma línea que sus hermanos de anteayer de Hernández Plá, fueron alegres al caballo y empezaron peleando con agallas. Pero se vieron agredidos insistentemente con premeditación y malas artes: les taparon siempre la salida, los acorralaron sin misericordia y los desangraron con sucesivos lanzazos asesinos. Después de ese tercio infame, generalizado a lo largo de toda la tarde, los novillos se resintieron en la muleta. Los novillos de La Quinta, además de esa tendencia a ir espontáneamente al caballo, tenían inclinación a hacer hilo o a revolverse; a perseguir al agresor hasta que éste alcanzaba el seguro del burladero. Alguno, como el segundo, tras perseguir a un peón y luego a Procuna, al salir del segundo par, tendía al éxtasis y al ensimismamiento. Esa manía meditativa yo creo que no fue cosa de carácter, sino del correctivo que le metieron en varas. Derribó con gran aparato y a partir de ahí todo fueron agravios.

El crédito que se otorgó al portugués Procuna, en su primero, quedó cancelado en el quinto. Resolvió con inteligencia un apurado quite por faroles. Pero, en líneas generales, nada que ver con los buenos modos anteriores. El público le pegó el cante y con razón. Ya se lo había dado en banderillas cuando tuvo la ingenuidad de saludar habiendo banderilleado muy mal.