GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del sábado, 12 de octubre de 20012
Corrida de toros

Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros del Puerto de San Lorenzo, desigualmente presentados, de juego irregular, blandos; 2º y 3º devueltos por inválidos. Primer sobrero de Carriquiri, manso. Segundo (6º) sobrero de Gavira.

Diestros

Entrada: casi lleno.

Crónicas de la prensa: El País, ABC


El País. MA CUADRADO. Frascuelo, curso de sabor y torería

Para que se supiera lo que es la torería, Carlos Escolar, Frascuelo, dictó ayer tarde en Las Ventas un curso completo de cómo hay que pisar el ruedo, irse hacia el toro y salir de las suertes con el paso medido y ritual. El pulso a compás.

La corrida de toros de El Puerto de San Lorenzo salió blandurria, sosa, y dio un juego bastante irregular. Devolvieron dos toros, y resulta que cuando la parada de cabestros que dirige Florito envolvían al primer inválido y lo dirigían camino de los chiqueros, se echó un espontáneo al ruedo, que tras dos muletazos por la cara fue volteado y luego arrollado.

Apareció por el tendido cinco, se fue hacia el toro con una muleta de paño blanco montada, el pelo nevado que daba nota de su edad, y antes de que las cuadrillas pudieran detenerlo, ganó la cara del morlaco. Sin mucha convicción y condiciones le muleteó. La voltereta fue de aupa. Al incorporarse, se quejó del hombro. Iba con el pantalón partido. Sería posteriormente atendido en la enfermería de contusiones, y luego llevado a un centro sanitario para realizarle radiografías.

Pero estábamos en que Frascuelo, ya antes del suceso, había impartido su primera lección de torería y sabor. Cuando en la faena de muleta embarcó por redondos, a la distancia justa y, ya al final, por naturales. Hubo, sin más, templanza, gusto, y ese rasgo de pureza que da el rematar con la cintura, destilar el ritmo por la palma de la mano y acabar el muletazo por debajo de la pala del pitón. El trasteo no fue del todo conjuntado, queremos decir ligado, pero nunca jamás resultó anecdótico.

En su segundo, Frascuelo se decidió a brindar al público, aunque no tenía demasiadas condiciones el del Puerto, digamos que para cuajar faena ejemplar. Quería el veterano, sobre todo, agradecer el cariño de la afición, que le había hecho salir a saludar tras deshacerse el paseíllo. Afición que recuerda su excelente campaña de verano venteña. Y el torero correspondió con una faena en donde la distancia, el medio pecho, el regusto y el cite de muleta planchada fueron el canon. Estuvo por encima del manso, y sin dar un muletazo de más dejó escrita su lección de tauromaquia.

Uceda Leal se limitó a probar la mala catadura de su primero, y después a machetear por la cara y a los costados, y quitarse de en medio al mastuerzo de Carriquiri. Y en su segundo, cortar una oreja ganada a pulso, como demostró en una faena de muleta desigual y templadísima siempre que enganchaba por delante y el muletazo terminaba limpio, terso, preñado de gusto, justo en el talón contrario. Había quitado por chicuelinas enroscadas y lentas: cierto primor y timidez.

Antón Cortés hubo de pechar con un lote imposible. Y aun así, saludó de capote con excelente juego de brazos en sus dos toros. En el difícil sexto, se justificó con valentía y ajustada técnica. Para dejar apuntes, desperdigados, del arte que se le vislumbra y reconoce.

Por otro lado, El Cid no podrá torear mañana la corrida de Victorino, última de la Feria de Otoño, tras ser cogido ayer tarde en Sevilla. Le sustituirá Fernando Robleño.


ABC. ZABALA DE LA SERNA. Tarde de toreros: de la poderosa belleza de Uceda al añejo aroma de Frascuelo

Fue la tarde de los toreros. Fue de Frascuelo y, en especial, de Uceda Leal. Y fue en su pequeña parcela de Antón Cortés. Los tres estuvieron por encima de los toros de Puerto de San Lorenzo.

Uceda Leal aunó poder y belleza enfundado en un terno canela y plata. Inmaculada actuación de Uceda. Ya el quite a la verónica al toro de Frascuelo parió una media verónica a cámara lenta. No se sostenía su primero, a la postre devuelto. Aprovechó el momento de los cabestros un espontáneo enjuto y canoso, próximo a la jubilación, para jugarse la vida como un auténtico chalado. La cosa no pasó de la voltereta de puro milagro.

Al sobrero de Carriquiri, hondo y con ideas torticeras, manso para más inri, lo despenó Uceda con solvencia y oficio, sobre las piernas tras intentarlo por uno y otro pitón. Una estocada en todo lo alto absorbió el bruto como los borrachos un chato de tinto; del golpe certero de descabello ya no se libró.

El zambombo quinto se metía por debajo del capote de salida. Uceda Leal hizo un monumento a la chicuelina. Interpretada así adquiere otra dimensión. Ni una brusquedad ni un trallazo; todas ceñidas, unidas las zapatillas, sin quiebros fuleros. Homenaje a Chicuelo, sin duda.

El toro no fue tan claro como lo vieron algunos, pero el torero lo consintió hasta que rompió. Bueno fue el principio, cuando el astado quería irse de la muleta. Y continuó sobre la mano izquierda, importante, rebozado, aunque algún listo le achacara a él que el animal saliese con la cara. Todavía la faena creció en redondo con derechazos que derramaban mando y clase a una sola voz. Ligado surgía el toreo, profundo; la tela a rastras, la cintura quebrada sin perder la elegancia de la planta; la última tanda diestra elevó con su perfección la obra a una cota soberbia. El broche, rodilla en tierra, precedió a una estocada cabal en el hoyo de las agujas. Cayó una oreja de ley que debería valerle por sí misma, al margen de que torea infinitamente mejor que la mayoría de los que ocupan puestos en las ferias.

Por supuesto, no me olvido de Frascuelo, que esparció torería añeja y la ilusión de un chaval. Entendió los espacios y la altura media que requería el flojo y nobilísimo primero. Y todo bañado por el buen gusto. La faena transcurrió suave, casi entera sobre la derecha y sobre la raya en su mitad inicial. Afianzado el toro, se fue a los medios y le concedió mayor distancia. Se repitieron muletazos con empaque; al final cuajó una serie de naturales que erizó los vellos del arribafirmante, y marchó a por la espada. No sé si porque quedó una cierta sensación de no haber apurado la copa o por frialdad de los tendidos o por el leve desprendimiento de la espada, pero la petición no cuajó. Y eso que se le había recibido con una cariñosa ovación en el paseíllo: ¡ay este Madrid que pasa del amor a la indiferencia pronto! Tanto, que casi le protestan la vuelta al ruedo. Otra dio con el reticente cuarto. Y la dio por valiente, por andar por la plaza como Dios manda, por ofrecer la muleta con aroma, y el medio pecho, y esas cosas que no se ven en el rutinario día a día de la temporada.

Antón Cortés respondió con firmeza con un lote que no sirvió. Dejó todas las puertas abiertas tanto con el flojo tercero bis -se corrió turno para la sustitución de otro lisiado- como con el incómodo y feo sobrero de Gavira, de pavorosa «daga» derecha, por cierto. En la memoria revolotean aún unas verónicas de artísticos vuelos en el saludo a sus enemigos. Uno, víctima de sus carencias, aunque con fondo de calidad, se defendió; el otro buscaba tras las telas. Hay que seguir a Cortés, que está sorprendiendo por donde pisa.